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lunes, 1 de octubre de 2018

MALAS HIERBAS

Sala: Teatro Lara Autor y director: Carlos Be Intérpretes: Carmen Mayordomo, Joan Bentallé y Lidia Navarro 
(la función ya no está en cartel)

Mayordomo, Navarro y Bentallé. Ojito a la peluca y el vestuario.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

A UN PASO DE PASO

Carlos Be es, quizá, de todos los dramaturgos que trabajan en Madrid, el más saltarín. De estreno a estreno, un salto. Nada nos gusta más a los críticos que ponerle etiquetas a todo, pero este hombre parece empeñado en no dar facilidades y no se queda quieto en ningún sitio. Un experimentador. Salta ahora de la extrema truculencia de Peceras, exhibida hace poco en el Lara, a una comedia que, aunque inspirada en una trama de Joaquín Calvo Sotelo (todo vuelve, quién se lo iba a decir a mi generación), está a un paso de Alfonso Paso, y conste que lo digo como elogio. Antes se dejaría estrangular que comportarse modosito con las reglas de este o aquel estilo, así que Malas hierbas desborda por aquí y por allá lo que sería el marco estricto de la comedia burguesa de salón. Me parece a mí que el calco le ha salido tan bien que el efecto general sería extraordinario si, por una vez, se traicionara un poco y dejara el texto en lo más convencional, podadas las licencias.


    Excelentes intérpretes, con Carmen Mayordomo y su peluca a la cabeza (en ambos sentidos). Bordaría igual a Lady Macbeth que a la tonta del bote. Ella, Bentallé y Navarro se acercan al disparate extremo, pero saben frenar y volver un poquito más acá, arte imprescindible en la comedia pasada de vueltas. El vestuario de Guadalupe Valero empuja en la dirección adecuada.

P.J.L. Domínguez
          

sábado, 8 de julio de 2017

LA PILARCITA

Sala: Teatro Lara Autora: María Marull Director: Chema Tena Intérpretes: Mona Martínez, Anna Castillo, Fabia Castro y Álex de Lucas Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Hay tanto, que termina uno escudriñando la información de la cartelera para encontrar nombres con alguna garantía que pueda inclinar la elección. Me fui a ver La Pilarcita por Mona Martínez, que me ha gustado siempre: en Rinoceronte y Montenegro de Caballero y en la Yerma de Narros. Acerté: ella está superlativa, y, además, la función es una pequeña joya.

    Me trae a la memoria Luciérnagas y Como si pasara un tren: dibujo de paisaje apartado, personaje que llega de otra galaxia a desestabilizar la monotonía estancada. Tres autoras argentinas. Tanto alineamiento no puede ser coincidencia, revela alguna veta subterránea de sensibilidades compartidas. Chema Tena dirige esta preciosa historia como se dirigieron las dos citadas: con modestia, sin pretensiones, narrando sosegadamente. Y se lleva el gato al agua: si hay alguna lógica en este mundo del teatro (que no la hay), la pieza se mantendrá meses.


    La elegancia de la escritura reside en buena parte en que casi toda la procesión va por dentro, para que la adivinemos. Y la adivinamos, porque las intérpretes saben llevarla: Fabia Castro aplastada por el pueblo y tanto sentido común, Anna Castillo componiendo un personaje adorable y Mona Martínez con mucho lastre a rastras. Álex de Lucas ayuda. Es para no perdérsela. 

Creo que lo he contado alguna vez. Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana (un par de miles de kilómetros) tenía yo un jefe adorable que me trataba más como un tío materno que como un jefe. Domingo por la tarde, sopor. Suena el teléfono, y es él que me dice "me ha salido en la tele una película que me tiene hipnotizado, y no tengo ni idea de los que es" (casi nadie tenía todavía internet en casa). "Pues, a ver, cuénteme". "Es una señora un poco gordita que llega a un bar en medio del desierto y... bueno, no pasa nada, pero se va viendo cómo se relaciona con la gente que vivía allí...". Era Bagdad café, claro. De la que también les hablé a propósito de Luciérnagas. La Pilarcita responde al mismo esquema: se va viendo cómo [la forastera] se relaciona con la gente que vivía allí. Ahí es nada. Teatro-análisis de lo que nos mueve por dentro y lo que dejamos traslucir. Nada más alejado de la comedieta estándar de la sala pequeña del Lara. Bastante más. 

Escribí la crítica el 20 de junio y la publiqué el 23. Se me han esfumado dos semanas con la intención de pasarla al blog y ampliarla un poco martilleándome la conciencia. Acabo de comprobar -con satisfacción, porque la función se lo merece- que Vallejo publicó anteayer, 5 de julio. Están por lo menos hasta septiembre, así que tienen ustedes todo el verano para verla. 

Vallejo habla de sainete y de Tennessee Williams. A primera lectura me chocó un poco, porque el humor de La Pilarcita -hay mucho humor- es otra cosa. Si lo piensa uno despacio, es cierto que si hacemos a los Álvarez Quintero una transfusión de sangre del drama sureño podría salir algo parecido a esto. Pero creo que hay que subrayar que el aspecto final se parece mucho más a Tennessee que a los andaluces. Puestos a buscar parentescos-tripi, a mí me resuenan los Veraneantes rusos, con esos diálogos proverbialmente chejovianos en los que nadie dice ni Pamplona (estoy escribiendo el 7 de julio, alguna mención tenía que haber) sobre sus motivaciones de fondo: la mayoría de las veces, no porque no las quieran decir, sino porque ni siquiera son conscientes. Así salen esas escenas en las que la espumilla del suave oleaje -sólo se habla de minucias- esconde unas corrientes submarinas de no te menees. Talento de dramaturga. Y talento, más concretamente, de dramaturga argentina. No hace falta recordar que el sicoanálisis y este tipo de teatro-análisis de las relaciones humanas son primos hermanos, y que los argentinos hilan en estas cuestiones mucho más fino que nosotros. 

María Marull
De María Marull sólo encuentro, además de éste, otro título: Hidalgo. Sin embargo, La Pilarcita no muestra ninguno de los defectos típicos de las obras primeras, relacionados con el amontonamiento de las mil cosas que el autor tiene en la cabeza y no es capaz de podar. Logra, bien al contrario, depositar en la memoria del espectador un concentrado en el que elementos en principio heterogéneos (el costumbrismo de la tradición religioso-folklórica local que venera a la niña muerta y el retrato sicológico; costumbrismo + Williams, como ha dicho Vallejo) producen una emulsión bien ligada. Miren que era fácil irse por las ramas de la risa -fiesta popular, surrealismo estepario- o los meandros del drama, y no: seguramente lo mejor de este texto es lo que no está. Me pregunto si saldría así de primeras o es resultado de la sabiduría podadora de su autora. Curiosidad puntillosa, no tiene la menor importancia a la hora de juzgar el magnífico resultado.

[¿Por qué el párrafo anterior sale con interlineado doble? Misterio. Maquetar con blogger es morir]

Cuatro aciertos más, que no quiero dejar de mencionar, al menos de pasada. El primero, el leve toque de melodrama -que es difícil que falte en un texto argentino, y ya me perdonarán el tópico- asociado al personaje de Mona Martínez, enamorada perdida de su jefe (Secretaria, secretaria / la que escucha, escribe y calla, sólo que ésta cambió de estatus y pasó a mantenida. Pobre. La de Mocedades se arruina la vida, pero conserva la dignidad. Ésta, ni eso). El segundo, el personaje ausente, algo que funciona casi siempre. Selva ha llegado para pedir a la niña santa, en un acto desesperado, la recuperación de su exjefe y amante, que está en las últimas. Por eso se han hospedado en esta pensión, más que hotel, familiar. El hombre no sale de la habitación, así que no lo vemos, pero está ahí dentro, teatralmente presente. Si se cayera el decorado, el vacío nos sorprendería. Vi el otro día (en un tren) un ejemplo redondo de esta técnica del personaje que no sale, pero está: Frantz, de François Ozon. El tercero, las irrupciones cantadas de Álex de Lucas, que en un estilo simple de romance popular va resumiendo la parte de narración que no conviene amontonar en escena. Sobre todo el epílogo: le da a la historia un aire de conseja antigua, de leyenda local. Nos la hace imaginar en el futuro integrada en el ciclo mitológico de la niña santa, como un fleco del relato principal.

El cuarto es un

SPOILER.

Selva desaparece. No es que se vaya, no es que se nos hurte el final de su historia. Es que se desvanece en la carretera sin que nadie sepa cómo. Un remate de estilo perfectamente coherente con el aire suavemente mítico que va impregnando la función y que se acentúa hacia el final.

No menos sorprendente que los aciertos de una autora casi novel, es la homogeneidad interpretativa que un director novel (no encuentro rastro de actividad precedente de Chema Tena, más que como actor) ha conseguido. Sin desmerecimiento para Álex de Lucas (que apenas actúa, más allá de las canciones) o Fabia Castro (que estaba en Comedia fallida de Carlos Be, otro motivo para lamentar no haber podido ir), la función se sostiene sobre Anna Castillo y Mona Martínez. Me dan unas ganas locas de verlas en un dramón. El personaje de Castillo está construido para producir una ingenuidad desarmante, es el candor y el encanto hechos persona. Esto es, por supuesto, muy difícil de hacer, pero si el resultado es bueno el éxito está cantado: ¿a quién no vence una jovencita así dibujada? Lo de Mona Martínez es doblemente complicado, porque una mujer derribada por la vida carece de ese atractivo -digamos natural- a priori. Pero le ha bastado un gesto de cansancio aquí, un mohín de enfado leve allá, para que le saliera una Selva honda que atrae como un abismo triste.

Miguel Ángel Gaitán,"el angelito
milagroso".
Como dice Vallejo, la adaptación es magnífica. No era fácil, porque en Argentina -como en otros países latinoamericanos- hay una fuerte tradición de culto popular, al margen de cualquier iglesia, de niños muertos. Les he puesto ahí la foto de uno de ellos, venerado como milagroso, pero también vengativo. Hay por allá (permítanme que ventile con un "por allá" a todo un continente) un abanico fascinante de fenómenos de este tipo. Mi favorito es el Gauchito Gil (que no era niño), pero me encontré ayer con un canonizado muy reciente (canonizado con todas las bendiciones de Roma, quiero decir) que no tiene desperdicio: San José Luis Sánchez del Río. No me resisto a ponerles una imagen.
Los cristeros mexicanos llevaban vaqueros. No es broma.
Aquí resultaba más difícil que colara la historia, pero el ambiente de los actos festivos, cuyos ecos se cuelan en los diálogos, está descrito con tal verosimilitud, la veneración a la niña muerta a la que hay que regalar muñecas está tan interiorizado por los personajes, que nada choca. Vayan a verla.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 25 de junio de 2017

BUFFALO

Sala: Teatro Lara Autores: David Barrocal y David Oliva Director:  David Barrocal Intérpretes: Ángeles Martín, Alberto Amarilla, Juan Dávila, Alicia Ledesma y Jack Jamison Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Otra de ésas que subrayo semana tras semana en la cartelera de la Guía del Ocio y que se me van sin que me dé tiempo a verlas. Con ésta, faltó poco. La vi el martes pasado, y sólo le queda la función del próximo. Una pena, porque me hubiera gustado recomendarla a tiempo. Me producía curiosidad lo de Ángeles Martín y Alberto Amarilla, pero llegan los treinta y nueve grados, mis neuronas se comportan como si vivieran en una de esas sopas chinas que uno se monta con un euro y agua caliente, y se me va a freír churros todo el excel de organización vital que debería permitirme ir un martes al teatro sin que me saltara el encaje de bolillos por los aires. Vaya frase de seis líneas que acaba de salirme. Y espontánea.

La misma intuición que me advertía a gritos de que Briefs tenía que ser un espanto me susurraba que Buffalo podía esconder alguna sorpresa. La esconde. (Mi intuición acertó las dos veces, aunque tampoco la vamos a mitificar, me suelta a menudo coces memorables). Esconde una bonita historia, bien escrita. Todos los comentarios que encuentren por ahí utilizarán la palabra "perdedores", y lo cierto es que resulta difícil contarles de qué va la historia eludiéndola. Pero me rebelo. Esto de los perdedores y los ganadores ya me ponía los pelos como escarpias cuando nadie lo usaba por aquí, pero lo oíamos en las películas americanas. Puritita ideología de lo que entonces llamábamos imperio. Pero las palabras no se usan porque sí, ¿se estarán instalando ahora porque nuestra sociedad se parece cada vez más a la americana y resulta facilísimo clasificar a la gente en uno de los dos grupos al primer golpe de vista? Mira, un ganador. Mira, un perdedor. Sin matices ni clases medias.

Paso, no puedo acostumbrarme. Por el simple motivo de que no hay ganadores. No conozco ni uno. Aquí no gana nadie, nadie se libra de la viscosa condición humana, que nos hace arrastrar a todos -de Manolo el del bombo a las Kardashian- una pesada carga de  sufrimiento que nos hace radicalmente iguales. Y, de paso, hermanos. Todo esto se ha convertido en una retórica anticuada y aburrevacas, pero antes o después regresará con ropajes nuevos. O eso espero.

Pero volvamos a Buffalo. Sí, son cuatro perdedores Admitamos la terminología, al menos para un uso muy específico: para etiquetar a estos personajes a los que el fracaso se les nota incluso por fuera, a diferencia de quienes conseguimos esconderlo, mal o bien, por dentro. Buffalo tiene bastante tela narrativa: hay que explicar el pasado de cada uno de los cuatro y la peripecia presente. Barrocal y Oliva se las arreglan para cortar toda esta tela sin que las explicaciones canten la Parrala. O sea, sin que sea evidente que lo que los personajes se cuentan unos a otros es, en realidad, para que lo oiga el espectador. Les parecerá de primero de escritura dramática, pero es un error frecuentísimo. Lo hacen adhiriéndose al topos literario del grupo de gente sencilla y entrañable que se une en causa común (el country, en este caso) y vence contra todo pronóstico. Incluso al subtopos (toma) en el que se presentan a un concurso. Lo hemos visto docenas de veces en los telefilmes americanos y las españoladas del cine patrio. Lean todo esto como simple descripción y, en ningún caso, como censura. Hay quien cree que encontrarle la adscripción a una creación artística es rebajar su mérito. Residuos del vanguardismo mal digerido.

Buffalo tiene texto para una sólida comedia entre el sentimiento y la risa. También para el dibujo de unos personajes con los que resulta muy fácil empatizar. Otra cosa es la dirección, que se queda corta cortita. Muy poca imaginación, muy poco estilo, unas transiciones en las que sólo falta alguien con un cartel que rece CUADRO TERCERO, intérpretes dejados de la mano de Dios. Ángeles Martín está como uno espera cuando va a verla: estupenda, con un personaje reciamente construido que es la columna vertebral de la función. Lo que lleva detrás de tanta palabrota y tanto casticismo adobado con acento de Wiyoming se le adivina con un par de miradas. Carácter, garbo, entusiamo interpretativo. Yo diría (aunque esto nunca se sabe y es sólo una opinión) que ha debido de montárselo todo solita. Igual que Alberto Amarilla, del que sigo creyendo, como cuando hizo Lúcido, que probablemente lleva dentro un gran actor. Ni En la ciudad borracha ni aquí ha encontrado quien sepa llevarlo de la mano, pero lo que hace es suficiente para que se advierta el talento en la luz que se escapa entre las grietas. A veces, el talento del intérprete se adivina por lo que no pasa, más que por lo que pasa, y en Buffalo hay algunos momentos que, con un actor con menos intuición, se caerían estrepitosamente. Amarilla los salva. Alicia Ledesma, a la que nunca había visto, y Juan Dávila están un poco más verdes, aunque este último bastante mejor que en Todo irá bien. Es reconfortante que la gente progrese.

En conjunto, y a pesar de los mandobles que acabo de soltar en el párrafo anterior, Buffalo hace pasar un buen rato. Es entretenida y simpática, muy por encima de mucha comedia joven que rueda por el off y que maldita la gracia. Cuando, finalizada la función, miré al reloj convencido de que habrían pasado los setenta y cinco u ochenta minutos de rigor, comprobé pasmado que dura una hora y cuarenta. ¿Saben que significa eso? Que me divertí. El country, y la voz de Jack Jamison, ayudan.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de noviembre de 2016

INTERRUPTED

Sala: Teatro Lara Autoras: Fiona Clift, Andrea Jiménez, Noemi Rodríguez y Blanca Solé Directoras: Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez Intérpretes: Ariana Cárdenas, Andrea Jiménez, Esther Ramos y Noemi Rodríguez Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Encuentro la foto en rinconfriki.es. Son Noemi Rodriguez, Ariana Cárdenas, Andrea Jiménez y Esther Ramos. Son Teatro Envilo.
Interrupted está cargada de avales de todo tipo: candidaturas, premios, recomendaciones... Algún vídeo que encontré por ahí prometía. En suma, lo tiene todo. Y ahora les cuento.

Me dicen en la puerta que dura hora y media. Obediente, apago el móvil. Termina la función, y pienso: "La hora y media se hace larguísima, a esto le sobran por lo menos veinte minutos". Enciendo el móvil: hora y diez. Les comunico que tengo una percepción del tiempo bastante precisa, no sé si por vía genética (mi señor padre ha sabido siempre la hora sin mirar al reloj) o adquirida (muchos años de entrenamiento musical). ¿Por qué esta comunicación? Para subrayar que una pieza que consigue hacerme creer que han transcurrido noventa minutos, en vez de los setenta reales, me ha aburrido mucho. Pero mucho.

Excelente idea (dramatúrgica, escenográfica y de estilo), estupendas actrices. ¿Problema? Uno muy habitual en las creaciones colectivas. Falta poda. Falta un criterio unificador que tome las dolorosas decisiones de acortar, quitar lo que -visto aisladamente- puede ser gracioso, ocurrente, ingenioso... pero que resta coherencia y velocidad al conjunto. En mi modesta opinión, los materiales que conforman Interrupted dan para un espectáculo resultón de unos cincuenta minutos. Abonando el aspecto dramático -que lo hay- quizá para una horita.

Como no hay mal que por bien no venga (qué dulces mentiras consoladoras nos hemos inventado los humanos durante siglos) el esfuerzo -vaya diíta tuve yo antes de entrar al Lara- mereció la pena por conocer a Noemi Rodríguez. Un pedazo de payasa. Nota: "payasa" es un elogio en este blog. Espero verla más.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 10 de septiembre de 2016

PEDRO Y EL CAPITÁN

Sala: Teatro Lara Autor: Mario Benedetti Directores: Blanca Vega y Tomás  P. Sznaiderman  Intérpretes: Antonio Aguilar y José Emilio Vega  Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)




Los libros de Benedetti corrían de mano en mano en mi colegio mayor. Me pregunto si eso sigue ocurriendo. ¿Se pasan libros los jóvenes? ¿O sólo fotos por snapchat? Lo que pueda ser un colegio mayor ahora me resulta tan remoto como ese lugar que, en algún mapa antiquísimo visto durante mi infancia, se llamaba África Occidental Alemana. Póngase a imaginar cómo será la vida que llevan ahí. En fin, volviendo al hilo, he comenzado tan lejos para subrayar que, hasta anteanoche y gracias a ese tierno recuerdo de juventud, tenía una predisposición positiva hacia el autor uruguayo. Aunque, si les digo la verdad, no consigo recordar qué títulos leíamos. ¿La tregua? Es tan corto el colegio mayor y tan largo el olvido... Ah no, perdón, que ese era chileno, me hago un lío con el cono sur.

Hasta anteanoche. Pedro y el capitán es un texto viejo como la tos y, sobre todo, banal y plano. No ocurre prácticamente nada que cualquiera no imagine si le dicen "es la sucesión de encuentros entre el torturado y el torturador". Para ser más exactos, el torturador que hace de poli bueno, el que actúa después de las sesiones de tortura para ver si el preso canta de una vez. Ahí en medio, un par de excursiones a parajes líricos, evocaciones de la infancia y el amor como contraste a este (literalmente) sangriento escenario, blabla. Un rollo de cuidado.

No sé cuántas cosas habremos visto con la tortura como tema principal o secundario. Para mi generación tuvieron relevancia, por ejemplo, El portero de noche de la Cavani (¿Qué ha sido de la Cavani? Acabo de ver una foto del 2009 y estaba estupenda a los 76. Como abandoné el cine, no sé ni por dónde anda...) o El crimen de Cuenca de Pilar Miró. Y, sobre todo, Salò o los 120 días de Sodoma de Passolini, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Hablando de tiempos: hay que ver cómo se lo llevan todo por delante. Me pregunto cuántas personas cultas de menos de, pongamos, cuarenta años han visto alguna película de estos tres, que fueron indiscutibles hace un suspiro. En teatro, me voy a limitar a mencionar dos títulos que dejan lo de Benedetti en una cosita de colegio mayor (cuánto colegio en esta entrada): Paso de dos, de Eduardo Pavlovsky, y Guantánamo de Victoria Brittain y Gillian Slovo.



A la izquierda, Paso de dos de Pavlovsky. Yo estuve allí (en 1990 y en Buenos Aires). A la derecha, la versión de Rodolfo Cortizo de Guantánamo.

La primera, ejemplo de cómo un texto convencional con los mismos personajes (torturador y torturada) puede ser otra cosa. La segunda, para mostrar que hay también alternativas formales.

Pedro y el lobo es mediocre, se mire por donde se mire. La intención confesa de Benedetti fue la de dar "la respuesta a por qué, mediante qué proceso, un ser normal puede convertirse en un torturador". Este tipo nos dice que le da miedo negarse, no vaya a terminar como las víctimas, y que además empezó gradualmente, torturando gatos. Toma respuesta. Luego añade cosas como "si hablas soy al menos eficaz, si no sólo un sádico" (la cita no es literal). Asegura que sólo como funcionario eficaz puede seguir mirando a su mujer y a sus hijos. Sí, me están entendiendo bien, ése es todo el vuelo de la pieza. A Jonathan Littell le llevó casi novecientas páginas afrontar una pregunta idéntica en Les bienveillantes (Las benévolas) y -como es fácil de entender- le salió una respuesta horripilante e imposible de resumir o siquiera expresar con palabras (para eso está el arte). Como a Passolini o a Pavlovsky. Etcétera. 
* * *
Siempre se puede hacer algo, por deficiente que sea el texto. Es una de las grandezas del teatro. No es el caso. Si calcar el tono de la pieza fuera una virtud del director de escena, Vega y Szneiderman se llevarían la palma: el montaje es tan plano como el texto que lo sustenta. Qué falta de chispa, qué carencia de ideas, qué cosa más trillada. Por no hablar de errores básicos en el propio planteamiento aburridamente realista: el peinado y el bigotito de José Emilio Vega se adecúan primorosamente a la época, pero la barba y el pelo de Antonio Aguilar (cardada la primera, melenón el segundo) son hipsters. 


 

Arriba, caracterización hipster (Santi Senso). Abajo, caracterización revolucionario siglo XX (Che Guevara). 

Si un izquierdista del cono sur se hubiera presentado así a sus compañeros en los años setenta le hubieran preguntado qué hacía caracterizado de Jesucristo. O estamos o no estamos. O los dos o ninguno. No son tonterías de crítico: en cuanto le quitan la capucha de la cabeza al torturado, la sensación es la de que se ha producido un solapamiento espacio-temporal. Están torturando en 1976 a un señor transportado desde 2016. El cambio de iluminación y ambientación sonora en el arrebato lírico, sorprendente (por lo feo).

Entre la capucha, primero, y la melena Vidal Sassoon, después, que le tapan la cara; la sangre que se va derramando encima; la simulación del acento; la pronunciación defectuosa provocada por los supuestos golpes; las posturas imposibles a las que se ve sometido y los constantes estertores y quejidos a los que le obliga el hiperrealismo, no tengo ni pastelera idea de la calidad como intérprete de Aguilar. El actor debe de estar escondido en algún lugar detrás de todo eso. Tendré que esperar a otra ocasión. Vega, muy flojo. Quién sabe si será otra cosa cuando lo dirijan.
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 1 de octubre de 2015

FAMÉLICA

Sala: Teatro Lara Autor: Juan Mayorga Director: Jorge Sánchez Intérpretes: Nieve de Medina, Juanma Díez, Xoel Fernández y Rulo Pardo Duración: 1.15' (por una vez, no estoy seguro)
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Nieve de Medina, Juanma Díez, Rulo Pardo y Xoel Fernández.
Vi Famélica... ¿cuándo la vi? Un momento, que miro una entrada (una entrada del teatro quiero decir, no del blog, la que pone el número de butaca y todo eso) que estoy usando como marcapáginas... Ya: ¡el 25 de junio! Ahí se acabó mi capacidad de sacrificio bloguero: el calor me deja completamente inservible. Como diría Chiquito, física y moralmente. Con el adelanto sahariano de este año dejé de estar operativo bastante antes que de costumbre, y aquí lo tienen: una crítica con tres meses de retraso.

El caso es que continúa en cartel con un motivo añadido para estar de actualidad: el estreno de Reikiavik. Ahora les cuento por qué.

Yo me divertí bastante. Las frases que empiezan por YO son muy peligrosas en este oficio, y tiene uno que intentar dosificarlas cuidadosamente. Como diría el santo patrón de esta página: "Y el no llegar da dolor, / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!" Si hay pocas, las críticas son un árido desierto de objetividad propia de quirófanos y gestorías. Si hay demasiadas, esto se convierte en la gran fiesta de la egolatría y apesta. Ustedes sabrán si ando o no cerca del equilibrio, pero esta vez el yo se justifica. Me dijo JM a la salida: "Esto te gusta, porque eres un friqui". Y me explico: Famélica le parecerá deliciosa a cualquiera que conozca la apasionante historia de la izquierda europea desde el siglo XIX hasta su reciente muerte y no sabemos si transfiguración. Una historia que, según desde dónde mire uno, es un drama, una comedia, una farsa o una tragedia. 

Siempre recuerdo un pasaje de El maestro y Margarita que creo que no existe y que he reconvertido tras leerlo en alguna otra parte: un personaje se aleja bailando mientras canta "socialismo en una sola calle". La frase -un pitorreo sobre el socialismo en un solo país de Stalin- se atribuye a Radek (con la variante "socialismo en un meadero") y a Riazanov en la forma "en un barrio, en una ciudad, en un distrito". Es sólo un ejemplo para decirles que pocas cosas hay más estudiadas y pocas son mayor fuente de anécdotas de todo tipo -como les decía, desde lo trágico a lo grotesco- que los vaivenes de las izquierdas y sus protagonistas. Algún día les contaré una anécdota que me relató Santiago Carrillo a propósito de Ceaucescu y que quiero dejar escrita antes de que la historia se la trague. La kremlinología, los comités centrales de los partidos comunistas, la filantropía de los primeros socialistas humanistas, la escisión de las internacionales en la Primera Guerra Mundial, las células de barrio, el amor libre como concepto ideológico, las derivas del terrorismo kamikaze anarquista o de las bandas de los setenta, los regímenes del socialismo real... menudo filón ofrece esa realidad al talento creativo.

Famélica se sustenta íntegramente sobre esa historia. Reikiavik, y por eso la citaba más arriba, se sustenta en parte: tiene una sección cercana a la kremlinología emparentada (desde el drama escondido tras la parodia cómica) con Famélica. Pero lo que allí es una faceta de muchas aquí es fuente única de referencias, y difícilmente va a apreciar el texto cualquiera que no sepa lo que fue la propaganda por el hecho o quién ha sido el único Palmiro que alguna vez alcanzó la fama. Sin esas conexiones, sin alcanzar que mucho de lo que sucede en esa disparatada empresa se parece extraordinariamente a cosas que sucedieron en la más cruda de las realidades, se queda la cosa en comedieta apayasada. Bastante lastrada, además, por una estructura en la que se notan excesivamente las costuras: se aprecia demasiado el patchwork. Creo que leí en alguna parte que la función era resultado de un intenso trabajo en equipo... y ya saben lo que les digo siempre de los talleres (llámense como se llamen): si después no llega alguien a poner orden con firmeza, no hay manera. No sé si este Jorge Sánchez es el mismo que dirigió Nadar abraza y Raíces trenzas (que me gusta más cada día que pasa, cosas de la memoria), pero si es él, le ha fallado un poco el pulso que en otras ocasiones era firme.

Nieve de Medina y Eleazar Ortiz en La punta del iceberg. Creo que la foto original
era de Ros Ribas, pero alguien le dio un tajo (no fui yo). 
Nada que objetar a los intérpretes. Me encantó Nieve de Medina, que domina la retranca y la parodia. Me la perdí en La punta del iceberg, cachis.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 12 de junio de 2015

POR UN INFIERNO CON FRONTERAS

Sala: Teatro Lara Autora y directora: Denise Despeyroux Intérpretes: Carmela Lloret y Sara Torres Duración: 0.55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Carmela Lloret y Sara Torres. La foto corresponde al montaje en
La Casa de la Portera.
Despeyroux no defrauda. Vaya capacidad de armar diálogos verosímiles, por inverosímil que sea la situación. Si quieren etiqueta (ya saben que a los críticos, mentes estériles, parásitos de la creación, etcétera, nos pirran), es una forma más de realismo mágico. Claro que las etiquetas tienen sus limitaciones, y en ésta caben Rulfo e Isabel Allende, tócate las narices. Perdonen que me ponga coloquial: he encontrado a esta colega mexicana y me ha puesto en crisis la formalidad estilística (no intenten traducirla con Google, no hay opción mexicano/castellano).

Estábamos con Rulfo y la Allende, que son como Dios y un... aquí antes se decía "y un gitano", pero vamos a corregirlo políticamente: como Dios y un servidor. Y, ahora que caigo, esa extraña pareja me sirve para una analogía. Porque si la Allende es realismo mágico yéndose por el camino de lo comercial en el peor sentido del término, Por un infierno sin fronteras es el realismo mágico de la Despeyroux acercándose a lo comercial en el mejor sentido del término. Alguien estará pensando, ella misma si me lee, que me he debido de volver loco. Pues no. Imaginen esto con dos actrices televisivas. Televisivas a lo bestia, quiero decir. Imaginen por un momento que alguien asesora bien a Miriam Díaz Aroca y a Belinda Washington (sé que es difícil de imaginar, pero inténtenlo) y que Despeyroux, tras ingerir una croqueta en mal estado que le provoca un viaje psicotrópico, las dirige en el Maravillas o el Marquina. ¿Entienden hacia dónde voy? En la escala comercial / no comercial, en la escala de lo masticable si prefieren la expresión, este Infierno está bastante más cerca de El crédito de lo que estaban La realidad o Carne viva, sin que esto quiera decir nada sobre la calidad intrínseca de cada una. Quizá sólo quiere decir que Despeyroux podría, si quisiera, ser Galcerán. O que, con un productor avispado, Por un infierno sin fronteras podría rendir en on y no sólo en off. 

Por seguir amontonando consideraciones sobre el carácter de la pieza, también habría que señalar que lo humorístico tiene un peso considerable. O eso me pareció a mí, ya se sabe que el humor es una cosa muy personal (vamos, que el de las carcajadas era yo). Éste es un humor en equilibrio entre el absurdo y el roce con un costumbrismo que no se va por las tangentes (arnicheanas, almodovarianas); o sea, encajado perfectamente en un estilo que lo sobrevuela y lo asimila. Vayan sumando: realismo, magia, humor, costumbrismo. Ahí está la virtud, en que a esta mujer todo le queda coherente.

Y otra virtud más, antes de irme a la cama: la profunda humanidad de los personajes que, oscilantes entre la desesperación y la agresión, nos hacen reír. No porque nos riamos de sus desgracias, sino por lo mucho que se nos parecen. Ahora que lo pienso, en esto del costumbrismo contenido y la humanidad, tienen un aire a los personajes del Chejov cómico que Alfaro tiene en La Latina (ya les contaré; en cuanto pueda). Las dos se nos hacen decididamente simpáticas. De manera menos descacharrada que los personajes de Carne viva y menos dramática que las de La realidad, pero con la misma simpatía.

Vi a las dos intérpretes en Carne viva. Me gustó Carmela Lloret, pero me fijé menos en Sara Torres, vaya usted a saber por qué. Están las dos muy, pero que muy bien, pero Torres ha encontrado un papel que le sienta como un guante hasta tal punto que, de no haberla visto antes, estaría pensando que actúa as herself. Siempre les digo que cuando una interpretación recuerda a una persona real el fenómeno se constituye en la prueba del algodón. ¿Qué hace un actor? Simular una personalidad inexistente. Las existentes son todas coherentes (vaya perogrullada) siguiendo el principio de lógica berroqueña de que la realidad es coherente por definición (si no, se abrirían grietas lógicas en la sopa de energía y materia, y el cosmos se tragaría a sí mismo). Si la simulación se parece a la realidad, es que la coherencia -madre de la verosimilitud- se ha logrado. Pues bien, esta terapeuta se parece bastante a alguien que conozco. Gol de Torres. Lloret no es manca, está estupenda con su camisoncito ridículo y sus mañas de pasiva superagresiva. Despeyroux le ha escrito algunas líneas gloriosas, sobre todo cuando define su aversión por el lenguaje figurado en sus diversas formas. (Curioso eco de un texto sin estrenar por estos pagos que incluye, literalmente, lo siguiente: "Tenemos demasiada simbología en esta casa"). Por ahí es por donde me sacó más carcajadas, quizá porque comparto en cierta medida la manía: no soporto que los demás usen figuras trilladas. Los demás, he dicho, a mí me encanta usarlas. Qué les voy a decir que no me hayan soportado.

No les he contado nada de lo que ocurre en escena, porque la función se sostiene, entre otras cosas, en pequeñas sorpresas sucesivas que no quiero les arruinar. Por si no ha quedado claro en medio de tanta verborrea, la piececita es deliciosa.  Además, este horario del vermú de los domingos en el Lara es un hallazgo -un redescubrimiento, mejor dicho- para funciones breves. Es perfecto para sorprender a esos amigos poco asiduos al teatro (sí, créanme, hay gente que no va). Dentro de nada, les hablaré de El discurso del rey y de Atchúusss!
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 20 de mayo de 2015

ALGO EN EL AIRE

Sala: Teatro Lara Autor: David Harrower (versión de Lucy Collin) Directora: Pilar Massa Intérpretes: Pilar Massa y José Vicente Morón Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Pilar Massa y José Vicente Moirón
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

    En los últimos cinco años, Pilar Massa ha dirigido –que yo sepa- al menos cuatro funciones de uno o dos personajes: Contraacciones, Un pasado en venta, Yo amé a Edgar Allan Poe y ésta. Los tiempos no están para elencos nutridos, pero sea por obligación o por elección, Massa ha acreditado un notable talento para el teatro de cámara. Los errores de los arquitectos se tapan con plantas, los de los cocineros con salsas y, a veces, los de los directores de escena se intentan tapar con barullo (mucha gente, mucha gesticulación, mucho de todo). Con dos personajes, el pavimento y dos taburetes (a eso se limita la certera escenografía) es imposible esconderse. No hay distracción que nos aparte de la pura y dura interpretación; de los actores y el texto.


    La austeridad no se ciñe a la escenografía. La pieza no se despega –ni en su asunto ni en su lenguaje- del más cotidiano de los realismos. Dos vidas corrientes, muy parecidas a la de cualquier espectador. La estructura es transparente: monólogos alternos de una pareja de hermanos que no se hablan desde hace catorce años. Comparten escenario la propia directora y José Vicente Moirón: no alzan la voz, apenas necesitan gesticular. Entre lo que cuentan y lo que callan, trazan con extraordinario efecto una radiografía detallada de cómo los afectos marcan nuestra existencia y de cuánto nos cuesta gestionarlos. No hace falta más para emocionar.

Y un par de cosillas que no cabían allí:

1.- Certera escenografía, decía. La ven perfectamente en la foto superior. Resulta que los taburetes no son gratuitos. La función termina con una escena en un pub. Si buscan "taburetes de pub inglés" en Google, ¿saben cuál es la primera imagen que obtendrán? Ésta de la derecha. Sí, las mismas patas torneadas. Así que uno empieza la función pensando "bueno, el presupuesto les ha dado para dos bancos, y han pillado los que han encontrado", y se da cuenta de que los bancos son cualquier cosa menos inocentes: están anunciando el final desde el principio. (Releo esto y veo que he escrito: "los bancos son cualquier cosa menos inocentes". Vaya frase. Que se le lo digan a Rato). También me costó un rato darme cuenta (soy bastante torpe), de que la tarima de la izquierda no es el suelo del escenario, sino parte del pavimento-metáfora. El personaje masculino es un contratista que habla de baldosas a menudo, de ahí su suelo. La fractura central no precisa explicación. Estas cosas tan bien traídas las urde Rafael Garrigós, un tipo sin un pelo de tonto.

¿José Vicente Moirón en Interior? Tengo un problema casi neurológico con el
recocimiento facial.
2.- Me van a decir que estoy en la luna, y tendrán razón. Me he pasado las últimas veinticuatro horas convencido de haber soñado una cosa que me acaban de confirmar que me pasó de verdad, háganse una idea. Acabo de conectar al José Vicente Moirón de Algo en el aire con el de Interior en la Trilogía de la ceguera. Esto me hace apreciar muchísimo mejor el personaje de la primera, que está tan clavado que lo había confundido con la personalidad del actor. No se rían de mí, esto no se lo confesará nadie, pero le pasa a todo Blas. Ríanse mejor de que no me haya dado cuenta hasta ahora. Y si se me está yendo la pinza, y no son el mismo, que alguien me avise, por Dios. Empiezo a necesitar unas vacaciones. Pero si es el mismo, esto confirma el olfato de Massa para la elección de intérpretes: Carmen Mayordomo, Goizalde Núñez, Marta Fernández-Muro y ahora Moirón. 
P.J.L. Domínguez