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lunes, 4 de marzo de 2019

ENTRE BOBOS ANDA EL JUEGO

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Francisco de Rojas Zorrilla (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Daniel Albaladejo, Arturo Querejeta, José Ramón Iglesias, Isabel Rodes, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Elena Rayos, José Vicente Ramos y Antonio de Cos Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


De Cos, Albaladejo, Iglesias, Ramos, Querejeta, Sendino y Ortiz. Atrás, escondida, Elena Rayos. La foto no es de la Comedia, pero la escenografía es idéntica.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LA VUELTA AL CALCETÍN

Hay dos tipos de directores: los que plantean un mundo nuevo en cada montaje y los que se van labrando un estilo propio. Eduardo Vasco es de los segundos. Con un plantel casi fijo de intérpretes y colaboradores, su teatro clásico es muy reconocible y, en algunos aspectos, paradigma del mainstream: cuidado de los detalles, sin perderse en ellos; manda el texto, manda el intérprete. Ha optado esta vez por Rojas Zorrilla, uno de esos dramaturgos de talla oscurecido por los gigantes del Siglo de Oro. Es difícil ser Salieri cuando Mozart vive dos calles más abajo. Este tipo, que dominaba los códigos más tétricos del honor, era capaz de darle la vuelta al calcetín y exprimirlos para hacer reír.

    Eso ocurre en esta comedia ligera de dama casadera y pretendientes estereotipados: el rico, el estrafalario y el apetecido. La función discurre con la imprescindible liviandad y gana enteros a medida que José Ramón Iglesias se la come, con la impagable ayuda de un enorme sombrero que le ha encasquetado Caprile. Todos reman en la misma dirección –impecables Querejeta y Albaladejo- pero este hombre se muestra como un excelente cómico escondido (al menos para mí) hasta ahora. La mujerona representada por un hombre (De Cos) se revela una gran idea. El tiempo pasa volando.
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 22 de diciembre de 2016

RICARDO III

Sala: Teatro Español Autor: William Shakespeare (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortíz, Cristina Adúa, Antonio de Cos, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya, Guillermo Serrano Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Vasco me ha parecido siempre un director de escena interesantísimo, incluso cuando patina (todo el mundo patina, hasta los mejorcísimos), y Ricardo III me encanta (tanta maldad desparramada, tanto cinismo, mmm), así que me fui al Español con la mejor de las disposiciones. Y me aburrí como una ostra.

Resulta que fui con dos personas que saben bastante más que yo de teatro. Los tres nos aburrimos como un banco de ostras (¿se dice banco? ¿colonia?) y los tres nos pasamos la función pensando exactamente lo mismo, como después nos confesamos: "estos dos lo están pasando bomba y yo no", "algo me pasa, que el teatro no me llega como antes"... y variaciones sobre el tema. Pues no. Aburrimiento general. Planteamiento de hipótesis explicativas. Sólo se me ocurre una: este Shakespeare está tan podado (dura menos de la mitad que una versión sin tijera) que se ha quedado la peripecia monda sin prácticamente retórica. Shakespeare sin retórica... Si tienen un rato que perder, mírense lo que les decía a propósito del contenido narrativo y su forma externa en la crítica de El policía de las ratas. Pallín ha dejado el Ricardo III en una extenuante sucesión de asesinatos casi sin nada entre uno y otro, cuando Shakespeare está ahí, en el relleno. Y Vasco, haciendo alarde de una capacidad que casi siempre alabamos en otros montajes, lleva la cosa rapidita, rapidita, anulando incluso las transiciones (qué habilidad, dicho sea de paso, para enlazar las escenas sin que se noten las costuras). Resultado: tras dos o trescientas muertes ya estamos todos pensando en la lista de la compra del día siguiente. 

Creo que lo único que me despertó del letargo fue la escena de Charo Amador como la reina Margarita. Todo tiene más vuelo: desde el vestido hasta la interpretación, que se aleja de una austeridad general que casi me atrevería a llamar austericidio. Y mira que siempre me quejo de lo contrario. Es cierto que la reina viuda tiene que parecer un poco tronada, pero no lo es menos que su entrada eleva la línea mortecina del montaje. Desde ahí hasta la aparición de la cabeza de jabalí (en sentido literal y no en el charcutero) todo el resto es piñón fijo. Y eso que el Ricardo en escena (el incomparable Querejeta) es un pedazo de actor como hay pocos. Sin él, esto sería un barco al garete. 

Como parece que hay bastante gente con opiniones marcadamente positivas, les pongo este enlace para que lean otras cosas, vean la función y decidan. Yo los dejo advertidos.

Para terminar, comentario de actualidad. Les hablaba ayer de los desternillantes resultados de la encuesta de la revista Godot sobre el mejor montaje del año. Lo de hoy supera -como chiste- a aquel antológico monólogo sobre el despido en diferido. Interrupted ha vencido en la primera semifinal a La cocina. Lo que oyen. Todo el proceso recuerda cada vez más intensamente al referéndum del Brexit. 
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL MERCADER DE VENECIA

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: William Shakespeare (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Arturo Querejeta, Toni Agustí, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Héctor Carballo, Critina Adua, Lorena López y Jorge Bedoya Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El mercader de Venecia es una obra compleja, que yuxtapone acciones y emociones graves (envidia, odio, venganza) y una trama ligera, de amoríos y engaños. Nunca lo sabremos con seguridad, pero quizá al público de la época le resultaba menos violenta que a nosotros la cercanía entre el drama del judío –a quien destrozan la vida- y la rechifla con la que es urdido. Vasco carga las tintas del contraste, llevando algunas escenas livianas hacia la farsa desatada (Príncipe de Aragón con máscara de Comedia del Arte y acento paródico) o al humor apayasado (las idas y venidas en góndola). Es, sin merecer condena taxativa, quizá lo más objetable de la puesta en escena.


    Sin embargo, el grueso de la función se beneficia de la elegancia característica del director, maestro en la concertación de música (un piano en escena), vestuario (Caprile), iluminación (Camacho) y escenografía (gran rendimiento en su sencillez, la firma Carolina González). Querejeta es un Shylock al que comprendemos, no un monstruo de maldad irracional. Suyo es el mérito de que el personaje mantenga una cierta grandeza oscura y no desentone en medio del pitorreo. En un final felizmente añadido, él es quien cierra la historia tirando con estrépito una balanza al suelo: el comentario que a nuestra época le merece este remedo de justicia. Francisco Rojas le da la réplica a su altura.

Y lo que no cabía allí:

1.- Si sigo unos años escribiendo estas cosas, llegará un momento en que no hará falta que me lea nadie. La elegancia, no hay vez que no la saque de paseo si tengo que hablar de Vasco. Pues perdonarán, pero es que me resulta inevitable. Yo no tengo la culpa de que sea elegante siempre. Estoy recordando La fuerza lastimosa con Noviembre Teatro o Las bizarrías de Belisa con la Joven Compañía Nacional de Teatro (un montaje hecho con unas pocas sillas y punto, ¿lo recuerdan?). Es elegante hasta cuando le salen más las cosas. Miren la Hedda Gabler, tan poco conseguida, pero tan hermosa de mirar. Por eso repite muchos los colaboradores, porque se tienen pillado el punto (esto era un modismo hace tres o cuatro mil años, pero ya no sé ni si se entiende): Camacho ilumina el Mercader, y es una contribución de relieve al resultado de conjunto. Un conjunto que da gusto ver. La escenografía se limita, durante la mayor parte de la obra, a una tarima alargada y con patas, colocada inicialmente en paralelo a la línea imaginaria de proscenio y que luego los actores hacen girar a capricho. El propio mueble es hermoso, con aspecto sólido y elegancia (hala, ya salió otra vez) antigua, y es explotado a conciencia.

2.- Destaqué en la crítica en papel a Querejeta y Rojas, pero no me cupo Lorena López, que se maneja a maravilla en el breve papel de Nerissa: simpática, espabilada, un pelín burbujeante. Tengo la sensación de haberla visto en algo, pero por más que busco no doy con ello. Todos los demás están integrados con efecto coherente, excepto – diría yo- Agustí, que tiene a su cargo a Bassanio: masca, separa frases, multiplica los subrayados… Quise verlo en Penev, pero se me pasó. Lo vi en Platonov, pero no lo recuerdo. Así que es posible que tenga otras formas de hablar. Si es un efecto buscado (el tipo tiene que ser un poco chulito), a mí me parece que no funciona.

El montaje no se detiene en la atracción que Bassanio ejerce sobre Antonio. No hace falta ser muy espabilado para entender que tanta amistad de un señor de mediana edad (soltero para más señas) por un jovenzuelo alocado es difícil de concebir exenta al cien por cien de otro tipo de atracción. No me vengan con lo de que nuestra época ve homosexualidad por todas partes, porque eso que, otras veces, es perfectamente cierto, no parece de aplicación. En primer lugar, no estamos hablando de ambientes estrechos que, a base de eliminar las impurezas de la vista, terminan por conseguir galácticas ingenuidades (como aquélla, proverbial, de la censura convirtiendo a los amantes de Mogambo en hermanos, porque no podía ni imaginar una lectura incestuosa). Shakespeare escribía en un lugar y una época que no cerraban los ojos a la pluriforme actividad humana. Y el propio autor era sensible a los encantos de una y otra acera, así que es difícil sostener que su Antonio no mire con ternura a Bassanio. Es posible que Rojas haya incorporado algún matiz de este tipo, pero a mí se me escaparon, y creo que la función gana con ese subtexto (que bien queda poner “subtexto” de vez en cuando). Eché de menos alguna mirada intensa.

3.- Hay un excelente fotógrafo, Enrique Toribio, que hace –entre otras muchas cosas- series shakespearianas, y que tiene una sobre el Mercader. Echen un vistazo a las fotos, porque no tienen desperdicio.


4.- Me niego a hablar de si Shakespeare fue o no antisemita, porque me saca de mis casillas que, en estas cosas, estemos como en lo peor del proceso a Flaubert. A ver, niños: lo que hagan, digan o piensen los personajes no es lo que hace, dice o piensa el autor. Esto, que parece el abecé, es una cosa que los seres humanos no terminamos nunca de asimilar. No soporto la narrativa de Vila-Matas, pero tolero sus columnas. Hablaba esta semana de Alejandro Rossi, y lo recordaba diciendo “Cuántas veces la crítica literaria –aun la mejor- olvida la escritura y sólo busca al autor” […] El autor sería el único personaje interesante”. El mismo Vila-Matas tenía que recordar dos días más tarde (en El País del 26) que su yo literario es un personaje inventado. Es como si, a fin de cuentas, fuéramos un gigantesco Sálvame con alguien vociferando “Sí, sí, está muy bien todo esto de Shylock y Antonio, pero ¿William? ¿William era antisemita o no? ¿Y era gay o no era gay?”. De más está recordar que William habló por boca de antisemitas y judíos, adúlteros y ejemplos de pureza, espíritus abnegados y ratas, asesinos y víctimas, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales. Ah, y también –pequeño detalle- que la obra contiene –en el celebérrimo monólogo de Shylock- uno de los más altos alegatos por la igualdad jamás escritos. Si fue antisemita, aún sería más admirable la capacidad para ponerse en el lugar del otro y hablar con coherencia desde ese lugar.
P.J.L. Domínguez