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miércoles, 27 de marzo de 2019

JUGUETES ROTOS

Sala: Teatro Español Autora y directora: Carolina Román Intérpretes:  Nacho Guerreros y Kike Guaza Duración: hace un año, no lo recuerdo
(la función ya no está en cartel)

Nacho Guerreros y Kike Guaza
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Escribiendo sobre La geometría del trigo, me he dado cuenta de que no colgué Juguetes rotos. No quiero que falte este título, fundamental en la trayectoria de Carolina Román. Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

NO SÓLO CON PALABRAS

Tristán Ulloa dirigió una pequeña joya de Carolina Román que se tituló En construcción. Ella misma se encargó después de montar otro texto propio: Adentro, segundo ejemplo de orfebrería fina, de bordado sutil.  Repite ahora como autora y directora de Juguetes rotos, que tiene las mismas características de teatro hecho sin aspavientos, con modestia y con enorme sabiduría. Parece mentira, pero se olvida con gran frecuencia que se puede narrar no sólo con palabras, sino con todos los elementos puestos a disposición de los sentidos del espectador. En Juguetes rotos, casi dicen tanto como el texto y el trabajo de los intérpretes, el vestuario de Cristina Rodríguez y el espacio sonoro de Nelson Dante, más la luz y la escenografía de Picazo y Meloni. Todo se ha ensamblado sabiendo que la capacidad del público para entender las cosas sin tener que dárselas trituradas como un potito es inmensa.

    A ese trabajo de construcción de un relato con elementos diversos, Román añade una espléndida capacidad de dirección de actores. Kike Guaza y Nacho Guerrero están como para que les caiga algún premio. Dado el asunto, tan de moda, de la identidad de género, le parece a uno en algún momento que la cosa podría derivar hacia el panfleto, pero nada de eso. Es, como las otras historias de su autora, un retrato pleno de compasión de unos seres humanos como nosotros. Para no perdérsela.

P.J.L. Domínguez

          

jueves, 5 de enero de 2017

DANZAD MALDITOS

Sala: Matadero Autores: Félix Estaire y Alberto Velasco  Director: Alberto Velasco Intérpretes: Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti, Verónica Ronda y Alberto Frías Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Fui con bastante prevención a ver Danzad malditos. Todo lo que la rodea (eco mediático, ruido en redes, fotos de acompañamiento…) me hacía presagiar una de esas moderneces a las que se les termina el fuelle en el postureo. Una vez más, el teatro –y su brazo ejecutor: Alberto Velasco- me ha dado otra lección de humildad. 

Los veinte o treinta primeros minutos parecen confirmar la previsión de catástrofe. ¿Cómo van a reconducir todo esto? Todo esto es la ausencia de línea narrativa convencional, el narrador, las alusiones a la equitación, el personaje extranumerario (la cantante), la coreografía antirrealista, las observaciones metateatraales… Pero, en un arriesgado juego, cada vez que la función roza un agujero negro dramatúrgico, ¡zas!, entra la música. 

Danzad malditos es –además de una maravillosa ida de olla- prácticamente teatro musical, una forma muy personal de teatro-danza que Velasco construye con una selección impecable de partituras (de Padam a Kurt Weill, de Too darn hot a Purcell) que le sirven de cimiento para dramaturgia y coreografía. A veces con gran maestría, como en la extenuante carrera de los intérpretes alrededor de Verónica Ronda (fantástica actriz) que repite en bucle un play-back sobre Ute Lemper. Excelentes la escenografía de Meloni y la iluminación de Picazo. Me la perdí en su día y escribo estas líneas para que nadie se la pierda.

Y algunas cosillas que no cabían allí:

1.- Me pongo a buscar por ahí, y encuentro una entrevista con Alberto Velasco que da en el clavo de la ubicación mental en la que yo lo tenía archivado: "polifacético actor, muy respetado en la escena alternativa". Lo he visto actuar, que recuerde, en Numancia y en Los nadadores nocturnos (entrada pendiente de redacción desde tiempo inmemorial), y actuar muy bien. Pero es la segunda parte de la frase la que me interesa ahora: "muy respetado en la escena alternativa". Ay, qué miedo. Esperen, antes de escandalizarse déjenme un minuto para que me explique. Nada en contra de la "escena alternativa", estaría bueno. Tanto acierto y tanto bodrio en el off como en el más respetado de los ambientes de teatro on intelectual (me pirro por la grafía intelestual, pero no está bien vista) o en el más rentable de los comerciales. Diré más: si alguien me obligara poniéndome una pistola en la cabeza a apostar en cuál de esos tres ámbitos hay más calidad, seguramente fiaría mi vida a lo alternativo. Quede todo esto bien claro.

Pero como todo tiene sus pros y sus contras, también aquí hay que mencionar un pequeño -y exasperante- inconveniente: la militancia. Verán, yo ya milité en todo. Luego se me pasaron las militancias y me quedé con la calidad. Renegué del hay que y me pasé al análisis de resultados. De resultados artísticos, no me refiero a la contabilidad de taquilla. Por supuesto, lo alternativo, la vanguardia, la rebeldía, el inconformismo... todo eso requiere del entusiasmo de la militancia como los peces requieren agua y los mamíferos oxígeno. Es hasta una hermosura ver a la juventud, como dicen las ancianas, renegar, protestar, exaltarse con lo nuevo (o con lo que les parece nuevo). Pero es igual de inevitable que la edad le dé a uno una cierta perspectiva sobre estas cosas, y le enseñe que el entusiasmo no da la razón (artística). Estoy leyendo Incerta glòria, una maravillosa novela de Joan Sales que parece que llega el año que viene al cine (sesenta años después de su publicación) y que da la medida del divorcio entre las culturas de las diversas lenguas peninsulares (¿quién ha leído esto en la meseta). Pasé ayer por un párrafo maravilloso que me viene como anillo al dedo. Un joven inconformista escribe un artículo sobre la rebelión juvenil, y el redactor jefe de la revista que se lo ha publicado se niega a publicar la continuación. Le explica que el artículo La rebelión de los jóvenes aparece una vez al año, como el de Ya se ven las primeras castañeras, y que cada vez debe ser de autor nuevo, porque los jóvenes se van sucediendo.

Esto no quiere decir, ni de lejos, que la vanguardia o lo alternativo sean algo a evitar, los dioses me libren. No sólo son imprescindibles para la evolución de las artes escénicas sino que, en bloque, son también más divertidos e intelectualmente más estimulantes que lo establecido. ¿Y entonces a qué viene todo esto? A que hay una gran cantidad de productos alternativos que vienen con la cohorte de grupis instalada de fábrica. Y a que la presión que esas hordas de seguidores entusiastas desprovistos de espíritu crítico realizan alcanza a todo el mundo, incluidos programadores y críticos. No voy a dar ejemplos, que no quiero empezar el año con disgustos, pero repasen el blog y se encontrarán una buena cantidad. Si es usted un alternativo, búsquese una buena cla virtual, y ya verá qué subidón. Haga lo que haga. Otros muchos fabrican joyas, pero, como no tienen club de fans, se quedan del salón en al ángulo olvidados, como el arpa aquella. Así se escribe la historia, diría mi madre, y tendría razón, porque en un arte como el teatro, efímero, la posteridad solo recuerda lo que queda escrito (olviden el vídeo, sólo sirve para documentar).

A todo eso me refería en la crítica en papel con lo de ruido en redes y moderneces a las que se les termina el fuelle en el postureo. Pero Danzad malditos no es postureo, tiene mucho fuelle, es un invento con nervio y columna vertebral.


2.- Iba a poner arriba del todo, donde la ficha inicial dice "autores", "libremente basado en Danzad, danzad malditos de Sydney Pollack", pero me he arrepentido. Yo diría que ni basado. Quizá, "lejanamente inspirado" o, incluso, "más o menos emparentado". Además del título y de la competición de resistencia en el baile (más intensamente alegórica aquí que en la película), no veo más. Este parentesco parece liar un poco más la autoría (repartida en el programa de mano entre los textos de Estaire y la dramaturgia de Velasco), pero el lío es fácil de deshacer: parentesco con la peli, liviano; buenos textos, pero para lo que están, que es apenas enmarcar la acción corporal, la música, el drama plástico; autor, Velasco. Yo lo veo claro.

3.- He hecho trampa en el párrafo anterior. Hay, al menos, otra cosa relacionada con la película, cuyo título original es They Shoot Horses, Don't They? (como la novela de McCoy en la que se basa) y que incluye la referencia a un episodio de infancia del protagonista, que vio cómo su padre remataba a un caballo herido. Velasco ha agigantado esta presencia equina, con un narrador vestido (más o menos) de jinete, una presencia-cantante femenina con unas bridas sobre el vestido, alusiones en los textos y diversas mímicas, incluido el manejo de unas riendas acopladas a la parte baja de ese frente de madera que ven al fondo de la foto de más arriba. No hace falta ser un experto en arquetipos jungianos para cazar las referencias conscientes, inconscientes y semi-conscientes que esta animalidad oscilante entre lo salvaje y lo domesticado puede representar. Ahí están los caballos, en el teatro surrealista de Lorca (mencionados en Así que pasen cinco años y presentes en El público) o en el teatro psicoanalítico de Equus, por mencionar sólo cosas que han podido ver hace poco. El caballo es aquí uno de esos elementos incoherentes a priori que Velasco va amontonando al comienzo y que -ahí está la sorpresa y el valor de la pieza- van armando un rompecabezas del que resulta al final una imagen de gran nitidez. Como cuando cinco mil piececitas de colores acaban formando el castillo de Neuschwanstein.


4.- El punto más flaco es la interpretación. Afecta poco al conjunto, porque -como habrán deducido de todo lo anterior- en medio de este guirigay visivo-musical-conceptual no es que tenga gran relevancia cómo se dicen los textos. Algunos mejor que otros, Rulo Pardo y Verónica Ronda muy destacados. Pardo es un tipo con dotes extraordinarias. Ha incidido más en lo cómico (es una de las mitades de Sexpeare), pero creo que podría hacer cualquier cosa, como este registro de grotesco maestro de ceremonias. La que me resulta un descubrimiento es Verónica Ronda. Vaya presencia escénica, qué capacidad de salir airosa de este vagar perdida por el escenario y por los pliegues destartalados del su interior adivinado. Tienen arriba del todo su foto en medio de esa escena que mencionaba en la crítica en papel.


5.- Grandes detalles de sabiduría teatral espolvoreados aquí y allá. Tres ejemplos. Uno: cuando todos los intérpretes puestos en fila dejan por turno su petaca metálica en el recipiente que les pasan por delante, la amplificación recoge el sonido del choque metálico al depositarlo. Dos: las bridas que rodean el vestido de la cantante y lo transforman, de una pieza anodina y tirando a fea como debía ser, en el atuendo adecuado del personaje que representa el fulcro central del montaje (o eso me parece a mí). Tres: el acompañamiento instrumental del Lamento de Dido, distorsionado para añadir un punto de inquietud a la tristeza.


6.- Nada de esto sería lo mismo sin la espléndida iluminación de David Picazo o la escenografía de Alessio Meloni. Últimamente me encuentro a Meloni por todas partes (Historias de Usera, Numancia, La noche de las tríbadas, que a ver si cuelgo mañana...), ¿dónde estaba antes? Además del espléndido aspecto visual, la escenografía ha sabido superar el reto de extenderse mucho hacia los lados. Esos extremos no se usan tanto como la zona central, pero resultan igual de atractivos. La foto encima de este párrafo se va bastante a la izquierda del espectador, pero aún queda un buen trozo. 

7.- La música es, simplemente, la bomba. Tengo que agradecerles que me hayan descubierto King Arthur del nunca bastante venerado Purcell.

* * *
Les queda una semana. Véanla. Yo me siento a esperar qué hace Velasco después de esto.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 26 de junio de 2016

HISTORIAS DE USERA

Sala: Lazona Kubik Autores: Alfredo Sanzol, Miguel del Arco, Denise Despeyroux, José Padilla, Alberto Sánchez-Cabezudo, Alberto Olmos, Pilar Franco, Yolanda Menéndez y Flor Cabrera Director: Fernando Sánchez-Cabezudo Intérpretes: Inma Cuevas, Jesús Barranco, Ana Cerdeiriña, José Troncoso, Huichi Chiu, Iván Jiménez, Juan Ramón Saco, Juan Antonio Rodríguez, María Teresa Prado, Juan Antonio Montes y Luis Sureña Duración: 1.55' (entreacto de 10')
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Me llegan voces de varios sitios insistiendo en que no me la pierda. La crítica de Vallejo en El País hace unos días dice nada menos que "la factura de la producción [...] nada tiene que envidiar a las mejores que puedan verse en el teatro parisino independiente o en los teatros públicos berlineses". En fin. No nos pasemos. Historias de Usera es exactamente lo que uno piensa que va a ser si fija su atención en todo el paisaje, por así decir, sentimental de la pieza: la participación de vecinos en el montaje, la evocación melancólica del pasado, la ubicación de los textos en un entorno costumbrista y de barrio. O sea, que SÍ resulta una cosa simpática. Y no es nada de lo que piensa que va a ser si, en cambio, se concentra en la otra vertiente del montaje: la escritura de un buen número de autores muy bien considerados y la dirección de Sánchez-Cabezudo, nombre en boga. O sea, que NO resulta una puesta en escena de calidad relevante ni, sobre todo, homogénea. Se me ocurre un término de comparación: El manual de la buena esposa (donde también estaban Sanzol y Miguel del Arco). El resultado está muy lejos de la redondez de aquel invento.

Heterogéneo es, quizá, el adjetivo que mejor cuadra a esta sucesión de piezas breves. Una heterogeneidad que depende en cada caso de la mayor o menor calidad del texto y del mayor o menor acierto en la dirección. Así que vamos por partes:

* Auge y caída de un amor en Usera (Denise Despeyroux). Un breve juguete cómico bien dialogado -Despeyroux es una experta dialoguista- con una puesta en escena discreta y muy bien defendido por Ana Cerdeiriña (inolvidable Letizia en Trágala, trágala). Simpático.
* El vampiro chino (Alberto Olmos). Excelente monólogo, lleno de sugerencias pedestre-poéticas, imaginativo, rico de posibilidades. Estupendamente planteado en su arranque en el interior de la tienda china de comestibles que vemos a través del vidrio del escaparate y en la que evolucionan los vecinos del barrio (literalmente, son vecinos que colaboran en el montaje) con coreografías hilarantes. El monólogo se despieza y sus otros dos fragmentos no alcanzan la brillantez escénica de este arranque -en uno la actriz se sube la azotea de la maqueta que ven en la foto y en el otro al poste de la luz que también ven ahí- pero Huichi Chiu, que es mucha actriz, consigue que el relato chisporrotee. Creo que es un error no hacerlo todo seguido.
* El 37 (José Padilla). Un sainete en formato miniatura, bien escrito, no excesivamente bien dirigido: el desenlace, que debería provocar carcajadas, pasa desapercibido y, zas, se acabó la cosa.
* Copacabana (Alfredo Sanzol). Aquí el resultado está a la altura de todos los implicados, autor, director y los dos magníficos intérpretes: Inma Cuevas y Jesús Barranco. Escrita al nivel del mejor Sanzol, dirigida con delicadeza e interpretada con virtuosismo. Es, con diferencia, la pieza más lograda.
* La Narcisa (Flor Cabrera, Pilar Franco, Yolanda Menéndez). El texto no tiene remisión. Troncoso y Cuevas se emplean a fondo, pero no hay por dónde coger la cosa. Me temo que en una duración tan breve se puede plantear lo cómico, un drama -digamos- suave, el minisainete o mil matices más, pero es extremadamente difícil conseguir la aceleración de cero a cien necesaria para sumergir al respetable en un dramón de tal calibre. Error inicial de enfoque no sé si superable y que el desarrollo del relato -que no se aparta de lo lacrimoso- no supera.
* El sereno (Alberto Sánchez-Cabezudo). El texto, previsible y trillado, se ha vestido muy bien a base de atmósfera y del bordado del personaje que se marca Barranco, pero no hay manera. Aburrido.
* El lado salvaje (Miguel del Arco). La idea era buena -recrear el pollo armado en Usera durante el abortado concierto de Lou Reed- pero el resultado es penosamente tedioso. El reiterativo texto no va a ninguna parte y puede hasta con la Cuevas (cosa que nunca creí poder decir). No sé si, dirigido de otra manera se hubiera salvado algo, pero lo dudo. 

Todo lo que se refiere al valor social de la función (y de la labor de la sala durante estos años), al interés de la participación de los vecinos, a la intención de expandir el teatro más allá del escenario... todo eso loable y estupendo. Pero una cosa es una cosa y otra, otra. Respecto al resultado teatral, el minidrama cómico de Despeyroux, el melodrama de Sanzol y el monólogo de Olmos (sobre todo, la parte ubicada en la tienda) son piezas acertadas. El resto, flojo o muy flojo.

Terminemos con lo más sobresaliente, que en este caso es lo que llamamos a veces "envoltorio" en este blog. Realmente magníficas la escenografía de Alessio Meloni (que acaba de firmar la también estupenda de Tom en la granja) y la iluminación de David Picazo, y muy eficaz la música de Sandra Vicente y Mariano García.
P.J.L. Domínguez
          
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domingo, 5 de junio de 2016

NUMANCIA

Sala: Teatro Español Autor: Miguel de Cervantes (versión de Luis Alberto de Cuenta y Alicia Mariño) Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente Intérpretes: Beatriz Argüello, Alberto Velasco, Chema Ruiz, Raúl Sanz, Carlos Lorenzo, Alberto Jiménez, Markos Marín, Maru Valdivielso, Julia Piera, Críspulo Cabezas, Mélida Molina y Miryam Gallego Duración: 1.35'
(la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Muchísimos de los clásicos que vemos representados son el resultado de podas y modificaciones más o menos atrevidas. Nunca causan sorpresa, excepto si tocan a Cervantes, tratado a menudo más como momia sagrada que como gran escritor. Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño firman esta excelente adaptación de una pieza que muchos juzgan, aunque sea en susurros, muy pesada para la sensibilidad contemporánea. Salvado algún detalle, el texto funciona a las mil maravillas como base del espectáculo que Pérez de la Fuente ha orquestado.


    Había mucho que orquestar en las potencias sumadas de escenografía (Meloni), iluminación (Guerra), música (Cobo) y vídeo (Raió), que configuran un resultado espléndido y que no se comen, como a veces pasa, a los intérpretes. También los insertos más estridentes (violación de Lira, carro y parto de la muerte), con los que Pérez de la Fuente muestra una vez más su admiración por la vena grotesca de nuestro teatro, se engarzan con naturalidad. 

La idea de hacer descansar el invento sobre dos pilares de fuerte contraste –Beatriz Argüello y Alberto Velasco- da frutos: buena parte del peso dramatúrgico se sustenta sobre sus intervenciones. Tanto ellos como el resto del elenco salen muy bien parados de este combate con el envoltorio visual y con un texto nada fácil.

P.J.L. Domínguez
          
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