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domingo, 5 de junio de 2016

NUMANCIA

Sala: Teatro Español Autor: Miguel de Cervantes (versión de Luis Alberto de Cuenta y Alicia Mariño) Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente Intérpretes: Beatriz Argüello, Alberto Velasco, Chema Ruiz, Raúl Sanz, Carlos Lorenzo, Alberto Jiménez, Markos Marín, Maru Valdivielso, Julia Piera, Críspulo Cabezas, Mélida Molina y Miryam Gallego Duración: 1.35'
(la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Muchísimos de los clásicos que vemos representados son el resultado de podas y modificaciones más o menos atrevidas. Nunca causan sorpresa, excepto si tocan a Cervantes, tratado a menudo más como momia sagrada que como gran escritor. Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño firman esta excelente adaptación de una pieza que muchos juzgan, aunque sea en susurros, muy pesada para la sensibilidad contemporánea. Salvado algún detalle, el texto funciona a las mil maravillas como base del espectáculo que Pérez de la Fuente ha orquestado.


    Había mucho que orquestar en las potencias sumadas de escenografía (Meloni), iluminación (Guerra), música (Cobo) y vídeo (Raió), que configuran un resultado espléndido y que no se comen, como a veces pasa, a los intérpretes. También los insertos más estridentes (violación de Lira, carro y parto de la muerte), con los que Pérez de la Fuente muestra una vez más su admiración por la vena grotesca de nuestro teatro, se engarzan con naturalidad. 

La idea de hacer descansar el invento sobre dos pilares de fuerte contraste –Beatriz Argüello y Alberto Velasco- da frutos: buena parte del peso dramatúrgico se sustenta sobre sus intervenciones. Tanto ellos como el resto del elenco salen muy bien parados de este combate con el envoltorio visual y con un texto nada fácil.

P.J.L. Domínguez
          
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domingo, 16 de marzo de 2014

DIONISIO RIDRUEJO UNA PASIÓN ESPAÑOLA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Ignacio Amestoy Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente  Intérpretes: Ernesto Arias, Jesús Hierónides, Paco Lahoz, Nerea Moreno y Daniel Muriel Duración: 2.00'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Hierónides, Arias, Lahoz y Muriel.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Treinta años han pasado desde la escritura de Dionisio Ridruejo. Una pasión española. El título fue calcado después en Azaña, una pasión española, cosa que produce, ahora, un sugestivo juego de espejos entre ambos personajes.
    La pieza tiene mucho de teatro documento y de teatro ritual, características tempranas entonces. Pero esto es lo de menos. Lo de más es su gran altura literaria y dramatúrgica, diametralmente opuesta a la reconstrucción histórica y el didactismo que, a menudo, también recientemente, hieren de muerte a las glosas biógraficas para la escena. Ridruejo se refleja en un grupo, tan esperpéntico como realista, de militares recluidos en 1975 en un sanatorio. Eso basta para reconstruir una peripecia cuyo tema central es, creo yo, la posibilidad del arrepentimiento político.

    Pérez de la Fuente ha hecho un magnífico trabajo de director y de escenógrafo, al que me parece que no es ajena la simultaneidad con Dalí versus Picasso, evidente sobre todo en la arrabaliana escena de la enfermera con los pechos al aire. Paco Lahoz, transfigurado: habría que premiarlo. Arias desgrana con vigor hipnótico la desaforada prosa fascista, hermosísima en la forma y repugnante en el fondo. Muriel, Hiéronides y Moreno (enfermera falangista con un terrorífico toque Salò) estupendos. Las dos horas pasan volando.

Y lo que no cabía allí:


I

Ridruejo. Siempre me intrigó, desde que me enteré de quien era allá por mi adolescencia. Precisemos: siempre me intrigó el aprecio que le demostraron, en vida y después de muerto, los adversarios del régimen franquista de la generación de la transición. Un arrepentido. Todo el mundo tiene derecho a arrepentirse y a ser perdonado. Nuestra cultura no se ha movido un milímetro de ese postulado desde hace miles de años, con la excepción de un nietzcheanismo que todos sabemos a dónde condujo. No seré yo quien niegue ese derecho, pero el texto de Amestoy -y la propia historia de Ridruejo- plantean otra cosa. Plantean si es posible un arrepentimiento tal que permita al reo volver a tener protagonismo público, allí donde perpetró sus fechorías. El debate se reproduce constantemente: está ahora muy vivo en Colombia respecto a las conversaciones de paz con la guerrilla y entre nosotros con la cuestión del final de ETA, la acción política de Bildu, etc. Digo yo que en esto, como en todo, hay grados.

No voy a emitir opinión en un blog de teatro sobre la guerrilla colombiana o sobre ETA, asuntos endiabladamente complejos, pero como sólo conocemos por comparación, me parece oportuno comparar. La cantidad de violencia y sufrimiento infligidas por cualquier grupo terrorista europeo del siglo XX, o incluso por movimientos con estructura de ejército como las FARC, no guardan proporción con nuestra Guerra Civil, y no hace falta ni explicar esta afirmación. El discurso de Ridruejo en Valencia, que Amestoy rescató de la transcripción del diario Levante y que Arias reproduce en la función, es de 1940. En 1940, cualquier intelectual informado y decente que hubiera descorchado el champán el 18 de julio de 1936 sólo podía estar en un sitio: en su casa, muerto de asco y de miedo. De hecho, es como estuvieron muchos. Me parece oportuno recordar aquí el nombre de Unamuno. Tras apoyar el golpe, le bastaron TRES MESES para darse cuenta de la barbarie que lo rodeaba y dar público testimonio de su oposición. Testimonio que no le costó la vida por el canto de un duro. Yo no le pediría a nadie que fuera un héroe en semejante tesitura -cosa que el anciano Unamuno fue- pero sí, desde luego, que se mantuviera discreta (y acongojadamente) al margen.


Había que ser de cierta pasta para pasear tan contento por Barcelona el 26 de enero de 1939 a la vera del general Yagüe, ¿no?

En 1940, después de que en España se registraran los primeros bombardeos de la historia sobre población civil, después de una cantidad inimaginable de muerte y destrucción, después de -lo peor, si me apuran- una horrenda merienda de aprovechados, canallas y advenedizos que campaban a su aire, Ridruejo canta las poéticas alabanzas de Franco, una bestia violenta y casposa que no le llegaba a él mismo a la suela del zapato. Digámoslo con claridad: si hubiera sido alemán, nadie lo hubiera librado de los juicios de Nuremberg. Si veinte años después, tras salir de la cárcel, hubiera pretendido fundar un partido socialdemócrata, no está claro si los socialdemócratas alemanes se hubieran partido el bazo de risa o le hubieran partido a él la cara dura. Nadie está libre de su cuota de contradicciones, las tienen hasta R2D2 y 3PO, que ni siquiera son personas, pero... ¿de corifeo entusiasta de una ideologia de muerte a restaurador de la democracia? Parece una contradicción un poco excesiva.

Sigamos. ¿Cuándo le llega el arrepentimiento? ¿De manera espontánea, al comprender que las ideas políticas no pueden imponerse por la fuerza bruta? No. Le sobreviene cuando comprueba que la fuerza bruta no ha servido para imponer sus convicciones -fascismo puro y duro- sino para restaurar los intereses de otros (el conservadurismo tradicionalista español de siempre, idéntico a sí mismo como desde el Cid o por ahí). ¿Y si le hubiera salido bien esa revolución que a España le costó lo incalificable? Pues a lo mejor tan contento, ¿no? En la cumbre de su precioso estado fascista, después de machacar en las trincheras y fusilar en los paredones a todo el que se hubiera opuesto.


Perro anónimo con Ridruejo. Qué simpáticos.

Las cosas le salieron mal. Su revolución falangista nunca se llevó a cabo. Además, el paso por un lugar tan agradable como el frente ruso le hizo ver la violencia de cerca, y debió de darse cuenta de que era bastante más chunga de como se la imaginaba desde su despacho de poeta-soldado. Bien está el arrepentimiento, eso lo salva quizá de la infamia. Lo que no entiendo es el deje de admiración con el que toda esa generación que mencionaba se refiere a él, a veces con disculpas de manual de disculpas, tipo "un buen muchacho confundido". Vean si no lo que dice alguien tan poco sospechoso de ingenuo como Antonio Muñoz Molina: "En 1941 Dionisio Ridruejo era un excelente escritor y una buena persona casi completamente cegada por su ideología fascista". ¿Puede alguien explicarme qué es una buena persona cegada por la ideología fascista? Lo entiendo hasta 1936. Después, no. ¿Acaso "una buena persona" está para definir a alguien que no buscaba su provecho personal sino, honestamente, el bien común? Bueno, es la diferencia entre Goering y Goebels, que se creyó el asunto lo suficiente como para sacrificar a sus propios hijos. Este olvido entusiasta de los pecados de Ridruejo sólo puede deberse a una especie de síndrome de Estocolmo de los protagonistas de la transición. "Fijaos: el más listo de ellos, ahora nos da la razón". Algo así.

Su biógrafo, Rafael Fraguas, dice de él: "Ridruejo fue un hombre de su tiempo, vital y extravertido, dotado de simpatía personal y de un singular estro poético y artístico que puso al servicio de su vocación política. Al decir de sus allegados, fue castellano recio, hombre culto y refinado, provisto del don de la amistad, más la humildad, la simpatía y la llaneza, con buen gusto estético, de modales serenos y afables". Esto puede importarle a su biógrafo, a un moralista, a un curioso de la época (yo mismo), y a mucha otra gente, pero a la Historia (así con mayúsculas) le importa un bledo. Le importa tan poco como saber si Tutankhamón tenía halitosis o Catalina la Grande se acostaba con sus caballerizos.


Ésta es buena también, ¿eh? Dionisio Ridruejo, José Antonio Gimenez Arnau, 
Velez y Rivera de la Portilla salen de la segunda sesión del Consejo Nacional de 
 F.E.T. y de las J.O.N.S. en Burgos (marzo de 1938). Los relatos del ambientillo
que reinaba por allá son escalofriantes.

En fin, volviendo al asunto, que era un función de teatro, no sé si recuerdan. Es posible que quienes conocieron al personaje la vean como una celebración de su recuerdo. En el estreno estaba Enrique Múgica, hubiera estado bien preguntarle. Sin embargo, para quienes tengan una distancia objetiva -para los más jovenes- el discurso megafascista que la pieza rememora será lo más potente y lo más memorable, por repugnante. No sé si ésta era la intención de Amestoy (no creo), pero ya se sabe que una vez paridos, los hijos y las obras van por donde se les antoja.

Para terminar, les dejo uno de los poemas más conocidos de Ridruejo. Un soneto que se titula Burgo de Osma. Mola bastante. Suena un poco borgiano.


Como la nieve fluye y va sonora
de haber sido silencio, así mi olvido
de las cumbres del ser en que ha dormido
baja al tiempo natal y fluye ahora.

Ya es celeste el hollín en la herrería
y el chirriar de la rueda con estopa
del cordelero y riza la garlopa
una miel inmortal de todavía.

Vuelve la yunta de ganar el valle
con su lanza arrastrada y la campana
vuelve a pasar entre la luz y el puente.

Vuelve el mercado a empavesar la calle
con soportales. Vuelve todo y mana
el para siempre ayer eternamente.


II

Decía en la crítica impresa que el historicismo y el didactismo (palabro que me he inventado para abreviar el "interés por transmitir datos", publicar en papel obliga a esas maniobras) arruinan mucha biografía escénica. En otras palabras: una cosa es un ensayo y otra una pieza teatral. Les pondré tres ejemplos de los últimos años; con uno estará de acuerdo todo el mundo, con el segundo habrá división de opiniones y respecto al tercero recordarán quizá que la crítica fue unánimemente elogiosa (esto me pasa a menudo): La monja alférez, El diccionario y La colmena científica o el café de Negrín, dedicados, respectivamente, a Catalina de Erauso, María Moliner y Juan Negrín. Ciertamente, no estaban los tres al mismo nivel -la monja era un texto desastroso- pero compartían esas dos etiquetas (ya saben que a los críticos, seres estériles y clasificadores, nos pirran): detalle histórico y amontonamiento de datos.

Todo lo contrario esta vez. Respecto a lo histórico, la línea argumental principal de Dionisio Ridruejo ni siquiera está ambientada en los días del glorioso pasado fascista, sino mucho más tarde, en 1975. O sea, muy poquito antes de su escritura, así que Amestoy está hablando de su propio tiempo. Está hablando, además, por boca de un tipo de personaje fuertemente caracterizado, al menos entonces: militares. Hoy en día, supongo imposible distinguir a un militar en una foto de su comunidad de vecinos, pero entonces los cazaba uno al primer vistazo. Cuatro tipos de militar: viejo general victorioso, mando intermedio tronado, chusquero y joven militante de la UMD (los demasiado jóvenes, sigan el enlace si quieren enterarse). Sólo he entrado en un cuartel dos veces en mi vida, pero sabemos que estos personajes son creíbles por el mismo motivo que sabemos que lo son los militares de Chejov o, tanto da, los chinos de La condición humana: por su coherencia. Son, sobre todo, los diálogos entre los tres primeros, en un idiolecto de casta sumergido en un mar de connotaciones y sobreentendidos, los que ubican la época, sin ningún inútil derramamiento de datos, como diría Mafalda. Sin caer, además -y era un peligro enorme- en el rancio costumbrismo cuartelero.



El coronel Arenas, Ernesto Arias -ahí en la foto con la enfermera- no ha soportado bien sus contradicciones personales y políticas. Se le va un poco la pinza. Y en las idas, se transmuta en Ridruejo, o deja que salga, o lo que sea. Esas apariciones bastan para materializar la figura evocada, que se refleja en los cuatro individuos encerrados en ese gimnasio. No sé si la intención del autor iría por ahí, pero le han salido (como en las novelas de Huxley) cuatro paradigmas de la reacción a la dictadura de Franco: adhesión incondicional (el general), sometimiento del paniaguado (el comandante Castro), esquizofrenia (el coronel Arenas) o rebeldía (el capitán).

Decía en la crítica impresa Pérez de la Fuente ha hecho un magnífico trabajo de director y de escenógrafo, al que me parece que no es ajena la simultaneidad con Dalí versus Picasso. Magnífico trabajo de escenógrafo: el espacio realista es un gimnasio presidido por un enorme escudo de los que ahora llamamos "preconstitucionales" (es como si se llamaran "preconstitucionales" la cruz gamada en Alemania y las fasces en Italia), muy logrado en la imitación de la textura de pintura sobre pared (Sfumato fecit). Lo apreciamos quienes los vimos. El espacio no realista está representado por unas gigantescas fotografías de esculturas de ángeles en las paredes laterales. Así explicado no pega ni con cola. Incluso visto, uno se dice que no pega ni con cola. Pero pega. Esas huidas en los lados recuerdan un poco al papel de ambos laterales también en Dalí versus Picasso, aunque allí son salidas a otros lugares y aquí simples escapadas visuales. El detalle de la utilería asociada a la enfermera es un pequeño hallazgo: bandejas de idénticos frascos de medicinas alineados perfectamente. Eso, el uniforme y el peinado redondean a un personaje que, desde la primera entrada, parece anunciar que la cosa no es ni tan simple ni tan realista ni tan lineal como su arranque quiere hacernos creer.   


Por la tangente.

Magnífico trabajo de director: en primer lugar por la ubicación y frecuencia de las tangentes por las que la puesta en escena deriva a trayectorias excéntricas, propiciadas por los delirios de Arenas. También por la dirección de actores. Esto de tener a cuatro personas dialogando en el mundo real, añadirles las irrupciones de la enfermera tirando a sado-maso falangista (algo muy explotado por la ficción en plan nazis cachondonas, incluso en el porno, pero mucho menos frecuente en nuestra versión del fascio) y ponerlos a ratos a subirse por las paredes (Arias) o remedar a Franco (Lahoz) podía terminar en desastre monumental, pero las dosis están en su medida justa y los actores manejados con equilibrio.


Hiéronides, perfecto chusquero: "Donde mejor están los inútiles es en el coro". Muriel carga con el personaje menos lucido. Ya saben, en medio de un coro de dementes, un joven rebelde con la cabeza en su sitio no es lo más brillante, es como el galán en una comedia de Jardiel. Sale airoso, tengo la sensación de que va a resultar ser uno de esos actores que bregan con todo, actores-trabajo que siempre sacan adelante lo que les toque: el monólogo de Steve Jobs, La mecedora, Las heridas del viento, esto... Además, se le está quitando ese aspecto de jovencito guapito, tan buena para unas cosas y tan maldita para otras. Arias, ya lo he dicho en la crítica impresa, larga el discurso de Ridruejo con tal vigor y poder de convicción que, durante un momento, casi le dan a uno ganas de aplaudir: de aplaudir el discurso, quiero decir. Lo mismo dicen los que llegaron a escuchar a Hitler en directo. Cómo me gusta este hombre (Arias, no Hitler), sin ningún aspaviento, seguro hasta cuando llora. Respecto a Lahoz (en la foto), sólo añadiré una cosa: merecería la pena la función sólo por ver cómo Franco escucha a Ridruejo.

Mención aparte para Nerea Moreno. En primer lugar, rotundo acierto de casting. Da el físico perfecto. Pero, sobre todo, acierta a mezclar la rigidez falangista, el erotismo y la guasa en un personaje que no creo que se me olvide.
P.J.L. Domínguez
           

martes, 25 de febrero de 2014

DALÍ VERSUS PICASSO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Fernando Arrabal Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente Intérpretes: Antonio Valero y Roger Coma Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Roger Coma y Antonio Valero.


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


No puedo decir que me entusiasme el texto de Arrabal, anclado en un tipo de vanguardia que dejó de ser actual hace decenios. Ciñéndonos a lo teatral, me parece reiterativo y circular, con poco interés dramatúrgico. Los críticos le han colgado por inercia etiquetas como “iconoclasta” o “provocador” que el propio autor, con buen criterio,  ha rechazado. ¿Qué queda entonces? Poco, creo yo. Un Dalí que suma el derroche de esdrújulas de Arrabal al suyo propio. Un Barrabal, personaje grotesco, que no aporta nada con la gratuidad de sus… ¿salidas de tono?

    Sin embargo, Pérez de la Fuente ha hecho de todo para sacar provecho de este material de partida, y lo ha conseguido en alguna medida. Entre otras cosas –y ésta me parece la mayor perversidad de todo el asunto, más arrabaliana que el propio Arrabal- poner a la Real Escolanía de San Lorenzo del Escorial a cantar el Himno de Riego.

    Son, a fin de cuentas, los dos actores quienes consiguen que la función sea de recibo. Un Valero, en papel más bien subordinado, que puede con todo, que todo lo hace creíble. Y  Roger Coma, superlativo, que aguanta a pie firme una hora larga de extrema impostación sin perder comba ni un segundo, ni siquiera en la comprometidísima escena final, que mantiene en alto a fuerza de carisma. Ambos ayudados por las deliciosas voces de Cardinali y Kouberskaya.


Y lo que no cabía allí:


1.- No puedo decir que me entusiasme el texto de Arrabal. Puntualizo. Es posible que sea un texto bastante atractivo a la lectura, que no representado. Más bien tirando a boutade, pero con su gracia. Con su gracia relativa, una vez que el término vanguardia es ya imposible de aplicar a algo que, quizá, pudiera ser tal cosa hace cincuenta años. Voy a ser sincero: Arrabal me ha parecido siempre uno de esos creadores estrafalarios que los franceses adoran y que consiguen imponer al resto del planeta. O conseguían, ahora que los consensos basados en los gustos de las élites parece que tienen los días contados. Mi cerebro lo tiene archivado en la misma carpeta de Perec o Houllebecq... y, si me apuran, de Godard o Kieslowski. Sí, miles de intelectuales los alaban y les dedican tesis doctorales, y millones de personas aseguran pirrarse por sus huesos, pero a mí me parece que el viento de la historia se los llevará como se me llevará a mí. Son creadores que han tenido una extraordinaria habilidad para hacer tragar al mundo su ristra personal de obsesiones. Ustedes dirán, "sí, como Picasso o Proust". En efecto. Pero los artistas pasan a la historia por la calidad de los artefactos que construyen para contenerlas, y a mí todos estos artefactos me hacen bostezar. ¿Quieren términos de comparación? Pues si los quieren dentro de los contemporáneos de Arrabal, en el ámbito del teatro y en España, les propongo uno: José Sanchis Sinisterra. Por supuesto, hay sitio para todos: para tendencias, personalidades y rangos de relevancia de todo tipo. Si digo esto, es porque me sorprende leer desaforados ditirambos que, me parece a mí, habría que reservar para otras cosas. Y si dentro de un par de siglos todas las ciudades del mundo tienen una plaza dedicada a Arrabal y otra a (Dios mío) Jodorowsky, estará bien que alguien encuentre este texto y me haga pasar a la inmortalidad como ejemplo del crítico estúpido que no da una en sus predicciones. Es mi versión light del erostratismo.

2.- Un personaje grotesco, Barrabal, que no aporta nada. Pero nada de nada. Podría pasar por incorporado a posteriori, por alguien que se hubiera dicho "mmm, esto está un poco convencional, vamos a meter un contraste escatológico". En otras palabras: forzado, impostado, amanerado. Lo contrario de las voces en off de la Maar y de Gala, que funcionan bien como recurso dramáturgico.

3.- Pérez de la Fuente ha hecho de todo. Desde diseñar la escenografía, que ayuda, hasta mover a los actores lo suficiente como para (casi) superar el lento avance del texto hacia ningún sitio: from darkness to darkness. Me he tronchado hace un rato al leer esa expresión que Wilde usa a propósito de la evolución ideológica del cardenal Newman (estoy revisando un poco a Wilde a propósito del Dorian de Carlos Be, ya les contaré).

4.- Roger Coma, superlativo. Lo que llamo en la Guía del Ocio "la comprometidísima escena final" lo es por dos motivos. Primero, porque Arrabal estira en exceso un final que quizá pueda resultarle cómico o escandaloso a alguna anciana campesina polaca, pero que al común de los mortales nos da justo para bostezar. Bueno, venga, lo voy a destripar, quien no quiera spoiler que se salte una línea: Picaso castra a Dalí a petición del interesado. En segundo lugar, Coma se queda en pelota picada y encima, en último término, en postura poco discreta. Pues Coma, resistiendo ahí como un campeón. Vamos, que mantiene la dignidad, cosa que poca gente sería capaz de hacer.
P.J.L. Domínguez