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lunes, 8 de octubre de 2018

TODAS LAS MUJERES

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Mariano Barroso y Alejandro Hernández Director: Daniel Veronese Intérpretes: Fele Martínez, Lola Casamayor, Lucía Barrado, Nuria González, Mónica Regueiro y Cristina Plazas Duración: 1.30' 
(la función ya no está en cartel)


Lola Casamayor y Fele Martínez

EL HOMBRE GELATINOSO

Interesante ver Nine, el musical, inmediatamente antes de las vacaciones y Todas las mujeres justo al regreso. Este estereotipo del hombre gelatinoso que interpone a las mujeres entre los problemas y su confort da para mucho. ¿Será tan frecuente? Me temo que sí. El protagonista de Nine podría argumentar que tanta manipulación le ha permitido consagrarse al arte (si tal argucia cuela todavía), pero este Nacho de Barroso y Fernández es un patán sin excusa, un adulto que no ha hecho frente a nada. Para eso estaban ellas: su madre, su mujer, su amante… Y, al primer apuro serio, se le dispara el automatismo: a ver si pican la cuñada o la psiquiatra.

    Veroneses hay dos. Uno, el del teatro de riesgo. Me parece que su último salto mortal fue la excelente versión de Tío Vania que tituló Espía a una mujer que se mata. El otro es un eficaz director de teatro comercial. Aquí firma el segundo, y el resultado –aunque lejos de sus creaciones de campanillas- se sostiene, divierte y hasta sugiere al espectador algunas líneas de reflexión. Hubiera sido interesante desarrollar algo más el batacazo final de Nacho contra la realidad, pero el reparto cumple al completo, la función fluye con ritmo y no es menor el aliciente de ver a Lola Casamayor y Nuria González dar todas las puntadas con hilo. Y que no se me olvide citar a Mónica Regueiro.


Sobre esto del Veronese comercial, les dejo enlaces a una que le salió mal (Invencible) y otra que le salió superlativa (Bajo terapia, donde también estaba Fele Martínez). Dentro de nada les colgaré 7 años, que parece que he vuelto a pillar el ritmo perdido hace un año. 

A Mónica Regueiro no la tenía yo controlada, pero pisa el escenario con mucha autoridad. Me encanta descubrir estas cosas.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 17 de septiembre de 2015

BAJO TERAPIA

Sala: Teatros del Canal Autor: Matías del Federico Director: Daniel Veronese Intérpretes: Fele Martínez, Melani Olivares, Gorka Otxoa, Carmen Ruiz, Manuela Velasco y Juan Carlos Vellido Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ruiz, Otxoa, Martínez, Vellido, Olivares y Velasco. Detrás, el horrible y siempre presente fondo gris. (Foto de Alfonso Pazos)
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Hace ya ocho años que el autor y director argentino Daniel Veronese irrumpió en Madrid con la excelente Mujeres soñaron caballos convirtiéndose, de una tacada, en un indiscutible. Tras otro texto propio (Teatro para pájaros) y varias personalísimas versiones de Ibsen y Chejov, dirige ahora una comedia. Matizo: hay que llamarla así, porque de comedia se trata durante el noventa y nueve por ciento de su duración. Pero el uno por ciento restante es cimiento de la función y, se me antoja, la grieta que explica esta súbita querencia de Veronese por lo cómico. No puedo contar más.


    Con o sin grietas, lo que uno tiene ante los ojos durante los cien minutos largos de espectáculo es una comedia de parejas: tres, cada una con su rosario de miserias. Todo se apoya en la respuesta ingeniosa, el tono justo, la frase colocada en su sitio, y el lujoso elenco ejecuta al milímetro tanto detalle de ojeada, de movimiento, de intención, que la mirada tiene que saltar de un extremo al otro del escenario para no perderse nada. Todos brillan, pero Carmen Ruiz confirma un talento insuperable para la comedia. El espectador avezado intuye que el autor está reservando su personaje para algo, aunque esté lejos de sospechar para qué. Le toca a ella sugerir sin mostrar, en un alarde de interpretación. Juan Carlos Vellido, quizá el menos mediático de todos, da perfecta talla de protagonista.

Y lo que no cabía allí:

Antes, unas líneas para contarles que el adelanto del tórrido verano (allá por el mes de junio) me dejó completamente incapaz de pensar, y no digamos de redactar. Con eso de la extensión del desierto del Kalahari hasta Madrid bajó también en picado mi asistencia al teatro, así que no se perdieron gran cosa. Nunca pasaron del estado de borrador Famélica, La excursión y Caza mayor. No pierdo la esperanza de escribir al menos un par de párrafos sobre cada una, pero eso es porque a veces se me despierta dentro un optimista incorregible que no tengo ni idea de dónde sale. Por si las moscas, mi habitual pesimismo me aconseja que les deje tres telegramas. Así, cuando consulte el blog dentro de diez años (que para eso lo tengo, para suplir a mi memoria), tendré algo a lo que atenerme:

   * Famélica. Me temo que sólo apta para friquis entusiasmados por la apasionante historia de las izquierdas. Que es mi caso, así que yo me entretuve bastante. Aparte de eso, la función es francamente mejorable.


   * La excursión. Hombre, una cosilla simpática, con chispazos de ingenio y detalles memorables (el mejor, el oso de peluche asesino), pero que apenas supera el umbral de lo planteable en una sala que cobra entrada. Dicho esto, ojo: cincuenta y cinco minutos entretenidos, algo que no se puede decir de muchísimas producciones con grandiosos elencos y costes de mafia rusa.

    * Caza mayor. Bueno, bueno, bueno (dígase con acento de señora mayor a punto de contar una gorda). Esto es difícil de despachar en un pispás. Concepto puro: un presentador, unos perros en off y cuatro personajes que se mueren docenas de veces cada uno. Sí, han leído bien. Durante la primera media hora larga cree uno que aquello es una insufrible tomadura de pelo, pero luego se le coge el punto. Las cuatro mamarrachas (dos pijas y dos poligoneras) repiten hasta la extenuación el bucle y se matan unas a otras con denuedo. Gallifante para el vestuario de Guadalupe Valero, que no falla una (véase Canícula).

*  *  *

    Vamos ya con lo prometido: la (reducida) ampliación de la crítica de Bajo terapia.

1.- Empieza esto exactamente como Toc-toc: las tres parejas llegan a una sesión a la que no acude el terapeuta. Se la tienen que montar solos, con ayuda de unos sobres de instrucciones. La coincidencia es casi más acusada con Nuestras mujeres: tres parejas, envoltorio de comedia en lo macro pero drama en lo micro. De acuerdo, en Nuestras mujeres sólo salen los hombres; no importa, prácticamente no hablan más que de sus relaciones de pareja. De acuerdo, se ríe uno tanto en la una como en la otra; no importa, en las dos está presente la íntima contradicción amarga de este empeño humano por compartir la vida con otro: estaría mejor solo, pero estaría peor solo. En cuanto a reírse, Nuestras mujeres es un texto dirigido a la carcajada, construido para tirar el teatro abajo, Bajo terapia es más de sonreírse (y, a menudo, de sonreírse para adentro, no vayan a darse cuenta los demás de que el sonreidor se está identificando con las pequeñas miserias desmenuzadas en escena). 

Ahora pónganse en mi lugar, aunque sólo sea por un momentito: no puedo decir nada sobre el rasgo fundamental de la pieza. Esperen, que voy a hacer lo que pueda.


ATENCIÓN: MINISPOILER

La función estalla por los aires poco antes del final. Nada era lo que parecía, y no diré más. Sin embargo, ese colapso final no llega sin aviso. La grieta que mencionaba en la crítica en papel está presente desde el primer momento. Si van a verla, les aconsejo que estén atentos desde el primer momento a cualquier cosa que les parezca que chirría. En muy diversos órdenes. Mientras asistimos a una función, nuestro monólogo interior es imparable: "es buena", "es mala"... En este caso, lo mío era un diálogo. Voz A: "Está bien, pero para ser una comedia tampoco es para partirse el bazo. Tiene que pasar algo que justifique que es un Veronese". Voz B: "Pues no, desengáñate, esto se aproxima a su final y es una comedieta". Grieta. El desacuerdo de mis voces interiores me estaba avisando. Otro tanto cabe decir de que uno/a de los intérpretes tenga -evidentemente- menos papel, en un texto muy equilibrado entre los cinco restantes. Etcétera. Resumiendo: hagan caso a cualquier pista que les indique que aquello tiene que reventar por alguna parte, porque son pistas correctas. Experimentarán un placer parecido (no completo, porque no les cuento el meollo del asunto) al que mi amiga A. consigue leyendo primero el final de las novelas de asesinato. Ríanse, encontró un error en una trama de Agatha Christie.

Del maravilloso mundo de los animales:
los corderos
Teatro para pájaros
Mujeres soñaron caballos
2.- Para los que gustan de las informaciones completas, detallaré que, además de Mujeres soñaron caballos, Del maravilloso mundo de los animales: los corderos y Teatro para pájaros (tres textos propios con una conexión infrecuente: idéntica escenografía, les pongo fotos), hemos visto de Veronese por estos pagos Cena con amigos (de Donald Margulies), Los hijos se han dormido (personal título para La gaviota), Un hombre que se ahoga (Tres hermanas de Chejov), Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo (o sea, Hedda Gabler) y El desarrollo de la civilización venidera (o sea, Casa de muñecas). Me perdí Del maravilloso... Todo lo demás, excelente teatro, con dos excepciones. La versión de Tres hermanas me pareció que podía haberse titulado, puestos a cambiar, Caja de grillos. Los personajes eran interpretados por actores y actrices del otro género (ya sé que hay más de dos, pero déjenme que economice). Nada que objetar en principio, pero aquí son muchos y el guirigay consecuente era de alivio. Como dijo Vallejo, puro arte y ensayo. Tampoco me gustó nada -pero nada, nada- Quién teme a Virginia Woolf que, simplemente, no parecía que hubiera dirigido él y que se iba por todas las tangentes (en esto, no se puede decir que Vallejo pensara lo mismo). En resumen, por si estas últimas frases han podido despistar: un gran director de escena.

Juan Carlos Vellido
3.- Y, especialmente, un gran director de actores. Decía en la Guía todos brillan, y lo hacen de dos maneras. La primera, claro está, porque son grandes intérpretes. Pero tienen también el brillo de lo mediático, del cine y la televisión a sus espaldas y son, por tanto, reclamos para el público. La gente de teatro suele decir esto con aire compungido, quejándose del hecho insoslayable de que las caras conocidas animan la taquilla. Es como quejarse de que haga frío en invierno. ¿Hay algo más lógico? ¿Usted prefiere irse de cañas (he dicho de cañas, nada de ligues) con su mejor amigo/a o con un/a primo/a de Ponferrada que le han presentado esta mañana en un entierro? Pues eso. El de menor fama televisiva es Juan Carlos Vellido, que tiene un papelón (en los dos sentidos del término) y que está a la altura de su mujer en la ficción, Carmen Ruiz, que ya es decir. Salvaba los muebles en El hijoputa del sombrero, que también es bastante decir. Un excelente actor que se ha encontrado un papel y una producción a su altura. A los demás se los tienen tan conocidos que me ahorro las glosas. Están estupendos. 


El personaje y la actriz que lo representa (Carmen Ruiz, sentada en el centro) se
llevan la función de calle.



Sólo una nota sobre Gorka Otxoa. Lo van a encontrar quizá un pelín sobreactuado en su papel de metrosexual enrollado, moderno y cool. Descuiden, no es sobreactuación. Es otra grieta. La bomba final lo explica todo. A veces, las sorpresas en escena tienen este resultado de justificación retrospectiva que provoca un agradable cosquilleo en el intelecto.



Durante los más de cien minutos de función, los seis ejecutan un precioso ballet de reacciones a lo que ocurre y se dice. Imposible verlo todo, seguir todas las procesiones que van por dentro. Además, Veronese los desparrama bastante por el escenario, algo que si se hace mal suele ser insoportablemente falso (la gente no se habla a seis metros de distancia), pero que cuando está conseguido, como aquí, da un gran juego escénico: ahora desparrame, ahora amontonamiento... etc. Se van a pasar una bonita parte de la función repartiéndose entre la trama que avanza a la derecha y lo que le ocurre a la izquierda a Carmen Ruiz. Es complicado, pero intenten verlo todo. O vayan dos veces, si se lo pueden permitir.

4.- Para terminar, una curiosidad y una pega. Ya saben que los únicos ingredientes indispensables para el teatro son un intérprete y un espectador. Todo lo demás es optativo. En Bajo terapia la luz tiene dos posiciones: on y off. Se encienda al comienzo (en tres fases acompañadas de ese rotundo efecto sonoro que asociamos a un gran conmutador) y se apaga al final (otra vez en tres pasos). No hay diseño de iluminación, ni se echa en falta. Para ser más exactos: yo no me enteré de que lo hubiera, aunque está en créditos. Quizá sea sutilísimo.


La pega: la escenografía es horrorosa. Ya se ha cuidado bien Elisa Sanz (a la que he visto muchas cosas estupendas en los últimos tiempos) de señalar en el programa de mano que está sujeta al diseño de la versión original argentina. Claro que hay que recrear una sala impersonal y fea, alquilada en un edificio de oficinas, o algo así, pero ya saben que lo del realismo en el teatro es un asunto complicadísimo. Fíjense en los feos de las pelis americanas de gran consumo. Nunca son feos como los feos reales. Son feos estilizados, de rasgos regulares. Por eso nos sorprende luego tanto el sheriff del pueblo de Oregon donde fríen a tiros a diecisiete adolescentes, porque es feo de verdad. Pues en el teatro pasa algo parecido: el escenógrafo se las tiene que ingeniar para que entendamos que la sala es una fea sala de alquiler, pero el resultado no puede tirarnos de espaldas de lo feo que es. Sí, es difícil, pero nadie ha dicho que sea fácil ser escenógrafo.
 A ver si me pongo al trote y empiezo a subir todo lo que he visto y aún les debo: Tres mujeres, Canícula, Palabras encadenadas, Usted puede ser un asesino y Milagro en casa de los López. 
P.J.L. Domínguez
          

martes, 25 de marzo de 2014

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Jaime Pujol Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Gorka Otxoa, Fele Martínez, Luis Zahera y Roberto Álvarez (intervenciones ocasionales de Marta Solaz y Xabier Murúa). Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Roberto Álvarez. La foto da un idea un poco pobre del rendimiento
de la proyección del fondo. In situ resulta mejor.
Salía yo a toda prisa del Matadero, y resulta que se me habían adelantado dos ancianitas. Bastante cascadas, apoyada la una en la otra. Una dijo: "En fin...". Y la otra le respondió: "Lo mejor lo último". Qué listas las ancianitas. No se puede fiar uno de ellas. El otro día oí decir a una en la piscina que se hace tres mil metros.

Estas dos dieron en el clavo con seis palabras. Yo diría que la responsabilidad plena del "en fin" es del texto. Qué quieren que les diga, ni fu ni fa. He leído por ahi que si surrealismo, que si absurdo. Ni una cosa ni la otra, ya le gustaría. La extrema desigualdad entre escenas debe de ser patente: eso les pareció a las ancianas, eso me pareció a mí y eso le pareció a quien escribió la que debe de ser primera crítica del espéctaculo, Saúl Fernández (de La Nueva España): 
Lo malo de las comedias de "sketches" es la desigualdad entre los fragmentos. Y sucede en "Continuidad de los parques": dos números con truco final y un ascenso de potencial dramático hasta el prodigioso final. Y el recorrido pasa la comedia romántica, por el cabaret de magia, por el mimo, por el teatro absurdo y por un realismo de frenopático. Y sólo hay una pieza que disuena y que marca la "antigüedad" de la comedia. Me refiero al número del móvil, a la sorpresa. Forrest Gump mediante. [...] Pujol se bandea entre la genialidad y el redoble. Y cuando se mete con los redobles, uno desconecta. Pasa como con el soldado de "Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla": "Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuese y no hubo nada". Menos mal que queda ese diálogo final para recordar y esa pregunta final: locura, realidad, transformación, necesidad de ser. 
Les he copiado el fragmento con el que estoy casi (ni surrealismo ni genialidad) completamente de acuerdo. De los (creo) ocho episodios, hay alguno rematadamente malo (Malas pulgas). Algún otro que no es más que un pretexto para que alguien se invente un número cómico (Yeguas en la noche). Hay también costumbrismo rancio (El Truquis) y explicaciones más o menos ingeniosas -más bien menos- de lo que parecía inexplicable (El Truquis, La seducción, Voces). A mi modesto entender, se salva, por ingeniosa precisamente, la repetición de Yeguas en la noche y, con enorme diferencia, el último fragmento, que creo que se titula Luz verde y en el que, por fin, hay chicha. Y donde se ve también que el autor tiene capacidad dramática. 


Luis Zahera
En conjunto, y en cierto sentido, la función da gato por liebre, aunque no es fácil explicar por qué. Verán, hay todo un conjunto de elementos significantes que rodean a un espectáculo y que avisan al espectador de por dónde va la cosa. Sin agotarlos: lugar (Matadero), director (viene de Botto, Shakespeare y Perec), intérpretes (un conjunto de cuatro personas que llamaron la atención en cuanto comenzó la promoción), título (tomado en préstamo nada menos que a Cortázar), línea gráfica... ¿Saben lo que todo eso anuncia? Teatro de corte intelectual, y ya me entienden. ¿Y en qué casilla está en realidad? Pues en Yllana y el Alfil, y ya me entienden. Ah, y son mejores los textos de Yllana, digo esto únicamente para ubicar el género.

Les he hurtado lo que Sánchez decía por ahí en medio, porque me reventaba el orden logico de mi propio texto, pero ahora se lo copio: Los hallazgos del espectáculo vienen de un director en estado de gracia. Pues también estoy de acuerdo. De Peris-Mencheta me gustó Incrementum, no me gustó nada Un trozo invisible de este mundo (lo siento, debí de ser el único, pero me parece la típica función de  buenas intenciones) y me horrorizó Tempestad (que, además, me costó un disgusto). En Continuidad de los parques ha conseguido exprimir las piedras, cierto es que con el concurso de unos actores entregados. Como decía más arriba, alguna de las escenas es poco más que una sugerencia, y al menos cinco o seis de las ocho no van a ninguna parte en lo que al texto se refiere. Peris-Mencheta ha optado por plantear un abanico de estilos -de la comedia al clown, del humor gestual al drama- en un espectáculo que se sostiene única y exclusivamente por este esfuerzo de dirección e interpretación. A la pieza no le podía haber ocurrido nada mejor que tropezarse con tanto entusiasmo.


Fele Martínez
Los mejor parados son los dos de Luz verde: Luis Zahera y Fele Martínez. Zahera mucho mejor aquí, en esta contención del loco entrañable, que en el loco pirotécnico de Voces. Ojo, también está estupendo desatado, pero es más fácil gritar y contorsionarse que soltar estas andanadas con calma. Fele Martínez, soberbio escuchando (vean lo que William Layton decía de esto de saber escuchar). Se le lee en la cara todo lo que le va pasando por la cabeza; cómo el loco le produce primero estupor, luego risa... y por fin una suave amargura, cuando el discurso del extraño personaje le recuerda esa contradicción entre la realidad y el deseo que todos llevamos dentro y que procuramos olvidar. Perfecto también en todas las demás escenas que le tocan, del aprendiz de seductor al macarra del perro.

Muy bien también Roberto Álvarez, un pedazo de actor, como todo el mundo sabe. Otxoa, eficaz, más instalado en estereotipos de comedia que domina a la perfección. Los cuatro, estupendos en Yeguas en la noche, un ejercicio de estilo que recuerda a Tricicle.

Espero que esto no me cueste otra reprimenda, pero si me dedico a la crítica es porque creo que, alguna vez, sirve para algo. Peris-Mencheta ha demostrado con Incrementum y con esta Continuidad de los parques que sabe lo que se hace. Pero me parece oportuno señalar que le va mejor cuando hace menos y no más. Ejemplo: no aportan nada ni la recepción de los espectadores (Marta Solaz los va recibiendo y los presenta unos a otros), ni la música en directo, que podría estar grabada. Ambas cosas despistan de lo fundamental. Podar es siempre muy duro, pero hasta la mejor idea puede sobrar en el conjunto. Aquí, lo mejor es sin duda la dirección de actores.