domingo, 7 de octubre de 2018

JANE EYRE

Sala: Teatro Español Autora: Charlotte Brontë (versión de Anna Maria Ricart) Directora: Carme Portaceli Intérpretes: Ariadna Gil, Jordi Collet, Gabriela Flores, Abel Folk, Pepa López, Joan Negrié y Magda Puig Duración: 2.00' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LAS RAZONES DEL OTRO

Ningún desperdicio en esta revisión del clásico. En primer lugar, deja la historia intacta, mérito considerable (de Anna Maria Ricart) tratándose de un novelón a condensar en dos horas. A continuación, porque me parece ejemplo de cómo introducir una perspectiva de género contando con la inteligencia del espectador: o sea, reforzando una mirada (ya presente en Brontë) sin necesidad de ser explícito hasta el panfleto ni perder de vista que esto es teatro, y no una conferencia. Casi el exacto contrario de la sobrevaloradísima Només són dones (Sólo son mujeres). El único añadido de relieve –la historia de “la loca” en primera persona- suma interés, ahonda y subraya las razones del otro (ese “otro” que han sido durante siglos las mujeres).


    Si algo define esta producción es su elegancia. Son elegantes la escenografía de Alcubierre, las proyecciones de Szwarcer y la iluminación de Camprodón. El vestuario de Belart, que sólo se toma licencias cuando el contexto las demanda. La música (superado el excesivo volumen de los primerísimos minutos) de Peya. Y la colección de interpretaciones, a las que no encuentro tacha, capitaneadas por una Ariadna Gil enfrentada a un reto de enormes dimensiones con una energía interior que se le sale por los ojos y por la entera gestualidad. Portaceli ha hecho bingo.


Y lo que no cabía allí:

Yo diría que Jane Eyre me gusta casi tanto como la sobrasada, que es mucho decir. Debí de tomar contacto con ella con unos quince años, en una versión para televisión de un tal Delbert Mann que no sé si hizo alguna otra cosa reseñable. Aún me dura la impresión. En buena parte, gracias a la música de John Williams, que es lo que todo el mundo (bueno, media docena de frikis) recuerda. Me he puesto a escucharla con atención, y veo ahora -imaginen lo que pude entender a esa edad- que es como si para obtener el tema principal hubiera metido en un caldero a Mozart, a Rachmaninov (ya perdonarán, pero me he perdido en el baile de grafías del ruso y el chino, ahora resulta que se escribe Beijing) y a Rodrigo. Sí, sí, a Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez Williams habría escuchado probablemente más de una vez en 1970, fecha de la peli.  [ESCUCHAR, sí, en su acepción, y no en la de OÍR, que parece que todo el mundo ha olvidado esto] Quizá me paso de listo, y lo único que ocurre es que lo de Williams integra unos aires de arcaísmo ligeramente modalizante (de "modo", no de "moda") entonces de moda (ahora sí) en la música de cine (me viene Zeffirelli a la cabeza) y emparentados con el Rodrigo de 1939 simplemente por un recurso común al neoclasicismo (mejor lo dejo en cursiva antes de que alguien me despelleje). Pero por hipótesis que no quede. Si se oyen la Suite Sinfónica sobre Jane Eyre verán que es el paraíso del buscador de ecos. Hay de todo en ese eclecticismo de efecto. Conste, por favor, que en mi vocabulario "eclecticismo" no es peyorativo, sino únicamente descriptivo. Ahora mismo es posible que esa precisión sobre, pero en mi generación muchos hubieran preferido ser llamados asesinos antes que eclécticos.

Vi aquello en un minúsculo televisor en blanco y negro, así que mi recuerdo de Jane Eyre será así hasta que me muera. En escala de grises. El caso es que la escena final que mi memoria almacena difiere de la de Ricart-Portaceli. Me fui corriendo a alquilarla (como en los 80, qué vintage, ya sólo puedo leer los discos en la Play) y me dijeron que no hay DVD. ¡Falso, gracias a los dioses! Acabo de encontrar la carátula que les copio. También por otro motivo: The greatest love story ever told, pone. Estoy por decirles que casi firmaría la frase. Casi, porque la competencia es feroz. Pero no me interesa sólo por eso, sino porque, además de una historia de amor, es otra cosa mucho más gorda que Ricart-Portaceli-Gil han pillado como nadie. Luego volveremos sobre eso, retomemos el hilo. Terminé alquilando la versión de Fukunaga (que tampoco es manca) para comprobar qué pasa con esa puñetera escena final. En mi recuerdo, Jane encuentra al señor Rochester sentado en un banco, pero ella no sabe que está ciego. Y él empieza por simular que ya no la quiere, porque odia la idea de que se quede con él por lástima o, simplemente, que se ate a un ciego de por vida. Ella va dándose cuenta de que no ve, y finalmente se sinceran y llega la explosión de amor. No es así en Ricart. No es así en Fukunaga. No es así en la novela. ¿Se pudo inventar esto un crío de quince años? Ya les contaré cuando consiga ver la versión perdida y aún no hallada en el templo.

Retrocedamos un paso. Es, no cabe duda, una grandiosa historia de amor, pero es, sobre todo, el retrato de una personalidad excepcional, probablemente con mucho de las penas y afanes de su autora. Alguien que muestra sus debilidades, pero que ni renuncia a sus principios ni acepta el menosprecio y el maltrato al que se ve sometida desde la infancia. La maltratan, sí, pero ella se sabe libre y no interioriza lo que quieren hacerle tragar. La voz de una precursora que, a lo largo de toda la novela, no sólo reduce a trizas las diferencias de clase sino que se reivindica en pie de igualdad con el hombre al que quiere. Si tienen un rato léanse la conversación del capítulo XXIII (tienen la novela completa aquí). Y mientras leen, piensen que esto se escribió en 1847.

El gran mérito de esta producción radica en haber sabido poner esta cuestión en primer plano sin necesidad de explicárnosla, como sucede en tantos montajes ideologizados. Y, como decía en la crítica en papel, la audacia de insertar la historia de la primera mujer -hay que ser audaz para meterle morcillas a la Brontë- empuja en la misma dirección. Revisar la película de Fukunaga, y hojear la novela de nuevo, me han hecho ver que Ricart, Portaceli y Gil han conseguido que de la historia de amor que todos veíamos emerja potente este otro dibujo, como en esos grafismos en los que a primera vista se aprecia una cosa y al rato emerge otra. Brontë había dejado un tapiz con sorpresa, una caja china con compartimento secreto, un obrón que -bajo los convencionalismos de género, en ambos sentidos, del romanticismo- escondía lecturas reservadas al futuro.


No quiero extenderme más. Como apenas dije nada de la escenografía en la Guía, les dejo otra foto para que aprecien cómo las proyecciones alteran radicalmente el envoltorio espacial.
P.J.L. Domínguez
          

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