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lunes, 23 de enero de 2017

LA MADRE QUE ME PARIÓ

Sala: Teatro Fígaro Autoras: Ana Rivas y Helena Morales Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Diego París, Juana Cordero, Aurora Sánchez, Marisol Ayuso, Paula Prendes, Natalia Hernández, Ana Villa y Esperanza Pedreño Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


No es de la función, sino promocional, pero da una idea de la escenografía. Cordero, Villa, Sánchez, Hernández, Ayuso, Prendes, Pedreño y París
Siete estupendas actrices de comedia (y un actor que no se queda corto), un director al que le han solido bastar mimbres bastante peores para hacer cestos dignos... y un texto infumable. Una pena, porque la idea era buena y daba pie a un vodevil entretenido, pero apenas hay un par de entradas gloriosas, frente a las dos docenas que tendría que haber. Me pregunto cómo es posible que se haya derrochado tanto talento para intentar poner esto en pie.

Si alguien tiene un rato -y ganas- para curiosear, y aprovechando la infrecuente brevedad de la crítica, les dejo enlaces a algunas cosas que estas chicas (y el chico) han hecho con anterioridad: Juana Cordero, Ana Villa, Natalia Hernández, Marisol Ayuso, Esperanza Pedreño, Diego París

A ver si mañana les hablo de Spam y voy publicando una por día, que llevo no sé cuántas de retraso.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 10 de noviembre de 2015

LOS DESVARÍOS DEL VERANEO

Sala: Teatro Fígaro Autor: Carlo Goldoni Director: José Gómez Intérpretes: Ana Mayo, Borja Luna, Macarena Sanz, Antonio Lafuente, Vicente León, Kevin de la Rosa, Andrés Requejo, Juanma Navas y Helena Lanza Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Lafuente (ahora lleva barba), de la Rosa (que no estuvo en mi función), alguien que no reconozco en la foto (y que en mi función era Ana Mayo), Luna (ahora no lleva barba), Requejo, Sanz, León y Navas.


Le smanie della villeggiatura es un delicioso texto de Goldoni, tan bien urdido que resiste la dolorosa operación de sacarlo del italiano, su contenedor natural. Pierde finura, pero aguanta.

Con estas cosas me pasa siempre lo mismo, supongo que como a todo el mundo. Entro al teatro un lunes a las ocho y media (cuando ya llevo un rato pensando en el momento de felicidad suprema de irme a dormir); dejo ahí fuera un mundo grotesco (véase el gigantesco lugar que la patada de Rossi o la conversación de Benzema ocupan en la plaza pública de los medios), pavoroso (la irreversibilidad del calentamiento global se anuncia al mundo el lunes 9 de noviembre de 2015) y deprimente (45 mujeres muertas a manos de los hombres que se suponía que las amaban) y me encuentro con una gente ociosa y feliz como nadie fue ocioso y feliz después de 1789 (Talleyrand dixit: "Quiconque n’a pas vécu avant 1789 ne connaît pas la douceur de vivre"), una gente tan alejada de nuestro planeta que, durante unos minutos, sufro la sensación de que me van a interesar poco o poquísimo. Luego, Goldoni despliega tal conocimiento sobre sus semejantes, tal habilidad para retorcer hasta el infinito una ligerísima trama... que me vuelve a atrapar. Una delicia.

Me fastidió perderme La isla de los esclavos de Venezia Teatro. Tenía buena pinta. "Qué será buena pinta", se preguntarán. Se parece bastante a comprar unas naranjas por el mismo motivo. Luego, pueden salir estupendas o incomestibles, pero la pinta previa siempre está ahí, no hay quien se la salte. Encuentro opiniones favorables, pero tiendo a no fiarme ni de mi sombra. En cualquier caso, me dije que ésta no me la perdía. A veces, el esfuerzo (¡un lunes a las ocho y media!) se ve premiado por la recompensa. El montaje merece la pena.

Tiene estilo. Tiene también algo en escena que les voy a dejar que adivinen. ¿Ya? Al menos la mitad de mis lectores crónicos -perdón- habrá acertado. ¡Hay micrófonos! ¡Es un capítulo de Expediente X! ¿Algún fabricante surcoreano ha colocado todos sus excedentes en los teatros de Madrid? ¿Qué está pasando? ¿Lo saben la Unión Europea, el Consejo Regulador de Denominaciones de Origen, la Asociación de la Prensa? Les confieso mi estupor. Ya me parecía suficientemente extraño lo de los jóvenes con moño como para que ahora llegue esto. En fin, sigamos. Aquí hay un micrófono en cada extremo del proscenio, pero su uso -afortunadamente- es fácil de comprender: los apartes se dicen desde ahí, con cañón sobre el intérprete. Vale. No molesta. Otro tributo a la moda: los intérpretes se sientan alrededor del escenario, a la vista, cuando no les toca. ¿Les va sonando? Sí, las dos cosas suenan a Stockman. Stockman, a su vez, sonaba a otra cosas. Pero esto son detalles de entomólogo, no tienen mayor importancia. Ni los micrófonos ni los actores a la vista ni sus ocasionales y breves intervenciones (en algún momento apoyan al que está actuando) distraen de lo fundamental. Lo fundamental es decir bien un texto que sin estilo en la interpretación no es nada. Tengan en cuenta que todo son naderías: que si me pone celoso que vayas en la carroza con ese tipo, que si no te fías de mí y eso ofende, que si quiero un vestido nuevo, que si vigile usted de cerca a su hija porque todas las mujeres son iguales... Estas naderías vienen dando de comer a miles de personas desde hace siglos, las tenemos tan archiconocidas que no encierran en sí mismas ningún atractivo: toda su capacidad de diversión se sustenta en el estilo con que se dicen. Cambie el estilo y le sale Goldoni o Arniches, Marivaux o los Quintero, todo depende de cómo haga que los actores se muevan y digan las cosas. Y Gómez ha dejado la cosa bastante cercana a lo que sería una interpretación canónica, sin pasarse de arqueológico. No olviden que los personajes de la Comedia del Arte están apenas un centímetro debajo de la piel de estos nobles del XVIII y de sus criados, y que eso impone una cierta dosis de estereotipo en la que reside toda la gracia del asunto.

Para hacer esto son necesarios intérpretes inteligentes, que sepan de qué les están hablando cuando les cuentan esta copla. Y la verdad es que me sorprendieron. No me hubiera pasado si llego a hacer los deberes antes y me estudio bien quién era cada cual, pero llevo la vida que llevo. Mírenselos si quieren en este enlace. Para empezar, hay dos veteranos que están sembrados: Vicente León y Juanma Navas, anciano estricto y cascarrabias, y padre marioneta de su hija. Las dan todas en su sitio. Andrés Requejo y Helena Lanza son criado (incluido breve doblete, porque la versión se carga un par de ellos, prescindibles) y criada; también bien los dos. El tercero en discordia -amigo molesto de la jovencita- es un papel breve, pero Borja Luna lo coloca bien, con las dosis precisas de tontorrón y simpático. El sustituto de Kev de la Rosa, que creo que hacía la función por primera vez, era el único que no terminaba de encajar. No creo que sea el amaneramiento con que encaraba el papel, porque el papel lo pide a gritos. Quizá una dicción masticada y lenta.

El trío en (ligera) discordia: el chico, la chica, la hermana del chico. Antonio Lafuente, estupendo. Difíciles siempre estos papeles de galán toreado a conciencia por una jovencita más lista que él. Sale bien librado, es -con los dos mayores- el más cercano a la interpretación tradicional del género.

Me he dejado para el final a las dos chicas. Siempre más interesantes: en el género, las mujeres son manipuladoras y torcidillas; los hombres tontuelos o huraños, sin doblez. Así que son los dos papeles más divertidos. La escena entre ambas, llena de pequeñas envidias, mentirijillas y roces cubiertos por el barniz del trato social (y curiosamente podada en la versión audiovisual que les he enlazado más arriba) es una de las cumbres de la pieza que uno espera desde el principio. Muy bien ambas. Ana Mayo ya me gustó en Stocmann. Y me llevé la gran sorpresa de la noche (¡no había leído su nombre antes de verla en escena!) al reencontrarme a Macarena Sanz. Si su curriculum está al día, he visto todo lo que ha hecho en teatro: Munchhausen, El inspector y Maribel y la extraña familia. Todo lo hace bien: abre la boca y se queda con el escenario, se mueve y sólo se puede mirar en su dirección. Vaya pedazo de carisma. Esta chica tiene un futuro estrepitoso por delante.

José Gómez ha dirigido con discreción y sin tonterías (ya les decía que los micrófonos no molestan), añadiendo aquí y allá algún detallito: las intervenciones en off de los actores que no tienen parte; la mano de León que rubrica lo que dice mientras Lafuente sigue hipnotizado su recorrido arriba y abajo; Luna que se queda en absoluto primer plano de "he hecho el canelo" mientras el final feliz se relega al fondo; el mismo Luna en el efecto de mimo de la maleta flotante; el idílico epílogo mudo de los criados... No está mal, todo ayuda, da a la función un aire simpático. Pasé un rato estupendo. 
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 27 de marzo de 2015

EL OTRO LADO DE LA CAMA

Sala: Teatro Fígaro Autor: David Serrano (adaptación de Roberto Santiago) Director: José Manuel Pardo Intérpretes: Álex Casademunt, Noelia Miras, Mónica Aragón, José Manuel Pardo, Andrés Arenas, Laura Ramírez, Malu Carranza y Paula Díez  Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Casademunt, Miras, Aragón y Pardo.
Después de verla aguantar varios meses en la cartelera y aterrizar en el Fígaro, me digo "algo tendrá el agua cuando la bendicen". Pues no, no tenía nada. Eviten cuidadosamente este subproducto.

La adaptación es nefasta (¡premio T de teatro al autor revelación!); la dirección, inexistente; la escenografía, penosa; la coreografía ramplona; los acompañamientos enlatados y la amplificación, espantosos; y la interpretación (tanto actoral como musical) tan de salir del paso, tan de acabemos esto cuanto antes, que hasta los propios intérpretes ponen cara de aburrimiento en cuanto se despistan un momento y se les extravía por ahí la mirada. Se salvan, por decir algo, algunas frases de Andrés Arenas (prácticamente el único del que pueda decirse que parece un actor entre todos los que se mueven ahí arriba) y el Corazón loco de Noelia Miras (Corazón loco que, por cierto, guarda con el resto de la muy mejorable selección musical el mismo parentesco que el tocino con la proverbial velocidad).
P.J.L. Domínguez
          

martes, 25 de junio de 2013

CELOS Y AGRAVIOS

Sala: Teatro Fígaro Adolfo Marsillach Autor: Francisco de Rojas Zorrila (versión de Liuba Cid) Directora: Liuba Cid Intérpretes: Vladimir Cruz, Justo Salas, Claudia López, Dayana Contreras, Luis Castellanos, Yolanda Ruiz, Rey Montesinos, Gabriel Buenaventura y Joanna González Duración: 1.30'


Vladimir Cruz, Claudia López, Justo Salas (abajo), Luis Castellanos, Gabriel Buenaventura, Dayana Contreras (abajo), Yolanda Ruiz y Rey Montesinos. Mephisto Teatro.


Donde hay agravios no hay celos fue, con Entre bobos anda el juego, la comedia más popular de Francisco de Rojas Zorrilla. Estamos acostumbrados a que el honor -el dichoso, puntilloso y picajoso honor español del XVII- sea, cuando no el desencadenante de la acción, al menos el elemento ambiental más destacado del teatro del Siglo de Oro. Lo que esta comedia plantea es tal acumulación de cuestiones de honor sobre el mismo personaje, que el efecto pasa a ser cómico. Cómico ahora, en su época debía de ser desternillante, cuando los espectadores veían en escena su propio código de conducta llevado a la exasperación. El pobre Don Juan de Alvarado se encuentra con que Don Lope ha matado a su hermano, ha deshonrado (traducción: se ha tirado) a su hermana y es sospechoso de andar trasteando con su prometida. ¿Qué debe primar en la conducta a seguir para lavar su honra? Demasiada ansiedad para una época anterior al Orfidal.




Resulta que, en su otra personalidad, Rojas Zorrilla estaba casi especializado en lo que González Cañal llama "gusto por las escenas truculentas y por infundir horror al espectador", con "situaciones ultratrágicas (fratricidios, filicidios, violaciones)" presentando "conflictos de honor muy poco comunes en nuestro teatro" (Cotarelo, citado por González Cañal). Vamos, que por una parte exprimía las posibilidades trágicas del asunto y, por otra, usaba la misma habilidad en el manejo de estos sofisticados códigos para provocar la risa. Mutatis mutandis, como el Muñoz Seca, santo patrón de este blog, de La venganza de Don Mendo. ¿No les parece que hay que ser un tipo listo y, sobre todo, creerse en el fondo muy poco todo el montaje para ser capaz de sacarle partido por ambos lados? Me cae simpático este Rojas. Y, encima, se me da un aire.



Los más asiduos quizá recuerden lo que les decía el otro día a propósito de La noche toledana y del mayor o menor grado de realismo o estilización en la interpretación. Decía allí que siempre toleramos un grado más de impostación en los clásicos que en el teatro contemporáneo, y que La noche toledana estaba, con la intención de refrescar su aspecto, un poco más acá de lo que acostumbramos ver. O sea: un poco menos declamada y un poco más natural. Pues bien, la versión de Liuba Cid de Celos y agravios se va al otro extremo, y es un contraste muy estimulante respecto a las puestas en escena que dominan en nuestro ambiente. Olviden cualquier aproximación al realismo. Cid, que es cubana, se ha dejado impregnar por la tradición del teatro bufo colonial, debajo del cual late la Comedia del Arte. O sea: todo es mohín, gestualidad que subraya cada una de las palabras, gesticulación ininterrumpida tanto del personaje que habla como de los segundos planos. Les he puesto un par de fotos que dan idea de lo que se trata.


Como es lógico, esta opción exige milimetrarlo todo. Los gestos y el movimiento de actores deben estar planeados y medidos para que el conjunto no parezca una chirigota de Cádiz. Ahí radica el mérito principal de un montaje en el que nada se sale de la orquestación y todo encaja con coherencia. Quizá esa misma sea la única pega: un cierto abuso ininterrumpido de la velocidad, la impostación y la gesticulación. Los contados momentos en los que la intensidad desciende se agradecen. No estaría mal espolvorear alguno más para esponjar un poco la masa. Brillan, por su excelente dirección, algunas escenas: las de conjunto en general y, por ejemplo, el intercambio de versos de la pareja central, con el clave en directo (electrónico, pero digno) intercalado.

La compañía, muy coherente en el registro elegido. Excepto el protagonista, claro está, al que le están dando todas en el mismo carrillo y que debe mantener una cierta seriedad que exige aligerar la carga de estilización. Suele ser una trampa mortal para galanes (hablamos en su día de este efecto respecto a Los habitantes de la casa deshabitada y La noche toledana), pero Vladimir Cruz sale más que airoso. No parece idiota, que suele ser lo que ocurre habitualmente. Les parecerá fácil, pero de fácil no tiene nada. Todos -y digo todos- están muy bien, y todos tienen algún momento de especial brillo, incluso los papeles con menos texto. Luis Castellanos esquiva peligros similares a los del protagonista. Claudia López y Yolanda Ruiz, casi en registro de muñecas mecánicas, en el punto justo entre pizpiretas, sorprendidas y desmayadas. Dayana Contreras, exhibiendo el desparpajo necesario para la criada descarada. A Gabriel Buenaventura dan ganas de verlo haciendo de Arlequín. Estupendo el criado de Justo Salas y ma-ra-vi-llo-so el precioso ridículo de Rey Montesinos, que compone un idiota memorable.


Mención aparte para el vestuario de Tony Díaz, del que algo aprecian en las fotos. No sólo es de una extraordinaria belleza plástica, sino que además participa, como es esencial en el vestuario de teatro, en la construcción de los personajes y de la idea global que se transmite al espectador. Respecto a lo primero: el rebuscado barroquismo de los trajes impide a muchos de los actores la libertad de movimientos. Bien resuelta como está la cosa, el impedimento contribuye a conseguir el estilo de gesticulación reseñado. 

Entré al Fígaro un domingo en el que lo que me pedía el cuerpo era quedarme en casa, y lo pasé pipa. La magia del teatro, ya saben.
P.J.L. Domínguez