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sábado, 14 de octubre de 2017

TARTUFO

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Molière (versión de Pedro Víllora) Director: José Gómez-Friha Intérpretes: Alejandro Albarracín, Lola Baldrich, Vicente León, Nüll García, Ignacio Jiménez y Esther Isla Duración: he perdido el maldito apunte (¡lo encontré! 1.40')
La función ya no está en cartel




Comienza flojo, errático. Con Vicente León, un actor excelente, desmañado, y una evidente intención de la dirección de que nos partamos la caja, sin resultado. Con el vestuario que ya promete el desastre, y no hemos hecho más que empezar. La cosa se va a arrastrando, pero un Tartufo se salva con un gran protagonista, así que esperamos. Y, por fin, sale el protagonista, vestido con una túnica de terciopelo -o similar- entre el Barón Ashler, un pope ortodoxo y la madrastra de Blancanieves, incluida una cruz pectoral digna de mejor causa. Sería muy sencillo descuartizar a este hombre, pero sería cruel e injusto, porque la culpa es de quien le ha dado este pedazo de papel endemoniado a alguien que no es actor. Y ya está todo dicho. La función cae estrepitosamente a función escolar cada vez que abre la boca o mueve -insistemente- las manos.

Sorprende todo esto en quien firmó -e interpretó en buena parte, se repiten actores- una cosa tan cucamente puesta en estilo como Los desvaríos del veraneo. También es la misma la autora del vestuario, y tampoco se entiende. Porque me había propuesto ahorrarles detalles -como la iluminación o la incompresible tablet en escena- pero esto no me lo callo. Ahí, en la foto de arriba, tienen al pobre Ignacio Jiménez con ese botón de la americana que asciende hacia el gaznate (y me salto lo de la camiseta revelada en un momento álgido) o el incomparable efecto de la falda en la rodilla con los calcetines de Nüll García. Pero la cosa llega a juzgado de guardia con Lola Baldrich, que debió de aceptar  ponerse algunas de las piezas invocando a los númenes de la profesionalidad y que es la única que sale bien parada del naufragio general. Premio Horror Venido de Otra Función Distinta para el atavío ya mencionado de Tartufo y del que les dejo foto.



Estas cosas suelen avanzar hasta algún estrepitoso momento de carcajada, y aquí también sucede. En la escena final, el protagonista sale -con la endeble excusa de que acaba de ducharse en la que ya es su casa- con una toalla en la cintura (¡y micrófono!). Apoteósico. Como me decía alguien que sabe mucho de teatro, hubiera sido más de recibo que saliera en pelota picada, una provocación. Pero esto de la toallita traslada de pronto al resto del elenco, como una panda de extraterrestres que se han equivocado en el salto cuántico, a una performance sexy en plan discoteca gay. Que me parecen muy bien, es también todo un arte, pero para eso ahorrémnos todo el Molière que está de adorno alrededor.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 16 de mayo de 2016

LA ROSA TATUADA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Tennessee Williams (version de Vicente Molina Foix) Directora: Carme Portaceli Intérpretes: Jordi Collet, Roberto Enríquez, David Fernández "Fabu", Alba Flores, Gabriela Flores, Ignacio Jiménez, Aitana Sánchez-Gijon, Paloma Tabasco y Ana Vélez Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Aitana, perdida ahí en medio de un espacio descomunal y mal iluminado. Es un buen resumen de la función. Foto de David Ruano.
"No está mal, pero el texto es un poco aburrido". Comentario de un conocido que, dada su juventud, no ha visto aún mucho teatro. ¿Se imaginan el esfuerzo que hay que hacer para que un Tennessee Williams parezca "un poco aburrido"? De acuerdo, es posible que -frente al Tranvía, la Gata o la Noche de la iguana- sea una obra menor, pero un Williams menor es como un Velázquez menor o un Mozart menor. Miles de dramaturgos de todos los tiempos hubieran dado uno o dos dedos por firmar este texto "menor". Cualquiera con un poco más de experiencia que el joven citado les dirá lo que ocurre en el María Guerrero: una pieza estupenda demolida a conciencia por una dirección de escena que no da ni una en su sitio.

El error es de partida, y todo lo impregna. Enfrentado a este relato, uno debe decidir qué quiere hacer. En ese momento, como siempre les digo, todo es lícito. Habría pocas dudas respecto a que Williams pretendió escribir un drama realista, pero si el director de escena (directora en este caso) ve cualquier otra posibilidad, pues como si le da por montar un espectáculo de natación sincronizada: sólo la juzgaremos por los resultados (dejados aparte los militantes de purismos que ellos mismos inventan, indignados si Cervantes deja de ser Cervantes). Hay funciones a las que uno no les pilla el género hasta que pasa un bueeen rato, y eso es estupendo: es una especie de metasuspense. Estoy pensando en La omisión de la familia Coleman. Las hay incluso que repelen la etiqueta hasta después de vistas y bien rumiadas. Estoy pensando en Paseíllo (atentos, porque Hugo Pérez de la Pica está a punto de publicar los textos de ésa y de Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama). El director de escena juega en esos casos con un elemento más de sorpresa frente a los habituales (trama, etc.). El problema es que el batiburrillo no cuaje. Es la mayonesa que se corta: no hay emulsión, el huevo por aquí, el aceite por allá, el limón -cuyo cometido era añadir un puntito de alegría- se ha salido con la suya. Es como el escorpión del cuento de la rana, está en su naturaleza comportarse como un ácido, y los ácidos descomponen.

Es lo que le ha ocurrido a Portaceli con las gotas (bueno, chorros) de ácido chusco que ha querido verter en el drama realista. Los detalles "puntuales", como se dice ahora, son bastante horrorosos: el tipo cantando micrófono en mano (¡Aaaarrrgggh! ¡Micrófonos! ¡La peste de la temporada 2015-2016!); la caracterización y enfoque interpretativo del travestón... Pero es aún peor que ese deslizamiento aceitoso hacia la comedia (e incluso hacia la farsa) esté más insidiosa y pertinazmente presente en, por ejemplo, las vecinas, que lejos de torcidas y entrometidas casi terminan por parecer malos entrañables de Disney (¿los buitres de El libro de la selva? ¿había buitres en El libro de la selva? ¿o me estoy confundiendo con Las urracas parlanchinas?). Los mecanismos de causa y efecto en este tipo de desajustes son difíciles de establecer, pero yo diría que el jaleo de género es lo que subyace incluso en errores tan puramente visuales, y aparentemente inocentes en su torpeza, como el botellero que baja y sube desde el peine justo cuando hace falta (y que provoca que los espectadores intercambien miradas de estupor, porque es casi La mansión de los Plaff) o el desastre de iluminación que firma alguien habitualmente tan competente como Yagüe. 

Aquí viene al pelo lo de "aparentemente inocentes en su torpeza", porque Yagüe no es ni torpe ni inocente y, sin embargo, el efecto combinado del escenario mantenido durante minutos y más minutos completamente iluminado (casi parece luz de ensayo, "sólo faltan los fluorescentes" me decía un amigo) y la escenografía desparramada es mortal de necesidad. Me explico. La escenografía lo sacrifica todo a una feliz idea: la función se abre con una casita plantada en medio. La acción se desarrolla ante la casa de Rosa. Cuando hay que pasar al interior, las tres fachadas (frontal y laterales) se abaten sobre el escenario. Como llevaban el mobiliario fijado en su interior, encontramos ya todo dispuesto en su sitio. Cómo cargarse cualquier posibilidad de funcionalidad escenográfica por mantener un único efecto inicial (que será más o menos espectacular, pero que dramatúrgicamente no aporta nada, porque se malgasta demasiado pronto). 


Afortunadamente, encuentro en la red un par de fotos ilustrativas (que deben de corresponder a los ensayos), porque me temo que todo esto no es fácil de entender. En la primera, tienen la casita montada: no es el aspecto final, que incluye la proyección de las palmeras que pueden entrever en la foto de arriba del todo (y que también aportan más o menos nada; inefables los pajarracos mal animados). La segunda, reproduce la fachada izquierda (cuando es el espectador el que mira) a medio bajar. Por una feliz circunstancia, sale hasta el botellero mencionado.

Cuando los tres frentes caen, el efecto final es el de un escenario abierto a todos los vientos, con las paredes laterales a la vista. Ya que estamos, y que tenemos esta especie de enorme solar con los muebles plantados aquí y allá sin concierto, abonemos el desorden haciendo que todo el mundo entre y salga por cualquier parte: laterales, foro y pasillo de platea. Dicen los créditos del programa de mano que había una asesora de movimiento.


Ah, una cosa más. ¿Han visto lo que han hecho los del fútbol ahora que los datos están siempre a mano? Nos machacan con datos estadísticos del tipo "es la tercera vez desde 1972 que el Albacete mete un segundo gol antes del minuto diecisiete jugando con un equipo que no empiece por A". Estomagante. Si nos pusiéramos en ese plan y analizáramos estadísticamente las ubicaciones de los intérpretes en los teatros, comprobaríamos que, trazada una línea imaginaria paralela a la corbata y que dividiera en dos el escenario, es mucho mayor el tiempo que pasan en la parte delantera (la más cercana al espectador) que en la parte trasera. En La rosa tatuada, no. En La rosa tatuada hay muchas cosas que ocurren allá lejos, hacia Cuenca.

Recapitulemos. Un enorme espacio desordenado que se extiende de pared a pared del escenario del María Guerrero; entradas y salidas desde todas partes; mucha luz durante mucho tiempo; acción desplazada a menudo al segundo o tercer término. Resultado: actores y actrices perdidos en el hiperespacio. Si suman botellero, micrófono, travestón vociferante, vecinas desubicadas... comenzarán a pensar que la función es un desastre. Digamos que se queda a un centímetro.
* * *
Gracias a los protagonistas. En primer lugar, como todo el mundo ha dicho, gracias a Roberto Enríquez (les dejo los enlaces a Málaga y Fausto). Su personaje es la carnalidad, la vida, el oxígeno que penetra en el ambiente enrarecido de esa casa donde se veneran las cenizas del macho muerto. Con sus lastres a cuestas, claro está, no esperen encontrar un personaje unidimensional en Williams. Enríquez está coherente y entregado en todo el arco de la bronca, el abatimiento, la ilusión... Cada vez que abre la boca eleva el tono de la función y apuntala el trabajo de Aitana Sánchez-Gijón.

También ella contribuye a evitar el desastre, aunque en distinta medida, porque lo suyo era más difícil. Me explico. Toda la función pasa por dentro del personaje de Rosa. No ocurre prácticamente nada más que lo que ocurre en su fuero interno. La rosa tatuada es la historia de la evolución de Rosa. Este trabajo de sostén de la función tiene que realizarlo la actriz desvalida en medio de esos espacios desolados descritos más arriba. Tiene que mostrar las tripas fuera sin que la arrope el mínimo recogimiento escenográfico o de iluminación. Pocas veces encuentra uno una foto que ilustra a la perfección lo que quiere decir, pero el blog de EINA me ha dado varias alegrías. Aquí tienen una:



Un detalle que puede parecer nimio, pero que considero ilustrativo: la camiseta de Enríquez está atrezada para simular el sudor del camionero. Sin embargo, el camisón de ella, que se supone no se quita desde hace dias, está inmaculado y parece recién planchado. Vamos, que no parece que nadie haya ayudado mucho a la actriz. Me remito, para disculpar cierta frialdad, cierta escasez de llamas en este personaje todo fuego, a la Medea que Lima supo recientemente hacer bramar en el barro o -incluso- al minuto de oro que logra aquí, cuando grita fuera de sí a su rival en el pasillo del patio de butacas (digamos entre paréntesis que esa ubicación funciona raramente, pero que esta vez deja al público hipnotizado). En resumen, rinde lo suficiente, sobre todo en las escenas con Enríquez -y con su hija-, como para salvar la representación, pero Portaceli no ha sabido ponerla en el lugar adecuado para aprovecharla a fondo.

Muy bien Ignacio Jiménez. Lleva camino de convertirse en un actor fenomenal, estaría bien verlo en algún papel que trascienda ese fisico de muchacho formalito. Alba Flores tiene momentos convincentes y otros más planos. Los demás están demasiado absorbidos por el desbarajuste como para juzgarlos.
P.J.L. Domínguez
          
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martes, 15 de diciembre de 2015

RAPSODIA PARA UN HOMBRE ALTO

Sala: Teatro María Guerrero Autor y director: Félix Estaire Intérpretes: Ignacio Jiménez y José Ramón Iglesias Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ignacio Jiménez y José Ramón Iglesias
Fíjense que la idea no está mal. Una final de baloncesto entre dos países recientemente escindidos. Un drama familiar inserto en el drama general. El resultado en las manos de un jugador que tiene a su hermano en la selección de enfrente. La relación del jugador con su padre. 

Ahí termina la idea. Ahora, empiecen a imaginar todos los tópicos posibles sobre estos temas (del tipo ¿Qué es una frontera? o A veces los hijos no salen como uno hubiera deseado) y hagan que dos actores los repitan todas las veces que sean precisas para alcanzar unos setenta y cinco minutos de duración. Ése es el aburridísimo texto de Rapsodia para una hombre alto. Podría pasar como primer borrador, pero es imposible de soportar en escena en su estado actual.

Rapsodia está mejor dirigida que escrita, con recursos sembrados aquí y allá que distraen un poco (he dicho un poco, no se imaginen ninguna juerga): 

* El movimiento de actores, bien coreografiado por Xus de la Cruz. Si olvidamos los remedos de paso procesional. Ahí tienen otro estilema (queda mucho mejor decir "otro estilema" que "otra bobada") que empieza a aparecer donde casa y donde no casa, como los famosos micrófonos. Cosas de las modas. ¿Un ejemplo en el que casaba? Los persas de Francisco Suárez. ¿Otro en el que uno pensaba en el Cristo y las pistolas? La balsa de Medusa. Me parece que si me pusiera a repasar programas de mano de los últimos diez años iba a encontrar docenas de apariciones de este efecto, con una aceleración en los últimos tiempos. Fíjense a partir de ahora, ya me dirán.

* La música, entre balcánica y, mira tú por dónde, de marcha procesional. Lo de balcánica viene al caso: la historia parece estar enmarcada en el proceso (huy, iba a decir "el procés") de escisión de las repúblicas yugoslavas, y se narran numerosos hechos producidos en el mundo del baloncesto y en aquel contexto. Lo de procesional no, pero eso tiene poca importancia, porque la música encaja bien y distrae un poco del sopor.

* La iluminación que, como los intérpretes, hace lo que puede por entretenernos; por ejemplo, concentrando el interés en la expresividad gestual: las indicaciones del árbitro, los tres lanzamientos decisivos, el diagrama en la pizarra del fondo... Aunque esto último precise comentario. El segundo personaje (árbitro/padre/entrenadores, luego les explico) dibuja en la pizarra un diagrama que representa las posibles variantes de futuro según el jugador enceste o falle cada uno de los tres tiros que le corresponden. A medida que se producen los lanzamientos, borra las posibilidades de futuro que se han desvanecido. Aunque, generalmente, cualquier elemento que permita al espectador prever lo que va a ocurrir es muy peligroso (estoy pensando en otra pizarra, la de Los miércoles no existen), es cierto que en esta función, proverbialmente aburrida, incluso este factor de previsibilidad resulta una distracción. Este comentario precisa de comentario. Hay contextos en que la previsibilidad es, no sólo adecuada, sino crucial: es el momento en que esperamos que al payaso le caiga encima el cubo de agua. Pero son los menos. Ponga usted una cosa cualquiera que vaya recordando al espectador cuántos eventos tienen que ocurrir de aquí a un rato, y se estará cargando algo esencial en las artes del tiempo: la sorpresa.

José Ramón Iglesias interpreta tres personajes: el padre del jugador y los entrenadores de ambos equipos. Esto último es, me parece a mí, un error del texto. Bastaba con uno, desde todos los puntos de vista: tanto para incluir este elemento siempre significativo del intérprete que se desdobla como para contar la historia. Es para presentar dos puntos de vista, claro está, pero no hacía falta. Ya les he dicho más arriba que en esta pieza todo se repite hasta la saciedad, lo que implica, entre otras cosas, que se minusvalora la capacidad de comprensión del espectador. El entrenador contrario no hacía ninguna falta para que entendiéramos todo lo que quieren que entendamos. Además, así como el binomio padre/entrenador está suficientemente diferenciado en la interpretación, los dos entrenadores se distinguen porque llevan gorra de distinto color. Mi acompañante, que no tuvo tiempo de mirar el programa de mano antes del comienzo, ni se enteró de que eran dos.

A Ignacio Jiménez lo había visto, al menos, en La cortesía de España y en La ola, bien en las dos ocasiones. También aquí está bien, yo creo que está capacitado para empeños de mayor altura, pero el texto es difícilmente defendible.

Dos cosillas más, y una observación, antes de terminar. La primera: hay un tema más, que no es explícito, pero sí evidentemente implícito. Durante buena parte de la función, a poco que uno se esfuerce ve la palabra CA-TA-LU-ÑA en el aire, formada por un ectoplasma que mana de las cabezas de los espectadores. Por supuesto, todo este asunto de países, escisiones, fronteras, banderas y colores de las camisetas de los jugadores suscita de inmediato entre nosotros esta cuestión. Olviden cualquier posibilidad de alguna reflexión de interés o enfoque poético novedoso. La segunda: a tenor de lo que el programa de mano dice, y de lo que me cuenta un conocido que asistió a otra representación, la función cambia según el protagonista enceste o no sus tres tiros. Una curiosidad.

La observación: aparte de sus propias limitaciones, Rapsodia para un hombre alto ha tenido la mala suerte de ser programada la misma temporada que Reikiavik, que tiene un parentesco evidente en el planteamiento. Ambas pretenden elevar a categoría y otorgar fondo alegórico a una competición. El parentesco termina ahí.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 12 de febrero de 2015

LA OLA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Ignacio García May Director: Marc Montserrat Drukker Intérpretes: Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza, Xavi Mira y Alba Rivas Duración: 2.30' (20' de entreacto)
información práctica (el enlace no operativo puede significar que ya no está en cartel)

Imposible encontrar una foto que dé idea de la estupenda escenografía. Ballesteros, Jiménez, Rivas, Lanza, Castro, Herrera y Carrillo.


Drukker montó L'onada en catalán con notable éxito. Es una pieza militante. Intenta reproducir en escena el experimento que, allá por los sesenta, puso en marcha un profesor de instituto norteamericano. Es archisabido que este hombre, para explicar a sus alumnos lo que había sido el nazismo, se inventó un movimiento perfectamente vacío de contenido y con todos los ingredientes del fascismo: normas de vestimenta y gesticulación, eslóganes simples, conducta homogeneizada, jerarquización, sumisión... El sometimiento entusiasta de sus alumnos a tal organización esperpéntica superó con creces todas sus expectativas, y se cita a menudo desde entonces. He leído por ahí que ha dado lugar a varias películas, aunque solo he visto una, alemana y de 2008.



El texto de García May se pretende pegado a la realidad de lo ocurrido en aquel instituto. Y creo que ése es su error de partida. Antes de seguir, les advierto que las críticas oscilan entre la aprobación y el entusiasmo, pero que a mí me pareció un ladrillo de cuidado. Lo siento, pero para gustos se hicieron los colores. Paso a explicarme.

Como todo el mundo sabe, la realidad es mortalmente aburrida. Por eso inventó la humanidad a los novelistas, los dramaturgos y los guionistas. El ejemplo tópico es, desde hace un tiempo, Gran Hermano (el de la tele, no el de Orwell). La visión de lo que captan las cámaras en tiempo real dentro de esas jaulas para hámsters es perfectamente insoportable. La de los resúmenes guionizados y editados también, dirán ustedes, pero por motivos muy distintos: motivos de contenidos, no formales. Diré más: una de las causas del indiscutible éxito es la gran habilidad con que se realizan esas guionizaciones, esa conversión de la realidad en narración. Lo de García May ha funcionado exactamente al contrario. Sin duda, los resultados del experimento de Ron Jones son estremecedores. No estoy hablando de eso, sino de sus posibilidades dramatúrgicas. Resulta que, si los hechos fueron los que García May expone, no tienen interés dramatúrgico suficiente. Sin ir más lejos, en la película que les decía que he visto (Die Welle), pasan, desde luego, más cosas que en el escenario del Valle-Inclán. Probablemente, muchas de ellas añadidas por los guionistas, pero indispensables para producir interés. Sólo un dato: la trama supuestamente cada vez más tensa se estira en escena durante dos horas y media sin que aboque a un solo acto de violencia física. En mi modesta opinión, la historia está pidiendo a gritos, a partir de un determinado momento, que le rompan las piernas a alguien. O al menos la cara. Repito: no estoy hablando del experimento real ni restando un ápice de importancia a lo que allí ocurrió. Pero lo que ocurre en el escenario parece una cosilla de muchachos de instituto que ni va ni viene. Entre otras cosas, porque hoy en día pasan cosas bastante más horrorosas. Por ejemplo, que dos adolescentes maten a otro de una paliza (Tafalla, ayer).


Siendo el fundamental, no es ése el único error del texto. Además, las cosas se repiten un número innecesario de veces. El retrato de los caracteres de los muchachos es redundante, los pasos en el progreso hacia el comportamiento fascista van mucho más lentos que la comprensión del espectador (de un espectador que, para más Inri, sabe perfectamente hacia dónde va la historia, porque si no ha visto la peli se lo han contado en el programa de mano), los detalles se alargan sin motivo (un solo ejemplo: ¿para qué tiene que mencionar tantos títulos la chica encargada de seleccionar las lecturas de sus correligionarios? ¿no bastaba con decir tres o cuatro?). Tengo una hipótesis. Creo que García May y Drukker están tan subyugados por esta historia -no es para menos-, tan obsesionados por contarnos sus detalles, que no han tenido valor para esgrimir con contundencia las tijeras de podar. Ojo: para contarlo todo en detalle, se escribe un ensayo o un libro de historia, no se monta un espectáculo. ¿Quieren un ejemplo óptimo de unas eficaces tijeras de podar en un ejercicio aún más literal que La ola? Ruz-Bárcenas. Pero, claro: duraba cincuenta y cinco minutos.


Yo creo que el texto no tenía mucha remisión, pero el director ni siquiera ha intentado redimirlo. Todos corren y gritan desde el primer momento. "Es una clase de instituto, los jóvenes corren y gritan", respondería el acusado. Sí, pero resulta que luego tienen que seguir gritando, no sólo porque son jóvenes, sino porque son ya jóvenes y fascistas, y dos hora y media de un elenco que grita terminan anestesiando las facultades perceptivas de cualquiera. También el profesor (Xavi Mira) grita desde el principio. Primero, porque se tiene que imponer a la clase. Después, ya por motivos que cada vez nos importan menos. Siempre les digo lo mismo, pero no deja de sorprenderme que éste sea, con diferencia, el error más frecuente en escena. El famoso Aurorita hija, que todavía no ha pasado nada. Hay en cartelera ahora mismo una función, Hey boy hey girl, en la que también tiene que haber bastante bronca desde el principio, por el carácter de la historia. Pero su director ha comprendido que, para permitir la digestión de los gritos, era imprescindible establecer pausas, respiros, cesuras que interrumpieran el flujo de intensidad.  



Esto no ocurre en La ola. El efecto de anestesia es tal que, en el clímax (?) final, el director se ve obligado a hacer repetir un número grotesco de veces lo que la Falange llamaba gritos de ordenanza (convertidos aquí en Comunidad, Disciplina, Acción), supongo que para intentar hacer mella en unos espectadores que ya han sufrido una ración estomagante de gritos. Ya a nadie le importa que lo griten mil veces. Un momento antes, la que parece escena cumbre desaparece con los actores (y los dos televisores mudos que se convierten en protagonistas) a ras de suelo y pegados a la primera fila de espectadores: escondidos, en una palabra. El final no existe.

Una reflexión paralela. Escriban y monten una función contra la pederastia, la explotación sexual, la violencia de género, el fascismo o la homofobia. Háganla mal adrede. Apuesto a que les costará lo suyo obtener una crítica negativa. ¿Por qué? Verán, cuando Gombrich habla del arte primitivo y comenta la estrecha relacion entre la imagen y lo real (creo que era él, hace mil años que leí esto), desafía el complejo de superioridad de nuestra época planteando una cuestión. ¿Seríamos capaces de perforar con un alfiler los ojos de la fotografía de un ser querido? Al fin y al cabo no es más que un papel. Nos sigue costando distinguir la realidad de su representación. Y aquí ocurre lo mismo. Encontramos una dificultad enorme en separar la realidad (la repugnancia que el fascismo nos inspira) de su representación (una función mediocre).


En medio de todo esto, no me atrevería a decir que ninguno de los intérpretes sea malo. Pero brillar, lo que se dice brillar, no es que puedan hacerlo en este contexto. Quizá lo mejor sean Carolina Herrera, que recuerda a veces (y esto es un gran elogio que ya le ha hecho Vallejo) a Gracita Morales, e Ignacio Jiménez (a quien vi muy resultón en La cortesía de España de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico). Aconsejaría muy en serio a ambos que, en la era de Google, recuperaran los hábitos de la era Cifesa y se cambiaran el nombre, ahora que están a tiempo. En el mundo global es imposible llamarse Carolina Herrera. Es sólo una opinión, están en su perfecto derecho de seguir llamándose así. [Nota del 13 de marzo: Resulta que acabo de darme cuenta de que a Carolina Herrera -tiene narices olvidar ese nombre- ya la vi estupendísima en Nápoles millonaria. Y ya le recomendé entonces el cambio de nombre, mira que puedo llegar a ser pesado. En fin, lo que cuenta es que esta chica es buena]


Mención final para la escenografía de Jon Berrondo. Era muy difícil reflejar con tanta habilidad y talento todos los lugares en los que la acción debía o podía transcurrir. Es, con gran diferencia, lo mejor de la función. No encuentro fotos que la reflejen adecuadamente.
P.J.L. Domínguez