martes, 10 de noviembre de 2015

LOS DESVARÍOS DEL VERANEO

Sala: Teatro Fígaro Autor: Carlo Goldoni Director: José Gómez Intérpretes: Ana Mayo, Borja Luna, Macarena Sanz, Antonio Lafuente, Vicente León, Kevin de la Rosa, Andrés Requejo, Juanma Navas y Helena Lanza Duración: 1.45'
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Lafuente (ahora lleva barba), de la Rosa (que no estuvo en mi función), alguien que no reconozco en la foto (y que en mi función era Ana Mayo), Luna (ahora no lleva barba), Requejo, Sanz, León y Navas.


Le smanie della villeggiatura es un delicioso texto de Goldoni, tan bien urdido que resiste la dolorosa operación de sacarlo del italiano, su contenedor natural. Pierde finura, pero aguanta.

Con estas cosas me pasa siempre lo mismo, supongo que como a todo el mundo. Entro al teatro un lunes a las ocho y media (cuando ya llevo un rato pensando en el momento de felicidad suprema de irme a dormir); dejo ahí fuera un mundo grotesco (véase el gigantesco lugar que la patada de Rossi o la conversación de Benzema ocupan en la plaza pública de los medios), pavoroso (la irreversibilidad del calentamiento global se anuncia al mundo el lunes 9 de noviembre de 2015) y deprimente (45 mujeres muertas a manos de los hombres que se suponía que las amaban) y me encuentro con una gente ociosa y feliz como nadie fue ocioso y feliz después de 1789 (Talleyrand dixit: "Quiconque n’a pas vécu avant 1789 ne connaît pas la douceur de vivre"), una gente tan alejada de nuestro planeta que, durante unos minutos, sufro la sensación de que me van a interesar poco o poquísimo. Luego, Goldoni despliega tal conocimiento sobre sus semejantes, tal habilidad para retorcer hasta el infinito una ligerísima trama... que me vuelve a atrapar. Una delicia.

Me fastidió perderme La isla de los esclavos de Venezia Teatro. Tenía buena pinta. "Qué será buena pinta", se preguntarán. Se parece bastante a comprar unas naranjas por el mismo motivo. Luego, pueden salir estupendas o incomestibles, pero la pinta previa siempre está ahí, no hay quien se la salte. Encuentro opiniones favorables, pero tiendo a no fiarme ni de mi sombra. En cualquier caso, me dije que ésta no me la perdía. A veces, el esfuerzo (¡un lunes a las ocho y media!) se ve premiado por la recompensa. El montaje merece la pena.

Tiene estilo. Tiene también algo en escena que les voy a dejar que adivinen. ¿Ya? Al menos la mitad de mis lectores crónicos -perdón- habrá acertado. ¡Hay micrófonos! ¡Es un capítulo de Expediente X! ¿Algún fabricante surcoreano ha colocado todos sus excedentes en los teatros de Madrid? ¿Qué está pasando? ¿Lo saben la Unión Europea, el Consejo Regulador de Denominaciones de Origen, la Asociación de la Prensa? Les confieso mi estupor. Ya me parecía suficientemente extraño lo de los jóvenes con moño como para que ahora llegue esto. En fin, sigamos. Aquí hay un micrófono en cada extremo del proscenio, pero su uso -afortunadamente- es fácil de comprender: los apartes se dicen desde ahí, con cañón sobre el intérprete. Vale. No molesta. Otro tributo a la moda: los intérpretes se sientan alrededor del escenario, a la vista, cuando no les toca. ¿Les va sonando? Sí, las dos cosas suenan a Stockman. Stockman, a su vez, sonaba a otra cosas. Pero esto son detalles de entomólogo, no tienen mayor importancia. Ni los micrófonos ni los actores a la vista ni sus ocasionales y breves intervenciones (en algún momento apoyan al que está actuando) distraen de lo fundamental. Lo fundamental es decir bien un texto que sin estilo en la interpretación no es nada. Tengan en cuenta que todo son naderías: que si me pone celoso que vayas en la carroza con ese tipo, que si no te fías de mí y eso ofende, que si quiero un vestido nuevo, que si vigile usted de cerca a su hija porque todas las mujeres son iguales... Estas naderías vienen dando de comer a miles de personas desde hace siglos, las tenemos tan archiconocidas que no encierran en sí mismas ningún atractivo: toda su capacidad de diversión se sustenta en el estilo con que se dicen. Cambie el estilo y le sale Goldoni o Arniches, Marivaux o los Quintero, todo depende de cómo haga que los actores se muevan y digan las cosas. Y Gómez ha dejado la cosa bastante cercana a lo que sería una interpretación canónica, sin pasarse de arqueológico. No olviden que los personajes de la Comedia del Arte están apenas un centímetro debajo de la piel de estos nobles del XVIII y de sus criados, y que eso impone una cierta dosis de estereotipo en la que reside toda la gracia del asunto.

Para hacer esto son necesarios intérpretes inteligentes, que sepan de qué les están hablando cuando les cuentan esta copla. Y la verdad es que me sorprendieron. No me hubiera pasado si llego a hacer los deberes antes y me estudio bien quién era cada cual, pero llevo la vida que llevo. Mírenselos si quieren en este enlace. Para empezar, hay dos veteranos que están sembrados: Vicente León y Juanma Navas, anciano estricto y cascarrabias, y padre marioneta de su hija. Las dan todas en su sitio. Andrés Requejo y Helena Lanza son criado (incluido breve doblete, porque la versión se carga un par de ellos, prescindibles) y criada; también bien los dos. El tercero en discordia -amigo molesto de la jovencita- es un papel breve, pero Borja Luna lo coloca bien, con las dosis precisas de tontorrón y simpático. El sustituto de Kev de la Rosa, que creo que hacía la función por primera vez, era el único que no terminaba de encajar. No creo que sea el amaneramiento con que encaraba el papel, porque el papel lo pide a gritos. Quizá una dicción masticada y lenta.

El trío en (ligera) discordia: el chico, la chica, la hermana del chico. Antonio Lafuente, estupendo. Difíciles siempre estos papeles de galán toreado a conciencia por una jovencita más lista que él. Sale bien librado, es -con los dos mayores- el más cercano a la interpretación tradicional del género.

Me he dejado para el final a las dos chicas. Siempre más interesantes: en el género, las mujeres son manipuladoras y torcidillas; los hombres tontuelos o huraños, sin doblez. Así que son los dos papeles más divertidos. La escena entre ambas, llena de pequeñas envidias, mentirijillas y roces cubiertos por el barniz del trato social (y curiosamente podada en la versión audiovisual que les he enlazado más arriba) es una de las cumbres de la pieza que uno espera desde el principio. Muy bien ambas. Ana Mayo ya me gustó en Stocmann. Y me llevé la gran sorpresa de la noche (¡no había leído su nombre antes de verla en escena!) al reencontrarme a Macarena Sanz. Si su curriculum está al día, he visto todo lo que ha hecho en teatro: Munchhausen, El inspector y Maribel y la extraña familia. Todo lo hace bien: abre la boca y se queda con el escenario, se mueve y sólo se puede mirar en su dirección. Vaya pedazo de carisma. Esta chica tiene un futuro estrepitoso por delante.

José Gómez ha dirigido con discreción y sin tonterías (ya les decía que los micrófonos no molestan), añadiendo aquí y allá algún detallito: las intervenciones en off de los actores que no tienen parte; la mano de León que rubrica lo que dice mientras Lafuente sigue hipnotizado su recorrido arriba y abajo; Luna que se queda en absoluto primer plano de "he hecho el canelo" mientras el final feliz se relega al fondo; el mismo Luna en el efecto de mimo de la maleta flotante; el idílico epílogo mudo de los criados... No está mal, todo ayuda, da a la función un aire simpático. Pasé un rato estupendo. 
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 9 de noviembre de 2015

SIEMPRE ME RESISTÍ A QUE TERMINARA EL VERANO

Sala: Teatro Marquina Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Pablo Rivero, Andres Gertrúdix, Estefanía de los Santos, Unax Ugalde y Santi Marín Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Gertrúdix, Marín, de los Santos, Rivero y Ugalde. La foto es de Antonio Castro, a quien la posteridad va a deber una ingente documentación sobre el teatro en Madrid.
Siempre me resistí a que terminara el verano es un fracaso. Pero diría que un hermoso fracaso. Hermoso como su título, que me suena un poco Tennessee Williams, autor que Perotti visitó no hace mucho.

Parte de un texto del propio Perotti que es, casi hasta el final, una maravilla. Tres amigos que vuelven al lugar de origen, subgénero de montones de historias. Seguro que ya les ha venido alguna a la cabeza. De mi memoria emergió en seguida La partida, una pieza de Paco Rodríguez -también con tres amigos- que se hizo en 2012 en Azarte, más centrada en la trama narrativa, que ésta de Perotti, que es sobre todo drama sicológico. Pero es sólo un ejemplo; hay multitud de detalles de la narración (la camaradería asociada a compartir una prostituta, la mitificación del recuerdo de la noche en que jugaron desnudos al fútbol bajo la lluvia, el bar como segundo hogar con una segunda familia...) claramente ubicados en una larga tradición de lugares comunes. Ojo, "lugar común" no tiene aquí la menor connotación peyorativa, quizá deberíamos decir "topos" literario. Como bien saben, la mejor literatura viene agarrándose, desde Gilgamesh por lo menos, a los mismos asideros narrativos. La escritura de Perotti tiene, entre otras, esta habilidad de colocarse en un sitio que no deja de ser nuevo porque nos recuerde a otros en los que hemos estado.

Tiene más: verosimilitud, diálogo fluido, interés narrativo, construcción de caracteres... y un lirismo que se desprende con naturalidad tanto de la una (la narración) como de los otros (el carácter de cada personaje). Les decía más arriba que es una maravilla casi hasta el final, y ese casi estaba ahí exclusivamente por el útimo monólogo de Isabel. Se repite ahí la operación de querer elevar un suceso banal (el ruido de las hojas secas) a categoría de recuerdo vertebrador. Estas operaciones a veces salen (sale perfectamente con el fútbol bajo la lluvia) y a veces no salen, y el texto se queda, en esos minutillos finales, muy por debajo de todo lo anterior, muy por debajo de la intensidad interpretativa de la actriz y muy por debajo de su función de remate de la pieza. Aparte de eso, Siempre me resistí es redonda y conmovedora y dibuja, de los cinco personajes, al menos tres maravillosos: la prostituta en decadencia (otro lugar común de larguísima tradición); el joven empleado de la funeraria, entre el macarrismo y una desarmante ingenuidad, y el padre de familia que mantiene a sus hijas dedicándose a una actividad que lo avergüenza. Este último es el único que no ha interrumpido la relación con la prostituta durante los últimos veinte años, y esa amistad -de la que ni siquiera se habla pero que resalta bien visible- es quizá el aspecto más interesante de la obra. Ya he perdido el control detallado de quién me lee (un experto en marketing me diría que como no defina bien mi target, voy listo), pero me consta que algunos de ustedes son habitantes del planeta artes visuales, así que voy a decirles algo: aquí hay un peliculón.

Además del texto, la función tenía muchas bazas a favor. La música de Etxeandia no, desde luego, a pesar del partido publicitario que se le ha sacado. No sé si las breves rágafas de ambientación sonora que acompañan a alguna escena serán suyas o de los otros dos firmantes (Tao Gutiérrez y Enrico Barbaro), pero nada tienen de memorable. Es cierto que al final se oye una canción, pero llega a telón cerrado y con el público abandonando el teatro. Bazas: Perotti como director (estupendo en Algo de ruido hace y brillante en Breve ejercicio para sobrevivir), Boromello como escenógrafa, Ana López Cobo como figurinista... Y, sin embargo, la función no termina de salir adelante. Ni la escenografía ni el vestuario ayudan gran cosa, pero ¿cuál es el problema de fondo?

No sabría decirlo con seguridad, aunque algunos errores son evidentes. Por ejemplo, Rivero no da el personaje. No es su responsabilidad, siempre lo he visto bien (piensen en Pandur: La caída de los dioses, Fausto). Es, por el contrario, un error de casting. No hay quien se trague ni por un minuto que es un señor conservador de cuarenta años. Resulta que tiene treinta y cinco, pero no los da, parece un niño. Lo han vestido de señor del PP con flequillito rubio y chaleco de estos impermeables de plumas que todo lo inundan desde la temporada pasada, y ocurre lo peor que puede pasar con el vestuario en escena: parece que lleva un disfraz. Tampoco está Gertrúdix, me parece a mí, suficientemente centrado en el personaje. Es un tipo atormentado, escritor fracasado que ha vuelto a su pueblo a enterrar a una madre con la que hacía veinte años que no se hablaba. Falta espesor en la interpretación, tendría que provocarnos la empatía suficiente para entender sus rarezas, tendría hasta que darnos pena. En vez de atormentado, se queda demasiado tiempo en rarito o en insufrible. ¿Saben? Ahora que llevo un ratillo escribiendo este párrafo me parece que sí, que éste es el lastre fundamental de una función que es todo sicología, todo dirección de actores, una función que debe sostenerse íntegramente sobre la verosimilitud de lo que cada uno lleva por dentro. Repetiré, en descargo no tanto de Rivero -que ya digo que no tiene mayor responsabilidad- sino de Gertrúdix, que sus personajes son menos interesantes que los otros tres.

Estefanía de los Santos está fotográfica. Vamos, que parece una foto del tipo de mujer que representa. Todavía no puedo decir si es una actriz excelente o esto es un as herself, porque la he visto tres veces (Las plantas, Marca España) y las tres prácticamente en el mismo papel: intensa, explícita, expuesta. Desde luego, aquí le va de miedo a la función. Espero verla alguna vez en algo más reposado. Estuvo nominada a un Goya por Grupo 7, pero prácticamente no veo cine.

No se me ocurre manera mejor de sacar adelante el papel de Unax Ugalde -un hombre bueno y apocado que ha encontrado refugio en la amistad de una prostituta y en el puti-club en desuso- que como él lo ha hecho: sin el menor aspaviento, con un único arranque expresivo de intensidad que, en el colmo de la contención, nos hurta su rostro. Ugalde es lo mejor de la función. No sé si había hecho teatro, no veo nada en su curriculum. Visto aquí, creo que podría hacer cualquier cosa. Ha sido un acierto de Perotti arrastrarlo al Marquina. 

Santi Marín, adorable. Es siempre difícil predecir qué será lo que la memoria decidirá archivar, pero yo diría que es su personaje lo que el público recordará mayoritariamente de Siempre me resistí.

Eso será, quizá, lo que el público recuerde, porque se ha desperdiciado una oportunidad de oro de construir una escena tan memorable para los espectadores como para los personajes. Hace veinte años la policía irrumpió en el Caimán, y los tres amigos huyeron desnudos por la puerta de atrás. Terminaron jugando al fútbol bajo la lluvia, así, como vinieron al mundo. Es un recuerdo central en la función y tiene fuerza poética. Hay hasta una foto, que Isabel sacó mientras los tres corrian alejándose y que la madre de Raúl reveló. La escena se recrea al final. Los tres empiezan a desnudarse y... paran y se quedan en calzoncillos y camiseta. Error. Llevamos más de una hora oyendo contar que no fue así. Entiendo que son mediáticos y que un desnudo es siempre una cosa complicada, pero están a medio iluminar, cabía bajar aún más la luz y alejarlos. No sé cómo se habrá llegado a esta decisión, pero lo suyo era desnudarlos y reproducir ese recuerdo que, durante años, ha condensado para los tres la esencia de su relación y de la perdida juventud.

A pesar de todas estas pegas, ya les decía al comienzo que es un fracaso hermoso. Merece la pena verlo, por su fuerza evocadora -evoca la juventud de estos tres, pero también la nuestra- y por algunas de las interpretaciones. Merecería la pena darle una vuelta más, no haría falta mucho para que dejara de ser un fracaso.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 8 de noviembre de 2015

BANGKOK

Sala: Teatro María Guerrero Autor y director: Antonio Morcillo Intérpretes: Fernando Sansegundo y Dafnis Balduz Duración: 1.10'
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Resumen: prescindible. Ni va ni viene ni por el camino nos entretiene.

Desde luego, no todo el mundo ha opinado lo mismo. Hay quien afirma que la pieza "tensiona las vísceras del espectador", y les dejo también el enlace a opiniones de espectadores muy mayoritariamente positivas.

Aunque la facultad de juzgar si un texto es apto para la escena no es propia de seres humanos, sino de ángeles -como decía Gaudí de la percepción espacial- los críticos nos caracterizamos por opinar de todo hasta debajo del agua y, a la salida, me permití decirle a A. que el texto, que representado no va a ninguna parte, probablemente tiene su gracia leído. Entre el Pinto del realismo y el Valdemoro de lo onírico, con referencias cruzadas bien plantadas por aquí y por allá... Lastrado, desde luego, por las irrupciones tediosamente explícitas de la actualidad sociopolítica (ha habido una comparación posible, e ilustrativa, en la reposición este fin de semana de Los nadadores nocturno, ya les contaré). Busco informacion y, efectivamente, se llevó el premio SGAE 2013. Saben que me fío poco o nada de los premios, pero, en esta ocasión, a lo mejor yo también se lo hubiera dado. Pero escenificado no funciona. No me atrevo a decir que no lo haría con otra puesta en escena, pero tengo serias dudas.

Por cierto: ¿ha señalado alguien el parentesco con Cosmética del enemigo?

Sansegundo es un actor siempre eficaz (y un autor interesante). No me pareció muy bien dirigido, el efecto sería mayor reservando su capacidad de gesticulación para los momentos explosivos (quizá lo mejor de la función es el exabrupto en el que propone que el país se venda a los chinos). Tampoco nada serio que objetar a Balduz, pero están los dos un poco impostados desde el principio, alguien debería haber encarrilado eso.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 2 de noviembre de 2015

EL PÚBLICO

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Federico García Lorca Director: Àlex Rigola Intérpretes: Nao Albet, Jesús Barranco, David Boceta, Juan Codina, Laia Duran, Irene Escolar, María Herranz, Jaime Lorente, David Luque, Pau Roca, Pep Tosar, Jorge Varandela, Nacho Vera y Guillermo Weickert Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Jaime Lorente y Jorge Varandela.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


    Rigola no se anda con chiquitas. En 2008 montó 2666 de Bolaño y le salió una maravilla de cinco horas de la que no huía ni el Tato. Ahora representa lo irrepresentable. Esa es la fama de El público.
    Lorca declaró que escribía para el futuro. El futuro ya está aquí y El público ya está digerido. Lo ha domesticado Rigola. Pensar que el texto sería una bomba atómica hasta el fin de los tiempos no tenía sentido. Lo era aún en el mítico montaje de Pascual, pero los años pasan, las sensibilidades evolucionan, y queda ahora un maravilloso texto de teatro surrealista (quizá el mejor) dificilísimo, pero posible.


    Gran escenografía de Glaenzel, gran iluminación de Marquerie, gran vestuario de Delagneu, gran espacio sonoro de Albet. ¿Quién firma la hermosa coreografia de Laia Duran? Un elenco en estado de gracia: de Pep Tosar a David Boceta, de Jesús Barranco a Jaime Lorente; de Juan Codina a Jorge Varandela; de Irene Escolar a David Luque y Pau Roca. A todos habría que mencionar, porque nadie desmerece. El público de Rigola hace historia: metaboliza lo que parecía una excepción.

Y lo que no cabía allí:
(para enterarse bien, mejor leer primero aquello y luego esto; las frases en negrita son el nexo de unión entre ambos textos)


1.- Rigola no se anda con chiquitas. En 2008 montó 2666 de Bolaño. Les copio la crítica publicada entonces:

El sueño del mono loco era el título de la peli, ¿no? Esto sería el sueño del mono loco, borracho y jarto de LSD. La novela de Bolaño, bombazo que colocó a su autor en el Parnaso de las letras castellanas de una patada, es compleja, extensa, construye una galaxia de mundos interconectados que, a priori, parece la cosa más imposible de dramatizar que se haya podido escribir. Vamos, como para reírse de Guerra y paz. Pero a alguien –a Àlex Rigola- se le mete en la cabeza este sueño de mono drogado y –lo que es aún más sorprendente- hay quien le secunda. Concretamente el Lliure, el Grec y el Teatro Cuyás de Gran Canaria. No es muy habitual que los productores aparezcan en las críticas pero en este caso el mérito de haberse creído un discurso psicotrópico es notable.

    Rigola salta al vacío y cae de pie. Hay mucho comentario por ahí del tipo "se aguanta bien porque son como cinco obras distintas". De eso nada. Son cinco planteamientos distintos, con diversos grados de parecido entre sí, pero si la cosa se sostiene es por la íntima trabazón narrativa de los episodios que –milagrosamente- la versión escénica preserva, sin sofocar por prolija, y realza. Magníficos los actores, magnífico el resultado escénico global, con momentos escalofriantes. 2666 tiene todos los puntos para ser el espectáculo de esta temporada. No sé si quedarán entradas pero yo iría corriendo a preguntar por si acaso.

Era hipnótico. Me recuerdo a mí mismo prácticamente en trance, subyugado por un mecanismo que uno no podía resistirse a ver como un sistema de alegorías entrelazadas. En otras palabras: un juguete infernal que engañaba y fascinaba de principio a fin. Me doy cuenta ahora de que un tipo que ha dirigido primero eso y después, con éxito similar, El policía de las ratas; un tipo capaz de mantener viva la atención del espectador sobre cualquier cosa (una larguísima sucesión de episodios sin conexión narrativa en el primer caso, una narración perfectamente banal que -en el segundo- conseguía revestír de un aura de trascendencia)... era el más adecuado para poner en escena esta pirotecnia del fulgor surrealista, este gran festival de la palabra poética no domesticada en las páginas de un libro sino libre -y expuesta a todo, sobre todo a saturar y aburrir- en un escenario. 

[Si siguen el enlace a El policía de las ratas, ármense de paciencia. Es una de las entradas más largas que he escrito. Pero toda la primera parte, sobre la forma, es de aplicación también para El público. O para cualquier cosa]

Rigola. Qué buena foto.

2.- El futuro ya está aquí y El público ya está digerido. Lo ha domesticado Rigola. ¿Cómo ha conseguido esta metabolización? La respuesta es de Perogrullo: haciendo buen teatro. Se ha limitado a olvidar que se trataba de un texto sagrado y lo ha puesto en escena con la misma exigencia aplicable a cualquier texto en ese trance: hacerlo digestible por el espectador con el concurso de todos los elementos disponibles. Cuando Jaime Lorente y Jorge Varandela se van preguntando lo de "¿Si yo me convirtiera en nube?..." las líneas no se declaman como si fueran las Escrituras, o sea: como si tuvieran tal valor autónomo que no les fuera de aplicación la regla básica de que todo lo que se diga se apoye en una motivación comprensible. Ojo: intuitivamente comprensible, quiero decir. No es preciso decir que maldita la falta que nos hace conocer la traducción al castellano de "Cuando las ninfas hablan del queso, éste puede ser de leche de sirena o de trébol, pero ahora son cuatro, son cuatro muchachos los que me han querido poner un falito de barro y estaban decididos a pintarme un bigote de tinta" (aunque los exégetas lo pasan de miedo intentándolo). El espectador debe sentir que dicen esas cosas por algún motivo (aunque nos resulte oscuro, debemos comprender que está ahí). Así hablan estos dos: como si el torrente poético les fluyera desde su motivación interior y se estuvieran comunicando, y no pronunciando en voz alta unas palabras de esotérico efecto. Lo mismo vale para las conversaciones de Tosar y Boceta, de los Tres Hombres, para las imprecaciones de Irene Escolar, para el epílogo de Tosar y Codina... Para toda la función. Éste es, sin duda, el rasgo principal de esta puesta en escena, y lo que la convierte en excepcional. Llevé a un amigo que no es frecuentador habitual del teatro, y su comentario a la salida creo que supone el más encendido elogio que Rigola va a poder recibir: "No tenía ni idea de lo que hablaban pero tenía la sensación de entenderlo todo". 

3.- Gran escenografía de Glaenzel... Decía en el punto anterior "con todos los elementos a su alcance". La dirección de actores es muy notable y el grado en el que la interpretación ha incorporado el texto de manera que sólo se me ocurre llamar orgánica, altísimo. Todo parecen decirlo porque les sale de dentro. Pero la segunda característica fundamental del montaje es el modo en el que lo que rodea a la interpretación rema a favor de la comprensión, del flujo dramático. Glaenzel se da cien mil vueltas (como diría mi señora madre) a sí mismo: tiene una escenografía correcta en El alcalde de Zalamea (del que prometo hablar pronto); una soberbia aquí. Y les diré que el primer efecto de la entrada, con tirillas plateadas que cuelgan por doquier y los porteros enmascarados, es de "Dios mío, El público con caretas y estética de Manolita Chen". Pues de eso nada. Las tirillas, el material que cubre el suelo, la suave loma, el sepulcro... todo se acomoda, todo ayuda, todo sirve a que entren o salgan por donde deben; hablen o se tiren donde deben. 

La imagen corresponde a la rueda de prensa, pero es la  que mejor da idea 
del fondo y el suelo. 


Otro tanto cabe decir de la iluminación de Marquerie (del que no encuentro un puñetero curriculum que enlazar, pero que lleva decenios iluminando a la vanguardia madrileña, y no sólo). Y del espacio sonoro de Albet, fundamental en muchos momentos. Hay incluso una canción que él mismo interpreta. Esto está peligrosamente de moda: no venía a nada en la Trilogía de la ceguera, a nada en el Tenorio de Portillo, a nada en la Medea de Lima, a poco en El alcalde de Zalamea de Pimenta... y podría seguir. Pero el efecto escenográfico, la iluminación, la canción del pastor y la coreografía que interpreta Laia Duran componen un clímax fastuoso que, por sí solo, justificaría ver la función otra vez. 

Digamos en este punto que, aunque apoyado en el texto, Rigola se ha marcado aquí una pirueta de máximo riesgo. El 99'99% de las veces, colocar el clímax antes del final condena a lo que queda al rango de epílogo prescindible. Son esas funciones que tienen dos o tres finales. Ha toreado el riesgo y, aunque los cuernos le pasan a milímetros de la femoral, el quinto cuadro se desarrolla en un fantástico ambiente crepuscular, decadente y desolado, sin que la desolación se traslade al ánimo perceptivo del espectador, que es lo que suele ocurrir.

Párrafo aparte para el vestuario. No conocía a Silvia Delagneau, pero espero que este primer contacto sea el comienzo de una larga amistad. El vestuario de El público es apabullante. Primero, por la decisión de no-vestuario (van desnudos) para los caballos. Segundo, por lo que todos los demás llevan puesto. Desde la americana anodina del Director de Escena hasta el rojo provocador del vestido de Elena. Desde las coronas y los calzoncillos de las Figuras de Pámpanos y Cascabeles hasta los trajes azules de los Tres Hombres o la ropa interior vintage de Julieta. Y hay una pièce de résistance: el centurión y sus acompañantes. He pensado un rato si ponerles la foto o no ponérsela y, aunque me joroba bastante no vestir mi blog con alguna estupenda que he visto por ahí, opto por no hacer un spoiler de vestuario y dejarles intacta la sorpresa visual. Pero si les diré que son... CONEJOS. Y dan miedo. Los esbirros, conejos enormes ensangrentados y armados de bates de béisbol. El Centurión, David Luque, se ha sacado el disfraz a medias anudándolo a la cintura y dejando la parte superior del cuerpo a la vista. La imagen del disfraz desmañado, el bate, la sangre y el torso desnudo evoca alguna ignota violencia extrema que acaba de tener lugar. Inquieta y da espesor a todo lo que dice. 

4.- Un elenco en estado de gracia. Son catorce, y ninguno desentona. Esto es muy infrecuente, pero resulta que son buenos y están bien elegidos y bien dirigidos. Tosar, Codina, Barranco... son gente que convierte en oro todo lo que toca. Que Escolar, a pesar de su edad, está en esa misma liga, ya lo sabía. María Herranz y Nacho Vera, tan a gusto en medio de tanto talento. Pau Roca y David Luque, firmes y seguros. Los tres caballos (Nao Albet, Guillermo Weickert y Laia Duran) salen ilesos de un tipo de actuación -desnudos y lubricados, ondulantes- que casi siempre provoca víctimas.  A Lorente y a Varandela los había visto en papeles que no les favorecían, pero aquí se imponen; no sé si es posible hacer mejor esta escena del "Si yo me convirtiera...". Es posible que esta función les dé un empujón. Pero quien creo que es la revelación absoluta -tanto por envergadura del papel como por talento- es David Boceta. Siempre lo vi en su sitio con la Compañía Nacional de Teatro Clásico y lamento habérmelo perdido en Enfrentados con Arturo Fernández (mira que ha estado meses). El público confirma a un actor hecho, derecho y llamado a grandes cosas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 1 de noviembre de 2015

EN MANOS DEL ENEMIGO

Sala: Teatro Galileo Autor: José Luis Alonso de Santos Director: Fernando Soto Intérpretes: Paco Manzanedo, Miguel Barderas, Ahmed Younoussi y Daniel Gallardo Duración: 55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Paco Manzanedo y Ahmed Younoussi

Desde luego, no es el mejor texto de José Luis Alonso de Santos, aunque yo diría que podría resultar más aprovechable que en esta versión de Fernando Soto. ¿Es el mismo Fernando Soto que ha dirigido Constelaciones y El minuto del payaso? Cuesta creerlo. Esas dos son funciones de vuelo amplio, puestas en escena que evitan marcar el paso, que abren perspectivas a los lados de un camino transitado sin orejeras. En brazos del enemigo no se sale ni un momento de lo que parece que va a ser en los primeros cinco minutos. Dos más dos cuatro, y que nadie espere más floritura.

Puede ser que Soto haya querido adecuar su estilo al realismo del texto. Así como hay actores camaleónicos y actores que siempre hacen el mismo papel (déjenme exagerar para que nos entendamos) -y los hay buenos en uno y otro canal- hay también directores de escena con un estilo siempre reconocible y directores que lo pliegan a lo que creen que el texto les demanda. Quizá Soto haya tenido razón en mantenerse en este carril de lo convencional, quizá sea lo que el texto pide. Pero aun así, hay torpeza en el evidente bajón de tensión, en el pinchazo de la interminable travesía en el bote con el que el ruso trafica y en el que ha puesto a remar al pobre moro sin papeles. La función se cae, se termina de caer en el momento lírico en el que -contemplando las estrellas- el ruso canta una canción de su país y ya no se levanta.

* * *
Y, sin embargo, hay un buen motivo para verla: un extraordinario actor llamado Ahmed Younoussi que, acabo de enterarme, trabaja en El príncipe. Nunca me atrevo a emitir una opinión definitiva con un único papel visto a alguien, pero esta vez casi me atrevería a hacer una excepción. Este Mustafá que Younoussi compone se lleva de calle la función, es hondamente real, conmueve y hace reír. Hay que verlo escuchar la historia del mudo y el perro que el ruso le cuenta. A ver si hay suerte y Younoussi sigue pisando escenario, pienso estar atento.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 29 de octubre de 2015

TRILOGÍA SOBRE ALGUNOS ASUNTOS DE FAMILIA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor y director: Jorge Hugo Marín Intérpretes: Juan Pablo Acosta, Ella Becerra, Fernando de la Pava, Daniel Diaza, Miguel González (Los autores materiales); Juana Arboleda, Ella Becerra, Jorge Hugo Marín, Angélica Prieto, Rodolfo Silva (El autor intelectual); Luna Baxter, Ella Becerra, Juanita Cetina, Carmenza Cossío, Fernando de la Pava, Daniel Diaza, Miguel Gonzalez, Rodolfo Silva (Cómo quieres que te quiera) Duración: 50' + 1.00' + 1.15' (dos entreactos)
(La función ya no está en cartel)


La foto pertenece a El autor intelectual, pero no corresponde al montaje en el Valle
Inclán. Son Ella Becerra, Juana Arboleda y -con la cara oculta- Jorge Hugo Marín.
Si sigo esperando a tener el tiempo que esta entrada se merece para empezar a escribirla no lo haré nunca, así que vamos y que salga el sol por Antequera. Tengo en el refrigerador otra de las funciones del ciclo Un lugar en el mundo (Darling) y veo hoy Splendid's. Se me acumula el trabajo.

Intento publicar a tiempo de que el lector pueda sacarse una entrada, por el obvio motivo de orientar a quien le apetezca dejarse orientar, pero con los festivales es complicado el asunto. La compañía colombiana La Maldita Vanidad estuvo en Madrid sólo (sí, con tilde, pasemos de RAE) del 8 al 10 de octubre, tres únicas representaciones para algunos afortunados. Casi cuatro horas si contamos los tres títulos de la trilogía y sus entreactos. Ningún sacrificio, de allí no se escapó casi nadie.

Lo de La Maldita Vanidad es un hiperrealismo con matices. En la primera pieza (Los autores materiales) ese matiz es un ligerísimo escoramiento hacia el grand-guignol. Ojo: he dicho "ligerísimo". La segunda (El autor intelectual) es naturalismo puro, yo diría que sin matices. La tercera (Cómo quieras que te quiera) resbala un poquito hacia la comedia disparatada. Otro ojo: he dicho un poquito, lo siniestro no deja de lanzar su aliento a la nuca del espectador.


Es una compañía de autor: Jorge Hugo Marín escribe y dirige (lo tienen en la foto). Si entiendo bien la información de su página, la trilogía se montó en 2009. Seis años de vida internacional son mucha vida para cualquier espectáculo, pero más si sale de Medellín. Las diferencias del coste de la vida entre la América latina y el curiosamente llamado primer mundo hacen muy difíciles las salidas, así que este éxito continuado de difusión parecía indicar a priori el interés de la propuesta. Digo "parecía", porque todos nos hemos llevado muchos tortazos con este o aquel éxito abrumador, pero en este caso me caso (este blog adora la paronomasia y el calámbur) con los diecisiete programadores que, al parecer, la han llevado a sus respectivos festivales.

¿El teatro en Colombia sólo puede hablar de violencia o de tensiones sociales? Hace unos cuatro o cinco mil años Luigi Nono nos dijo -a mí y a otra docena de jóvenes ignorantes- que era incomprensible que los compositores españoles no utilizaran con más frecuencia el flamenco como material de partida. Se lo conté a mi maestro. Respuesta: "Claro, que los alemanes escriban sinfonías mientras nosotros hacemos botijos". Otro de esos debates sin solución. En la literatura española se dio bajo la dictadura: en semejante situación, ¿era lícito -incluso posible- hacer otra cosa que no fuera denuncia? Cuando, además, se mira desde fuera, las cosas se simplifican aún más. ¿Qué sabemos de Nueva Zelanda? Que hay kiwis. ¿Cómo reaccionaríamos si nos llegara ahora una pieza escrita en Siria del tipo de, pongamos, Reikiavik, por mencionar algo reciente?

La Trilogía parte con la ventaja de responder a nuestros prejuicios: Nueva Zelanda, ergo kiwis; Colombia, ergo violencia. ¿Dice esto algo contra el mérito de su creación? En absoluto, es sólo que al motivo principal de su éxito internacional -su calidad- se añade uno accesorio: que se acomoda a lo que esperamos. Los seres humanos adoramos lo previsible.

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Los autores materiales. De pie: Diaza y Becerra.
A estas alturas, el avispado lector habrá deducido ya que esto va de violencia. Violencia privada en el primer caso (ATENCIÓN, SPOILER): unos jóvenes han asesinado a su casero, y la chica de la limpieza se presenta cuando aún tienen el cadáver en el baño. El azar quiere que ese día se traiga al niño. Todo esto no se entiende de entrada, tienen que pasar unos minutos para que el espectador termine de convencerse de que hay un muerto ahí atrás. Tras llegar a esa convicción, pasé un rato horroroso, convencido de que el descarrilamiento llegaría en cualquier momento. Sumen: muerto en el baño + chacha con acento popular (afortunadamente, mi modesto conocimiento de Colombia me da para percibir algunos matices de este tipo). ¿No les suena a unas dos mil películas de los setenta? La característica comedia española con muerto, más Gracita Morales o Rafaela Aparicio. Un levísimo patinazo, y nos íbamos a partir de risa. Les diré más: hay un canario en escena. ¿Saben aquello de Hitchcock? "Nunca se te ocurra hacer una película con animales, ni con niños, ni con Charles Laughton". Son tres elementos que acaparan la atención, no dejan sitio a nada más. Encima, este canario era puñeteramente buen actor: coloca los trinos exactamente en las pausas, ni que estuviera ensayado. (Entre paréntesis, ¿qué dirá Rodrigo García de que nadie se queje por el canario?)

Pues bien, ahí me tienen, encogido en la butaca y esperando lo peor. Y lo peor no llega. Lo que llega por momentos es el convencimiento de que:

1) Esto está escrito con auténtico virtusiosismo hiperrealista. Algo mucho más difícil de lo que parece, porque el hiperrealismo no es calcar la realidad, es que parezca que la realidad se calca, algo completamente distinto. Vean si no Gran Hermano 24 Horas y se enterarán de que la realidad es mortalmente aburrida. Hasta en Medellín.


2) Sólo hay dos posibilidades. O Ella Becerra es una chica de clase humilde que se dedica a limpiar casas en Colombia -y que la compañía ha contratado para la gira por su total naturalidad en escena- o es una actriz superlativa. Ustedes se preguntarán quizá, ¿qué sabrá éste de la chicas de clase humilde que limpian casas en Colombia? Se da la casualidad de que algo sé. Tuve una que me limpió un piso en Bogotá durante más de un mes. Y no les puedo dar idea del estado de estupor en que me sumió verla rediviva dando vueltas por el escenario. ¿Recuerdan lo que acabo de decirles en el punto anterior sobre conseguir que algo parezca un calco de la realidad? Pues eso. La duda -esa duda sobre si estamos viendo a la limpiadora real o a la actriz apabullante- se  resuelve en la siguiente pieza. La foto de este párrafo es la tercera que le dedicamos, pero no me importaría nada poner unas cuantas más. Hay motivos.
Daniel Diaza, el "niño".

3) El niño. Por Dios, el niño. Son papeles que representan una pesadilla para el director de escena: hay que elegir entre poner un niño -y no les cuento las complicaciones legales, aparte de su catalización de la atención del espectador, ya comentada- o un adulto. Y pocas cosas más horribles que un adulto haciendo mal de niño. Tenemos la reciente, y estupenda, experiencia de Olivia Delcan en Hard Candy (y en la Alicia de Juan Codina, de la que aún no les he hablado). Pero Delcan hacía una adolescente (como Macarena Sanz en Münchhausen), y esto es un niño. También en Münchhausen, David Castillo hacía de niño de cortísima edad, pero ahí la cosa era distinta: había una arriesgada decisión del director y el actor, que construyeron una versión no exactamente realista de la gesticulación y la dicción infantil, olvidando cualquier necesidad de apariencia física (era inevitable, se trataba de un niño muy pequeño). Salió bien. Esto es distinto. El niño tiene ya sus añitos. No dice palabra, pero pesa (pesa hasta cuando sale de escena). Y otra vez empezamos a hacernos preguntas de primero de espectador: pero... ¿este chico qué edad tiene? Otra vez, el calco de la mirada de un crío. Otra vez, la dimensión exacta del actor la da la comparación de este papel con el de Cómo quieres que te quiera.

4) Marín director está a la altura de Marín escritor.

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Una puede ser, como se dice en mi pueblo, chiripa. Entonces empieza El autor intelectual, y resulta que no, que el acierto no es casual, y que estos tipos donde ponen el ojo ponen la foto. La instantánea se traslada de ese apartamento en precario equilibrio al borde de la pobreza, a la clase media que envía a sus hijos a estudiar a Estados Unidos apenas su estatus se lo permite. Idéntica sensación de violación de la intimidad de los personajes, incluido truco escenográfico (es la foto de arriba del todo): los vemos a través de los cristales de un enorme ventanal que abarca todo su salón. El material que imita al vidrio tiene el inconveniente de que dificulta a veces la escucha, pero no importa: el rendimiento dramatúrgico de ese cristal interpuesto lo justifica. Somos los vecinos de enfrente. Les diré más: hay momento en los que la combinación del vidrio y la música puesta muy alta no deja oír casi nada. Mejor, el realismo se redobla.

Más actores impecables: Juana Arboleda, Rodolfo Silva, Angélica Prieto. La confirmación: Ella Becerra no es una chica de servicio, es una actriz inmensa. Se ha convertido ahora en una de esas mujeres que, a base de control extremo de su continente, terminan con el contenido hecho trizas. Bree Van De Kamp, versión colombiana. Si tuviera que elegir una de las tres, me quedaría con esta pieza. La más pura en su realismo. Por momentos hace reír, pero no porque se vaya a la comedia, sino porque la realidad es a veces, de puro tremenda, risible.

Como si Marín quisiera amontonar obstáculos para demostrar que sabe saltarlos -recordarán el muerto, el niño y el canario- aquí hay pistola. Y se la salta a la torera. No hay el menor problema para creerse que sale del bolso de la señora impecable. No hay el menor problema para creerse los latigazos de violencia contenida. Asusta. Inmersión total. Prueba superada con nota.

Hablando de notas, una final: fantástica la irrupción de la vecina. De escritura, de dirección, de interpretación (Luna Baxter). 

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Pirueta final: de la violencia privada a la social. Nada menos que la fiesta de los quince años de la hija del narcotraficante. Horror y kitsch. Como una tarta de nata rellena de TNT. Reconfirmación: Becerra es la bomba. Ahora, en esposa entre hortera y tenebrosa del gran capo. Reconfirmación: Marín es la bomba. Una única pega: sobra -y sobra radical y completamente, no conozco a nadie que no opine lo mismo- el epílogo, la coda en la que vemos la fiesta. La función ha terminado antes. 

Tercera encarnación de Becerra: la mujer del narco. Con Silva y Cetina.
Carmenza Cossío
Confirmados también de la Pava y Diaza, que de niño ya no tiene nada. Los dos en personajes que comparten la característica principal del texto: ese mix entre lo cándido y lo horrible. Diaza tiene que mostrar mil cosas: el aburrimiento -pero también el cariño- que le produce su hermana; la aparición precoz del machito depredador impertinente; el hábito de la violencia; la conciencia del horror en el que vive instalado; la ambivalente relación con su madre. Todo se le entiende. De la Pava modula al bronco personaje violento de Los autores materiales, convertido ahora en el esbirro un poco bobo, un poco inútil, fiel como un perro. Los demás están impecables. Luna Baxter, muerta de miedo. Juanita Cetina, otra adulta que saca adelante un papel de adolescente. Carmenza Cossío, en un personaje que me provoca escalofríos otra vez, porque es también idéntico a alguien que conozco allá en Bogotá. Qué buenas las tres. Y Rodolfo Silva, que ha pasado de ser un tipo campechano tirando a bronco cuando quiere, al esbirro (otra forma de esbirro) amaneradamente gay que dicta el buen gusto. El buen gusto importado de lo más horrible de Miami, claro está.
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No puedo decirles que saquen entrada (ya les avisé en el Vanity de septiembre), pero sí que estén atentos. Supongo que volverán. No paran: estuvieron el sábado en el Cervantino de Guanajuato con Hoy envejecí diez años (más violencia). Investiguen un poco en internet y encontrarán fotos de otros montajes que les darán ganas de coger un avión.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 25 de octubre de 2015

VANITY FAIR DE OCTUBRE

Aquí les dejo la página de agenda con la que colaboro en 



Corresponde al número de OCTUBRE. Si la quieren ver (y, de paso, juzgar a toro pasado si acierto en el interés de las previsiones) den al botón derecho y elijan "abrir en una pestaña nueva": así, las dimensiones serán aptas para el ojo humano. En los móviles no sé yo...