sábado, 2 de abril de 2016

MUÑECA DE PORCELANA

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: David Mamet (versión de Bernabé Rico) Director: Juan Carlos Rubio Intérpretes: José Sacristán y Javier Godino Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Foto de Sergio Parra
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

¿Nos van a extrañar a estas alturas las turbias maniobras de los poderosos? Hace poco, hubiéramos visto en Muñeca de porcelana una excepción, frecuente pero excepción al cabo, al normal discurrir de las cosas. La sospecha de que, bien al contrario, la realidad visible es solo un teatrillo de guiñol cuyos hilos se manejan de forma cínica e indecente por unos cuantos, crece al amparo de las noticias de todos los días y siembra el desconcierto y la desesperanza.

    Mamet no cuenta, por tanto, nada que no sepamos. Pero lo cuenta de forma magistral: noventa minutos, un despacho, dos personajes con sus telefónos móviles y uno fijo sobre la mesa. Eso le basta para radiografiar en detalle, con impecable técnica narrativa que no deja ver las costuras, una historia enmarcada en el género, tan caro a los anglosajones, del “auge y caída”. La mafia institucionalizada, el navajeo canalla en las cumbres de la política.

   Sería posible exprimir más el texto, pero la versión de Rubio es potente y mantiene el interés. Sacristán, cuyo talento parece rejuvenecerlo en el escenario, aguanta el peso de la obra de cabo a rabo sin aflojar un instante. Excelente presencia semiausente de Godino. Habría que dar una vuelta, quizá, al momento en que la trama revienta, y que no puedo desvelar. 

Y algunas cosillas que no cabían allí:

1.- "Impecable técnica narrativa que no deja ver las costuras", decía en la Guía. Dos son las habilidades necesarias para transmitir este porrón de información sobre la amante tirada en un hotel, el avión embargado, el denso pasado del personaje, el carácter de su interlocutor telefónico y de su ex-aliado omnipresente en las conversaciones, el aura mítica del viejo mentor ya desaparecido... son muchas cosas. La primera habilidad es colarlas. La segunda, hacerlo sin cantar la Parrala. Me explico: muchas veces, empieza la función de dos personajes y uno se pasa la primera media hora explicando al otro todos los antecedentes de la historia. Los espectadores piensan: "se lo está contando a él para que nos enteremos nosotros". El horror. Vertiginosa caída de verosimilitud. A veces es aún peor: los personajes se cuentan uno al otro cosas que ya sabían. Se me ocurren ejemplos, pero hoy hace sol, estoy de buen humor y paso de que alguien me odie por opinar. El mérito de Mamet es que no se le ve la técnica, más que si uno está bien atento a eso. O sea, si uno tiene la mala suerte de ser crítico, además de espectador. 

2.- Como ha dicho Ordóñez mejor de lo que yo pueda hacerlo, el personaje de Ross fascina por su ambivalencia. Un añejo tipo de ambivalencia, la misma de Julio César, la misma de Marlon Brando en El Padrino y la misma que en el momento en que me leen estarán poniendo en práctica tantos jefazos, jefes y jefecillos de distintas mafias en todo el planeta y a cuaquier altura de la escala social. Esto sirve tanto para las maras como para los consejos de administración, y es cuestión de sutileza (la famosa finezza que, a juicio del inefable Andreotti, que de esto lo sabía todo, faltaba la política española). Una cosa es ser un individuo repugnante y torcido del que no pueden fiarse ni sus esbirros y otra bien distinta el capo que, igualmente repugnante en cuanto a objetivos y procedimientos, es fiel a una escala de valores y una serie de normas -paralelas a las del código penal- que rigen las relaciones dentro de la familia. Ese combinado de tiranía y fidelidad, de mando y protección, resulta -a poco carisma que tenga el amo- irresistible. Así es Ross: corrupto, cínico, profundamente antisocial en el fondo de sus manejos... pero sabemos que, si aceptamos ser un engranaje más de su maquinaria y alcanzamos un acuerdo de mutuo interés, no nos traicionará más de lo estrictamente necesario. Es el cálculo inteligente de un canalla inteligente. La famosa combinación de maldad e inteligencia de Cipolla, con la que siempre es posible llegar a un acuerdo. Los dioses nos libren de los malvados idiotas.

3.- Se ha glosado abundantemente el excelente trabajo de Sacristán. Creo que es significativo lo que les decía en la crítica en papel. 78 años son unos cuantos, pero metido en la piel de Ross parece que el actor se carga de la energía que el personaje acumula. Antes del bajón, claro está. Todo esto se ha dicho ya, lo que toca subrayar es lo que Godino hace. Les digo con frecuencia que en teatro es tan difícil callar como hablar, y aquí hay una enorme gama de actitudes que el antagonista debe asumir sin abrir el pico. Por mencionar algo parecido en la cartelera reciente, es como el chico de Reikiavik: tiene que hacer de apoyo (spalla = hombro, llaman los italianos a este secundario en el que se sujeta el protagonista) a las larguísimas intervenciones de Ross, tiene que ser un interlocutor vivo y no un maniquí de plástico. Godino ya se salvaba en aquel desastre de El loco de los balcones en el que también compartía escenario con Sacristán. Afortunadamente, Rubio ha sabido sacarle aquí un estupendo partido. 
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones     

domingo, 27 de marzo de 2016

LA CIUDAD BORRACHA

Sala: Teatro Galileo Autor: Adam Bock (versión de Nancho Novo) Director: Enio Mejía Intérpretes: Sara Gómez, Aixa Villagrán, Mabel del Pozo, Alberto Amarilla, Roberto Drago y Gonzalo de Santiago Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Odio ponerles fotos promocionales, pero no encuentro ninguna de escenario real. Tienen un montón de Emilio Tenorio en este enlace.
Una pena. Yo creo que el texto tiene grandes posibilidades para una comedieta de amores y amistades (aunque JM, que sabe más de teatro que yo, no lo cree). Casi diría que hay más de lo segundo y que está mejor explotado. La amistad une a las tres chicas, al personaje de Drago y a otros que se mencionan y están casi presentes. Las tres salen de borrachera para celebrar la próxima boda de una de ellas, y en todo lo que va pasando salen a relucir el cariño que se tienen, los celillos que también se pueden guardar, la costumbre de meter las narices hasta el fondo en las vidas del resto, los miedos, la conciencia del valor de la amistad. Eso es lo mejor. Alguien podría, obligado a improvisar una sinopsis, resaltar que la que está celebrando su despedida de soltera conoce a un chico y que ese encuentro le hace confesarse a sí misma -y a los demás- que se ha equivocado de medio a medio y no quiere casarse ni atada. Efectivamente, ése es el nudo de la trama y el acontecimiento que provoca todo lo demás, pero no es lo más importante. Es la diferencia entre tema y argumento que mi esforzada profesora de literatura nos enseñó a unos cuantos borricos. Seguro que algunos de ustedes están recordando el COU.



Estábamos en que el texto mola (a JM no, pero tampoco estaba de muy buen humor). También los intérpretes. Me gustan los seis, y a tres de ellos les he visto trabajos que me han gustado mucho, pero mucho: a Alberto Amarilla, Lúcido; a Aixa Villagrán (foto de la derecha), Luciérnagas; y a Mabel del Pozo (foto de la izquierda), Manlet. El primero está quizá un poco estereotipado, queda algo rígido frente a lo que parece que es un intento de realismo de los demás. Del Pozo, estupenda; intensa, tirando a vulgar, amargada. Villagrán llega a la altura de Luciérnagas, que ya es decir. En un par de momentos se queda con la función desde un papel no excesivamente relevante. En algún relámpago, producido quizá por mis desvíos neuronales, me pareció vislumbrar al fondo a Mary Santpere, ahí es nada. Estén atentos a esta mujer, porque a poca suerte que tenga hará algo grande. La pareja protagonista está un poquillo más desdibujada, Drago bien. En cualquier caso, había material humano para sacar la comedia adelante perfectamente.

La Santpere. Una grande.
Sin embargo, la cosa no llega a ninguna parte por falta de dirección. El arranque (borrachera, discoteca) es un auténtico desastre de tiempos, no hay prácticamente nada en su sitio. Diría también que van demasiado borrachos, todo sería más divertido si llevaran una trompa más ligera. Luego, con el texto más centrado, el desastre se atenúa, pero sin que la pieza levante el vuelo más que en contadísimos momentos. El símbolo visible -e incomprensible- de esta desorientación son los paneles del decorado, apilados al fondo durante toda la función y que no sirven para absolutamente nada más que para sacar en la última escena el que representa la fachada de la panadería. Lo mismo cabe decir -incomprensible- de la cancioncilla que Villagrán y de Santiago tienen que cantar no se sabe por qué ni para qué, subidos a otro elemento escenográfico (una especie de farola con ruedas) que también se ha pasado toda la pieza ahí al fondo, en pleno centro de Caracas -como diría mi amiga A.-, preguntándose por el sentido de su existencia y esperando a Godot.

Una pena.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones     

viernes, 25 de marzo de 2016

UN DIOS SALVAJE

Sala: Teatro Nuevo Apolo Autora: Yasmina Reza (versión de Jordi Galcerán Director: Paco Montes Intérpretes: Jaime Zataráin, Maia Sur, Fernando Ramallo y Lidia Navarro Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)





Me he pasado unos cuantos días preguntándome qué ocurría con esto. Intentando proyectar las imágenes de Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero en los papeles (no los vi en su día, así que proyecto, cada uno hace lo que puede). Intentando recordar la impresión que me causó la versión de Polanski. Intentando imaginar la experiencia eliminados el velo de modorra que este humor pretendidamente ácido -y yo creo que bastante domesticado- me provoca y la sensación de extrañamiento que me producían el altísimo escenario del Nuevo Apolo (no sé yo si apto para este tipo de teatro) y la sonorización. Si es que la había, que tiendo a no fiarme de mis sentidos (ni de los de casi nadie, la verdad) para estas cosas. Si la había, era horrible. Si no la había, hace falta.

En fin, que después de mucho preguntarme qué es lo que nos mantuvo a todos los asistentes en un semi-sopor salpicado por alguna aislada carcajada, creo saberlo. Me temo que falta mucha dirección para conseguir una gradación delicada desde la buena educación hasta el enfrentamiento barriobajero. Me temo que falta mucha interpretación para colocar las frases en el momento exacto, ni una fracción de segundo antes ni después de lo necesario, para ampliar el abanico de la expresión y afinar los mohínes. El resultado se queda corto, corto.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones     

miércoles, 23 de marzo de 2016

LA DISTANCIA

Sala: Teatro Galileo Autor y director: Pablo Messiez (versión libre de la novela Distancia de rescate de Samanta Schweblin) Intérpretes: Fernando Delgado, María Morales, Estefanía de los Santos y Luz Valdenebro Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


No encuentro foto que dé idea más general de la escenografía de Elisa Sanz

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

A Messiez, un nombre que ya se vociferaba en la vanguardia, le llegó la consagración la temporada pasada con La piedra oscura, función superlativa aclamada por el gran público. No parece un tipo conformista, porque tras esa incursión en lo convencional –dos personajes en un espacio cerrado, historia lineal- ha escrito un relato complejo y difícil: una moribunda trata de recomponer, con la ayuda de otro personaje que no comprendemos en qué dimensión se encuentra, la secuencia de los hechos que la han llevado a la muerte.


   Se solapan los dos planos: las conversaciones de la protagonista y su Virgilio se superponen a las del pasado reciente que están revisando. La delicadeza de la interpretación y de la dirección escamotea la complejidad técnica tanto de la escritura como de la puesta en escena, de forma que lo que podía ser catástrofe se salda con éxito rotundo. Escenografía y vestuario de Elisa Sanz e iluminación de Paloma Parra son parte orgánica de los redondos trabajos de interpretación. Los cuatro están impecables. María Morales, aplomo rotundo, sostiene la credibilidad de la historia. Los tres papeles de Estefanía de los Santos me hacen comprender el culto que empieza a organizarse alrededor de esta actriz. Cierra la función con un espectacular monólogo.


Y lo que no cabía allí:

ATENCIÓN: REVELO ALGUNOS DETALLES DEL RELATO

(O SEA: SPOILER)
EN EL PUNTO 2


1.- De los comienzos de Messiez me lo perdí casi todo. Cosas del azar. Me perdí, Antes, Muda, Ahora, Las criadas y Los ojos. Me perdí Rumbo a peor y las colaboraciones con Muraday que me cuentan que salieron bien. La única que he visto, El cínico, es una ida de tarro difícilmente soportable, aunque la culpa no sea de los textos. De todo lo hecho antes de La piedra oscura sólo le conocía Las plantas, que no me pareció ni un gran texto ni una gran dirección (más abajo hablaremos de la actriz). Y en esto llegó La piedra oscura. Semejante belleza no puede ser una casualidad ni aparecer de pronto, así que algo debía de haber en todo aquello que me había perdido y con lo que se fue labrando la fama de este hombre. La realidad viene a confirmarlo.

2.-  No conozco la novela de Samanta Schweblin, pero sin duda es más sencillo reflejar estas atmósferas de indefinición y desasosiego en un relato que en el escenario. Es un tópico, pero es ineludible: tratándose de una autora argentina piensa uno en tantas páginas de La invención de Morel  o en cómo el motor de muchos cuentos de Borges es la desorientación del lector, que no sabe si seguir las pistas o si se las inventa él mismo. La distancia (la novela original se titula Distancia de rescate) mezcla un hecho dramático, aunque banal -una intoxicación por productos químicos- con sucesos que parecen paranormales y que en ningún momento terminan de presentarse con claridad. Como en Otra vuelta de tuerca, todo lo que parece extraño en esta historia de niños que se mudan a otros cuerpos podría ser sólo fruto de la mirada enfermiza de las dos madres. Una de ellas agoniza. En la soledad de los últimos minutos, se le antoja que el hijo de la otra (que no alcanzamos a establecer si sobrevivió en su propio cuerpo o se fue a otro y, en tal caso, qué es lo que quedó en el suyo) la interroga, la guía, la acompaña de vuelta a los lugares que provocaron la... análoga "muerte" de su hija. Otra "muerte" análoga.

3.- Ése es uno de los rasgos más interesantes de la pieza: el regreso a una sucesión de hechos perfectamente intrascendentes cuando se produjeron y que sólo adquieren trascendencia al ser sometidos a observación detallada. Es la ilustración práctica de que el universo está contenido entero en cualquiera de sus partículas. La trascendencia se encuentra allá donde se la busque. Aunque es un procedimiento conocido, hasta banalizado por el torrente de ficción policial que consumimos, está especialmente bien usado: coloreado por el tono poético de gran parte de la narración (estupendo el pasaje del caballo huido y el riachuelo) y realzado por la filigrana de conversaciones yuxtapuestas, casi superpuestas.

4.- La función dura exactamente lo mismo que La piedra oscura: 65 minutos. La duración se considera habitualmente un factor de primer orden en otra de las artes del tiempo, la música, pero se menciona, a mi juicio, sorprendentemente poco al hablar de teatro. Desde cierto punto de vista, la carrera de un director de escena puede entenderse como el avance en el dominio de la organización de duraciones progresivamente más extensas. Como la de un compositor. En este sentido, Messiez ha demostrado dominar perfectamente este formato. La realidad dura exactamente lo que tenía que durar.

5.- Primero los intérpretes, luego los autores, detrás los directores y -mucho después- todos los demás. Ésa es la escala de popularidad. Como diría mi madre, ley de vida. Vayan a preguntar al público quién firmaba la escenografía de lo que acaban de ver. Es, por tanto, mucho más difícil destacar, porque recordamos muchos menos nombres. Elisa Sanz tiene un curriculum brillante. Este enlace les lleva a las menciones en mi blog, donde podrán comprobar que ha firmado verdaderas preciosidades. Pero el escenógrafo no está ahí para ponerlo todo bonito, sino para conseguir un espacio que contribuya al desarrollo de la draturgia. A veces tiene que ser bonito, a veces ni falta que hace. A veces es figurativo: miren la arqueológica reconstrucción de un interior de los cincuenta en El hermano, en el Español hasta hoy (horror, olvidé colgar la crítica). A veces, abstracto. Sanz ha dispuesto aquí, y creo que con gran acierto, una escenografía a medio camino entre la abstracción (los grandes marcos metálicos) y una figuración moderada (la mesa de la cocina, los asientos del coche, el bidón derramado al fondo) que funciona a maravilla y que Messiez usa saltándose lo justo las convenciones (por ejemplo: el cenicero del coche es uno de esos ceniceros sesenteros de salón con pie incluido). Mención para el vestidito de Estefanía de los Santos cuando hace de niña. La iluminación de Parra podría ser tildada de efectista, pero yo diría que el efectismo le sienta bien a esta función de cosas raras (si quiere leer una breve reflexión sobre los problemas de vocabulario para referirse a lo no convencional, siga este enlace).

6.- Fernando Delgado tiene que competir en la red con su ilustre y homónimo predecesor. Le aconsejaría que se cambiara el nombre mientras esté a tiempo. Tiene el papel más ingrato de la función, un ser que no sabemos ni en qué dimensión está y que se pasea por ahí en medio, sobre una tabla con ruedas, estorbando -es un decir- a la acción. Debe estar y no estar. Sale perfectamente airoso. Luz Valdenebro, a la que no recuerdo en Urtain pero sí -cumplidora- en En el estanque dorado, está aquí bastante más que cumplidora.  A María Morales la descubrí en Como si pasara un tren. Emergía poco a poco: Marina Salas tenía un papel chisporroteante que la dejaba en segundo plano, pero a medida que avanzaba la función (y, después, su recuerdo) crecía el suyo. Aquí se mantiene en la medida justa de dramatismo, y era fácil pasarse.

Ahora les cuento lo de Estefanía de los Santos. La vi en Las plantas, y ella (con la pequeña ayuda de Nina Simone) era la función. Desgarro. La vi en Marca España. La vi en Siempre me resistí a que terminara el verano. Siempre más o menos un poco lo mismo. Les copio lo que dije respecto a la última:
Estefanía de los Santos está fotográfica. Vamos, que parece una foto del tipo de mujer que representa. Todavía no puedo decir si es una actriz excelente o esto es un as herself, porque la he visto tres veces (Las plantasMarca España) y las tres prácticamente en el mismo papel: intensa, explícita, expuesta. Desde luego, aquí le va de miedo a la función. Espero verla alguna vez en algo más reposado. Estuvo nominada a un Goya por Grupo 7, pero prácticamente no veo cine.
En La distancia comienza con un papel de curandera esotérica, turbante incluido. Clavada a las anteriores: intensa, explícita, expuesta. Me pregunto ahí, "¿nunca la veré en otro registro?". Y, zas, ahora es una niña. Y flipo. Y me pasmo. El resultado es simplemente maraviloso. Casi no gesticula, sólo mira, y se nos aparece una niña de corta edad. Perfectamente en su sitio, en ese segundo plano en el que se mueven los niños cuando los adultos están a lo suyo. Y la función sigue, y llega a su final, y es la niña que ha crecido (o vaya usted a saber qué ente, vistas las cosas que hemos visto) la que la cierra con un monólogo espléndido: tan espléndido este registro todo moderación y recato como aquellos del desparrame. Me parece que esta mujer nos va a dar muchos momentos de emoción. Tiene razón Messiez en llevársela puesta a lo que haga.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones          

martes, 22 de marzo de 2016

EN EL OSCURO CORAZÓN DEL BOSQUE

Sala: Matadero Madrid (Naves del Español) Autor y director: José Luis Alonso de Santos Intérpretes: Luisa Martín, Manuel Galiana, Pedro Miguel Martínez, Marta Guerras y Mariano Estudillo Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)
Luisa Martín y Manuel Galiana. Foto: Sergio Parra.

La escenografía de Llorenç Corbella, la iluminación de Felipe Ramos, el vestuario de Lorenzo caprile (lo que lleva Luisa Martín está per-fec-to) y la caracterización sin créditos (estupendo el pelo de Martín y de Pedro Miguel Martínez) se pliegan perfectamente al aire melancólico de la pieza. Los actores no tienen tacha. Sobre Luisa Martín y Manuel Galiana poco les puedo decir que no sepan. Están espléndidos, y aún así quizá la composición más memorable es la Pedro Miguel Martínez y su gato presumido, amable y un poco cargante (lo tienen en la foto de abajo). De la pareja joven (con nombres de payaso: Cara de Ángel y Cara Triste) sale mejor parada Marta Guerras, porque la dirección le ha consentido un registro de clown muy evidente que realiza con ternura. Estudillo, un actor que me gusta mucho, se ha quedado -o lo han dejado- corto. Yuxtaponer una interpretación estándar a una de clown es como poner un neumático viejo a un lado y uno nuevo al otro: la cosa no termina bien.

http://teatroespanol.es/imagenes/contenido/hd/oscurocoraznbosque_escena_fotosergioparra_099.jpg
Por lo que han leído hasta ahora, estarán pensando que la función resulta. Pues no, les he puesto una trampa inocente. Es un aburrimiento. Como les digo siempre, puede estar bien esto y aquello, quedar muy mono lo de más allá, pero si nos aburrimos, es un fracaso. ¿Y por qué nos aburrimos? Porque me temo que el texto no tiene remisión. Alguien habló de si absurdo y existencialismo en la pieza. Ah sí, ahora recuerdo: fui yo. Pero tengo un atenuante: estaba citando a un director de escena que la había dirigido con anterioridad. El texto está simplemente espolvoreado del existencialismo que a estas alturas sale ya hasta en las conversaciones de la frutería. De absurdo... hombre, puestos a buscar... algún ligero desvarío en la conversación de la pareja joven quizá... Nada definitorio. No hay más que una comedia de nostalgia y melancolía, a los quince minutos ya se adivina a dónde llegará, y es a donde llega: a ninguna parte. 

El resultado podría ser catástrofico sin la habilidad como dialoguista de Alonso de Santos. En otras palabras: no funciona lo macro (el conjunto de la pieza no dice nada) pero sí lo micro. Los diálogos están bien construidos y mantienen un cierto interés del espectador. Los bostezos no pasan de moderados.

Ah, se me olvidaba. Lo mejor de toda la iniciativa son las fotos promocionales, de Sergio Parra. De lo más mentiroso que he visto últimamente (porque NADA tienen que ver con el montaje, compárenlas con las fotos de escenario), pero preciosas. Aquí les dejo una.

P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones          

domingo, 20 de marzo de 2016

LOS DRAMÁTICOS ORÍGENES DE LAS GALAXIAS ESPIRALES

Sala: Teatro María Guerrero Autora y directora: Denise Despeyroux Intérpretes: Juan Ceacero, Cecilia Freire, Ester Bellver y Ascen López Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ascen López, Freire, Bellver y Ceacero.

Mi crítica en la Guía del Ocio:


Denise Despeyroux ha rematado un maratón de estrenos (¡cinco en pocas semanas!) con dos notables: Iliria y estas Galaxias espirales. De la primera sólo se vieron cinco funciones en la sala Kubik. Espero que se reprograme, porque la colaboración de Despeyroux (escribía) y Ceacero (dirigía) ha sido un bombazo.

En las Galaxias, Despeyroux escribe y dirige. Escribe a la altura de todo lo que ha escrito, que es mucha altura. Y, en mi modesta opinión, es lo que mejor ha dirigido. En el conjunto de su obra, la dramaturga ha construido, y no muchos lo logran, un mundo propio y reconocible. La pieza es un nuevo planeta de ese sistema, con una veta temática central que gira alrededor de lo que somos, lo que queremos ser y lo que perciben los demás, y una ambientación –la salsa del guiso- de místicas alternativas: ritos iniciáticos, drogas sagradas, kundalini…

Además de todo eso, la comedia –familiar y sentimental- funciona como un tiro y hace reír al respetable. El carisma y el encanto de Cecilia Freire al servicio del papel protagonista, la brutal eficacia de Ceacero (estaba tremendo en El más querido), el desparpajo de Ascen López y el perfecto encaje de Bellver en un personaje que parece escrito para ella se han combinado de tal manera que este delirio alcanza la sublimación de una sorprendente verosimilitud.

Y lo que no cabía allí:

La justicia y la realidad no son conceptos que se lleven bien en casi ningún ámbito de la vida, pero su relación es prácticamente inexistente en este del teatro. Dicho más fácil, que me pierde la retórica: hay funciones excelentes que se diluyen en la nada y pestiños descomunales que se quedan años en la cartelera. Pero si la pizca de lógica que a veces se deja ver actúa en este caso, la sala pequeña del María Guerrero debería estar abarrotada hasta el 10 de abril, así que 

COMPREN ENTRADAS

Ya que hemos empezado a hablar de justicia, diré también que -si se decide a hacer acto de presencia- Iliria (que habremos visto en la Kubik unos trescientos cincuenta privilegiados) volverá a la cartelera, así que

ESTÉN ATENTOS

Y ya que he mencionado la Kubik, les comunico que vuelve (sólo para tres domingos de abril) la estrepitosa Cena del rey Baltasar, que, si no vieron, no deberían perderse. Entran doce espectadores por pase, así que como no corran...
* * *
Volvamos a las Galaxias. Las frases en negrita son los puntos de enlace con la crítica del comienzo.

Es lo que mejor ha dirigido. Faltaba, seguramente, añadir "junto con La realidad" (pieza tan estrechísimamente ligada a ésta que su historia y sus dos únicos personajes, gemela de carne y hueso y gemela en vídeo, son los mismos, presentados ahora con el entorno añadido de madre, tía y primo. Creo que otras obras suyas que he visto podían dar de sí mucho más de lo que dieron y que esto ha podido condicionar la apreciación global de la escritura de Despeyroux. Sin embargo, Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales e Iliria (ya les contaré) dan la medida del potencial escénico que esa escritura encierra, al margen -por añadidura- de su interés literario (ya saben que la calidad literaria y el rendimiento escénico son dos cosas que poco tienen que ver).

Un mundo propio y reconocible. En el que lo más fácil de percibir a primera vista es lo que he llamado "místicas alternativas". Se trata de todo tipo de saberes (o pseudosaberes) relativos al yo y a la percepción de nosotros mismos: desde la psicoterapia y los libros de autoayuda hasta el chamanismo y la ayahuasca. Esta vez hay un par de irrupciones sublimes del psicoanálisis lacaniano (el primo Oliver tiene un grupo de pop lacaniano y ha compuesto títulos como "Otredad radical") y de las constelaciones familiares ("Vamos a constelar", al nivel de descacharre del "¿Dónde está el sacacorchos?" de Sanzol). Tenía muchas ganas de preguntar a la autora si es creyente de estas... déjenme dejarlo en "cosas", o si simplemente son un recurso de escritura, y miren por dónde García Garzón nos ha hecho el favor de preguntárselo. La respuesta es la que cabía esperar: comenzó usándolas como simple material literario, pero a base de tanto roce ha terminado por verlas como una fuente más de conocimiento (o eso deduzco yo de la entrevista). 

Además de este rasgo evidente, y de su capacidad para instalarse en un territorio en el que el género se desdibuja (comedias de intenso fondo dramático o dramas encubiertos bajo las risas), he dado POR FIN con el tema central de todo lo que esta mujer ha escrito. Sí, me ha costao, a veces soy más simple que una avellana, y miren que estaba clarito. Clarito, clarito, desde que vi La realidad y estallando ante mis ojos en Iliria. Es eso lo que he llamado en la crítica en papel lo que somos, lo que queremos ser y lo que perciben los demás.

Allá por mi lejana y brumosa adolescencia, un catequista, (sí, ahora suena tan original que podría ser hasta trendy, pero entonces los había por doquier) nos habló de una cosa llamada ventana de Johari. A saber cuáles eran las vías por las que el conocimiento llegaba a los locales parroquiales, tiene su aquel que mi primer contacto con la psicología cognitiva fuera en una sacristía.
Como ven, postula la existencia de cuatro zonas en el individuo: la que sólo conoce uno mismo, la que conocen el interesado y los demás, la que sólo conocen los demás y la que nadie conoce. Pues bien, el teatro de Despeyroux es una ventana de Johari tridimensional convertida en prisma: la tabla del dibujo representa lo que es (la realidad) y la del extremo opuesto del prisma lo que querríamos que fuera (el deseo). Creo que lo que más le va a gustar a ella de todo esto es lo de Johari, que parece el nombre de un santón hindú. Lo siento, pero es tan prosaico como que viene de Joseph y Harry, autores de la tabla. 

Los personajes se preguntan quiénes son, lo que creen ser entra en conflicto tanto con lo quieren ser como con lo que los demás creen que son. En las Galaxias, Andrómeda decide convertirse en su hermana gemela Luz, porque le parece que todos la quieren más que a ella. Cuando, en un momento de crisis, le dice a su primo que se está inventando una personalidad, él le responderá que dónde está la diferencia entre la que se inventaba antes (la "propia") y la que se inventa ahora. Ahí me llegó la iluminación. Ahí vi que ése era el centro de la función y el centro también de Iliria, en la que todo sucede a través de una red social donde cada uno cuenta lo que cree ser y lo que querría ser, sin que eso coincida mucho con lo que realmente es. Paro ya, ¿no? Estas líneas empiezan a parecer un párrafo de Lacan tomado al dictado por un mono borracho. Pero que todo esto va del ser (el SER en mayúsculas) lo corrobora el eco del monólogo hamletiano, invocación a Shakespeare: "¿Qué es más noble para el espíritu, ser uno mismo o tratar de ser otro mejor que uno?" Preciosa manera de meter algo muy gordo en un envoltorio hilarante.

La comedia funciona como un tiro. Todo ese fondo está inserto en un envoltorio de comedia excéntrica. Ahora que lo pienso, las excentricidades (pop lacaniano, relación epistolar con el director del Corte Inglés) son bastante jardielescas. Van trenzándose alrededor del relato principal, muy bien dosificadas en sus apariciones. No era nada fácil rematar con un final adecuado: va primero hacia arriba -apoteosis de la abuela en su escapada romántica con el director del Corte Inglés- y después hacia abajo, hacia la distensión, en una resolución preparada durante toda la función con las repetidas alusiones al viaje iniciático que Oliver quiere realizar remedando el de su madre. 

Sorprendente verosimilitud. ¿Recuerdan esa escena de Entre tinieblas en la que Carmen Maura se despide llorando de su tigre? Uno se conmueve, porque a esas alturas del relato ya no le importa el pequeño detalle de que se trate de un tigre que vive en un convento de monjas del centro de Madrid. Verosimilitud, porque el espectador se traga el anzuelo hasta el fondo y se deja llevar a donde quieren llevarlo. Sorprendente, porque el propio espectador se extraña -cuando termina el viaje- de cómo ha podido dejarse absorber por semejante delirio. Llega un momento en el que esta familia que constela, se mete ayahuasca y juzga el Cumpleaños feliz una obra maestra les parecerá tan normal como la suya propia. Que, dicho sea de paso y si me permiten la impertinencia, seguro que también tiene narices.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones          

miércoles, 16 de marzo de 2016

RINCONETE Y CORTADILLO

Sala: Teatros del Canal Autor: Alberto Conejero (sobre los personajes de Miguel de Cervantes) Director: Salva Bolta Intérpretes: Rulo Pardo y Santiago Molero Duración: 1.30'
(La función ya no está en cartel)


Santiago Molero y Rulo Pardo

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Andan nuestros conciudadanos soliviantados, porque los fastos cervantinos les parecen pocos. Tengo para mí que exagerar la celebración del pasado es indicio de la incapacidad social para apoyar la creatividad presente en todas sus formas, así que, en lo que a mí respecta, a menos efemérides, mejor.

    Tras Cervantina -debo de ser el único que no ha caído rendido a los pies de Ron Lalá- llega esta fantasía de Alberto Conejero sobre Rinconete y Cortadillo. Viven juntos desde el encuentro con Cervantes, que les ha amargado la vida por contarla distorsionada. Están obsesionados por publicar la verdad y restaurar su fama. Esto da pie a Conejero -éxito atronador con La piedra oscura- para escribir una comedia entretenida y sentimental, yo diría que bastante cervantina en su fondo, y en la que abunda la sátira a la putrefacta realidad de ahora mismo. El texto ganaría bastante podándole la reiteración con la que se recuerda al espectador lo que acabo de contar en dos líneas.

    Como, además, la dirección pierde aliento de tanto en tanto, sale uno pensando que la función sería espléndida con veinte minutos menos. Pero ahí están Rulo Pardo y Santiago Molero, dos actores como las copas de dos pinos, que con un gesto de las manos o de las cejas ponen el vagón en su sitio cada vez que descarrila.
Y una pequeña aclaración:

Escribí "lo que acabo de contar en dos líneas" un poco lejos de las dos líneas. Por si no quedaba claro, es el nudo argumental (los personajes odian a Cervantes y quieren publicar su propia versión de los hechos) lo que se repite demasiadas veces, sin ninguna necesidad. El espectador lo entiende a la primera.

Sí, sé que la estoy colgando tardísimo, pero me han vuelto a pillar todos los toros. Tengo montones de funciones vistas y sin comentar. A ver si las voy recuperando.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones          

SALOMÉ

Sala: Teatro Fernán Gómez Autor: Oscar Wilde Director: Jaime Chávarri Intérpretes: Victoria Vera, Manuel de Blas, Inés Morales, José Carlos Illanes, Jacinto Bobo, Ignacio Gijón, Joaquín Oliván, Álvaro Navarro y Miguel Berlanga Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Inés Morales, Victoria Vera y Manuel de Blas. Al fondo, Joaquín Oliván.
Tengo gran aprecio por el altísimo talento de Jaime Chávarri y creo que Victoria Vera es una estupenda actriz. No sé si lo último que ha hecho es La decente, que vi en 2008. Les copio lo que publiqué entonces:
Victoria Vera arrastra aún alguna injusta etiqueta que no le corresponde porque, a diferencia de quienes la portan merecidamente, es actriz, y si queda quien no se lo crea que se pase a ver a esta falsa tonta que compone a las mil maravillas. Me permite seguir admirando en carne y hueso a aquella Ninette de la  tele vista cuando era un jovenzuelo de provincias.
En otros países hay un lugar para estas mujeres bellísimas, a mitad de camino entre la escena y lo mediático, pero en España se les niega despiadadamente. ¿Será que el pecado nacional sigue siendo la envidia?

Por estos motivos, voy a ser breve respecto a la Salomé del Fernán-Gómez. Roza, y quizá me quedo corto, lo bochornoso. 

No me pregunten cómo, pero se salvan Manuel de Blas e Inés Morales. José Carlos Illanes hace lo que puede.
P.J.L. Domínguez

          
Seguir actualizaciones