lunes, 10 de noviembre de 2014

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA

Sala: La Pensión de las Pulgas Autor y director: Jordi Casanovas  Intérpretes: José Luis Alcobendas, Markos Marín, Inge Martín y Olga Rodríguez Duración: 1.15'
(la función ya no está en cartel)

Inge Martin. Desenfocado en primer término, José Luis Alcobendas.

Durante semanas, marqué Un hombre con gafas de pasta en la cartelera de la Guía del Ocio. Durante semanas, pensé "voy la semana que viene". Decido ir y me entero después de que es la última función: tan crítico, tan bloguero, tan alto, tan guapo y tan rubio (quiten los últimos tres elementos, que están sólo por motivos de estilo)... y parezco idiota. Menos mal que a veces es como si hubiera orden en el cosmos y repiten en el Lara en unos meses. Ojalá. Si no la han visto, podrán verla entonces. ¿Mantendrá la fuerza que le daba con la proximidad, casi promiscuidad, de La Pensión de las Pulgas?
* * *
Jordi Casanovas es un autor prolífico, pero una de dos: o he estado yo especialmente despistado con él o es una de las tantas víctimas de la distancia teatral entre Barcelona o Madrid (bueno, tan víctimas nosotros como él). Sólo le conocía Ruz-Bárcenas, una función que acredita un considerable talento dramatúrgico, pero en la que no metió pluma. Me explico: los textos son los recogidos por las actas de los encuentros entre juez y reo. Casanovas no escribió, se limitó a recortar y pegar. Así, siendo rigurosos, Un hombre con gafas de pasta es lo primero que veo con textos salidos de su impresora.

Jordi Casanovas
También lo ha dirigido él. Llevo una racha de autores-directores. Además de Casanovas, Román con Luciérnagas, Padilla con Haz clic aquí, Sanzol con La calma mágica, Miró con El principio de Arquímedes, Cair con Eva ha muerto (de la que ya les hablaré). Salga bien o mal, una función dirigida por su autor aporta siempre algo interesante: es un testimonio irrecusable de la intención que tuvo al escribirla. Yo diría que el rasgo más pronunciado de ésta, puesto de relieve por la puesta en escena, es el baile de géneros que se produce a medida que avanza. Al comienzo, parece una comedia. Aina (sin tilde, debe de ser un nombre catalán) es una chica dulce, sin mucho carácter, fácilmente influenciable. Como suele suceder, ha atraído a una pareja que lo pasa bomba dirigiéndole la vida. "Tienes que hacer tal", "no puedes hacer cual", "Aina chica, es que así la fastidias" (no son citas). Conozco bien el paño, porque tenía una tía idéntica. Qué digo, YO soy idéntico. Afortunadamente, en mi caso no han funcionado los mecanismos que atraen a los mangoneables hasta el alcance de los mangoneadores, y todos los que me rodean muerden en cuanto se les toca la autonomía. Mejor para ellos y para mí. En fin, que comprendo perfectamente a estas dos alimañas bienintencionadas que son Óscar y Laia. Que los comprenda no quiere decir que no los odie, claro. La misma noche en la que Aina se entera de que su novio se la pega, e inmediatamente después de que la abandone por teléfono, organizan una cena para animarla con un invitado estrella: el hombre de las gafas de pasta.


Alcobendas, enfocado.
Todo discurre al comienzo como en esas comedias francesas que ganan el Molière y vemos indefectiblemente traducidas en Madrid. La situación no puede ser más tópica, LA CENA es quizá el entorno social más representado en el teatro. Ahora mismo hay en cartelera dos funciones que tienen cena hasta en el título: La cena de los idiotas y La cena del rey Baltasar (maravillosa reposición en la Kubik), aunque el título así, a secas (La cena) ya se lo pilló Brisville. Y si tengo un rato luego, me miro la lista de las críticas en el blog y les extracto las que contienen cenorrio. En esto de comedia-francesa-con-cena-y-Molière por ahí sigue El nombre girando (creo). Y lo de Casanovas se dirige a toda vela hacia ese tipo de comedia hilarante y, en este caso, cruel: las caras de Aina (Inge Martín) a cada nueva embestida del tipo "sí mujer, para animarte" provocan la carcajada, por mucho que esta pobre chica esté siendo anímicamente descuartizada ante nuestras narices por la pareja de pajarracos y el invitado. El invitado es muy pedante, muy pagado de sí mismo, TAN-muy que el espectador sospecha que la comedia se encamina hacia alguna grotesca catástrofe que lo derribará del pedestal en el que vive subido para general goce y regodeo en alguna ridícula peripecia. El espectador sospecha mal. El invitado es TAN-muy que empieza a parecer raro, raro.


La versión catalana
Y hasta aquí puedo escribir. Porque el espectador empieza ahora a sospechar -sospecha mucho en esta función- que la cosa girará al drama. Y gira, y parece que gira hacia un dramita de asunto trillado y requetetrillado, y uno se dice "jopé, para esto tanto lío". Pero después, ¡ay después! Detalle por aquí, detalle por allá, "¿a dónde va esto?; ay Dios, pero ¿qué pasa?". Y va, y resulta ser la primera función que veo en mi vida que es capaz de simultanear -durante bastante rato- las risas y el mal rollo. Risas, risas. Mal rollo, mal rollo. ¿Cómo? Pues ya me gustaría a mí saber cómo hay que combinar un texto y una dirección para que el resultado sea ése, algo que constituye la característica, y el logro, más reseñable de la pieza. Lo lógico en el teatro es que una carcajada destroce cualquier efecto truculento. Aquí, no. Aquí, el respetable se ríe, pero, a la vez, está en un aire, porque la historia va teniendo muy, pero que muy mala pinta. A todo esto, los actores tienen interiorizadas las risas, no importan, siguen empujando la cosa hacia un fétido pantano cuyos miasmas terminan sofocándolas.

¿Les ha parecido un trabalenguas? No me extraña, pero me agradecerán no haber sido más explícito cuando la vean en el Lara.


Olga Rodríguez y Markos
Marín.
Creo que no hace falta decir nada más de la dirección, no se me ocurre nada que pudiera mejorarla. Sobre todo la dirección de actores, que es un primor. Ya les he dicho que Inge Martín consigue tumbar de risa con sus caras de estupor y sufrimiento, una habilidad sofisticada. Olga Rodríguez está perfectamente pajarraca, aguilucha chupa-auras. Habremos visto docenas de tipas de éstas ejerciendo su ascendiente sobre incautas presas tan desprotegidas como su amiga Aina y su marido. El marido es Markos Marín, que comienza en ese registro bobalicón que tan bien le sale y que ya usaba, con menor intensidad, en Maribel y la extraña familia, y al que le toca después un cambio radical de tono que resuelve con convicción. José Luis Alcobendas, excelente: primero debe estar repelente, y está tan repelente que el personaje provoca vergüenza ajena; después hace creíble la evolución hacia el horror a pesar, como decíamos, de las carcajadas entreveradas. Bien es cierto, como decíamos también, que apoyado en la consistente base del texto, la dirección y los compañeros. Una cosilla más: si van al Lara a ver la reposición -creo que estará a partir de enero, pero no me hagan mucho caso: he comenzado esta crítica confesando mis limitaciones en el control de la cartelera- fíjense también en cómo se ajustan los físicos de los cuatro actores a los cuatro personajes: como guantes.



Después de las muy logradas Verónica, Sótano y Un hombre con gafas de pasta, mis ideas sobre la (im)posibilidad de provocar horror en un teatro están cambiando a marchas forzadas.
 P.J.L. Domínguez
           

martes, 4 de noviembre de 2014

VANITY FAIR


Los más asiduos se habrán enterado ya de que llevo unos meses colaborando en  



con una modesta página que destaca algunas citas de la agenda de las artes escénicas. Con espeluznante retraso -soy de decisiones tardías- he decidido ir colgándolas en el blog. Hoy van todas las acumuladas, y después aparecerá cada día 1 la del mes anterior. Si las quieren ver, den al botón derecho y elijan "abrir en una pestaña nueva", así se pueden ampliar.

  JULIO de 2013                                      MARZO de 2014

                         

  ABRIL de 2013                                      MAYO de 2014

                            


  JUNIO de 2014                                      JULIO de 2014


  SEPTIEMBRE de 2014                          OCTUBRE de 2014


 P.J.L. Domínguez
           


HAZ CLIC AQUÍ

Sala: Teatro María Guerrero Autor y director: José Padilla  Intérpretes: Pablo Béjar, Inma Cuevas, Gustavo Galindo, Nerea Moreno y Ana Vayón Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Inma Cuevas, Ana Vayón y Nerea Moreno. Qué guapas (entre otras cosas).
Estaba recibiendo -por ósmosis, como dice mi hermana- buenas referencias de Haz clic aquí por todas partes. Allá que me voy. Cierto grado de decepción. El texto es relativamente interesante. Dirección discreta y correcta. Lo mejor, los intérpretes.

La obra ilustra los desmanes que, incluso con la mejor voluntad, pueden resultar del uso irreflexivo de las redes. De manera, a mi juicio, un poco excesivamente didáctica, un poco obvia. Puesto a darle otra vuelta, diría más: paradójicamente, contribuye a poner otra vez en el candelero el hecho real cuya explosión vía redes analiza. Para no eternizarme, aquí les dejo el enlace al lugar donde el propio autor declara esa conexión. Algo quizá cuestionable, sobre todo si...


ATENCIÓN: SPOILER (o destripe, como recomienda la RAE). SI NO QUIERE CONOCER UN DATO CLAVE DEL FINAL DE LA FUNCIÓN, SALTE LOS DOS PÁRRAFOS QUE VIENEN A CONTINUACIÓN

...sobre todo si el final viene a subrayar de forma rotunda la culpabilidad de la menor. Después de setenta minutos de sustentar la pieza en la duda -¿machacó o no machacó la cabeza del muchacho indefenso con el tacón de sus zapatos nuevos?- la última escena nos la muestra pegando con saña. Parece la confesión de que no se ha encontrado mejor remate. Me explico: es el autor -les he dejado el enlace más arriba- el que insiste en que "la verdad nunca se plantea por un solo envés". Explica con detenimiento su pretensión de plantear, sobre todo, preguntas. Y luego va, y responde rotundo al retratar a esta alimaña en plena tentativa de asesinato, como si fuera uno de los gorilas de 2001 Odisea en el espacio con zapato en vez de hueso. 

¿Cómo resistirme a la foto?
El ineludible efecto (sé que no es el mismo, pero es el efecto) es el de hacernos pensar que el autor toma partido decididamente por el abogado contra la madre, por las redes contra la justicia formal, por la vigilancia ciudadana contra la privacidad. Y, por último, si el recorrido judicial de este asunto no estableció la culpabilidad de la chica (no lo encuentro por ninguna parte), ¿se puede anunciar a los cuatro vientos que la pieza es trasunto del hecho real, y retratarla después en pleno acto delictivo? ¿No le pueden arrear a uno un demandazo? En definitiva: tengo que terminar haciéndome, a propósito de la obra, las mismas preguntas que su autor se hacía respecto a los que airearon el asunto. Paradójico.

FIN DEL SPOILER

Ana Vayón
Vayamos con lo mejor, que es la interpretación. Mis lectores habituales estarán esperando que dispare los fuegos artificiales para celebrar la actuación de Inma Cuevas. Pues no. Está muy bien, desde luego, alguien de su capacidad tiene que estar intoxicado con gases venenosos para no rendir, pero no llega a su propia altura. Siempre la he visto mejor que aquí, no le han sacado el partido que puede dar. Bien Ana Vayón, tienen un videobook interesante en este enlace. Bien también Gustavo Galindo, a pesar de esta trampa mortal de ponerle un doblete en el que el segundo personaje es árabe, acento incluido. ¿Era necesario que lo fuera? ¿No despista un poco? No sé -y quiero decir exactamente "no sé"- si el affaire de la madre de la chica con este árabe en Ibiza (y, sobre todo, su conclusión) pintaban mucho en la historia o, precisamente, despistan. Otra cosa es que veamos la vida en común del abogado y la periodista, con ambos metidos en el lío desde posiciones distintas. ¿Fue así en realidad? Es lo que tiene ficcionar tan pegado a la realidad, que todos terminamos preguntándonos estas cosas.

Pablo Béjar y Gustavo Galindo.
Pablo Béjar, un descubrimiento. Les dejo también un videobook en este enlace, para que lo vayan conociendo si les apetece. Un aplomo notable para un actor tan joven. Se preguntarán, ¿por qué no dice lo mismo de Vayón? Pues porque me parece a mí que las actrices maduran antes, así que es más raro ver a un chico actuando con ese peso. Tiene que representar a un muchacho más joven que él, ligeramente amacarrado. Lo más fácil era hacer una caricatura que evita cuidadosamente.


Nerea Moreno, una confirmación. Me encanta. Aquí arriba la tienen en aquella fantástica Avaricia, lujuria y muerte donde intervenía en La rosa de papel dirigida por Salva Bolta. ¿Aplomo decía? Esto es aplomo. Ya que está aquí de madre, no me importaría nada verla de Violet en De repente el último verano, o en algo por el estilo. Algo con muchas narices, donde haya que pisar fuerte. Literalmente, quiero decir: dar pisadas sonoras, vaya. El día en el que le dejen soltar el carácter me parece que nos va a asustar, en el mejor sentido del verbo. Y no sólo: en la mejor escena de la función (la de la foto de arriba del todo) representa a una chica jovencita, ordinaria y un poco bebida, ahí es nada. Se lleva la escena de calle y provoca las carcajadas del respetable. Va a resultar que tiene hasta vis cómica.
 P.J.L. Domínguez
           

viernes, 31 de octubre de 2014

LA CALMA MÁGICA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor y director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Sandra Ferrús, Mireia Gabilondo, Aitziber Garmendia, Aitor Mazo e Iñaki Rikarte Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Aitor Mazo e Iñaki Rikarte.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Sanzol ha alcanzado un altísimo logro: nos ha impuesto un universo propio, una forma de entender el mundo. Aun con personalidad diferenciada, esta pieza es perfectamente reconocible como planeta de ese universo, para el que yo uso –en mi fuero interno- la etiqueta de surrealismo vernáculo. 

Ahí se instala también La calma mágica. Un surrealismo con pretexto narrativo: la ingesta de unos hongos alucinógenos. Benditos hongos, que nos abren la puerta a este mundo de disparates tiernos –véase el inefable conejo- y salidas por la tangente que, gracias a la maestría narrativa de texto y dirección, no alteran el discurrir de la narración. Ése es, quizá, el mayor mérito: que la historia no descarrila por más dosis alucinatoria que incorpore.

    Iñaki Rikarte es un actor, y más cosas, extraordinario. Tras una carrera discreta pero muy sólida, éste podría ser el papel que lo consagrara como imprescindible. Nadie olvidará a este neurótico adorable e insoportable a la vez. La cara de mármol de Gabilondo contribuye lo suyo a hacerlo todo creíble. Mazo y Ferrús, muy bien, y se queda uno con ganas de ver más rato a Garmendia. El elefante debería ir a un museo de la utilería con la rata de El policía de las ratas y el ciervo de Como gustéis.

    El Centro Dramático Nacional programa funciones en euskera con sobretítulos. Aplaudo hasta con las orejas la continuidad de esta iniciativa normalizadora.

Y lo que no cabía allí:

1.- Surrealismo vernáculo. Lo de surrealismo me parece suficientemente evidente como para ponerme a explicarlo. Si han visto la función claro, pero por si alguien llega a este blog en 2087 y ésta es la única traza que ha quedado de La calma mágica, dejaré constancia de que hay conejo parlante y elefante rosa, entre otras cosas. El elefante se llama Óscar. Quizá vernáculo sí exija algún desarrollo.  Pero antes, una imprescindible nota terminológica, que no política,

* * *
En un rincón de los Pirineos, a caballo entre ambas vertientes, habita un grupo humano con determinados rasgos culturales, el más evidente de los cuales es una lengua preindoeuropea que contrasta con las lenguas indoeuropeas con las que se solapa: el castellano y el francés. Los hablantes de esta lengua -a la que en castellano podemos llamar vasco, vascuence o euskera, palabra admitida por la RAE- habitan territorios que forman parte de España o Francia. En España, se reparten entre dos comunidades autónomas: el País Vasco -o Euskadi- y Navarra. 

¿Qué nos está contando?, se preguntarán. Paciencia, que ya he llegado. Ya puedo formular mi problema: no hay término apolítico que englobe a los individuos que pertenecen a esa comunidad lingüística y cultural. No se les puede llamar "vascos", porque si incluyo en el término a quienes hablan "vasco" en el norte de Navarra (paradójicamente, lo más parecido a Baskolandia que queda en la tierra, vayan y vean si no me creen) soy inmediatamente calificado de anexionista. "¿Cómo? ¿Está llamando vascos a los navarros? ¡Anatema!". Dicho de otro modo: "País Vasco" ya no es el país que habla vasco, sino una parte de él (tanto en España, como en Francia, donde se llama Pays Basque) que no incluye la zona de Navarra donde también se habla. 

El mapa de lo que llamaremos vascofonía en 1869, según Louis Lucien Bonaparte.
Sabino Arana tenía cuatro años, así que no me sean paranoicos y no hagan
lecturas políticas.
¿Probamos con Euskalherria o Euskal-Herria? Deben saber primero que, cuando los vascos llaman "vasco" a alguien en su propia lengua, lo llaman "euskalduna", que quiere decir "que-habla-vasco". Tienen, por tanto, un concepto de la nacionalidad más unido a la lengua que al territorio. Pero dejemos eso. "Euskaldun" y "Euskalherria" -"el pueblo que habla vascuence"- era un buena opción hasta hace poco para referirse al conjunto de individuos que hablan vascuence, con independencia de cuestiones políticas. Algo muy útil. Si digo "francés" ustedes no tienen por qué saber a quién voto. Sigamos, sigamos, ahora me entenderán.

Digo "hasta hace poco", porque la cosa se complicó. La Comunidad Autónoma del País Vasco se llama también Euskadi. "Euskadi" es el término que Sabino Arana acuñó para referirse al ideal de una nación vasca compuesta por los siete territorios (incluyan Navarra y los tres franceses). Los nacionalistas radicales consideraron una traición llamar Euskadi a una entidad que agrupa sólo a tres, y decidieron emplear Euskalherria para los siete. Con lo que ya tenemos el término Euskalherria, antes sobre todo cultural, convertido en término político. ¿Van haciéndose idea del pastel? Atentos. Si quieren decir "las personas de cultura vasca del norte de Navarra" y, para ahorrarse ese berenjenal, dicen "los vascos de Navarra", todo el mundo les pondrá la etiqueta de anexionistas. Si dicen "Euskadi" para referirse a la Comunidad Autónoma Vasca, todo el mundo sabrá que son cualquier cosa menos nacionalistas radicales, y que no es probable que sean del PP (tienden a decir País Vasco). Si usan "Euskadi" para el conjunto de los siete territorios, les tomarán por nacionalistas moderados. Si emplean Euskalherria, todo el mundo pensará que son nacionalistas radicales.

¿Y qué rayos debe hacer uno para hablar de factores culturales sin que nadie le atribuya oscuras intenciones políticas? La única opción es dar unos rodeos perifrásticos insoportables. Pero se me ha ocurrido otra. Me acabo de inventar un término en castellano, calcado de la francofonía, que los franceses usan mucho. La VASCOFONÍA. Toma. La vascofonía es la comunidad cultural de los individuos que hablan vascuence o, por extensión, cuyos ascendientes lo hablaron hasta tiempos históricamente cercanos. Vivan en Lekeitio o en las Bermudas. Donde dice Bermudas, lean Pamplona. Nota final, por si acaso: la pertenencia a la vascofonía no excluye la pertenencia -de mayor, menor o igual intensidad que la primera- a otra u otras comunidades. Ni implica que vote uno a Vox o a Bildu. Aunque Vox, la verdad, debe de tener pocos votos vascófonos.

* * *
Si pillo un rato, mañana añado algo sobre la escenografía de Andújar.

Tras este interludio terminológico, puedo explicar por fin lo de surrealismo vernáculo sin que mis palabras se presten a equívocos de carácter politico (creo). A pesar de que en otros textos de Sanzol esta característica es, quizá, más estrepitosa, La calma mágica tiene un trasfondo cultural evidentemente instalado en la vascofonía, lamentablemente difícil de pillar para quien no esté más o menos familiarizado con aquella cultura. Para quien lo está, la sensación constante es la de que los personajes van a romper a hablar en euskera o se van a referir de un momento a otro al tío Patxi o al primo Iñaki. Esto sucede, por ejemplo, con el personaje de Aitor Mazo (Martín), un tipo humano que por allá suele llamarse txotxolo, que es la forma autóctona de ir un poco de sobrao (más o menos, estas cosas son muy elásticas). Pero, más allá de ejemplos, ese trasfondo impregna completamente los caracteres y las situaciones. A ver si puedo verla otra vez en euskera, porque debe de ser la bomba. 


2.- Iñaki Rikarte es un actor, y más cosas, extraordinario. Más cosas: escribió Gris mate, una pieza muy interesante; ha dirigido André y Dorine, un exitazo inesperado (ya conté esto en Vanity Fair, voy a empezar a colgarles en el blog las páginas que escribo allí). Me gustó cuando lo vi en el Galileo en Gris Mate en 2009, lo he visto después varias veces con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el Drácula de García May, más recientemente en El hijo del acordeonista o en Montenegro... Papeles más largos o más breves, siempre bien. Aquí está sencillamente perfecto, no se podía sacar adelante el papel con mayor acierto. Se siente humillado porque le hacen un vídeo sin su consentimiento, y su carácter neurótico no le va a permitir cejar en el empeño de que el vídeo desaparezca, aunque tenga que ir para ello de torpeza en torpeza. Supongo que todos nos vemos reflejados más o menos en este patán neurótico (yo más, soy bastante patán y muy-bastante neurótico), porque en el fondo tiene razón, y -sobre todo- porque Rikarte lo hace entrañable. Dos monólogos extraordinarios (perdonen que repita "extraordinario", pero no me queda más remedio): el primero al teléfono, perdiendo gradualmente los nervios con el txotxolo, y el segundo con Olivia (Sandra Ferrús), de tropezón en tropezón, una declaración de amor vascófona, si me permiten la expresion. El remate de la pieza -otra conversación teléfonica, esta vez con el padre difunto- sólo se tiene en pie dicho como se dice. Supongo que Sanzol tendría en mente la puesta en escena cuando lo escribió, porque no le veo otra salida. En fin, Rikarte se mete de tal forma en el personaje, que ni se le nota que es guapo.

3.- La cara de mármol de Gabilondo contribuye lo suyo a hacerlo todo creíble. Porque uno no tiene ni idea de lo que va a soltar por la boquita, hasta que lo suelta. Y como tiene que soltar de todo, por las rutas del disparate alucinógeno, esa cualidad resulta crucial. Por cierto: otra cualidad vascófona. Ya habrán oído ustedes hablar de la sorna de los vascos (perdón, de los vascófonos, a ver si va a resultar que son navarros, y me meto en un lío), de eso de que nunca se sabe si están hablando en serio o en broma... Esas características culturales están aquí exprimidas al máximo en el enfoque que se ha dado a Olga, el personaje de Mireia Gabilondo.

4.- Aplaudo con las orejas. Además del castellano, en este país hay otras tres lenguas con importantes tradiciones literarias detrás. Madrid es la capital del país. Es simplemente normal de toda normalidad que, al menos de vez en cuando, podamos ver teatro hecho en las otras lenguas de nuestros compatriotas, igual que lo vemos en inglés, en alemán o en ruso cuando se tercia. Diré más: lo verdaderamente sorprendente es que las piezas en gallego o en catalán tengan que ser remontadas en castellano. Es una particularidad de un país que tampoco soporta la versión original en el cine, qué le vamos a hacer. Pues bien, bienvenidas sean, al menos, las funciones extraordinarias sobretituladas que el Centro Dramático Nacional programa con cierta regularidad.

Ah, se me olvidaba: muy bien puesta la música de Iñaki Salvador.
 P.J.L. Domínguez
           

martes, 28 de octubre de 2014

LAS NEUROSIS SEXUALES DE NUESTROS PADRES

Sala: Cuarta Pared Autor: Lukas Bärfuss (versión de Paula Sánchez de Muniain y Luis García-Araus) Directora: Aitana Galán Intérpretes: Carolina Lapausa, Lidia Palazuelos, Alfonso Mendiguchia, Antonio Gómez, Flavia Pérez de Castro, Fernando Romo y Vicente Colomar Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)

Las lineas del suelo y la mesa que se entrevé al fondo son toda la escenografía.
Un objeto poliédrico de aristas cortantes. No sé ni cómo cogerlo para no cortarme. A propósito de Luciérnagas les decía el otro día que no era una historia de discapacitado sino con discapacitado. Ahora se me ha desvanecido esa tranquilizadora capacidad clasificatoria. No sé muy bien si esto es una cosa, la otra o todo lo contrario. Hay funciones sobre las que puedo escribir en cuanto llego a casa de vuelta. Para otras, tengo que esperar al día siguiente. Ésta la vi hace dos días, y las cosas no se terminan de ordenar en mi recuerdo.

Hay un parentesco superficial con Málaga, del mismo autor, y que también dirigió Aitana Galán: en ambos casos hay dos personas que tienen que lidiar con su deber moral, con sus ganas de salir corriendo y sus complejos de culpa. Y una divergencia profunda: en Málaga nadie decía lo que pensaba, los deseos y las reflexiones iban por dentro. Aquí todo se dice, nadie se corta un pelo, las cuestiones más crudas se plantean crudamente. Por eso ha dado Galán en el clavo las dos veces: entonces con el realismo, ahora con el…  bueno, con lo que sea esto, que no realismo, desde luego. Los personajes deambulan por el escenario desnudo con una mesa por toda escenografía; se entrecruzan con otros personajes que no pertenecen a la escena que están representando y que anuncian el lugar en que se desarrolla la acción; actúan –sobre todo el médico, el señor fino y el jefe- en registros estilizados, impostados. El realismo de Málaga permitía entender todo lo que no se decía. El antirrealismo de Las neurosis permite soportar los parlamentos vitriólicos, las escenas que llenan de desazón, engarzándolos en una función que a veces parece que va a iniciar un movimiento centrífugo hacia el teatro danza, que se instala a ratos en la farsa y que roza en algún momento ligerísimamente, para salir corriendo de inmediato en sentido opuesto, el drama convencional. Género que el texto quizá permitiría –estoy pensando, y no sé muy bien por qué, en Münchhausen- pero que se evita concienzudamente desde el primer hasta el último minuto. ¿Demasiado vitriolo, demasiada desazón para un drama convencional? Sería interesante verla otra vez hecha de ese modo.

Después de escribir el párrafo precedente me he ido a husmear en internet, con éxito: hay una producción peruana evidentemente instalada en el drama. Los comentarios de director y actores -y la música que los acompaña- así lo corroboran. ¿Saben cuál parece el resultado? Un estrechamiento de miras de la función. Ahí mi trabajo de glosador sería mucho más fácil: la pieza reflexiona sobre la sexualidad de los discapacitados síquicos. La versión de Galán es tan enormemente más ancha y profunda, que no sé exactamente de qué va. Me he puesto después a buscarla en alemán: he encontrado una versión en Aquisgrán. Yo diría que drama. También una chipriota, en griego: lo poco que se ve parece más amodernado, pero realista. La de Galán va a resultar la visión más amplia de todas, ¿la verá Bärfuss? Sería interesante conocer la opinión del autor.

El de la derecha es Vicente
Colomar
Hay un mérito considerable en haber orquestado los registros interpretativos de los actores sin que el resultado sea una caja de grillos. Los impostados de manera más rebuscada son el señor fino y el médico. El primero (Vicente Colomar) se instala en un estereotipo para el que no encuentro mejor ilustración que el zorro de Pinocho. Quizá les parezca una referencia peculiar, pero la pareja de "il gatto e la volpe" es un lugar común de la cultura italiana, presente hasta en las conversaciones cotidianas, y ahora mismo no se me ocurre equivalente entre nosotros. Escríbanla en italiano en Google, y verán. El zorro es el paradigma del individuo meloso que oculta sus peores intenciones tras una pantalla de fingido refinamiento. Me hizo pensar también en El maestro y Margarita, aunque esto no lo tengo tan claro, porque la leí en la noche de los tiempos. Tengo que leerla otra vez, ahora que caigo. No se sabe muy bien hacia dónde va Colomar al principio, pero a medida que transcurre la historia se van viendo sus intenciones. Es un personaje endiabladamente difícil, imposible de despachar sólo con una condena moral. (He dicho "sólo", por si acaso) A pesar de la estilización brutal al que lo somete Colomar - y quizá sea "gracias a" en vez de "a pesar de"- entendemos al tipo. Sobre todo, por el contraste con los escasos instantes en los que se baja de ese pedestal de hipocresía y gestualidad coreografiada, que resultan -por contraste- rayos de luz sobre lo que yace en su fondo.

Fernando Romo es el médico. Otro tipo, y perdonen la expresión, pero me parece ilustrativa, flipante. Con un discurso en el que se mezclan la visión abierta -y bienintencionada- sobre el sexo, la voluntad de protección sobre Dora, sus propias filias y neurosis... y sobre todo una brutal contradicción entre lo que piensa, lo que vive y las condiciones sociales en las que se encuentra. Casi un ejemplo construido para ilustrar las reflexiones de Foucault y sus continuadores sobre el sexo. También Romo lo amanera hasta la exasperación, pariendo un señor de comunicación... contrahecha, diría yo: no hay nada que vaya en línea recta. Ni el recorrido mental ni el discurso verbal ni el gesto. Tiene un monólogo larguisisísimo en el que parecen milimetrados hasta los movimientos de los ojos. Fantástica idea la de la perillita inmunda que lo caracteriza.

A Lidia Palazuelos, la madre, se le ha permitido un tono más convencional -es la que más se acerca al drama- y sabe aprovecharlo. También va creciendo a lo largo de la función, con un par de explosiones antológicas. Carolina Lapausa está transfigurada, no se parece a sí misma. Su composición de Dora, la discapacitada síquica, roza la perfección, no sé decirlo con más claridad. Está en el mismo centro del conflicto: siendo evidentemente adorable e inocente no establece ninguna barrera moral en su comprensión del sexo como actividad placentera y desatada. De ahí nace toda la fuerza turbadora de la función. No es un obseso sexual, no es un viejo rijoso, no es un abusador. Resulta ahora que los ángeles tenían sexo.

En manos de Galán, ésta no es la historia de una chica a la que retiraron la medicación y fue seducida por un sinvergüenza. Es bastante más. 

Algo añadiré si tengo tiempo.
 P.J.L. Domínguez
           

sábado, 25 de octubre de 2014

EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Josep Maria Miró Intérpretes: Rubén de Eguía, Roser Batalla, Albert Auselle, Santi Ricart Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Iba a ser muy complicado explicarles la escenografía sin esta ilustrativa foto de la
página del Teatro de la Abadía.
Una niña ha dicho que el monitor de la piscina le ha dado un beso a un niño. En los labios. El padre del niño la lía parda. 

* * *
Primero: hay asuntos en esta sociedad que da miedo hasta mencionar. Sobre todo, dos: el terrorismo y la pederastia. Eso es lo que la pieza investiga. El parentesco con Doubt: a parable (La duda) y Oleanna es sólo aparente. En estas dos piezas, el quid de la cuestión es si el abuso o el acoso ha existido en realidad, o es sólo una figuración de alguien (de la superiora en el primer caso, de la eventual víctima en el segundo). El problema que plantean al espectador es, por tanto, cómo y con qué criterios puede uno tomar partido ante una situación de este tipo, en la que no es humanamente posible dilucidar lo ocurrido. Por cierto, no esperen que yo se lo revele, me quedo tan perplejo como cualquiera. Los dioses me libren de tener que tomar decisiones alguna vez ante hechos de esta naturaleza.

Shirley MacLaine y Audrey Hepburn en The children's hour.
En El principio de Arquímedes la cosa está clara. En este sentido, se parece más a La calumnia (The children's hour -el traductor se lució-, pieza de ¡1934!, llevada al cine en 1961). También es una niña la que da comienzo al drama. Aunque luego las cosas vayan por caminos muy distintos.

SPOILER - SPOILER - SPOILER

¿Lo ha entendido? Si no quiere que le revele la trama, no siga leyendo. Allá voy.

Aquí no ha ocurrido nada. Nada más que la paranoia de un padre que -el texto lo deja claro- nunca se ha hecho cargo de su niño, más que cuando en un arrebato irreflexivo ha decidido montar un brutal escándalo público por el comentario de una niña de muy corta edad. Con una justificación odiosa por bandera, que cada vez se oye más por ahí en todas sus variantes: Si no es madre no puede entenderlo. Va a resultar que para saber de quesos habrá que ser oveja o, para opinar de fútbol, delantero centro. Tendremos que establecer que cuando haya que legislar sobre educación, salgan de los parlamentos los diputados que no tengan hijos. Si es sobre sanidad, los que no tengan parientes enfermos. Cuando hablen de hipotecas, que se vayan los que vivan de alquiler. Etcétera. 

¿Recuerdan lo que grita, cada vez que hay un tumulto, la mujer del pastor de los Simpson? ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? Ocurra lo que ocurra, sea cual sea el problema, la mención de los niños dramatiza de inmediato cualquier cuestión. E intente usted poner cordura. ¿Ha visto alguna vez la mirada de gorila agresivo que se le pone a uno de estos padres cuando sospecha... yo qué sé, que alguien ha llamado tontín a su hijo? 

¿No les sorprende que esta mujer tenga que enseñar a los padres cosas que
nuestros padres y abuelos sabían hacer con el pie izquierdo? ¿Dónde se
interrumpió la transmisión del saber educativo, que los bosquimanos dominan
perfectamente en sus aldeas?
Esta sociedad vive una relación paranoica con sus hijos. No es ningún secreto. Nos la explican en la tele día sí, día no. Como no tenemos tiempo para prestarles atención, intentamos compensar la culpa que ese pecado nos produce por todas las vías (erradas) posibles: la sobreprotección, la satisfacción de los caprichos, la renuncia a imponer disciplina, la preocupación -neuróticamente desviada- hacia cualquiera que haga daño al niño, el fantasma de la pederastia. El problema es dónde consideramos que empieza el daño, claro está. Cuando yo era niño, cualquier adulto podía reprender a cualquier niño que se comportara mal en cualquier sitio. Los padres agradecían ese comportamiento, porque -como dice mi amiga A.- para criar a un niño hace falta toda la tribu. Atrévase ahora.

Decíamos, pues, que no ha ocurrido nada. Pregunté, por si acaso, a varios espectadores a la salida. Unanimidad. El texto tiene la valentía de no presentar un maravilloso héroe inocente y mártir, sino un chico frivolón, casi tontorrón, con la prepotencia del que se sabe joven y hermoso, al que en algún momento dan ganas de propinar un sopapo a ver si espabila. Da igual. No por ello tiene menos derecho a que se presuma su inocencia. Más: no sabemos si tiene pareja, si le gustan los chicos o las chicas. Estupendo, estos simples detalles -y recordemos que la moral cívica y la ley le permiten no revelar tales datos si no le da la real gana- van sumando motivos de sospecha. Es el viejo truco de los fascismos: si eres inocente, ¿qué más te da que revisemos tu casa, tu vida, tu correo, tu conciencia? Cuéntanos si tienes novia, si tienes novio, ábrenos tu alma. En fin, en sólo un día, la vida se convierte en un infierno, sólo porque un botarate no es capaz de prescribirse un poco de calma a sí mismo antes de publicarlo todo en Facebook. Por cierto: no es que tenga tiempo para derrochar, y no voy a desparrarme por ahí, pero recuerden que la acusación gratuita de hacer monstruosidades a los niños ha caído sobre todas las minorías perseguidas de cierto fuste a lo largo de los siglos: brujas, gitanos, judíos... hasta masones y comunistas.

* * *

La función explora las reacciones del padre (poco que explorar, es un cabestro), el acusado -que va dándose cuenta poco a poco del abismo que se le ha abierto a los pies- la jefa y el compañero. De manera hiperrealista, aunque matizada por el orden de las escenas: no están en orden cronológico, y Ordóñez explicó tan bien la sucesión, y sus motivos, que mejor que se lo lean a él. La escenografía de Enric Planas, muy ingeniosa, guarda estrecha relación con esa estructura de escenas. Miren la foto de arriba del todo. El público está sentado en dos graderíos a ambos lados. Usted está viendo ahora una ventana iluminada a su derecha y unas duchas y unas taquillas a su izquierda. El público que está sentado enfrente de usted lo ve todo, lógicamente, invertido. En la transición a la escena siguiente se hace la oscuridad, y cuando vuelve la luz... ¡zas! Verá la ventana a la izquierda y las duchas a la derecha. Como, además, las escenas se solapan, verá parte de la acción repetida, pero como si usted mismo se hubiera desplazado al graderío de enfrente: la directora ya no entrará por la derecha, sino por la izquierda, ya no verá al protagonista por detras, sino por delante (esto tiene su gracia cuando el guapísimo muchacho se desnuda, claro, y eviten las risitas que ya son adultos), etcétera. ¿Cómo se produce el efecto mágico? Solución: hay un bloque de duchas y taquillas en cada extremo (idéntico pero invertido), que se desliza. En cada escena, se esconde el de un lado (dejando a la vista una ventana, una puerta y un lavabo), y se saca el del otro, escondiendo los elementos citados. Un procedimiento elemental con un efecto espectacular.
* * *
Me ha costado lo mío, pero ya tienen definidas las coordenadas en las que se mueve la función: la historia, el planteamiento realista, la estructura temporal, el truco escenográfico. Insisto en ello, porque todo esto hace que estuviera ya definida antes incluso de empezar los ensayos en una proporción mayor que la mayoría de espectáculos de teatro. Prácticamente, lo unico que faltaba era elegir los intérpretes y dirigirlos. 

Bien, todos. Tuve mis dudas sobre el protagonista durante la función, pero me he dado cuenta después de que mi prevención no se debía al actor, sino al personaje. En otras palabras: que Eguía lo clava. No se rían de mí, esto le ocurre al más pintado. Ya les he dicho más arriba que una de las virtudes del texto radica en que la injusticia que se está perpetrando contra este muchacho subleva al espectador a pesar de que el chico resulta repelentillo en algún momento: tan evidentemente consciente de ser guapo, tan evidentemente consciente de ser simpático, tan evidentemente consciente de estar por encima de su compañero. Eguía consigue hacer patente todo eso sin ahogar los aspectos de ingenuidad inherentes a su juventud, logrando incluso una cierta mirada tierna sobre sus salidas de tono; sobre todo, sin impedir la empatía del espectador. Me va a gustar verlo en lo próximo que haga.

Eguía es también un acierto por su aspecto físico. ¿Saben cómo me he dado cuenta? Viendo al protagonista de la versión mexicana. Lo tienen en esta foto de la izquierda, y lo pueden comparar con la de arriba. Nada que ver. El asunto gana con menos rotundidad, con un físico más leve y con una cara más ingenua.

Roser Batalla: estupenda, sin paliativos. Una mujer seria, adusta, pero que tiene aprecio por el chico. Atrapada en una situación imposible. Una de esas cosas -intérpretes, directores, autores- que hacen lamentar que no haya más comunicación teatral entre Madrid y Barcelona (y eso que, últimamente, vamos bastante bien). Auselle, estupendo también. No es fácil hacer este papel del chico en segundo plano, no muy esto, no muy lo otro, no muy nada.

El desnudo de marras. ¿Harían ustedes
esto para desafiar a su jefa?
Hay dos trampas. La jefa pregunta al monitor: "Pero, ¿a ti te gustan los niños?", o algo parecido. Y él, no recuerdo si responde "no sé" o "creo que no". En cualquier caso, responde algo ambiguo. Esa ambigüedad se desvanece de inmediato en las frases posteriores, está claro que no le gustan. El suspense apenas dura unos segundos, y está forzado. Todos pensamos: "Desde luego, yo no respondería eso". Suena falso. Segunda trampa: el desnudo. El chico se quita de golpe el traje de baño en un gesto de desafío hacia su jefa, están muy cerca. También queda falso, nadie haría eso, y estamos en un contexto marcadamente realista. El desnudo sobra. Mis lectores habituales estarán pensando "este tío nunca está conforme, cuando no se desnudan los quiere en bolas, y si se desnudan, protesta". No siempre. Por citar el último que he visto, hay uno en La calma mágica que está muy bien puesto, ya les contaré. Es cierto que esto es un vestuario, que el protagonista principal está en traje de baño casi toda la obra, que sería muy natural que se desnudara y que alrededor de un 50% de los espectadores está deseando que lo haga, por motivos obvios (motivos que no hay que desdeñar). Yo también lo hubiera desnudado, pero con el pretexto banal de un cambio de ropa, y como creo recordar que hizo Pandur con Peris-Mencheta en Inferno: muy al prinicipio. Así ya se ha visto todo, y nos quitamos de encima esa fuente de turbación.
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En resumen, una función interesante en muchos aspectos. Además, puede usarla como prueba del algodón de su ubicación ideológica, según opte por la seguridad o por la libertad. ¿Cree lícito que el padre del niño destroce la vida del monitor para hacer desaparecer cualquier amenaza sobre la integridad de los niños de la piscina, por remota que sea su probabilidad? Prefiere la seguridad, es usted de derechas. ¿Cree, por el contrario, que habría que dejar perfectamente en paz al monitor ante la completa ausencia de prueba fiable, olvidando esa remota amenaza? Ha votado por la libertad, es usted de izquierdas.
 P.J.L. Domínguez