lunes, 15 de abril de 2013

LOS ILUMINADOS

Sala: Teatro Español (sala pequeña) Autor: Derek Ahonen (traducción de J. Muriel y J. Fuentes) Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: Javier Albalá, Marina Cruz, Mónica Dorta, Mariano Estudillo, Jorge Muriel y Pedro Ángel Roca Duración: 2.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


En el orden de las cabecillas: Estudillo, Roca, Muriel, Cruz y Dorta.
Foto: Javier Naval

La mayor parte de las veces, ve uno algo y no precisa ni un minuto para saber si le ha gustado o no. Por ejemplo: vislumbra unos segundos a Putin en el telediario, y ya sabe que le da miedo. Pero, en ocasiones, las cosas se quedan dando vueltas, ahí por el patio trasero del cerebro, y a los dos o tres días manifiestan mucho más tomate del percibido a primera vista. Esto es lo que me ha pasado con Los iluminados. El viernes salí del Español con una sensación general simplemente luminosa, y hoy, lunes, me parece un texto muy, pero que muy, inteligente. El título original, The pied pipers of the lower Est Side, es imposible de traducir literalmente: Los flautistas... se queda corto, por la riqueza de significados del término pied piper. Para los perezosos crónicos que se niegan a seguir enlaces: el flautista de Hamelín es, en inglés, el pied piper of Hamelin. Pied es, además, multicolor. Si ven la pieza, comprobarán que esta superposición de connotaciones le encaja como un guante. Derek Ahonen debe de poseer el don de los títulos. Vean éstos: Tráenos la cabeza de tu hija; Venus, Sensation y el Papa; Feliz en el asilo; Rodillas rosa sobre piel pálida... En fin, algo había que hacer en castellano, Los iluminados no está mal, aunque algo me dice que seguramente se habrán considerado las posibilidades de un vocablo de moda: perroflauta.

Derek Ahonen
Esto va... joer qué difícil. Recurramos a Putin. ¿O creían que lo mencionaba porque sí? En este blog no se da puntada sin hilo, o punto sin puntada, que es como lo decía mi abuela (algo sabría del asunto, era modista). Oigan bien esto que pasa por una frase suya (de Putin, no de mi abuela): "Quien añora el comunismo no tiene cabeza; quien no lo añora no tiene corazón". O este tipo es muy listo, o tiene excelentes asesores. Pues de eso va Los iluminados: de lo que debería ser, y parece que no podrá ser nunca; de los ideales y la maldita necesidad de comer; de la realidad y el deseo. Estos cuatro han conseguido vivir de acuerdo con sus ideales, formando una familia entre Walden y una comuna anarquista. Comunidad de bienes, trabajo y relación erótico-festiva. Cuatro adorables personajes que, para que me entiendan, tengo que llamar inadaptados, que es como los llamaría el sistema. Del sistema huyó la abogada que hace de ideóloga del grupo. Los otros tres son un militante anarquista politoxicómano, un tipo que sufre constantes ataques de ansiedad producidos por la idea de la muerte, y una jovencita punkie maltratada por su familia. Enamorados todos de todos, parecen felices, y regentan un restaurante vegano. 

Jorge Muriel intentando sofocar uno de los
ataques de ansiedad de Pedro Ángel Roca.
Ahonen se ha enfrentado a lo que nos enfrentamos todos cada vez que intentamos establecer nuestra postura respecto a esta sociedad podrida en la que vivimos. Bueno, no sé si todos, mi entorno sí, desde luego. Llevo meses hablando con gente que oscila entre el deseo feroz de que todo estalle, y la clara conciencia del horror que se desencadena cuando todo estalla. Vamos, lo de Putin. Yo no tengo la respuesta, desde luego. Ahonen tampoco. Pero se las ha arreglado para plantear el problema en su justo término. La función no escatima tiempo en mostrarnos tanto lo que piensan como lo que hacen estos cuatro maravillosos locos. Y no está mal: ese tiempo no sobra. Introduce además un quinto personaje, el hermano menor del drogas, que viene a ser el observador externo que reproduce nuestra perplejidad ante una forma de vida radicalmente opuesta a la acostumbrada. Parecen felices, ya lo he dicho, más que nosotros. Pensamos, unos minutos antes de que el propio texto lo diga, que muchos grandes reformadores sociales -recordaba yo al San Francisco desnudo de una película que me impresionó en mi infancia y que no he identificado- fueron también unos desharrapados. Queremos otorgarles alguna posibilidad de éxito (aunque la palabreja pegue aquí como bogavante en joyería). Hasta que se destapa el pastel con la irrupción del mecenas chiflado que mantiene en pie el invento. Aquí debajo lo tienen.


Javier Albalá como Joaquín.
¿Chiflado? No tanto. No se va a mover un centímetro del lugar que le conviene. Estupendo Javier Albalá en la piel de este personaje, al que el dinero le permite encajar su inadaptación (que éste también lleva lo suyo) como le venga en gana, y ocultarla bajo un grotesco disfraz de teleñeco bienintencionado. El muchachito que cae allí por casualidad es Mariano Estudillo. Aparenta menos edad de los veintidós que me parece que tiene (debería explotar la posibilidad que eso le da de interpretar personajes adolescentes, a veces un tormento de casting). Aquí está sembrado, pasando de la pose de pijo sobrao a las reacciones violentas propias de la edad y al más auténtico estupor. Algunas escenas adquieren mayor espesor por su presencia muda, con una cara que lo dice todo ante lo que está viendo. Marina Cruz, toda candor, encantadora (y me gusta su dicción). Jorge Muriel lleva con buen pulso un papel lleno de peligros: va estando más colocado a medida que avanza la función, tiene hasta una revelación sobrenatural. Es complicadísimo no caer en el histrionismo en estos casos, y lo consigue.  Firma además, con Javier Fuentes, la traducción, que roza la brillantez. Sólo la abogada me pareció un poco rígida, pero es comprensible: es el papel más serio, el único que no se desparrama en ningún momento. Está en un registro distinto al resto, y no se ha terminado de encontrar uno que encaje.

Pedro Ángel Roca
Párrafo aparte para Pedro Ángel Roca. He debido de verlo en alguna parte, pero no lo tengo registrado. De acuerdo, su personaje, Velarde, es un bombón: acelerado, ansioso, irritable, obsesionado con la muerte; pero también tierno, juguetón, cariñoso (lejanamente emparentado con el de William Miller en Los miércoles no existen). Pero esto no le quita mérito a Roca, que lo convierte en un ser de carne y hueso que uno querría tener entre sus amigos. Muy bien, la verdad es que muy bien; cuanto más se me va asentando la función en la memoria, más me gusta cómo lo hace. Y aguantando media función prácticamente en bolas, algo no tan fácil como parece.

La función no está redonda del todo. Se podrían pulir tiempos aquí y allá, y lo que podríamos llamar último acto decae un poco. Pero logra transmitir con convicción un texto complejo y extenso. Engancha, emociona, nos hace pensar (por millonésima vez) que alguna puñetera manera tiene que haber para que las cosas (sí, las cosas en general; o sea, todo) sean más humanas de lo que son. Las dos horas y media largas no cansan, que no es poco.

           

jueves, 11 de abril de 2013

EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Sala: Teatro Pavón Autor: Albert Boadella, Martina Cabanas y Ramón Fontseré, libremente basados en la obra de Miguel de Cervantes Director: Ramón Fontseré Intérpretes: Ramón Fontseré, Pilar Sáenz, Xavi Sais, Dolors Tuneu y Xevi Vilà Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Serio problema de partida: el texto. Salí zumbando del teatro para releer a Cervantes y confirmé mi primera impresión. El original es bastante más corrosivo. Algo había que hacer, además, para poner en escena lo que, al fin, es una novela, por mucho que sólo contenga diálogo. Se le han añadido un narrador y dos actores que representan –prácticamente miman, con medias máscaras al estilo de la Comedia del Arte- a otros personajes de las peripecias de los chuchos. Y estos añadidos, más que sumar, restan: poca gracia y poco ritmo. Entre una cosa y otra, la hora y media se hace larga.

    No obstante, la función se redime en parte por la interpretación. Fontseré y Sáenz han evitado, menos mal, el remedo mimético, y se han inventado un eficacísimo repertorio de gestos y sonidos alejados de lo literal, pero que tienen la magia de evocar poderosamente (y, a veces, tiernamente) a los perros. Vilà cumple, y Tumeu y Sais bordan la expresividad corporal a la que obligan las máscaras. También brilla el saber teatral en la explotación de la escenografía (un simple banco corrido que basta para hacer maravillas) y de la utilería (cualquier cosa sirve para remedar cualquier cosa). 

Algunas escenas redondas, cuando entra la música: el baile de los protagonistas, el pase del concurso canino, la irrupción del collie y la pequinesa elegantes, cínicos, reventados de spleen

           

lunes, 8 de abril de 2013

A QUIÉN LE IMPORTA

Sala: Teatro Arlequín Autores: Mai Paredes y Jorge Berlanga (idea); Qy Bazo (adaptación del texto); Carlos Berlanga y Nacho Canut (canciones) Intérpretes: Jacinto Bobo, Laura Artolachipi, Cristina Esteban, Raúl Martín, Iván Santos, etc. Director Eduardo Bazo: Duración: 2.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Si me quieren, pónganse este fondo para leerme. A lo mejor conectan con mi estado de ánimo en el momento de escribrir.

Vi el fin de semana dos cosas en las antípodas: esto y El coloquio de los perros. Misma diagnosis: qué buen vasallo si oviesse buen señor. Digooo... qué buenos intérpretes, y qué buen material de origen, si todo se hubiera hilado con un buen texto. Respecto a Cervantes, tengan un poco de paciencia, el viernes estará aquí mi crítica.


Nos cuenta la sinopsis del programa de mano que Óscar, profusamente drogado por Sor Yvonne, reconstruye un relato de su vida narcotizado, surrealista y psicodélico. Bueno, mi recuerdo de los ochenta es exactamente así -y no me hagan hablar- así que por ahí íbamos bien. ¿De qué se trata en un musical jukebox como éste? Simplemente, de armar un libreto que, con mayor o menor ingenio, otorgue un pretexto argumental a las canciones y que no moleste. Bueno, aquí molesta. El truco del delirio -ensueño, sueño, intoxicación- es antiguo como el teatro, pero funciona siempre, ahí no hay nada que toser. Pero hay demasiado -demasiadísimo- texto. Las escenas habladas se estiran como chicles y, además, tampoco tienen mucha gracia. Los diálogos son trillados, las réplicas previsibles. Sí, está todo salpicado por aquí y por allá de alusiones a los ochenta, la movida, y los personajes que uno adivina, más o menos, que se remedan, pero eso no redime nada. La autoría, como verán en los créditos de arriba, es más bien confusa.

Aparte del puramente estructural hay otro motivo para que esas escenas colocadas entre los números musicales sean breves: los intérpretes tienen que ser cantantes. Salgan por ahí a buscar un excelente actor que sea un excelente cantante, y a ver cuántos encuentran. Esto no es crueldad, es pura estadística. Ya es suficiente mérito hacer muy bien una cosa, los que hacen muy bien las dos van al Olimpo derechitos. Éste es uno de los motivos por los que la estructura de la revista, por ejemplo, sea así: ramillete de escenas musicales con breves escenas intercaladas. Y, en la mayoría de los casos, escenas cómicas. Si alargan las escenas y ponen algo de drama les sale una zarzuela. Pero a ver quién es el guapo capaz de urdir un libreto de zarzuela coherente y atractivo con unas canciones preexistentes: es labor sobrehumana.

Laura Artolachipi
En fin, que los muchachos, y las muchachas, hacen lo que pueden, pero las dos horas y cuarto que duró mi función se hacen muy, pero que muy largas. Todos son buenos cantantes. Destaca como actriz Laura Artolachipi (cada uno escribe su nombre como quiere, de acuerdo, pero se me van los dedos a Artolatxipi, lo siento), yo diría que desaprovechada, pero que muestra saber dominar un registro apayasado que seguro que podría dar más fruto. Y también, con menos papel, Hugo Ruiz. Del resto, sabemos que cantan bien, pero, sometidos a esta dirección, no es fácil adivinar si son buenos actores. Guaperío repartido, pero para guapos, guapos (algo que cuenta, y mucho, en el género), Cristina Esteban, Fran Moreno y Elisa Tulián. Póngamonos frívolos, ea. Aqui tienen las fotos de los tres. Un poco desparejadas, que maquetar con blogger es morir. El orden es Turiel, Esteban, Moreno. No revelaré mis preferencias.


En otras cuestiones de dirección (como las irrupciones en vídeo de personajes famosos, las entradas y salidas por el patio de butacas, etceterísima) mejor no ahondar. Despistan una atención ya bastante castigada. La opción de dejar el escenario vacío, con el muro de chácena a la vista, sorprende un poco al principio, pero termina colando: recuerda muchísimo a la infinidad de garitos que nos pateamos en la época. La iluminación de Gustavo Pérez no está mal; tira más bien al desparrame, pero es lo que demanda la acción. Al vestuario de Montesinos le pasa lo mismo. No le pidan armonía, pero casa con el general delirio. Muy resultón el de la escena final (en la foto de abajo).


Dicho todo esto, las canciones molan. Buenas versiones con buen acompañamiento. Me parecieron especialmente conseguidas La funcionaria asesina y Vacaciones (pongo los enlaces por si a algún jovenzuelo incauto le queda esto por el magdaleniense)Yo mismo estuve cantando a voz en grito Rey del glam, y todo lo que se me puso por delante. Uno tiene su corazoncito, y me pasaron por delante de los ojos episodios que a lo mejor llevaban olvidados treinta años en alguna circunvolución cerebral. No creo que nadie pueda ser joven como lo fuimos entonces, en medio del despiporre más absoluto, tolerado por los de siempre porque el estupor no les dejaba reaccionar. Pero esto es lo que han dicho todas las generaciones que en el mundo han sido. Seguro que mientras escribo esto en la tranquilidad de mi hogar pequeño burgués, miles de jovencillos viven por ahí lo que, con el tiempo, les parecerá un privilegio que la vida les permitió una sola vez. Si fueron jóvenes con Perlas ensangrentadas, pasen por el Arlequín y procuren que los parlamentos se les pasen rápido. No se imaginan el subidón de oír en directo otra vez Quiero ser un bote de Colón. A quienes pretendan rentabilizar el espectáculo, me permito darles tres odiosos consejos: corten, corten y corten. Lo mejor del espectáculo, y así debe resaltar, son las maravillosas canciones, de lo mejorcito que el post-punk y el pop español dieron nunca.

A lo mejor otro día pillo esta entrada y le añado todo lo que siempre quisieron saber y nunca se atrevieron a preguntar sobre Berlanga, la movida, y la cultura popular de la España de los noventa.
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 6 de abril de 2013

OFICIO DE VIERNES SANTO


Sala: Parroquia de San Ginés Autor: Isaías, San Pablo, San Juan Evangelista y otros Director: Sin créditos de dirección Intérpretes: Vicario Diocesano, presbíteros de San Ginés, figurantes Duración: alrededor de 1.30' (tuve que irme algo antes del final, una pena)

Información práctica: la función se programa en miles de salas de todo el planeta una sola vez al año, el primer viernes de luna llena de primavera.(nunca antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril), generalmente sobre las cinco o seis de la tarde.


Esto no es en San Ginés, es en el Vaticano, pero la acción es idéntica.

[Por si alguien necesita la aclaración, en esta entrada no hay ni asomo de mofa. La parte material de la liturgia católica es esencialmente escénica, y hacía tiempo que quería escribir algo sobre eso]


Adoro la liturgia (como cualquier amante de las artes escénicas), y creo que la de Viernes Santo es mi preferida. No en vano se refiere al acontecimiento central de la fe católica, la muerte y resurrección de Jesús, celebradas en lo que se denomina Triduo Pascual. El Jueves Santo rememora la institución de la eucaristía en la Última Cena. El Viernes, la Pasión y Muerte. A partir del Sábado Santo, y durante el Domingo de Gloria, se celebra la Pascua de Resurrección. Al considerar el aspecto escénico de estas celebraciones, éste es el factor que antes llama la atención: que son funciones (así las llaman los propios católicos: "funciones") con un calendario perpetuo de representación. Como lo era el Tenorio por Todos los Santos o lo es ahora el Cascanueces por Navidad en los Estados Unidos. En el fondo, una maravillosa supervivenvia de los tiempos en los que el teatro tenía siempre un trasfondo sacro ligado al calendario. Conviene no olvidar que todo el teatro occidental tiene su origen en los dramas litúrgicos nacidos en las iglesias, precisamente como desarrollo de la liturgia de la Pascua de Resurección.



Hay tantísimo que decir en torno a esto, que voy a dividir la entrada en apartados dedicados a cada elemento.


TEMAEn principio no habría que contar nada de esto. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es el relato central de nuestra civilización, sin el que nada es comprensible. Pero hace ya unos veinte años me encontré con una clase de diez personas entre las que ninguna tenía ni idea del asunto. Así que aquí va un resumen como de telegrama: Dios creó a Adán y Eva y sólo les impuso una prohibición: no comer del árbol del bien y del mal (por cierto: identificar esta prohibición con el sexo es una tontería victoriana; lean bien, "árbol del bien y del mal") // Comieron, por culpa de ella, claro, y eso les supuso la expulsión del Paraíso, ganarse el pan con el sudor de la frente y parir a los hijos con dolor // Esa transgresión se llama Pecado Original, y se transmitió a toda la progenie de Adán y Eva, excepto a una sola persona: la Virgen María, "sin pecado concebida". Esta creencia es un dogma que se llama de la Inmaculada Concepción, impulsado principalmente por la iglesia española. Se le suele llamar el dogma español, y por eso el monumento de la foto está justo frente a la Embajada de España cerca de la Santa Sede, en Roma. Otro día les contaré por qué se llama "cerca" de la Santa Sede. Comprenderán que tenga debilidad por el vocablo.

Crucifixión de Tintoretto, escalofriante belleza.

// En su infinita misericordia Dios envió a su propio hijo a enseñar a la humanidad cuál era el camino para redimirse de ése y otros pecados (a su propio hijo, pero también en cierta medida a sí mismo, pero ésa es otra cuestión que ha hecho correr no ríos, sino mares de tinta, y hasta de sangre, durante dos mil años, aparquémosla) // Para cumplir su misión, el enviado se encontró en la tesitura de tener que sacrificar su propia vida, por pura coherencia, cargando así, simbólicamente, con el pecado de todos // Al tercer día de ser ejecutado resucitó, mostrándonos el camino de la redención. // Moraleja: quien crea en Mí, tendrá la vida eterna.

Espectacular, ¿no? La respuesta a todas las preguntas (¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?) condensada en un relato que hunde las raíces de su eficacia en las profundidades de los arquetipos jungianos y que amasa la autoría colectiva de millares de seres humanos. Pues bien, ya han entendido que el oficio de Viernes Santo se coloca en el mismísimo centro de ese relato: el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, es crucificado y muere. La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas la rechazaron (del evangelio según San Juan). Éste es el tema de la función.

TEXTOSSi el tema recoge milenios de tradiciones superpuestas, los textos no se quedan mancos. Son, al menos, de tres procedencias. En primer lugar, los bíblicos. Uno del profeta Isaías, escrito en hebreo a finales del siglo VIII a.C., en tono profético, y que contiene el célebre pasaje del "varón de dolores", prefiguración del Cristo torturado (aquí a la izquierda tienen un ecce homo de Guido Reni; la concreción de la profecía). O sea: un trozo de la cultura semítica de hace 2.800 años, vivo y coleando entre nosotros. Maravilloso. La carta a los hebreos atribuida a San Pablo, escrita en griego en la segunda mitad del siglo I. O sea: un ejemplo de la hibridación de la cultura semítica y helenística de hace 2.000 años. Maravilloso. Además, el relato de la Pasión y Muerte del evangelio atribuido a San Juan, escrito en griego a finales del siglo I, en un estilo de sobrecogedora concisión y, casi, de objetividad periodística. Mi momento favorito es cuando Pilatos responde a Jesús "¿Y qué es la verdad?". El refinado y descreído romano hijo de su tiempo, pasmado ante la predisposición al martirio de un rabino judío imbuido de la trascendencia de su misión. Además: ésta es la única lectura del Evangelio que se realiza por tres personas, una como narrador, otra como Jesucristo y otra para todos los demás papeles. Es, por tanto, lo que llamamos habitualmente lectura dramatizada. Maravilloso. Por no hablar de los salmos intercalados (a los que el público asistente, propiamente llamado "asamblea", responde repitiendo un verso, llamado "antífona"; una forma de representación que se remonta, al menos, a las culturas babilónicas, y que entre nosotros ya sólo se practica en la iglesia y en algunas formas de música caribeña). Cuatro géneros literarios: profecía, homilía, narración y poesía.

Versión historicista, con un leve toque de simbolismo, del encuentro 
entre Jesús y Pilatos (Mihály Munkacsy).

En segundo lugar, los textos de la liturgia propiamente dicha (tanto los invariables como los propios de la festividad), traducidos al castellano con gran habilidad. No sé cuándo tuvo lugar la traducción, pero diría que fue hacia los años sesenta del siglo pasado. La plegaria u oración universal de Viernes Santo es especialmente hermosa: se reza, en círculos concéntricos sucesivamente ampliados, por la Iglesia Católica, por el resto de iglesias cristianas, por el pueblo judío, por los creyentes en Dios y hasta por los no creyentes. [Me voy a permitir esta única mención ideológica: no estaría mal que la iglesia orientara siempre su acción pública con este espíritu de fraternidad universal]. Acierto en San Ginés: la plegaria se salmodia (ver aquí el apartado "fórmula salmódica"). Otra reliquia de la noche de los tiempos. El sacerdote que canta tiene buena voz y buen gusto, pero el sistema de amplificación es desastroso. Harían bien en dejarle cantar a pelo, se basta y se sobra.

En tercer lugar, la aportación personal del celebrante en la homilía (o sermón). Poco que comentar: el Vicario Diocesano largó una sarta inconexa de lugares comunes. Ya tiene mérito que la imaginación no le dé para más con semejante tema de fondo a comentar.

ESCENOGRAFÍA: Sea cual sea la disposición del espacio utilizado, los celebrantes se colocan, como en un teatro a la italiana, frente a los asistentes, en la zona llamada presbiterio, casi siempre sobreelevada. En San Ginés tenemos la suerte de asistir a la función representada en un templo histórico (del XVII) con planta de tres naves y crucero, capillas laterales, presbiterio rectangular y coro a los pies. El motivo de que, a primera vista, uno no sepa si atribuir su aspecto a un barroco especialmente austero o a un neoclasicismo poco depurado, se debe a que el estilo primitivo está sepultado por la restauración que Juan de Villanueva realizó tras un incendio. El altar mayor (en la foto) está presidido por cuatro columnas colosales rematadas por un arco y alberga una reproducción del original óleo barroco de Francisco Rizi con el Martirio de San Ginés. Incluso siendo una obra estándar para su tiempo, no dejan de impresionar tanto la atrevida composición, como la coexistencia de un plano terrenal, abajo, y otro angélico, arriba, en perfecta armonía. Reflejo en la escenografía de lo que los ritos realizados en el altar propician: la comunicación entre ambos planos.

La foto da idea de la sensación espacial producida por las tres naves, el crucero, las capillas laterales, las bóvedas y la cúpula, con el altar mayor al fondo.

Como en el caso de los textos, la eficacia de la fórmula escenográfica está avalada por siglos de experiencia. La atención del espectador se concentra en el altar mayor, pero tanto los flujos espaciales en diversas direcciones, como el derroche iconográfico en la pintura y escultura de las capillas laterales, acompañan a la función de forma permanente y prestan a la representación una gran riqueza de sentido trascendente.

GESTUALIDAD: Otro punto fuerte de la función. Piensen que ya la salida a escena de los intérpretes comienza con la prosternación completa del celebrante ante el altar (como en la foto de más arriba), en completo silencio. Al ritual ordinario de la liturgia católica se le suman en Viernes Santos dos prodigiosos hallazgos de gestualidad. El primero, la adoración de la cruz. La cruz se lleva en procesión hasta el altar, acompañada con velas. Muy bien en San Ginés: el celebrante recorre toda la nave central. Durante toda mi vida he visto esa cruz tapada por un paño morado. Se canta tres veces Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo (atención a la enorme potencia de la imagen literaria) y la asamblea responde Venid, adoradlo. En cada una de las repeticiones se descubre un brazo, el otro brazo, y la totalidad de la cruz. En San Ginés se cantó en latín, sin intervención de la asamblea y sin paño. Error. Vaya manera de desaprovechar el mejor momento de la función. Vean en la foto cómo se hace bien. El segundo, cuando se procede a vestir el altar. Tienen que saber que esta función no es una misa en sentido estricto, porque en Viernes Santo no hay consagración. El altar se presenta desnudo al inicio. Para proceder a la comunión, se trasladan las hostias consagradas del lugar en el que se han guardado la víspera (llamado "monumento", normalmente una capilla lateral; hasta hace unos años era habitual ir de iglesia en iglesia visitando estos "monumentos" el viernes por la mañana) hasta el altar. Para ese momento, el altar se viste; uso de la utilería, al cabo. Lamentablemente, no pude quedarme a verlo, pero si se hace con la gestualidad necesaria (que no es otra que esa actitud de recato sacerdotal que suele llamarse, con expresión equívoca, "unción sacerdotal") es otro momento de gran fuerza gestual.

VESTUARIO, ILUMINACIÓN: Las prendas litúrgicas (casullas) que portan los celebrantes en Viernes Santo son de color rojo. No me extenderé en esto, porque nos puede dar pascua florida de 2014, pero es conveniente señalar que en este aspecto del vestuario, como en tantos otros de la liturgia, se esconde bajo varias capas la pervivencia de los usos del Imperio Romano. Busquen por ahí. La iluminación de San Ginés no es gran cosa (a las cinco de la tarde del inicio de la primavera, algunas iglesias tienen efectos mágicos de luz interior con profusión de velas y luz exterior a través de ventanales). Lo más destacable, las luces de la capilla del monumento (capilla de Nuestra Señora de Guadalupe) y la que alberga el paso de la caída en el Calvario (capilla de Nuestra Señora de las Angustias).

PARTICIPACIÓN DEL PÚBLICO: Esta cosa tan moderna, que se llama ahora interactuar, se practica en la liturgia desde hace milenios. Los asistentes participan con su gestualidad (se sientan, se levantan, se arrodillan, se persignan, comulgan), responden al celebrante, recitan las antífonas de los salmos y cantan. 


MÚSICA: La selección, impecable, arranca con el impresionante coral Erkenne mich, mein Hutter (Reconóceme, mi guardián) de la Pasión según San Mateo de Bach. La parroquia cuenta con coro y orquesta, además del órgano, algo relativamente frecuente en siglos pasados, y absolutamente excepcional hoy en día. La música interpretada después cuenta con presencia relevante de la obra de Tomás Luis de Victoria, (en el grabado) uno de los más grandes polifonistas de la historia, ligado en vida a esta parroquia. Oír aquí su música añade una capa más de valor simbólico a la experiencia. La interpretación, correcta.

El resumen de esta crítica sería el siguiente: la obra es realmente superlativa, a la altura de cualquier espectáculo que se nos ocurra; la versión que vimos en San Ginés tiene a su favor tanto eso como el resto de elementos proporcionados por la tradición (escenografía y música, sobre todo), y en contra algunas cuestiones de menor entidad (homilía, amplificación, falta de paño en la adoración), pero en conjunto no desmerece. Esto es hacer teatro, no en el sentido figurado de "fingir" o "simular", sino en el primigenio de representar textos y acciones predeterminadas con intención artística. Si no se les había ocurrido, prueben a ver la función el año que viene con estos ojos allá donde les toque: se representa por todas partes.
P.J.L. Domínguez
           

miércoles, 3 de abril de 2013

PECERAS

Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Carlos Be Intérpretes: Fran Arráez, Carmen Mayordomo e Iván Ugalde. Duración: entre hora y hora y media, opinable.
La función ya no está en cartel 


Iván Ugalde, Carmen Mayordomo y Fran Arráez.

Otro grupo, The zombie company, que parece una secta. Se lo decía el otro día a propósito de la Sala Tribueñe y Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, y algunos más hay en Madrid, como los reunidos en torno a Rodolfo Cortizo y La Puerta Estrecha. Explico el apelativo cariñoso de secta: se trata de colectivos empeñados en hacer lo que les gusta, como les gusta, sin la menor preocupación a priori por intereses comerciales o, si me apuran, de difusión. Esto que se llamaba antes trabajar por amor al arte. 

Los zombies llevan un trantrán que roza el delirio: estrenaron en 2012 nada menos que Exhumación, Muere Numancia muere y Peceras. La primera es un curioso juguete que mete en la misma caja a Shakespeare y a Tycho Brae (desde hace unos años, es espectacular el desarrollo de un subgénero shakesperiano con todo tipo de variaciones sobre su vida u obra). Si el autor tuviera algún interés en ello -no parece que tenga mucho, ya les he dicho que esta gente tiene otras motivaciones- no costaría mucho convertirla en una función comercial con suspense y drama humano (ese género que llamo comercial-con-plus, como Deseo). Muere Numancia muere me la perdí, ya lo saben, no llego a todo. Sigue el trantrán: acaban de estrenar ahora en La Casa de la Portera Elepé, también de Carlos Be. Intentaré no perdérmela para mantener informados a mis amables (¡y cada vez más numerosos, glups!) lectores.

Normalmente redacto estas cosas de un tirón, y cuanto antes. Ésta la escribo con casi una semana de retraso respecto al día que vi la función, porque no sé por dónde salir. Es condenadamente difícil decirles algo sin destriparla. Esto suele ser un obstáculo referido a la resolución (¿quién era el asesino?) o incluso a la trama, pero esta vez no debo revelar ni siquiera el tema (ni los retos de interpretación a los que se enfrentan los actores). Así que quizá les parezca que los comentarios son menos extensos que de costumbre. A mí me hicieron el favor de no contarme nada, y lo agradecí, porque gana uno un rato largo de completa perplejidad sobre lo que allí se cuece. Un rato largo difícil de medir. Si miran los datos de arriba del todo, verán que no puedo decirles ni cuánto dura el espectáculo, porque no se sabe muy bien en qué momento empieza. Y hasta aquí puedo leer. Si quieren un consejo, no miren otras críticas (por ejemplo la de Javier Villán), porque les espoileriza el asunto. Háganme caso y vayan vírgenes. 

Bueno, también se la perdieron en el Lara. No tienen ustedes remedio.

Peceras se llevó el premio del Indifestival este año en Santander (y Carmen Mayordomo el de interpretación). No faltan motivos. Sólo les digo que lo que cuenta es sobrecogedor y, además, verosímil. Es algo que se ha hecho siempre en círculos del alcantarillado social o de los áticos más encumbrados, pero que en un momento en el que estamos pasando de la economía de mercado a la sociedad de mercado (Ramoneda dixit) podría ofrecerse cualquier día en los centros comerciales para la clase media. Tiene una prolongada fase introductoria, en la que ni se olerán lo que está pasando, pero la intensidad dramática de lo que viene después justifica esa duración. Sin embargo, yo diría que una vez llegados al meollo habría materia para un desarrollo de mayor extensión. Eché en falta un poco más de regodeo en  la fantástica situación en la que... ¿cómo lo digo sin reventar? ...en la que ella asume intuitivamente el personaje que se le demanda, y sigue la corriente con destellos de creatividad. Una auténtica profesional. ¿Han entendido algo? Espero que no.


Muy bien dirigida: realismo desaforado con alguna ligera licencia bailona. Muy bien interpretada. Fran Arráez e Iván Ugalde (actor con una sorprendente facilidad para cambiar de aspecto) dan miedo. Mentes criminales nos tiene entrenados en las tipologías de psicópata dominante y psicópata sumiso, lo que son estos dos. Carmen Mayordomo es, siempre, la bomba. Aquí también. La he visto hacer comedia con el mismo rendimiento (Por lo menos no sufrió, un estupendo microteatro de Juan Morali) y levantar por sus narices alguna cosa de medio pelo que sólo brillaba cuando ella abría la boca. Le basta una mirada para fulminar al espectador.
P.J.L. Domínguez
           


lunes, 1 de abril de 2013

LIFTING

Sala: Teatro Infanta Isabel Autores y directores: Dunia Ayaso y Félix Sabroso Intérpretes: Miren Ibarguren, Elisa Matilla, Josele Román y Pepa Rus Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ayaso y Sabroso están que no paran con el teatro. Me gustó bastante Por debajo de la cintura, menos la anterior. Lifting está bien, y tiene una virtud muy conveniente en todos los órdenes de la vida: va de menos a más. 

Acierto: el casting. Desde que empezaron a circular fotos por ahí, estaba muerto de ganas de ir a ver a estas cuatro. A Miren Ibarguren y a Pepa Rus las conocerán como si fueran de la familia, es lo que tiene la tele. El primer lugar donde Ibarguren comenzó a tener mucha presencia fue (creo) Escenas de matrimonio, eso que todo el mundo aborrecía pero que todo el mundo veía, y de donde salió también Dani Muriel (¿Ven? No hay mal que por bien no venga). Está ahora en Aída, última reencarnación del género patrio por excelencia: el sainete. Tiene el feliz don de parecer una chica tierna y encantadora capaz, sin mover una pestaña, de transformarse en tiranosauro rex y soltar un rugido que hace temblar los peinados de la fila catorce. Le sobra vis cómica por los cuatro costados. Como a Pepa Rus, otra de Aída, a la que vi en Chirigóticas, una función que le quedaba muy pequeña. Elisa Matilla se ha hecho también su cuota de tele, aunque la he visto menos.


Josele Román
El gran bombazo de Lifting es la reaparición de Josele Román. Afinemos: no es que hubiera desaparecido. Empezó en el teatro (¡con Conchita Montes!), pero se hizo enormemente popular como secundaria del cine de los años setenta. En 1977 apareció en nada menos que once (ONCE) películas. Se la toparán cuando las pasan en la tele, soltando cualquier lindeza por esa boca, a menudo en el papel característico de chacha respondona. Dirán lo que quieran del cine de consumo de la época, pero los diálogos eran la traca (herederos a veces evidentes de la tradición de Jardiel y Mihura). 


A esta mujer se le nota hasta de espaldas que debe de ser un espíritu libre: lo mandó todo más o menos a freír puñetas, y, desde Tráiler para amantes de lo prohibido (Pedro Almodóvar, 1985), ha tenido algunas apariciones en series de televisión y, ocasionalmente, en el cine. También se ha dedicado a la música con distintos grupos: hablando de espíritu libre, oigan Hija de puta internacional (el cariñoso apelativo es empleado por Miren Ibarguren en una de las escenas de la función). A nada que le interese, lo mismo se pone de moda. ¿Saben esas cosas que flotan en el aire? Hace unos meses se me reinstaló en la memoria después de verla en una peli antigua. Al poco, una amiga me contó que la había convencido para rodar un corto. Ahora Lifting, donde está estupenda en varios papeles (incluso en uno mudo que parece un cruce entre Maite Zaldívar y Carmen de Mairena). Espero que sea, por lo menos, el comienzo de una presencia más asidua.


Miren Ibarguren y Dani Muriel en Escenas de Matrimonio
Decíamos que Lifting va de menos a más. Lo cierto es que los primeros quince minutos despegan con dificultad, pero denle un rato. Es una ristra de escenas aisladas (he leído por ahí que diecisiete, no las conté), cada una en un planeta distinto, así que cuando llega una buena las anteriores ya no le importan un bledo al espectador. Los autores oscilan entre su estilo habitual de sainete petardo y otra veta, que no les conocía, de franca deriva al absurdo. Esto último ha sido un descubrimiento, porque les sale francamente bien. Es el caso de las escenas de la mujer automutilada (espléndida Matilla de autocarnicera y espectacular Román como su marido) o la de Que yo no me he comido a Mariló, donde brillan Ibarguren y Rus. 


Elisa Matilla
Cada uno saldrá contando su copla, pero mi lista de interpretaciones favoritas, además de las de Josele, es ésta: Rus como dependienta de Molafone; Ibarguren de azafata, de superpija compartiendo sala de espera con la superordinaria (con unos minimovimientos de cabecita que sólo una actriz como la copa de un pino puede parir) y, cómo no, de presentadora de la convención de misses; Matilla en la historia del bombero y en la que es calificada como hija-de-puta-internacional.


Pepa Rus
Les voy a decir ahora cómo salgo del teatro según haya sido la calidad de lo visto. Excelente: eufórico. Bueno: contento: Mediocre: aburrido. Malo: bufando. Malísimo: divertido. Pero Lifting pertenece a otra categoría que no sale en esa escala, que me pone un poco tristón. Yo llamo a esas funciones le-falta-un-centímetro. Es una buena comedia, el público se troncha y todo eso, pero con un pelín más, podría ser la pera. Bastaría eliminar las tres o cuatro escenas más flojas (o reescribirlas) y pulir un poco algunas cuestiones de dirección: algún remate de escena, alguna decisión cuestionable (como no dejar sola a Elisa Matilla con la historia del bombero, que enfoca perfectamente, hasta cambiando la voz, en su inicio como monólogo).

Nota final: ante la mención de la palabra SOBRE, el público rompe a aplaudir. Les decía el otro día, a propósito de A cielo abierto, que, desde hace meses, basta la menor alusión tangencial a la corrupción o a los políticos para que los teatros se vengan abajo. Atención, atención, que el pueblo soberano está harto. Y eso que tenemos que suponer que los que llenan las salas todavía cobran un sueldo.
P.J.L. Domínguez
           

domingo, 31 de marzo de 2013

KAFKA ENAMORADO

Sala: Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa) Autor: Luis Araújo Director: José Pascual Intérpretes: Beatriz Argüello, Jesús Noguero y Chema Ruiz. Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Creía yo, veo ahora que erróneamente, que el ciclo De la novela al teatro del Centro Dramático Nacional programaba adaptaciones teatrales de novelas. Era el caso de La rendición (aquí tienen mi crítica), de Atlas de geografía humana (que me perdí) y de El hijo del acordeonista (que veré el domingo, ya les contaré). En mi ignorancia, me he vuelto loco buscando una novela que se titule Kafka enamorado, que no parece existir. Así que más que de la novela al teatro se trata esta vez de el novelista al teatro. También desharé otra confusión importante: desengáñense, Kafka nunca se enamoró de Luis Araújo, a pesar de que encuentren por todas partes la referencia "Kafka enamorado de Luis Araújo". La manía de no poner cursivas. Vean qué diferencia: "Kafka enamorado de Luis Araújo". Magia de la tipografía... Deshechos estos relevantes malentendidos, vamos al grano. Si sólo le interesa la crítica, sáltese los cuatro primeros apartados. Me temo que estoy en vena, y va rollo, aprovechando que hay un pretexto para hablar un poco de algo que no sea teatro. Tengo otros intereses, ¿saben?


I

La educación se basó durante siglos en el
conocimiento de textos clásicos. Ya no.
Véanse esto.
Empiezo por confesar que la novela en alemán no es mi fuerte, por simple cuestión de afinidad. Me eduqué (en todos los sentidos) con cinco literaturas: Homero; Dante; Dostoievski  y Tolstoi; Dickens; y, sobre todo, Balzac, Stendhal y Flaubert. Una educación retrasada, al menos, tres o cuatro generaciones respecto a cualquier europeo. Sumé mis propias circunstancias a nuestro retraso crónico desde Trento, y salió lo que salió. Vamos, que fui un retrasado. Aunque ese vivir fuera de mi tiempo tuvo un aspecto positivo: asimilé un tipo de educación basado en el conocimiento de los clásicos que era un anacronismo para mi generación (no digamos ya para las posteriores). Me parecí mucho más a un escolar francés de 1920 que a cualquier otra cosa y me tragué mi ración del canon antes -bastante antes- de los dieciocho. Eso que llevo ganado.


II

Ésos fueron los hilos de los que tiré para llegar al siglo XX. Y, aparte de la literatura inglesa y norteamericana, el filón más rico al que me condujeron fue el de la novela francesa, de la que llevo nutriéndome desde entones. Antes de escribir esto, y para poner un cierto orden en mis percepciones de conjunto, he echado un vistazo a la tradición francesa y alemana hasta, aproximadamente, una generación posterior a Kafka. 

   

Thomas Mann, Stefan Zweig, Alfred Döblin y Robert Musil.

Entre los contemporáneos de lengua alemana del checo, y salvo despistes, (que estoy escribiendo medio amodorrado) son cuatro los nombres que han accedido a la universalidad: Thomas Mann (1875-1955); Alfred Döblin (1878-1957); Robert Musil (1880-1942); y Stefan Zweig (1881-1942), bastante por debajo, a mi modesto entender, del resto, por mucho que su biografía de Fouché sea uno de mis libros de cabecera. Nunca he enloquecido por ninguno. Ni siquiera por Los Buddenbrook, quizá la más asimilable a modelos europeos estandarizados de las novelas de Mann. Aunque escribir esta entrada me va a servir para releer a Döblin y a Musil, que los tengo un poco desdibujados. Si los encuentro crecidos, ya les comentaré algo.


III

¿Qué apreciamos en la literatura? ¿Por qué decimos que algo es bueno? Si revisan sus propios gustos verán que les atraen cosas que deben su aprecio a motivos bien distintos. El proceso se publicó en 1925. ¿Por qué me gustan a mí El gran Gatsby (The great Gatsby, F. S. Fitzgerald), Arte amor y todo lo demás (Those barren leaves, Aldous Huxley) o Los monederos falsos (Les faux-monnayeurs, André Gide), publicados los tres el mismo año? 

                                      

Aldous Huxley, Francis Scott Fitzgerald y André Gide.

Fitzgerald, por su capacidad para crear atmósfera y rodear cualquier cosa de un aura inefable de trascendencia. El denostado Huxley, por alcanzar la consistencia de un ensayo sin ceder en la calidad de la narración (en este caso, como en Contrapunto, de un ensayo sobre las diversas maneras de afrontar la existencia). Gide, el inmenso Gide, por los alardes pirotécnicos de construcción narrativa que no descuartizan un relato convencional en el fondo: lo tiene todo, experimentalismo y emoción en el mismo envase. Por supuesto, otros muchos (Borges, Donoso, Carpentier, Moravia...) me gustan por otros muchos motivos. ¿Y Kafka? Modestamente, creo que el valor de Kafka estriba en haber encontrado alegorías tan potentes como las de El proceso La metamorfosis. Pero, humildemente, me parecen novelas "de feliz idea": un hombre amanece convertido en insecto; un hombre se ve engullido por una maquinaria administrativa incomprensible. Son imágenes en las que nuestro tiempo se reconoce, que quedan indefectiblemente marcadas en la memoria, pero cuyo desarrollo literario no tiene mucho recorrido (no por nada son novelas cortas). Poco que ver con los monumentos del apartado siguiente.

IV

Montherlant, completamente
olvidado en España.
Me he dejado para el final lo que más me apetece contar, por un motivo militante: porque no entiendo que la novela francesa de los primeros decenios del siglo XX haya desaparecido prácticamente de nuestro panorama. Bueno, no sólo la novela: ya me dirán cuánto Montherlant o Giraudoux han visto últimamente en los teatros de Madrid. En general, la comunicación cultural entre las lenguas romances (portugués, castellano, catalán, francés, italiano) que ocupan un territorio compacto en el sur de Europa ha descendido a niveles incomprensibles. Realmente difícil de explicar. Pero ciñámonos a la novela. Sí, todo el mundo les dirá que Proust es, con Joyce, el creador de la novela moderna. Pero, ¿cuánta gente lee a Proust? ¿Tiene presencia entre nosotros? Una presencia mucho menor que la de Joyce, lingüística y culturalmente mucho más lejano. Y ahí tienen, por ejemplo, a Vila-Matas, dedicándole una novela hace nada (un insufrible pestiño de novela, pero una novela, al cabo). 

Y si Proust está casi ausente, no les cuento el resto. He citado Los monederos falsos de Gide más arriba, y tengo que mencionar también Los sótanos del Vaticano (Les caves du Vatican). Si Proust nace en 1871, poco más jóvenes son Roger Martin du Gard, 1881, autor de un apabullante fresco histórico-social sobre el estallido de la Gran Guerra en Les Thibault (Los Thibaultque le valió el NobelFrançois Mauriac (otro Nobel), 1885, una de las escasas figuras públicas del catolicismo europeo que condenó la actuación del bando nacional en nuestra Guerra Civil; lean, si la encuentran, Le noeud de vipères (Nudo de víboras); Jean Giono, 1895, Le chant du monde (El canto del mundo); o Céline, 1894, Voyage au bout de la nuit (Viaje al fin de la noche). Está de más decir que todos estos títulos son obras de primer nivel. Pero el torrente no se agota. Los nacidos inmediatamente después del cambio de siglo no son mancos. André Malraux, 1901, La condition humaine (La condición humana) algo más popular que el resto en España; Irène Némirovsky, 1903, Suite française (Suite francesa), premiada con el Renaudot sesenta y dos años después de la muerte de su autora, también fue un bombazo aquí; Raymond Radiguet, 1903, Le diable au corps (El diablo en el cuerpo); 1903, Lucien Rebatet, Les deux étendards (Los dos estandartes); 1907, Roger Peyrefitte, Les ambassades (Las embajadas); 1909, Robert Brasillach, Les sept couleurs (Los siete colores). Y sólo estoy citando autores y obras que he leído, y una por autor (para no volverlos locos), y estoy muy lejos de tener un conocimiento profundo de este asunto... o sea, que imaginen. ¿Saben de aquél que decía "me gusta tanto el cerdo que me gustan hasta sus andares"? Pues a mí me gustan tanto los novelistas franceses, que me gustan hasta los nazis (Céline, Rebatet, Brasillach). ¿Qué quieren que les diga? Al lado de este derroche de talento e inteligencia, lo de Kafka se me queda un poco corto. No sé cuántas de estas novelas están en el mercado ahora mismo en castellano; desde luego, no todas. Pero si no han accedido a esta mina de oro, pónganse a ello; les garantizo muchas satisfacciones.

V

Bueno, y vamos con Kafka enamorado de una vez. José Pascual hizo hace poco un estupendo trabajo de marquetería fina con La anarquista. Repite ahora con otro formato de cámara, en el que su presencia es más evidente: La anarquista era un montaje desnudo, dos actrices frente a frente y poco más. Esto no quiere decir, desde luego, que estuviera ausente. En un montaje que funciona, siempre es buena señal que la mano del director sea invisible. En Kafka enamorado se aprecia necesariamente más su capacidad de orquestador, porque la función está más vestida: hermosa escenografía de Alicia Blas Brunel (¿Reciclada de La rendición? Si es así, funcionaba entonces y funciona ahora); delicada iluminación de Pilar Velasco; una música muy bien puesta por Luis Delgado; y un fantástico vestuario de Rosa García Andújar. Más aparente el de ella, como es lógico: en la foto de arriba del todo ven algo del discreto traje de Felice (que también luce una camiseta bordada y una túnica transparente muy molonas), y en ésta de al lado el fastuoso de Grete (también interpretada por Beatriz Argüello), que podría salir así vestida de asistir a un estreno de los Ballets Rusos. La foto no le hace mucha justicia. Pero me impresionó sobre todo el simple traje gris de Kafka: un pantalón de talle alto, con cintura ancha, y una chaqueta con las puntas inferiores siempre un poco proyectadas hacia adelante cuando la lleva abierta y las tapas de los bolsillos laterales inclinadas. Les parecerá que se me aceleran las neuronas, pero en esas tapas y esas puntas me pareció ver en germen todo el expresionismo alemán. Un vestuario claramente a favor de la construcción de los personajes.


Franz Kafka y Felice Bauer, los de verdad.
Si a uno le cuentan que la función está basada en la relación entre Kafka y Felice Bauer, con amplia presencia de las cartas que se escribieron, puede echarse a temblar, temiendo un ladrillo de cuidado. Pues nada de eso. Araújo ha sabido hilar un relato atractivo en el que las cartas, los encuentros, y algunos reflejos más o menos explícitos de la obra de Kafka, al menos de La metamorfosis El proceso, se suceden en una historia de ni contigo ni sin ti, sobre un tema de fondo: el compromiso moral del artista con su obra. Además, dura lo que tiene que durar.

Jesús Noguero, que compone un Kafka tierno, adorable por momentos, y Beatriz Argüello, que me perdí hace unos años, cuando se atrevió con 4.48 psicosis de Sarah Kane, se mueven en un registro reposado que le va a la función como anillo al dedo. Ambos con una dicción impecable, algo de cuya importancia sólo nos damos cuenta cuando tenemos delante a alguien que la domina. Me temo que el cine y la televisión nos han acostumbrado a dar por buena cualquier cosa. Los dos infinitamente más guapos que los personajes históricos, desde luego. Chema Ruiz, impecable en varios papeles secundarios. En conjunto, se le pasa a uno el rato volando ante este cuidado y pulido ejercicio de teatro de cámara.
P.J.L. Domínguez