miércoles, 8 de octubre de 2014

CON LA CLARIDAD AUMENTA EL FRÍO

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Thomas Bernahrd (dramaturgia de Pep Tosar) Director: Pep Tosar Intérpretes: Pep Tosar, Imma Colomer y Carlos Olalla. Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Tengo una complicada relación con Bernhard, como mucha otra gente. Hay que rendirse ante las virtudes de algunas de sus obras, y recuerdo ahora aquella Ante la jubilación que Portaceli dirigió con Walter Vidarte, Goria Muñoz y Teresa Lozano. Vidarte calificó el texto de “tremebundo, alentador y curioso”. “Alentador” debía de referirse al reto profesional planteado; como espectador, yo pondría “demoledor”.

    Pero se vuelve irritante cuando irrumpe en sus escritos en primera persona. Éstos que ha organizado Tosar no son otra cosa, pero ha encontrado, al dirigir e interpretar, un modo de decirlos que convierte al autor en un maniático cómico y casi entrañable. Mis premios, recién publicados textos de la pieza, son completamente distintos antes y después de oídos en escena. Desde ese punto de vista, el de una propuesta que marca su impronta en el espectador, el éxito es completo. 

Desde el teatral, el resultado es una pieza de cámara bien llevada, en la que la aridez de la declamación de unos textos no dramáticos se soslaya mediante la gran composición interpretativa del protagonista, la crucial colaboración de Imma Colomer y las transiciones, con el Bach de Glenn Gould en vídeo. La comicidad se esfuma en el aplastante discurso final, quizá un pelín largo: cuanto más claro veamos, más frío nos dará nuestra realidad. Me temo que estoy de acuerdo, pero odio que me lo recuerden.

Y lo que no cabía allí:
[Las frases en negrita son los nexos entre ambos textos]


Se vuelve irritante cuando irrumpe en sus escritos en primera persona. Irrumpe el más egocéntrico de los egocéntricos. Un tipo que hace alarde de que la circunstancia más relevante de haber recibido un premio sea que se compró un traje para el evento. Un ególatra maniático que lo desprecia todo. No puedo con él. Quizá -ya saben que, a menudo, los defectos que menos toleramos en los demás son los propios- porque me veo reflejado. Un poco reflejado, tampoco vayan a visualizarme ahora como un monstruo. El caso es que todo el talento literario de este tipo se me deshace entre los dedos que sostienen el libro en cuanto asoma este estomagante uso, abuso y exhibición del aborrecimiento que profesaba por el noventa por ciento de sus semejantes. Es admirable cuando, como a través de la ficción de Ante la jubilación, nos deja decidir por nosotros mismos que gran parte de la realidad apesta. Cuando lo dice él, me aburre tanto que me irrita. Creo que sólo hay otro escritor que me produzca un rechazo tan intenso, pero como está vivo y es español, no pienso decir quién es. Al menos no hoy ni ahora, deslomado como estoy tras terminar con las tareas del hogar.

Colomer, caracterizada. Gran
idea el pelucón.
Un maniático cómico y casi entrañable. Me recordó, salvadas las distancias, al Martín Romañana de Bryce Echenique (¿Etxenike?). Un tipo tierno atrapado en sus propios remolinos. El mérito, todo enterito, de Tosar, al que -obviamente- no le ha salido esto por casualidad. Se propuso encontrar el humor en algún lugar de estos escritos (que acaba de publicar Alianza Editorial), y lo ha encontrado en la exageración. Seré yo un obtuso, pero no veo por ninguna parte que lo pusiera Bernhard quien, por el contrario, lo que hace es magnificar con seriedad aplastante cualquier minúsculo detalle de su cotidianidad. Tosar le ha aplicado una gesticulación desesperada que nos hace reír más cuanta mayor desesperación denota. Un recurso que Woody Allen ha explotado a fondo. Añádanle una capacidad para el sobreentendido, para prolongar las frases con las manos o las cejas profundamente mediterránea: se encuentra idéntica en Barcelona o en Nápoles, en Madrid no la he visto. Como, en este caso, la prolongación sobreentendida de lo que se dice no hace más que ahondar en los meandros paranoides del personaje, el efecto cómico se multiplica. Se lo decía en la crítica en papel: la lectura de Mis premios antes y después de vista la función, no tiene nada que ver. Nunca podrán desprenderse de la comicidad añadida por Tosar.

Colomer, as herself.
Una pieza de cámara bien llevada. El recurso de contarle todo esto a un periodista -que es lo que ocurre en la función- era más o menos de cajón. Lo que es un toque de genialidad es colocar ahí en medio a la tía de Bernhard (él la llamaba tía, pero era una mujer que le sacaba treinta y ocho años, y de la que se enamoró a los diecisiete), que termina sus frases, introduce comentarios o dice "bueno..." mientras ladea la cabeza. En otra palabras: director y actriz se han inventado un personaje, evidentemente secundario, pero sin el cual la función no se tendría en pie. Colomer está sembrada. Se marca una de esas interpretaciones que le hacen pensar a uno que, cuando se baje del escenario, esta señora tiene que ser idéntica a lo que ha hecho arriba. De eso nada, claro. En el párrafo anterior la tienen de tía del neurótico paranoide -hecha a todo, nada de lo que él suelta por la boquita le hace mover medio músculo, todas estas marcianadas le parecen lo más normal del mundo- y aquí al lado, as herself.

La función no es  bocado para todos los gustos, pero todo el que frecuente el teatro apreciará la habilidad con que se ha superado un reto bien complicado. Hay que señalar el acierto del Grec al implicarse en el riesgo. Y el de la Abadía, que sigue programando teatro catalán. Viva el teatro catalán. Sería formidable que el paso siguiente fuera hacerlo EN catalán, al menos una función, ¿no? ¿Es que no lo vemos hasta en ruso? Pues razón de mas, digo yo...

He tardado tanto en publicar esta ampliación que me ha dado tiempo de ver, también en la Abadía, El principio de Arquímedes. No está nada mal, ya les contaré. 
 P.J.L. Domínguez

           

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