martes, 5 de febrero de 2013

EL LINDO DON DIEGO

Sala: Teatro Pavón Autor: Agustín Moreto (versión de Joaquín Hinojosa) Director: Carles Alfaro Intérpretes: Carlos Chamorro, Óscar de la Fuente, Javivi Gil, Natalia Hernández, Vicenta Ndongo, Raúl Prieto, Eduardo Soto, Cristóbal Suárez, Rebeca Valls. Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Si le cuentan que una pieza lleva generaciones acumulando éxito (Hamlet, La revoltosa, Don Juan Tenorio o El Mikado, me da lo mismo), va a verla, y no le gusta, desengáñese: se la han montado mal. El aval de la historia representa nada menos que la acumulación de miles de opiniones anteriores a la nuestra. No se equivoca casi nunca. Para nuestra suerte, Alfaro ha montado un lindo Don Diego que deja bien claros los motivos del éxito plurisecular de esta fantástica comedia. Repitamos el tópico: si hubiera sido escrita en inglés, habría por lo menos una película en blanco y negro (con Claudette Colbert, pongamos) y otra en color (de Kenneth Branagh, seguro, y musical si me apuran). Pero Moreto fue a nacer en Madrid, y eso se paga. La versión de Joaquín Hinojosa tiene la agilidad que los tiempos requieren. Si acaso, yo intentaría recortar un pelín del lío central con la misteriosa tapada entrando en la casa de marras. Pero, probablemente, es misión imposible si uno quiere conservar el lance, que debe ser conservado.

Carles Alfaro
Hinojosa firma también el texto introductorio del programa de mano, y ahí sí tengo algo que toserle. Es cierto que se abusa en ocasiones al buscar en textos históricos planteamientos ideológicos formados muy posteriormente. Pero no cabe olvidar, por ejemplo, que, mientras las multitudes aplaudían unánimes las brutalidades del circo, Séneca dejó un testimonio escrito de su rotunda oposición: "Al hombre, sagrado para el hombre, lo matan por diversión y risas". O que, en medio del fiestorro político-social montado en España con  las maravillosas perspectivas de la explotación de los indios, y menos de veinte años después del Descubrimiento, Fray Antonio de Montesinos puso las peras al cuarto desde Santo Domingo, con una prosa digna de Sain-Just: "¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?" (Por cierto: les suena a Shakespeare, ¿verdad? Es, talmente, el monólogo de Shylock. Hubiera sido otro ejemplo estupendo de posturas avant la lettre). O que, en 1867 (!), Karl Heinrich Ulrich tuvo las santas narices de declararse gay ante el Congreso de Juristas Alemanes de Munich (debía de ser una cuadrilla super-enrollada y simpática) solicitando la abolición del artículo 143 del código prusiano, que penalizaba la homosexualidad. Todos estos ejemplos, y muchos más, demuestran una cosa: ante cualquier situación de injusticia, y por muy alienante que sea el clima social, siempre es posible la aparición de un espíritu libre que denuncia. Es más, yo diría que ocurre siempre. Es como ese pequeño porcentaje de seres humanos que, ante una pandemia vírica, se salvaría por una característica de su ADN; como si la especie mantuviera siempre una pequeña reserva de conciencia crítica, que permita, antes o después, la superación del horror. ¿Y quién va a ser más capaz que un dramaturgo de percibir, y confesarse a sí mismo, las injusticias consagradas? ¿Quién más que un creador que está obligado, para el ejercicio de su arte, a reflexionar constantemente sobre las relaciones humanas y las motivaciones escondidas detrás de cada acción? 

Agustín Moreto, por Juan
de Pareja
Estoy perfectamente de acuerdo con Hinojosa en que El lindo don Diego se apunta sin ambages al orden establecido. Pero tengo dos cosas que decir a eso. La primera, es una prueba en contrario: la obsesiva presencia, en nuestro teatro clásico, de la cuestión de los matrimonios decididos a espaldas de la voluntad de las mujeres, demuestra estrepitosamente que la violencia de la situación era evidente para todo el mundo. Y la segunda: Hinojosa parece generalizar en cierta medida al decir que nada hay de feminismo adelantado "en textos donde es imposible su existencia". Llamo a declarar a Calderón: "Mi madre, persuadida / a finezas amorosas / fue, como ninguna, bella / y fue infeliz como todas." Y más adelante: "De éste, pues, mal dado nudo / que ni ata ni aprisiona / o matrimonio o delito / si bien todo es una cosa".  Si yo entiendo el castellano, Rosaura acaba de decir que todas las mujeres son infelices, y que el matrimonio es un delito. Si eso no es, por parte de Calderón, una forma de comprensión de las razones del otro escalofriantemente adelantada a su tiempo, que venga Dios y que lo vea.

Basta de rollo, vamos al tajo. Helena Pimenta, nueva directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico tuvo un rotundo éxito con su primer montaje al frente de la misma: La vida es sueño (recién citada). Y tiene ahora otro similar, como programadora, con El lindo Don Diego. Una fiesta para la vista, una fiesta de dirección e interpretación:

Fiesta para la vista: el siempre certero JM me decía a la salida: merece la pena venir sólo para ver la escenografía, el vestuario y el efecto final. Sí señor. La escenografía es de Paco Azorín, a quien le he visto aciertos tan rotundos como los de Nuestra clase, Münchausen o Ante la jubilación. Esto sí es una escenografía reducida al mínimo necesario, pero con una formidable potencia expresiva, no como esas cosas tan de moda, que terminan premiadas, como los sofás amontonados en el centro de la Abadía para Maridos y mujeres (no, no estoy obsesionado; es que el cerebro me crea enlaces automáticos entre todo lo que he visto recientemente). Unas rampas móviles y unos trucos de transparencia y reflexión, y ya está solucionado el constante ir y venir, y la complicadísima tarea de hacer comprensibles y atractivas para el espectador las escenas del protagonista ante el espejo. Un prodigio, vayan a verlo porque no lo voy a explicar.

Rebeca Valls
El vestuario, de María Araújo, consigue algo muy difícil  de conseguir: una serie de trajes que, en algunos casos, son verdaderas piezas singulares de mérito, pero que componen a la vez una sensación armónica de conjunto. El traje losangeado de Mosquito, los vestidos de Doña Leonor y Doña Inés, el estrambótico atavío de Don Diego y el traje de su criado, no tienen desperdicio. Algo (poco) apreciarán en la foto de la izquierda, y en la de más abajo (cliquen para verlas más grandes).

La iluminación, de Pedro Yagüe, perfecta. Digo "perfecta" con intención, porque debe combinarse con los artificios escénicos de transparencia y reflexión mencionados más arriba. O sale perfecto, o no hay quien sostenga el asunto. Y hay momentos de virtuosismo técnico y estético. El final -un Don Diego que, puesto ante la contradicción evidente entre su percepción de sí mismo y el desprecio ajeno, se tambalea, se disgrega casi- es un bellísimo remate del trabajo de Yagüe. Una escena moralmente idéntica a la disolución de Glenn Close al final de Las amistades peligrosas.


Fiesta de dirección e interpretación: estas comedias disparatadas estan plagadas de trampas para directores incautos. La que más víctimas produce suele ser el apayasamiento y la exageración de las actitudes de los personajes, algo que acaba indefectiblemente en Gaby, Fofó y Miliki (grandes, pero en otro género). Rinden agradecidas si, como ha hecho Alfaro, se da predominio al gesto contenido, se cuida el movimiento, y se da sentido a la cara que ponen los que no hablan. Lo voy a repetir, porque es una de esas cosas de primer orden, que parecen memeces cuando se dicen: las caras que ponen los que no hablan. Sencillo, ¿verdad? Bueno, pues estoy harto de ver comedias en las que quien lleva el parlamento se desgañita mientras el resto parece haber recibido sólo la indicación de "mientras él habla, tú oyes". Los personajes de Moreto se pasan la función soltando perlas que tienen que provocar todo tipo de reacciones en el resto, incluso, atención, en quienes se encuentran en segundo término. Y me gustaría ver la función  otra vez centrando la atención en esos segundos planos, de los que no se ha descuidado ninguno. 

La reina  de esa escucha en la que un leve movimiento de ceja o de la comisura de los labios resulta hilarante es Natalia Hernández, en Moreto o en lo que se le ponga por delante. Está maravillosa. Es una de esas mujeres, como Trinidad Iglesias, que si alzan el hombro dos centímetros acaparan la atención de la platea. Rebeca Valls salía bien parada en aquel despropósito de Los conserjes de San Felipe Neri, y eso lo dice todo de su capacidad. Monísima (lo siento, es la palabra justa y lo que diría mi señora madre) en Amar en tiempos revueltos, muy eficaz en Burundanga. Está aquí en la justa medida del personaje.   

Ya me bauticé en la religión de Javivi en el irregular Hamlet de Will Keen. Ahora voy a pedir la confirmación. Simplemente, no se puede hacer mejor. Creo que el Mosquito de Carlos Chamorro establece un punto de referencia para el gracioso de nuestro teatro clásico. Los ve uno demasiado a menudo patológicamente... iba a decir sobreactuados, pero no es la palabra adecuada: apayasados, grotescos, gesticulantes. Inverosímiles, para resumir. Su Mosquito es perfectamente creíble, y no menos divertido (más divertido; el otro registro sólo puede divertir a un menor de siete años). Vicenta Ndongo está bien aprovechada (algo que demuestra que en La sospecha estaba, simplemente, mal dirigida). Y Óscar de la Fuente hace muchísimo más de lo que se puede hacer habitualmente en un papel poco más que mudo, y que compone de maravilla: pizpireto, asustadizo, poquilla cosa. No me pregunten por qué, pero me recuerda a la tetera de La bella y la bestia en versión Disney. Igual de entrañable. Cristóbal Suárez está muy correcto en la parte menos lucida de la obra: hablo de memoria, pero me parece que es el único que no debe de tener ni una línea cómica. El serio de la comedia es siempre un papel ingrato. Rául Prieto, que es bueno, bueno (estaba impresionante en La función por hacer, y se llevó un Max), abusa aquí de una especie de vibrato característico, que no sé si es su timbre de voz natural. Nunca le he visto usarlo de manera tan continuada. Supongo que está a tiempo de corregirlo, quedan muchas funciones.

Si algo había complicado en este texto era Don Diego. Un figurón, suele decirse: un personaje literariamente deformado que lleva una característica negativa (en este caso la vanidad) hasta el paroxismo. Papel estupendo para fracasar estrepitosamente a base de hacer el tontito en el escenario. Eduardo Soto sale del trance como para que le lluevan premios (a ver si es verdad; los premios los dan en demasiadas ocasiones, no siempre, las parroquias profesionales, y no sé si está bien situado en cuanto a redes de favores mutuos). No parece un deficiente mental, que es el punto en el que suelen terminar las interpretaciones equivocadas, sino un tonto del culo, si me permiten la inevitable expresión. O sea: algo muy parecido a individuos con los que todos hemos tropezado. Aquí viene una nota importante. Uno se pasa la vida viendo a Cantinflas, y llega un momento en que olvida la existencia de un señor que se llama Mario Moreno. Edu Soto y el Neng son personas distintas. Tiene al primero en la foto de la izquierda y al segundo a la derecha. Espero que los distinga correctamente; si no, tiene problemas de percepción. Le puede caer bien uno y mal el otro. Por si el amable lector arrastra algún prejuicio respecto a esto, sobre el escenario del Pavón no se percibe la menor traza del Neng. Deje sus prejuicios en la puerta del teatro y dedíquese a disfrutar de la interpretación.
P.J.L. Domínguez


lunes, 4 de febrero de 2013

LOS CENCI

Sala: Teatro Español Autor: Antonin Artaud (versión de S. Sebastián) Dirección: Sonia Sebastián Intérpretes: Celia Freijeiro, Celso Bugallo, Maru Valdivielso, Daniel Holguín, Ronaldo San Martín, etc. Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
Celso Bugallo, Maru Valdivielso y Celia Freijeiro.


Artaud tomó esta anécdota histórica de una tragedia de Shelley y de un relato de Stendhal incluido en las Crónicas italianas (1836-1839): unas historias rebosantes de violencia que convenían tanto a la necesidad de paliar el aburrimiento del funcionario Henri Beyle como, un siglo más tarde, a la poética de crueldad desatada del dramaturgo. Estrenada en 1935, Les Cenci no pasó de las diecisiete representaciones. 


Francesco Cenci, un noble brutal y despiadado del siglo XVI, maltrata sistemáticamente a su familia, hasta llegar a la violación de su propia hija. Beatrice, su hermano Giacomo, y su madrastra Lucrezia Petroni, incapaces de seguir soportando al sadico, lo asesinan, y terminan ejecutados por la justicia del Papa, que hace caso omiso de las protestas del pueblo de Roma. El caso, como tantas veces ocurre, se instaló como arquetipo, primero en la conciencia popular, y después en la literatura y el arte: pieza teatral de Moravia, ópera de Ginastera, ensayo de Dumas... Su figura ha seguido viva y bien viva a lo largo de los siglos. Aquí al lado tienen un supuesto retrato de la joven, nada menos que de Guido Reni. A poco que busquen, encontrarán muchas más referencias.

Es obvio que el texto exige un montaje tirando a lo estrepitoso. Vamos, que no admite medias tintas. La opción de Sebastián ha sido la de amontonar todo tipo de artificios. Cuando digo todo tipo quiero decir todo tipo. Sólo le falta el neperiano (para entender esta críptica referencia, consulte este enlace). A ver si soy capaz de redactar una enumeración más o menos comprensible. Uno: la madrastra (pobre Maru Valdivielso) se pasa más de media función colgada (en los dos sentidos del término) de una barra de pole dance. Dos: personaje mudo, a veces ruge, que se contorsiona durante toda la función. Tres: heterogéneo vestuario de fantasía, pero tirando en la mayoría de los trajes hacia Mad Max. Cuatro: los actores deambulan por el pasillo del patio de butacas y ocupan los palcos de proscenio.


Cinco: algunas palabras del texto son pronunciadas simultáneamente por varios actores. Seis: otras veces, de forma consecutiva, o sea, en eco. Siete: música y otros sonidos tanto en vivo como grabados. Ocho: lugar destacado para una piscina transparente; el público ve a todo el que se sumerge en ella, como en un acuario (algo que estuvo muy de moda hace unos años). Nueve: parones de la acción, para dar lugar a escenas de intención plástica, con música a todo volumen y profusión de efectos de iluminación. Diez: el criado atraviesa un par de veces el escenario de parte a parte, lentamente y encorvado sobre un escobón. Once: la criada, provista del cubo correspondiente, salpica el proscenio de agua. Doce: tres esculturas, más o menos antropormórficas y de tamaño mayor que el de una persona, son paseadas por los actores en la escena de la fiesta. Trece: éste o aquel personaje escalan de vez en cuando el enrejado que rodea tres lados de la escenografía (y que pueden entrever en la foto de más arriba). Catorce: ...uff, igual ya basta para dar una idea, ¿no? Claro que Artaud, cuyo parentesco con el Grand-Guignol es evidente, pide a gritos baterías de efectos. Él mismo dijo de Les Cenci que pretendía representarla "en un baño constante de luz, de imágenes, de movimiento y de ruidos". Pero para atreverse a apilar toda clase de extravagancias en un escenario hay que tener una mano muy firme, un sentido superlativo del conjunto y del avance de la acción dramática, hay que... Bueno, no nos liemos, hay que ser Pandur, y punto. El resultado, en la función que nos ocupa, es un guirigay sin pies ni cabeza.

Eso en cuanto a todo lo que se ha puesto adrede. Enumeremos ahora lo que ha salido así, porque ha salido así. Uno: Francesco Cenci parece un anuncio de Respibién, antes de que el actor del anuncio se aplique el nebulizador. Es posible que esté acatarrado, y lo siento, pero no se puede ocultar que el efecto es grotesco. Además, no se le ha colocado en el registro que la bestia demanda. Dos: toda la habilidad desplegada en la iluminación de las superescenas citadas desaparece durante la mayor parte de los diálogos, dejando a los personajes bañados por una luz anodina y uniforme que parece de ensayo. Extraño, tratándose de Fischtel. Tres: Camilo, el monseñor, habla con un acento que parece que acaba de bajarse del rápido de Pontevedra. Cuatro: Hay notables altibajos entre los actores. Giacomo no da la talla y, además, cecea a ratos. 

Todos estos factores -deseados y no deseados- terminan sumando lo que el lector puede imaginar. En medio de este maremágnum, se acierta a ver que Celia Freijeiro es una buena actriz (ya se veía en Homicidios, a pesar de que la serie era espantosa). Y, de forma incomprensible, Maru Valdivielso acierta a colocar algunas frases, incluso sujeta a la maldita barra. Holguín se defiende. Hurra por la percusionista (no sé si en mi función era Neus Fontestad o Esther Tortosa).

           
P.J.L. Domínguez


martes, 29 de enero de 2013

YERMA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Federico García Lorca Director: Miguel Narros Intérpretes: Silvia Marsó, Marcial Álvarez, Iván Hermes, María Álvarez, Eva Marciel, Mona Martínez, Roser Pujol, etc. Duración: 1.55'
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Foto: Luis Malibrán


Telegrama: LUCES Y SOMBRAS stop DOS ESCENAS SALVAN FUNCIÓN IRREGULAR stop MARSÓ ALTIBAJOS stop MARCIAL ÁLVAREZ GRITA stop HERMES DESAPROVECHADO stop ESTUPENDA MARÍA ÁLVAREZ stop FANTÁSTICAS CUÑADAS stop SALEN AIROSAS MARÍA ÁLVAREZ, MONA MARTÍNEZ, EVA MARCIEL Y ROSER PUJOL stop FEO FINAL DESDE LA ROMERÍA stop


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Las estrellas que acompañan a la crítica suelen corresponder a una impresión general. Esta vez son la media de los elementos que funcionan, y de los que no. [La calificación era de tres estrellas] Lo contaré en el orden inverso. 

A ratos, extraña dirección de actores. Quien más lo sufre es Marcial Álvarez, que casi no para de gritar. Una lástima, da el tipo perfectamente y tiene la talla de intérprete requerida. Marsó empieza la función cambiando de registro casi a cada frase (pizpireta, abatida, alegre, melancólica…). Fatigoso. Y mima casi todo lo que dice: viento (ondular de brazos), luna (mirada hacia arriba), piedras (las pisa), pecho (se lo toca), etc. Más fatigoso aún. Pérdida de matices, como en la despedida de Víctor, donde la renuncia de Yerma debería entenderse clamorosamente. Hermes, completamente desaprovechado. Inicio trillado y antiguo de la escena de las lavanderas, con música mal elegida. Fea escena de romería, con un vestuario hasta ese momento impecable, y que ahí parece de baratillo. El final, que se las trae, sujeto con alfileres.

    Desde que la escena de las lavanderas supera su introducción, todo sube. Muy bien las chicas (sobre todo Mona Martínez). Sigue todo arriba en la cena, donde Marsó demuestra, monólogo final incluido, que podría hacer una gran Yerma. Esas dos escenas son lo mejor de la función. Muy bien puestas y muy bien encarnadas las cuñadas. Y muy bien María Álvarez, Eva Marciel y Roser Pujol, cada vez que abren la boca. En resumen: luces y sombras.
P.J.L. Domínguez


Las cuñadas son Asunción Díaz Alcuaz y Rocío Calvo (estupenda en el Ivan-Off de Martret, que vuelve a La Casa de la Portera). La mención no cabía en la critica de la Guía.
                                                                                             

lunes, 28 de enero de 2013

UN PASADO EN VENTA

Sala: La casa de la portera Autora: Marta Fernández Muro Directora: Pilar Massa Intérprete: Marta Fernández Muro Duración: 55'
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Hay actores que tienen la suerte inmensa de soltar una vez algo que se agarra como una lapa a las neuronas del espectador. Es Vivian Leigh clamando "a Dios pongo por testigo".  Es José Luis López Vazquez que, tras montar a su mujer en el autobús que se la lleva de vacaciones, y ante el panorama de quedarse al fin solo en Madrid, rompe a cantar "nos han dejao solos, somos de Tudela" (bailando). Es Aurora Bautista, la mujer más maravillosamente sobreactuada del cine español (porque se puede sobreactuar maravillosamente), susurrando ante el cadáver de Fernando Rey "el rey se ha dormido". Es la voz de Constantino Romero revelando "No. Yo soy tu padre". Se da en esos momentos una mágica confluencia de circunstancias y elementos imposibles de analizar; una ecuación con demasiadas variables. No hay quien explique por qué esos instantes, y no los de al lado, son los que sobreviven. Pero es indiscutible que uno de esos elementos es la habilidad del actor al colocar la frase. Véanse los ejemplos citados.

- He visto todas tus películas varias veces. El Paradigma del Mejillón la he visto hoy ya tres veces: a las cuatro, a las siete y a las once.
- ¿Y te gustó? - Sí, me gustó mucho la segunda vez, pero menos que la primera vez que vi Remake - ¿Y la quinta vez que viste Cara de Culo? - Me gustó menos que la primera vez que vi Remake, pero mucho más que la primera vez que vi Halitosis. Y a ti, ¿de todas cuál es la que te gusta más? - Mira, a mí las películas solo me gusta verlas pero no soporto hablar de ellas.

(Marta Fernández-Muro y Eusebio Poncela en La ley del deseo de Pedro Almodóvar, 1987)



Es muy posible que esté harta de que le recuerden esto, pero ahí es donde Marta Fernández-Muro se quedó irremediablemente adherida a nuestra memoria colectiva. Y no me digan que no hay que saber torear para soltar ese diálogo sin despeinarse. Pero las hadas que pasaron por la cuna de esta mujer debieron de ser numerosas. Además de su capacidad para provocar la ternura instantánea y universal, resulta que la extensa popularidad conseguida con esas pocas frases no se limita, como yo creía, a mi generación. Ayer, me di de bruces a la salida del teatro con un jovenzuelo de treinta abriles que reaccionó ante su nombre de inmediato con un "ah, la que salía en Cajón Desastre". Vamos, que quien la ve, no la olvida.


Lo que no le conocía era la habilidad literaria. Es autora de este monólogo, que las clava todas sin aparente esfuerzo. Esto del "sin aparente esfuerzo" es siempre un espejismo, claro. Cuanto más naturales parecen las cosas, más trabajadas tienen que estar. En Un pasado en venta, una señora de mediana edad un poco tronada nos va soltando incoherencias, aprovechando que hemos ido a ver la casa que pretende vender. "Ya perdonarán, pero como vivo sola, no tengo con quién desahogarme". Me tocó pensarme casi simultáneamente la crítica de esto y la de Maridos y mujeres y, respecto al mayor o menor realismo de esta última, solté una las mías (me encanta ponerme lapidario): la sensación de realidad se produce a menudo a partir de la combinación de elementos no realistas. Sí, ya sé que he descubierto el Mediterráneo, pero viene a cuento recordarlo ahora. Esta señora (un poco maniática, un mucho cotorra, un bastante frustrada) va componiendo un mosaico familiar en el que comparecen la tía enamorada de un ciervo disecado, el gato asesinado con mercurio o el tío obsesionado con que la luna le cayera encima. Mientras cuenta todo eso, se le escapa la ansiedad con la que lleva decenios manejando la relación con un hombre que -ella no se da mucha cuenta, pero nosotros sí- le ha destrozado la vida. Y así, entre esos retazos de un pasado improbable, va emergiendo un retrato tan verosímil y tan cercano, que todos salimos de allí con la sensación de haber conocido muchas señoras como ésta. 


Fernández-Muro está que se sale. Ha incorporado con extrema habilidad (qué digo habilidad, ¡maestría!) el repertorio gestual de estas señoras que. Cambia de registro como yo de calcetines. Hay un momento en el que, con viveza y buen humor, cuenta que su abuela tenía "un gusto exquisito". Cambio de registro: abatimiento. Y dice: "Un gusto exquisito... ya ven". La muletilla para pensar en otra cosa, con la mirada velada. Estupendo. La ha dirigido Pilar Massa que, en esto del teatro de cámara, venía de bordar Contraacciones en el María Guerrero, y que la mueve de maravilla.

No puedo terminar sin decir algo sobre La Casa de la Portera. Un ejemplo más de algo que, como me decía JM, debería saberse ya en todo el planeta: que en Madrid se ha producido una inaudita explosión de pequeñas salas. Yo presumo de pateármelo todo, y todavía me quedan varias que no he podido pisar. Ésta es mi segunda visita a los porteros. La anterior, un maravilloso Chejov (Ivan-Off) de José Martret. Y ahora, este delicioso monólogo que es la excusa perfecta para que conozcan el sitio. Si todavía no han ido, asúmanlo: no están al día. Ah, y llévense a sus madres, les va a encantar.


P.J.L. Domínguez

MARIDOS Y MUJERES

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Woody Allen (versión de A. Rigola; traducción de José Luis Guarner) Director: Àlex Rigola Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Miranda Gas, Elisabet Gelabert, Alberto Jiménez y Nuria Mencía. Duración: 1.25' 
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Primero un telegrama, que me parece que esto va a ser largo:  NOTABLE TRABAJO DE DIRECCIÓN DE ACTORES stop NOTABLE TRABAJO DE INTERPRETACIÓN stop TEXTO QUE SE PRESTA POCO A ESTE TIPO DE REALISMO stop EXCESO DE AMANERAMIENTO EN LA PUESTA EN ESCENA stop.

Y ahora, al toro. Este espectáculo va a recibir críticas más que elogiosas por todas partes. Ya han empezado: la de Miguel Gabaldón o la reseña de todosalteatro.com, por ejemplo, que resalta la "maestría habitual" de Rigola. (Nota del día siguiente: ya van dos mas, García Garzón en ABC y Javier Vilán en El Mundo). No quiero ni pensar en lo que será la de Marcos Ordóñez. ¿Por qué es esto previsible? Porque, aparte de que hay aciertos notables, como decía en el telegrama, se dan todas las circunstancias extracualitativas, por así decir, a su alrededor. Para empezar, el prestigio acumulado de Rigola, que no es poco: su 2666 es quizá de lo mejorcito que he visto y que veré en toda mi vida. Además, el de Woody Allen. Y, desde luego, el de los actores: Israel Elejalde, por ejemplo, es un actor en la cresta de la ola del aprecio entre sus colegas. Pero hay más. La puesta en escena de Maridos y mujeres sigue un modelo identificado con el éxito desde La función por hacer de Miguel del Arco.  En todo hay modas, también en esto. Énfasis en el trabajo actoral, escenografía esencial, naturalismo, ubicación de los intérpretes entre el público... Incluso la expectación previa en el medio, que fue enorme en La función por hacer, no sé si de forma espontánea o planificada, se ha reproducido ahora en cierta medida. Todo eso dio excelente resultado en La función, y muy buen resultado en Veraneantes. Aquí, mucho menos.

Me parece, humildemente, que el texto no es para echar cohetes.  A veces pienso que debo de tener una incapacidad congénita para apreciar estas narraciones hechas de retazos de vida (Closer o Babel, por citar dos recientes). Pero luego me acuerdo de Chejov, y concluyo que la incapacidad no es mía, y que algo les falta. Aquí la diferencia es evidente: todo lo que Allen cuenta y recuenta, machaca y remachaca (cómo no van a verbalizar hasta la saciedad estos personajes, hijos del psicoanálisis) es en el ruso silencio, reticencia. Otra cosa es la combinación del texto con la dirección y la interpretación del propio Allen en la película, pero el cine y el teatro son artes tan complejas que es perfectamente posible parir una obrón con una base literaria endeble. Es ésta una discusión eterna que se repite constantemente a raíz de los Oscar, o de cualquier otro premio de esa naturaleza, en su forma "¿Cómo le pueden dar el premio al mejor director y a la mejor película, y no al mejor guión?" (con todas las combinaciones posibles en las cursivas). Yo soy de los que creen que tiene su lógica. Ahí están los guiones de Chaplin, incurriendo a veces en el melodrama más tópico, que dieron lugar a obras inolvidables e interpretaciones excepcionales. Y si nos metemos en el teatro musical , desde la ópera hasta el musical actual, los buenos textos son más bien la excepción. Podríamos amontonar docenas de ejemplos. En resumen: me parece mucho más valioso el Allen inicial, incluidos los relatos cortos de Sin plumas o Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, que parecen a primera vista una tontería, pero que descabezan hasta al Padre Eterno y tienen una prodigiosa capacidad de infectar la visión del mundo del incauto lector, convencido de estar pasando un ratillo agradable. Es lo que tiene el humor.

Yo creo que la intención de Rigola es abiertamente realista. Digo "creo", porque mi habitual JM sostiene que, por el contrario, hay una pretensión de alejamiento brechtiano con la ruptura de la cuarta pared, los parlamentos al público, y todo ese blabla que ustedes conocen. A mí me parece que no. Si no es realismo esto de sentar a los actores en unos sofás en los que también hay público, y hacerles hablar exactamente como uno habla en su casa, que venga Dios y que lo vea. Y aquí viene una paradoja: en teatro, el realismo no siempre se consigue con un texto realista y una interpretación naturalista. El cine es otra cosa. Pero en el teatro, todos sabemos todo el tiempo que el vino es agua, o que la supuesta puerta de la calle da al vestíbulo de la sala. Esta verdad de Perogrullo tiene una consecuencia brutal: la sensación de realidad (más bien debería decir la sensación de verdad) no está garantizada, por mucho que los elementos sean realistas. Pocos momentos de esos cacé yo: el foco no concentra la mirada del espectador sobre la verdad de la historia, sino más bien sobre la pericia en su interpretación. (Por cierto, la inversa es cierta también: la sensación de realidad se produce a menudo a partir de la combinación de elementos no realistas. Para no aburrir con ejemplos, me basta el que el azar me ha puesto a mano: el mismo fin de semana he visto el monólogo de Marta Fernández Muro en La Casa de la Portera, cuya crítica el amable lector puede consultar en este enlace).

Álex Rigola
Y ahora diré algo a primera vista contradictorio (lo siento, el teatro es así). Si la opción realista se hubiera mantenido de forma sostenida, quizá la sensación de verdad sería mayor. Pero está entreverada de detalles que parecen boutades de dirección o, casi peor, opciones de taller de actores. (Por cierto: toda la función está impregnada de ese aire de taller, algo que será otro motivo para su éxito entre la profesión). Por ejemplo: los paseos entre las filas de butacas (¿para qué?); el largo silencio con la música del móvil (¿para qué?); la escena en la que, con Álex de pie detrás de Carlota inclinada, ambos intercambian frases como puñales sin parar de reír (¿para qué?); el monólogo de Álex subido a una mesa (¿para qué?). Es como si alguien hubiera dicho: "A ver, ahora repetid la escena pero sin parar de reír, y vemos qué sale". Insisto, aire de taller de interpretación. Me gustaría ver la misma función, en teatro a la italiana y sin esas escapadas tangentes.

Mencía y Bermejo en la mejor escena de la función
Los actores están bien, desde luego. A ratos muy bien. Luis Bermejo, excelente. Pero, en conjunto, esta sucesión de frases que cualquiera se oye pronunciar a sí mismo o escucha decir a sus amigos en las cenas de fin de semana, servidas en un contexto de interpretación naturalista salpimentada con las licencias mencionadas, se hace larga. Si por mi fuera, veinte minutos menos irían de perlas. Una observación final: la prueba de que la función podría ser mucho mejor está dentro de la misma función. La escena de la ruptura entre Bermejo y Nuria Mencía es realmente antológica. Durante unos minutos, zas, se produce un pico de tensión e irrumpe potente esa sensación de verosimilitud que, al menos yo, no fui capaz de percibir con intensidad el resto del tiempo. Si no la han visto todavía, agudicen la atención en ese momento. En conjunto, y con todas las pegas expresadas, la visión de Maridos y mujeres es interesante.


 
Julia Caba Alba
José Luis López Vázquez
Reminiscencias: ¿Se han dado cuenta de que la dicción y prosodia de Nuria Mencía se parecen extraordinaramente a las de la gran Julia Caba Alba? Otra: cuando a José Luis le preguntan qué tal va el sexo en su matrimonio, Elejalde debe mostrarse incómodo. Me pareció ver al no menos grande José Luis López Vázquez. No se me va la olla, fíjense bien. Que conste que esto son elogios.

Nota del 4 de febrero: ¿Recuerdan? Lo dije, está ahí arriba: Este espectáculo va a recibir críticas más que elogiosas por todas partes. Por fin salió la de Marcos Ordóñez, aquí la tienen.Para que nadie diga que no difundo opiniones con las que no comulgo.


P.J.L. Domínguez
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jueves, 24 de enero de 2013

HILVANANDO CIELOS

Sala: Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva) Autor y director: Paco Zarzoso Intérpretes: Ruth Atienza, Luis Campos, Lola López, Carles Sanjaime y Mireia Sobrevela Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Dice el dossier de prensa que la obra tuvo en Buenos Aires un gran éxito de crítica y público. Mi colega de La Nación remataba de esta manera: "la obra de Zarzoso genera una sosegada, sedativa y amable tranquilidad". En ese punto estoy de acuerdo: tan sedativa que cuesta no dormirse. 

Puede que lo de Buenos Aires funcionara mejor, esto de Madrid no es más que un tostón insoportable de setenta y cinco minutos. Y para que no me acusen de ocultar la parte elogiosa de la crítica de Verónica Pagés en La Nación, aquí está el enlace.
P.J.L. Domínguez




martes, 22 de enero de 2013

LA RENDICIÓN

Sala: Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa) Autor: Toni Bentley (versión de Isabelle Stoffel; traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla) Director: Sigfrid Monleón Intérprete: Isabelle Stoffel Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Digámoslo cuanto antes: La rendición es una apología del sexo anal. Qué digo, apología. Análisis, disección, magnificación y glorificación del sexo anal. Con una tesis de base: lo físico, lo que tiene que ver con el cuerpo, es más fiable y fuente más intensa de satisfacción que cualquier otra cosa. Bueno, estoy radicalmente en contra de esta afirmación, como la abrumadoramente mayoritaria línea del pensamiento occidental desde, al menos, Platón (del oriental también). Aunque eso no es un obstáculo: la base ideológica de Los tres mosqueteros es repugnante, y la novela me encanta.

Toni Bentley
Toni Bentley repite allá donde le pregunten que el texto es autobiográfico, cosa que entiendo que sea muy importante para ella, pero que a los demás nos importa un bledo: ese rasgo no añade valor literario. La obra se inscribe en una tradición casi centenaria de erotismo escrito por mujeres -desde Anaïs Nin- que últimamente ha saltado a la liga de los best-seller con Cincuenta sombras de Grey y su cola de seguidoras. El enfoque autobiográfico tuvo un precedente de bastante éxito hace poco: Diario de una ninfómana de Valérie Tasso (que llegó al cine). Pero pongamos las cosas en su sitio: La rendición no es sólo un relato erótico. Los fragmentos de pura descripción son escasos y relativamente breves, al menos en la versión escénica. Menos mal. Nada más divertido que el sexo o la comida, pero nada más aburrido que el Kama-Sutra o un libro de recetas. Los aspectos más interesantes del relato son los que explican la evolución mental de la protagonista: una mujer marcada por su intensa dedicación a la danza clásica y por la incapacidad de acceder al sentimiento religioso. El proceso de generación del mapa físico-mental de la jovencita sometida a esas dos circunstancias está bien narrado. Uno entiende perfectamente por qué termina absolutamente colgada (el cuerpo me pide otro vocablo, pero no es muy correcto) de un individuo que le proporciona, por una parte, el mayor placer físico jamás experimentado y, por otra, algo a lo que rendirse de forma absoluta (de ahí el título). A mí todo esto me escandaliza más o menos tanto como Los tres cerditos, pero supongo que a personas con otra sensibilidad puede resultarles duro. Quizá, sobre todo, más por las alusiones religiosas que por la cuestión sexual. 



En fin: no es un monumento de la literatura, pero resulta ameno, y está salpicado, aquí y allá, de hallazgos ingeniosos. A mí me gustaron sobre todos dos. La evocación de haber confeccionado una lista con cincuenta y dos motivos de resentimiento (me parece una cifra modesta) y el fragmento en el que la protagonista explica (con ayuda de una ilustración como ésta de la derecha) que, dado que en el ano se yuxtaponen un músculo que somos capaces de controlar a voluntad y otro de funcionamiento reflejo, ése es el punto de nuestro organismo donde nuestra conciencia y el subconsciente están más cerca. Aunque la conclusión -que consentir una penetración anal es la forma más total de entrega de uno mismo- hace decenios que circula entre los clásicos del psicoanálisis y del cine porno.

Excelente traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla, es como si el original estuviera escrito en castellano. Algo que no es frecuente en el teatro representado, no me pregunten por qué. Proviene de la edición castellana de la novela, en la que se ha basado Isabelle Stoffel para la versión escénica. Versión estupenda, con la duración justa que el relato precisa, y en la que la narración avanza convincente. Sólo recortaría un poco los ya mencionados fragmentos de descripción pura y dura de la sodomía, aunque es posible que, para esa parte del público que tenga la suerte de escandalizarse, cumplan su función dramatúrgica. Piensa uno con cierta frecuencia para qué demonios se escenifican textos que no ganan nada al ser representados, pero en este caso es evidente que lo que escuchamos es más de lo que sería su lectura. Mérito de la versión, y de lo que sigue en los dos párrafos que me faltan.

La puesta en escena saca al texto todo el provecho posible. El pequeño espacio de la Sala de la Princesa está muy bien exprimido por una escenografía firmada por Alicia Blas Brunel y Alain Bainée que permite a la actriz entrar y salir por distintos recovecos, hablar a través de una celosía o mostrar sólo su silueta. Monleón ha sabido vestir lo que, a fin de cuentas, no es más que un monólogo, hasta conseguir una función de cierta complejidad. Mueve bien a la actriz (la sienta, la tumba, la pasea, la arrodilla); explota utilería (velas, cintas de casete, cajas, rosario...), iluminación (Pilar Velasco), vestuario (Cristina Rodríguez) imágenes proyectadas y voz grabada para introducir ritmo y amenidad. El conjunto termina por estar muy por encima de la base literaria.

Pero, probablemente, el mayor acierto está en el registro interpretativo. Esto no se sostendría ni con una postura provocativa, o simplemente picante, ni subrayando el aspecto chistoso de la cosa (que lo tiene). Seguramente han sido tentaciones presentes, pero Stoffel larga las mayores barbaridades como quien cuenta que ha bajado a por el pan, y logra que el relato se mantenga en pie. Su belleza y su acento alemán ayudan, dan un aura de exotismo al personaje. Bien arropada por caracterización, luz, vestuario y decorado, esquiva el riesgo evidente de retratar a una desequilibrada obsesa por el sexo, y consigue cuajar una verosímil muchacha que empezó bailando ballet y era incapaz de encontrar a Dios. 
P.J.L. Domínguez



lunes, 21 de enero de 2013

LOS HABITANTES DE LA CASA DESHABITADA

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Enrique Jardiel Poncela Director: Ignacio García Intérpretes: Pepe Viyuela, Juan Carlos Talavera, Paloma Paso Jardiel, Abigail Tomey, Pilar San José, Susana Hernández, Manuel Millán, Ramón Serrada, Matijn Kuiper, etc.  Duración: 1.40'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Tengo por Jardiel una adoración reverencial. En vez de desparramar adjetivos voy a soltar un tópico: si hubiera nacido en Arkansas sería tan conocido como Groucho o Woody Allen. No exagero, la inteligencia desbordada de este hombre resiste cualquier comparación. Repetiré cada vez que hable de él, y hasta la muerte, que en un país normal habría siempre en cartel cuatro o cinco jardieles, en Madrid, en Lugo o en Albacete. Pero, ¿cuántos países normales hay en el mundo? No más de tres o cuatro, y éste no está en el grupo.
Enrique Jardiel Poncela, el genio.
Los habitantes de la casa deshabitada no tiene precio. Por sí sola, justificaría que se le dedicaran plazas a su autor. Es un delirio cómico con historia de pareja joven dentro, igual que algunas de las películas del citado Groucho y sus hermanos. Es muy difícil de hacer. Las obras de Jardiel tienen una engañosa apariencia de facilidad que las convierte en una trampa mortal para el teatro de aficionados y los grupos universitarios, que no cejan en el empeño de montarlas (algo que, por otra parte, me parece estupendo). Los textos son tan tronchantes a la lectura, todo encaja con tal perfección, que parece que basta con soltarlos en el escenario. Y no es así,  sólo funcionan bajo un cuidadísimo control del movimiento y la expresión de todos y cada uno de los actores en escena, incluso los que están en segundo término o corren pegando tiros por las escaleras. Si quieren ver un ejemplo muy bien resuelto busquen Eloísa está bajo un almendro en la versión de Rafael Gil (1943). Si quieren ver un ejemplo mal resuelto, pásense por el Fernán-Gómez.

El gran Saza
Atentos, porque llega una de las más horrendas frases tipo del crítico (peor aún: del gran aficionado al teatro). "Yo se la vi a...". Ahí va: Yo se la vi a Saza. Al inmenso Sazatornil. Dirigido por Mara Recatero, una especialista en Jardiel. Y andaban sueltos por allí Manuel Gallardo, Ana María Vidal y Manuela Paso (trece años antes de que le dieran un Max por La función por hacer). También Paloma Paso Jardiel, que repite ahora, y de la que algo diremos más abajo. Aquello fue un éxito antológico (vean la publicidad en ABC en junio del 99). A la salida, me dolía el estómago de tanto reír. Con Jardiel, la crítica es muy sencilla: ¿Le duele el estómago? Bien ¿No le duele? Mal. En este teatro el humor es la esencia.

Estreno en 1942. ¿Ven que se puede hacer
teatro sin proyecciones de vídeo?

Vamos por partes. La escenografía (un bombón para el diseñador, porque la trama pide de todo) es feota. En cuanto a rendimiento, el comedor -ocasión de lucirse- mal encajado y demasiado lejano. Las proyecciones, prescindibles. El vestuario, más bien de salir del paso. Por ejemplo: claro que el fantasma y el hombre sin cabeza son, en la historia, un burdo apaño armado por una panda de inútiles. Pero la trasposición de ese concepto intacto al escenario da la impresión de un burdo apaño armado por una compañía sin medios. Artiñano es un artista sin discusión, pero esto va menos que raspado. El movimiento de actores, desastroso. Cuando la acción se precipita, todo el mundo debe correr por todas partes, y salir y entrar del escenario como en un vodevil enloquecido. O se mide todo bien medido, o parecen los payasos de la tele (cierto que la inmensa boca del Fernán-Gómez ayuda poco). 

Y lo más difícil de todo, lo más importante de todo y, en este caso, lo peor de todo: el tono. Simplemente, no hay registro de conjunto. Viyuela se salva, le basta con aplicar el repertorio para que el respetable se ría. Se salva también Pilar San José, cuando a la encantadora locuela que es Susana más le patinan las sinapsis. Y se salva, desde luego, Paloma Paso Jardiel, que supongo que sabría bordar el papel hasta en un andén del metro. (¿Se han fijado en los apellidos? Sí, es lo que parece. Esta mujer me produce el mismo estupor místico que experimenté cuando conocí a la sobrina de Falla. Lleva en las venas el teatro español del siglo XX). Ramón Serrada, digno. Tan estirado como pide el papel y más contenido que los compañeros de correrías.

Los demás, dejados de la mano de Dios. El galán joven, para empezar, no da el físico necesario. Esto puede parecer cruel, pero no lo es: la culpa no es suya. Le ponen además un pelucón inenarrable y más rimmel que a Marujita Díaz. Ni el mejor actor sería capaz de salir airoso. La joven dama, francamente mejorable (por no hablar del vestido). Alto: debo decir algo en favor de ambos. Con estos jóvenes protagonistas serios empotrados en un disparate (como en las pelis de los Marx que citaba más arriba), casi no hay manera de acertar. Son papeles malditos. Pero sigamos: la madre, a años luz de la tenebrosa bruja que debe componer; el jefe de los malvados, muy alto, muy guapo, y muy macizo, sí, pero expresivo como  un pedazo de madera.

Como casi siempre, JM me dio la clave a la salida. Esto sólo funciona si se interpreta con extrema seriedad, entreverada de estupor. A los personajes les están pasando cosas horrorosas, y van de sorpresa en sorpresa. No se puede salir al escenario buscando la inmediata complicidad del chiste. Precisamente, lo que genera la carcajada es el contraste entre el mal trago y lo radicalmente absurdo de la situación y los dialogos. Recuerden a Saza, ése es el tono.
P.J.L. Domínguez