sábado, 31 de mayo de 2014

EL NOMBRE

Sala: Teatro Maravillas Autor: Mathieu Delaporte y Alexandre de la Patelière (versión de Jordi Galcerán) Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Amparo Larrañaga, Antonio Molero, César Camino, Jorge Bosch y Kira Miró  Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Aunque Locos por el té le birló el Molière en 2011, El nombre me parece la mejor de las muchas comedias francesas que nos han visitado últimamente (salvada La verdad, que es otra cosa). Impecablemente trasvasada por Galcerán al castellano, tanto al idioma como al sentido del humor. El público, encantado: nada más gratificante que partirse de risa con algo que no parece sólo una payasada –con todos los respetos a las payasadas- sino que deja la sensación de vida real. “Es que todas las familias son así”, decía una señora a la salida de mi función.


    Olivares ha montado una comedia que sigue los cánones al pie de la letra. Es lo que había que hacer. Antonio Molero, Jorge Bosch (Felgood) y César Camino (Burundanga), estupendos. Al último lo han colocado, quizá, un pelín demasiado serio en la explicación que todo lo corona. Larrañaga, resultona, simpática, bien en el giro del personaje. Kira Miró, agradabilísima sorpresa. ¿Es la misma de Fuga y La verdad? El momentazo de la función es su golpe contra el sofá.


Y lo que no cabía allí

El extraño caso de los muebles rotos
(o Las Paradojas del Realismo)

Creo que se lo conté alguna vez, pero me viene tan al pelo que voy a repetirlo. Hace mucho tiempo, cuando se discutía por aquí y por allá si el Príncipe (el de Asturias, no el de Bekelaer) podía o no podía casarse con una plebeya, le pregunté a mi hermana qué le parecía a ella. Su respuesta me sigue iluminando. Me dijo que hay preguntas sin respuesta posible, porque se plantean en marcos que excluyen a priori cualquier salida lógica. Es imposible mantener la lógica de las cosas dentro de un sistema, el de la jefatura del estado por vía uterina, perfectamente ilógico.

Esto mismo le pasa al realismo. El realismo es la pretensión de reproducir la realidad. Pero este paso de la dad al ismo es, por decirlo en una sola palabra, imposible. La realiDAD no tiene nada que hacer en el arte. Graben hora y media seguida de realidad en cualquier sitio y proyéctenla. Ya no es realiDAD, porque ha pasado por la elección de lugar, encuadre, etcétera, y porque la hemos reducido nada menos que de tres a dos dimensiones, pero en fin, es lo más próximo que podemos conseguir. Por supuesto, es perfectamente insoportable. Cualquier realISMO debe introducir enormes distorsiones a la realiDAD para ser soportable, pero sobre todo, y aquí viene la pasmosa paradoja, para PARECER real. Y como esas distorsiones, el conjunto de las cuales podría ser llamado estilo, pueden ser de distinto tipo, resulta que puede haber muchos realISMOS distintos, pretendiendo todos reproducir la realiDAD.

¿Por qué me da ahora por endilgarles esta homilía? Porque, como en el caso de la boda principesca, esta premisa imposible a la que llamamos realismo produce consecuencias desprovistas de lógica, como el caso de los muebles rotos. En El nombre se rompe una mesa. Se rompe de manera admirable, produciendo en el espectador un segundo de terror tipo "Dios mío, se ha roto la mesa". Pero, inmediatamente, uno entiende que es un efecto perfectamente conseguido, muy realista, se relaja, y sigue disfrutando de la narración realista. En Como gustéis se rompe una hamaca. Produce un segundo de admiración tipo "caray, qué bien se ha roto la hamaca". Pero, inmediatamente, uno entiende que se ha roto de verdad, y eso da completamente al traste con la percepción del espectáculo, que sufre una violenta discontinuidad, con el señor de atrás diciéndole a su esposa (o similar), "pero... ¿se ha roto de verdad?". 

Aquí viene la paradoja. En realidad, yo no sé con certeza si la mesa de El nombre ha sufrido una rotura fingida y si la hamaca de Como gustéis una real. Es lo que parecía. Y si parece un truco el realismo no sufre, mientras que si parece real el realismo se va al traste. O sea: la invitada menos apreciada en el realismo es la realidad. Es como cuando uno entiende que la Liddell se está cortando de verdad con esa cuchilla, y aquello deja de ser teatro para ser vaya usted a saber qué.

* * *

Ustedes ya saben que Antonio Molero y Jorge Bosch son excelentes actores. Quizá no, si no lo vieron en Burundanga, que César Camino también lo es, así que se lo comunico formalmente. Ha sido un acierto elegirlo para el papel, porque es un tipo que resulta en seguida adorable, que es lo que hacía falta. Es posible que sepan que Amparo Larrañaga es, a veces, un poco impostada, un poco chica Gilmore; es, pues, oportuno, señalar que en El nombre modera considerablemente esa tendencia y está mucho mejor. Y no sé si tendrán idea de que Kira Miró parece aquí -y nunca la había visto ni remotamente tan bien colocada- una consumada actriz de comedia. En ese encontronazo contra el sofá que menciono en la Guía, el golpe se convierte -como suele suceder- en el detonante de una explosión que lleva un rato reteniendo: ni la señora de delante ni yo podíamos dejar de reírnos. El nombre es lo mejor que le he visto a Gabriel Olivares, exceptuada Verónica, que es un trabajo codirigido.
P.J.L. Domínguez
           

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ánimo, comente. Soy buen encajador.