domingo, 25 de octubre de 2015

STOCKMANN

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Henrik Ibsen (versión de Oriol Tarrasón)  Director: Oriol Tarrasón Intérpretes: Mario Tardón, Jimena La Motta, Ana Mayo, Jorge Suquet y Bernat Quintana Duración: 1.05'
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Jorge Suquet, Mario Tardón y Ana Mayo. No da mucha idea del espacio escénico,
pero es apenas la única foto que encuentro con el elenco de Madrid.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Viendo Liberto hace unos días pensaba, como otras miles de veces, en la distancia entre las buenas intenciones y el buen teatro. Un enemigo del pueblo no es buen teatro por sus buenas intenciones –la defensa de la verdad frente al interés- sino por el excelente retrato de cómo los seres humanos se comportan ante este tipo de conflicto. Tarrasón ha dejado en apenas hora y cuarto un retrato que, en la última gran versión montada por aquí (la de Gerardo Vera), duraba casi dos horas. Las buenas intenciones quedan intactas, pero el buen teatro un poco desmochado.


    Lo perdido por ahí se ha querido ganar echando estilo a la cosa, y algún resultado se obtiene. Los intérpretes están a la vista incluso cuando callan, los actos se anuncian desde un micrófono (el único libre que debe de quedar en Madrid mientras se represente El burlador de Sevilla en el Español), el suelo está sembrado de copas de Martini. Esta simple descripción podría hacer pensar en lo peor, pero la convicción con que los actores se toman el empeño (me gustan Mayo y Suquet) y el ritmo sostenido de la función alejan el peligro de postureo. No sobra el micrófono, las copas se justifican en la escena más intensa, los actores dando vueltas por ahí prestan el tono de taller de interpretación tan de moda desde La función por hacer. A fin de cuentas, este Ibsen resumido nos procura un buen rato.

Y lo que no cabía allí:

1.- La crítica en papel fue escrita el miércoles 14, y estoy escribiendo el jueves 22. En estos ocho días la función ha ganado en mi recuerdo. Siempre les digo que, a menudo, la memoria reclasifica las cosas: atenúa entusiasmos o refuerza alguna impresión débil. Creo que me gusta más hoy que el día en que la vi, pero se mantiene intacta la sensación de que se queda algo corta. Esto, en el fondo, es un elogio. Mi maestro nos enseñaba que la buena música es la que hace que el tiempo pase más rápido. Hoy tengo más motivos para entender esa sensación, porque me he dado cuenta de que había un error en el texto que mandé a imprimir. "Escasa hora y cuarto", dice, cuando la anotación que hice en el programa de mano señala una hora y cinco. Estarán pensando, "tanto da". No exactamente. Esto de la duración es de una importancia extrema. Más: tratándose, como es el teatro, de un arte del tiempo, es el dato más importante de un espectáculo.

Van a decir que son elucubraciones mías, pero creo firmemente que hay una línea divisoria importante situada, más o menos, entre los sesenta y los setenta y cinco minutos. O sea: que las funciones que duran menos de una hora son una cosa y las que duran más de hora y cuarto son otra cosa completamente distinta. Por eso se produce un fenómeno que, si empiezan a fijarse, verán que es bastante corriente. Muchos espectáculos que no llegan a la hora hinchan la duración y publican "una hora y diez minutos" o algo por el estilo. ¿Por qué? Porque hay una percepción, más o menos consciente, de ese salto de género que se produce en ese intervalo. Nadie ha dicho que, por definición, vaya a ser mejor un dramón de tres horas que una performance de quince minutos, sería como sumar peras con manzanas. Pero los seres humanos tenemos una atracción irresistible por la cantidad por encima de la calidad (debe de ser un resto de cuando vagábamos en busca de caza), y -visto este fenómeno que les gloso- parece que hay que tener un par de narices para confesar que tu espectáculo dura cincuenta minutos.

Dicho todo esto, en Stockmann (y no me refiero a Ibsen, sino a la puesta en escena) hay material dramatúrgico para prolongar la duración significativamente. O sea: por encima de esa divisoria de la hora y cuarto. Se me quedó corta.

2.- Ampliemos un poco lo de "echar estilo", que en la crítica en papel va tan resumido que es complicado de entender. "Estilo" es un palabra que está apareciendo mucho en este blog últimamente (véase Al galope). Claro que todo es estilo en un montaje. Incluso la voluntaria ausencia de estilo lo es. Pero todos nos entendemos si decimos que una puesta en escena es "desnuda" ("desnuda" cuando la ponemos bien, "pobre" para lo contrario). Significa que no se han invertido neuronas ni euros en lo accesorio, entendiendo por esencial al intérprete, el texto y el gesto. Aquí sí. Se han invertido. Al fondo, pizarra. Les pongo una foto que no es de la versión programada en el Fernán-Gómez, pero que nos sirve.


De moda: estaba en ese aburrimiento de Los miércoles no existen que sigue cosechando éxitos (para mí) incomprensibles. Estaba en Maridos y mujeres. Ahora que lo pienso, estaba -hipertrofiada, tecnologizada, pero pizarra al fin- en el Fausto de Pandur. Es un tributo al estilo (la maniera, el postureo, llámenlo como quieran), pero se usa de forma modesta y pertinente.

Otro elemento de moda: los micrófonos. Saltaron de la vanguardia al espacio exterior hace unos años. Después de Las amistades peligrosas, donde ya molestaban un poquito, le han producido a Facal un cólico microfónico que ha titulado El burlador de Sevilla. Quizá sea ése el peor ejemplo, pero por citar sólo lo más reciente (porque están por todas partes) sobra también su uso por las actrices (otra cosa es la cantante) en Liberto. Aquí es un tributo más al estilo, pero resulta que también se usa de forma modesta y pertinente. Una de las actrices anuncia los actos con una pequeña glosa sobre lo que en cada uno de ellos ocurre. Vale. Lo hemos entendido. Funciona.

Otro: los intérpretes todo el tiempo a la vista. A veces es un amaneramiento insufrible. Aquí parece lo que creo que es: una manera natural de afrontar las limitaciones del espacio. También se entiende.

Arranque resbaladizo: superpostureo, todos en albornoz, gafas de sol, gesticulación jet-set, qué superguays somos todos en este balneario. No resbalan, se sostiene, cuela.

Elemento de peligrosa justificación: suelo plagado de copas de Martini. El cementerio de las puestas en escena está plagado de montajes asesinados por ideas felices de este tipo que el director mantiene contra viento y marea aunque tenga que cargarse todo el resto. Siento insistir, pero los micrófonos del Burlador son un ejemplo perfecto. Las copas añaden, además, un peligroso efecto que expulsa al espectador de la ficción, porque no puede evitar pensar cada tanto "ay, que le da una patada". Si la función llega a terminar con las copas en su sitio estaría yo ahora aconsejando -como si alguien fuera a hacerme caso, de ilusión también se vive- que hicieran el favor de quitarlas de en medio. Pero no, resulta que las copas se usan.


ATENCIÓN: SPOILER

Los conciudanos del molesto Stockmann le muestran su desprecio en la escena más violenta arrojándole a la cara el contenido de las copas. Es una pirueta interesante: las justifica, se basa en una elemental metonimia hidráulica, escenifica una violencia psicológica extrema, pero sin violencias de otro tipo que cargarían las tintas. Yo diría que es lo mejor de la función.

En resumen: utilizando la terminología schonbergiana, el estilo no se come a la idea.

3.- Cuando escribí que me gustaba Suquet no tenía idea de que era televisivo (casi no veo la tele, no porque no me guste, sino porque no tengo tiempo). Y hasta popular. Se le ve a gusto en el escenario, muy suelto, esa sensación que dan algunos actores de vivir ahí. Ana Mayo está realmente estupenda, no sólo en un su papel principal, sino también en el breve doblete en el que el cambio de personaje está indicado por el único signo externo de un abrigo. Era muy fácil que a alguien le diera la risa - ya saben que el teatro es un engaño que pende siempre de un hilo- pero no le da a nadie. Eso se consigue con carácter. Estoy deseando verla en Los desvaríos del veraneo, ya en el Fígaro. También La Motta tiene sus momentos. El protagonista se me quedó un pelín corto (bastante mejor en El juego del amor y del azar) y su hermano un pelín estereotipado.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 20 de octubre de 2015

AL GALOPE

Sala: Teatro Español Autores: Mark Hampton y Mary Louise Wilson (versión de Joan Sellent) Director: Guido Torlonia Intérprete: Carme Elías Duración: 1.25'
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La de arriba es Carme Elías (más guapa, desde luego) y la de abajo Diana Vreeland.
Olviden la proyección goyesca, que afortunadamente dura poco.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 La obsesión por el buen gusto me ha producido siempre aversión, cosas de mi educación calvinista. Luego entendí que lo que realmente me da escalofríos es el mediopelismo. Porque el estilo llevado al límite causa, como toda sofisticación extrema del intelecto, asombro y –lo confieso- admiración.


    Para estilo, Diana Vreeland, quien inventaría, en Harper’s Bazaar y Vogue, el papel de tirana de redacción explotado por El diablo se viste de Prada. Un personaje sin desperdicio. Fragmentos de su vida, telefonazos a los amigos, conversaciones con su secretaria a través del interfono, explican a una mujer con la que uno mataría por irse a cenar. Desfilan por allí Coco Chanel, Helena Rubinstein, Joséphine Baker, Nijinski, Gulbenkian… Un siglo de high society, de historia de la moda y el arte, de estilo y –quizá lo más relevante- de cómo el estilo puede identificarse con la vida. 

El montaje de Torlonia, que ya dirigió la versión italiana en 1997, es un amplio bulevar (en el que sólo sobran las proyecciones) por el que Carme Elías se pasea exhibiendo una identificación con el personaje sólo posible a partir de la plenitud en su oficio. Una oportunidad de lucimiento extremo aprovechada a fondo. Siento tanto habérmela perdido en catalán que voy a intentar, al menos, verla otra vez en castellano. Atención, porque van a volar las entradas. 

P.J.L. Domínguez
          

lunes, 19 de octubre de 2015

LOS CACIQUES

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Carlos Arniches (versión de Juanjo Seoane y Ángel F. Montesinos) Director: Ángel Fernández Montesinos Intérpretes: Víctor Anciones, Marisol Ayuso, Juan Calot, Fernando Conde, Óscar Hernández, Alejandro Navamuel, Elena Román, Rául Sanz y Juan Jesús Valverde Duración: 1.25'
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Marisol Ayuso y Fernando Conde demostrando que Arniches sigue  vivo y no
necesita de respiración artificial: basta interpretar.

Casi todo el mundo, menos García Garzón, la ha puesto ya a caer de un burro, y yo no voy a ser menos. Es insufrible. La versión es pésima y la dirección un auténtico lastre para la probada capacidad de algunos de los intérpretes. Más hubiera valido dejarlos solos.


Y todo el mundo que si Arniches sigue vigente, que si la actualización por aquí, que si los chistes hay que tocarlos o no por allá. Estos debates me aburren casi tanto como los programas de cocina. Actualice quien quiera, estaría bueno que fuéramos a permitir que se actualice a Shakespeare pero no a Arniches. Actualice, eso sí, con algo de tino, porque lo del María Guerrero está actualizado con los pies (por aquí sí y por allí no, castizo ahora y desnatado luego). Pero háganme un favor: no juzguen si el texto está o no está pasado de moda a la luz de esta interpretación morosa, lenta, que alaaaaaarga las conversaciones, que multiplica la gesticulación de payaso (por Dios, que alguien le diga a Óscar Hernández que disminuya el número y profundidad de las reverencias) y que sería capaz de desactivar la potencia de cualquier chiste escrito por Groucho, por Jardiel o por San Chisteador Bendito. 


Y sobre todo: no paso ni media palabra sobre la tontería esta de que la forma de representar el sainete ya no puede ser la de antes. Resulta que ninguno de nosotros vio el estreno en 1920, pero ¿qué es esto de pensar que nuestros abuelos eran idiotas? Es un absurdo prejuicio de quienes no saben contar la historia y lo quieren explicar todo con la gran falacia de que somos más listos que nuestros ancestros. Pueden estar seguros de que en 1920 un sainete de este tipo se podía representar de dos maneras: mal o bien. Entonces, como ahora, representarlo mal era hacerlo como en esta versión de Montesinos: exagerado, redundante, convertido en farsa sin maldita la gracia. Hacerlo bien...

Resulta que la prueba viva de que hay una manera de hacer bien Arniches como, con toda probabilidad, se hizo entonces, está dentro de esta misma versión: son Marisol Ayuso y Fernando Conde cuando los dejan solos. Soltando con rostro de bronce, cito de memoria: Mi marido tiene tal puntería que una vez mató tres pájaros de un tiro / ¡Caracoles! / ¡No, no! ¡Pájaros! (digamos de paso que Arniches no será tan polvoriento cuando encierra estas perlas prejardielescas). Serios, adustos, rapiditos, sin regodeo, que es como hay que hacerlo. ¿Creen acaso que dicen el texto así por inspiración divina? La sabiduría teatral se transmite de persona a persona, como las coreografías de Petipa o el encaje de bolillos. Estos dos saben perfectamente cómo debe llevarse el asunto, porque lo han aprendido compartiendo escenario con los herederos directos de los de 1920. En otras palabras: entre la simpar Ayuso y el estreno están Irene Alba y Aurora Redondo; Carmen Carbonell, Lola Cardona y Rafaela Aparicio; María Fernanda d'Ocón y María Luisa Ponte. El estilo no se improvisa, vuela de un cerebro al siguiente y -magia- reconstruye intacto el pasado ante los ojos del espectador. De eso va Al galope, el estupendo monólogo de Carme Elías en el Español, del que espero hablarles pronto.

De todo lo demás, se salvan Juan Jesús Valverde (que también domina el estilo) y, lo que es más raro, Alejandro Navamuel y Elena Román. Y digo que es más raro, porque en las comedias lo más difícil de encajar es siempre la parejita enamorada. Óscar Hernández y Raúl Sanz hacen el ridículo (probablemente, no por su culpa). Calot está lejísimos de sus posibilidades. La escenografía es fea con avaricia, las proyecciones vienen a ser las proverbiales pistolas añadidas al Cristo (véase cómo se aprovechó el talento de Luna en El señor Ye ama los dragones) y del vestuario mejor no les doy detalles, que luego me dicen que hago sangre.

Ah, se me olvidaba. De los últimos Arniches que recuerdo en Madrid, La señorita de Trevélez, de Mariano de Paco, ya se digería con mayor facilidad. Pero la que daba sopas con onda a esto era -pásmense- La venganza de la Petra de José Luis Moreno. Con eso está todo dicho.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 18 de octubre de 2015

TEATROSOLO: AMNESIA

Sala: Teatro María Guerrero (exterior y diversas dependencias) Autor y director: Matías Umpierrez Intérprete: María Hervás Duración: 28'
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La foto orienta muy poco, pero es lo que hay.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EXPERIENCIA

Las palabras se ponen de moda. Hace tiempo que ni se cena en los restaurantes ni se pasa un fin de semana en un hotelito: se tiene una experiencia. La palabreja se ha infiltrado también en la escena e inunda textos promocionales y artículos de prensa para definirlo todo. Con el asco que le tengo, termino por usarla de titular.

     No había alternativa. Entre el teatro y la performance nacida de las artes plásticas, lo que practica Umpierrez reduce el peso de los elementos tradicionales (escenario, intérprete, texto) y agiganta la relevancia de los subjetivos. ¿A dónde voy? ¿Qué me está pasando? Eso ocupa la mente del espectador durante la media hora que dura la… experiencia. De las cinco a elegir me tocó Amnesia, con una maravillosa María Hervás. El  supuesto azar se las arregla para que hasta vestuario y música intervengan, pero –además- tiene uno la sensación de que alguien ha construido un teatro para servir el marco escenográfico adecuado a esto que le ocurre. Un pedazo de teatro y una estupenda actriz para un único espectador. Tengo que usar otra palabra de la que se abusa hasta la náusea: un lujo. Ah, el final es un cañonazo.

Y alguna breve observación añadida:

1.- Ésta es una manifestación especialmente aguda de esos casos en los que sería imperioso que yo les contara el meollo del asunto (porque si no, no se me empanan de nada), pero en los que no puedo hacerlo, porque supone cargarme el espectacular efecto sorpresa que esta... función (?) va graduando cuidadosamente. Tengo que limitarme a decirles que va a más, y que el final les va a deparar la oportunidad de algo que, si no, a lo mejor se morirían sin hacer. Si son miembros de "la profesión" (es así como suele decirse, y suena siempre como a "la familia", tiene tufo siciliano) no les hará el mismo efecto, pero si es usted un aficionado al teatro sin vínculo profesional, le garantizo que va a alucinar en colores cuando vea a dónde le lleva la historia en la que se ha embarcado. Vaya.

2.- Digo en la Guía que hay vestuario y música. Tampoco les voy a contar dónde y cómo aparece la música después de un encuentro fortuito en plena calle. Ya sé que la Suite bergamasca no es el colmo de la originalidad, pero está muy bien puesta en un contexto tópico en sí mismo. Todo es tópico. El texto, la escenografía, la música, el vestuario. Pero la habilidad de la maniobra consiste, precisamente, en introducir al espectador-participante en un contexto que para él es radicalmente extraordinario. Dicho de otra manera: cuanto más tópico, mejor el efecto resultante. Dicho de otra manera: si le invitaran a visitar a Santa Claus en su casa, ¿qué le parecería encontrárselo vestido de azul?

3.- Respecto al vestuario, ya estará alguien pensando, que son ustedes muy avispadillos, "hombre, no va a ir desnuda por la calle". Aparte de que podría, resulta que hay cambio de vestuario, que es lo que uno no se espera, y lo que no cabía en la crítica en papel. Un cambio tópico, pero de efecto espectacular...

4.- ...de efecto espectacular, más en una actriz guapa a más no poder que le está contando, a solas y a treinta centímetros, una historia que le ha marcado la vida. Por favor, intenten despojar a esta descripción de cualquier contenido erótico. Da igual que les gusten para sus cositas los hombres, las mujeres, los erizos o las cafeteras. María Hervás tiene presencia, encanto, elegancia, glamour, chic... que es exactamente lo que hacía falta. Nada que ver con el personaje que le habrán visto hacer ahora en esa serie infecta que se titula Gym Tony. Por favor, que alguien le dé un papel pausado, elegante, dulce como éste. Ya saben que en estas cosas se me va la olla a menudo, pero... ¿Blanche Dubois? Lo digo sólo para que me pillen la onda. Me parece estupendo que haga sainete, género tan digno como cualquier otro, pero estaría bien que se aprovecharan sus otras capacidades.

5.- Mencionaba en la Guía el efecto de estar disfrutando de un teatro construido para esa representación y, por tanto, para uno mismo. Escribí "marco escenográfico" y me doy cuenta ahora de que la expresión no era inocente. La escenografía se suele ver allá arriba, en el escenario. Aquí no. Aquí envuelve al espectador de principio a fin. No son tanto escenografías como ambientes. Y son, por lo menos, cuatro. A cual mejor. No es, desde luego, la primera vez que un marco histórico se aprovecha para una acción escénica. Recuerdo una adaptación de La balada de Caperucita de Lorca (sí, de Lorca) en el Palacio Ducal de Colorno que todavía secuestra mi memoria. Pero esta combinación de gran marco y espectador único es impactante.

5.- Por si acaso, tengan en cuenta que TeatroSOLO son cinco títulos distintos y que estoy hablando de uno de ellos (Amnesia). No sé, aunque supongo que sí, si los otros cuatro se mueven en coordenadas parecidas.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 12 de octubre de 2015

LIBERTO

Sala: Teatro de la Abadía Autora: Gemma Brió Director: Norbert Martínez Intérpretes: Gemma Brió, Tàtels Pérez y Mürfila  Duración: 1.35'
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No quiero ocultarles que Liberto llega a Madrid precedido por un éxito abrumador. Dos premios Butaca, premio Serra D'Or. Finalista a dos Max. En vez de darles enlaces a esto y aquello, les voy a copiar la lista de diritirambos que reproduce la web del Teatro de Lloret:
Ara en Llibert s’ha convertit, gràcies a la seva mare i el seu pare, en una obra teatral, una experiència emocional que els espectadors guardaran sempre dins seu. – Oriol Puig Taulé – Núvol. El digital de cultura 
És un muntatge que escampa els sentiments sobre el terra blanc, polit, asèptic. Una blancor que acabarà guixada de pronòstics negres. Hi ha tanta sinceritat que fa mal. Elisenda Roca. Cultura Viva Catorze
Llibert, el debut como dramaturga de la actriz Gemma Brió, es una de las funciones más duras, conmovedoras, valientes y poderosas que he visto últimamente. El teatro se inventó para cosas así, nacidas de la necesidad vital, de la urgencia expresiva. – Marcos Ordóñez – El País 
Surto absolutament impressionat i mut, com si m’haguessin esberlat el crani, de Llibert, l’obra de teatre, escrita per Gemma Brió, interpretada per ella mateixa, Tàtels Pérez i Mar Orfila, i dirigida per Norbert Martínez (…). Però no tinc cap dubte de què o bé prorrogaran o bé els teatres es donaran (o haurien de donar-se) bufetades per acollir-la. És un prodigi. Apunteu-vos-ho, feu-me cas: “Llibert”, de Gemma Brió, Norbert Martínez, Tàtels Pérez i Mar Orfila. I si veieu que no la fan, escriviu a qui sigui perquè tornin a programar-la o, si no, perquè llencin els programadors a les piranyes. Però no tinc cap dubte que els teatres es donaran (o haurien de donar-se) bufetades per acollir-la. És un prodigi.  – Xavier Antich – La Vanguardia 
Que el text sigui autobiogràfic resulta secundari des del punt de vista teatral, perquè l’obra i el muntatge, tan arriscat com reeixit, formen una prodigiosa muntanya russa emocional. Saber-ho ens colpeix, però només serveix per entendre quina és la font de tanta energia escènica i per subratllar l’admiració que podem sentir per la Gemma Brió actriu i la Gemma Brió autora. Màrius Serra – La Vanguardia
* * *

Bueno, ya han visto lo que opina todo el mundo. Ahora, mi modesta (lo digo sin asomo de ironía) opinión. Esta función es

UN-RO-LLO-PA-TA-TE-RO

Hala, ya lo he dicho. Y vamos, una vez más, a hablar de la salsa y los caracoles.

* * *

Esto va del derecho a una muerte digna. De los menores, para mayor drama. De un recien nacido, para mayor desgarro. Un asunto espinoso, difícil, de innegable actualidad. Una cuestión ante la que nadie puede permanecer impasible, que pone en juego los sentimientos de manera automática. Alguna vez hemos dicho que el teatro que escenifica cuestiones sociales de este tipo plantea una trampa que es difícil de eludir. Voy a ver una función que condena la violencia contra las mujeres. Si digo que no me gusta... ¿es que estoy a favor? Lo mismo vale para la explotación de los menores, el racismo, el maltrato a los ancianos... Todos estarán de acuerdo conmigo en que Hamlet no es una obra maestra de la literatura mundial porque condena el regicidio, sino por motivos bien distintos. Sí, todos estarán de acuerdo conmigo, pero la aplicación de este principio es dificilísima. Escriban una función cargada de buenas intenciones sobre cualquier asunto de esta naturaleza, y el porcentaje de espectadores que saldrán diciendo que era mal teatro descenderá espectacularmente. Esto es un hecho objetivo. ¿Estoy diciendo que no hay buen teatro escrito con buenas intenciones? No. Estoy diciendo que, cuando es malo, es muy difícil separar las intenciones (la salsa) del hecho teatral (los caracoles). 

Liberto es un texto reiterativo hasta el aburrimiento. Si durase una horita escasa, quizá salvaríamos algo. La puesta en escena es pretenciosa. No me voy a poner a hacer la lista, quizá baste con preguntarnos por qué la cantante termina con una fuente de fruta a lo Carmen Miranda en la cabeza. Si tuviera que definir el espectáculo con una etiqueta, diría que es vanguardia pija, un oxímoron, una contradicción en los términos. Hay un desesperado intento por que  el invento parezca moderno, a la vez que sensible, y el resultado se parece irrestiblemente a esos anuncios en los que salen madres modernas, monas, estupendas y superguays, que no parece que se hayan ensuciado nunca con un pañal. Liberto es un producto limpio, aséptico, en el que las emociones vienen, como los clínex, envueltas en una higiénica bolsita. Hay UNA idea reseñable: la de las magas con el plástico y las lucecitas. Sobra el vídeo (sobra completamente, no aporta nada), sobra el micrófono (¿qué pasa con los micrófonos últimamente?). Los primeros minutos, en los que la protagonista pregunta casi a cada frase a su interlocutora quién es (porque la otra va cambiando de personaje a velocidad de ametralladora) hacen pensar que vamos a asistir a una funcion ágil, inteligente, hecha de sorpresas... pero inmediatamente llegamos a un pantano de obviedades que la seriedad y la altura del asunto tratado no redimen. 

Antes de terminar, y por si acaso, voy a repetir una obviedad. Me parece un asunto muy serio, estoy radical y completamente de acuerdo con la tesis que la pieza defiende. Pero si estamos hablando de teatro, mejor que vayan a ver otra cosa.

¿Salvaría algo? Sí, la presencia escénica de Mürfila y a Tàtels Pérez, que me pareció una excelente actriz a la que el espectáculo pide pocos matices. Seguro que hubiera podido darlos.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 8 de octubre de 2015

CABARET

Sala: Teatro Rialto Autores: Joe Masteroff y John Kander Director: Jaime Azpilicueta Intérpretes: Cristina Castaño, Edu Soto, Daniel Muriel, Marta Ribera, Víctor Díaz, Enrique R. del Portal, etc. Duración: 2.30' (entreacto de 20')
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

En su tránsito de la novela al teatro y de éste al cine, Cabaret ha dejado huella profunda en nuestro imaginario. Difícil encontrar alguien que no recuerde imágenes y canciones de la película. A través de las sucesivas versiones, la historia ha mantenido el aura del relato de Isherwood y una melancolía inherente a dos subgéneros a menudo solapados: andanzas de anglosajones en el continente europeo y nostalgia por el mundo que la guerra mundial se iba a tragar en un huracán de destrucción.


    Tan presente en nuestra memoria que cualquier intento por montarlo de nuevo nace condenado a la comparación. La sombra de Liza Minnelli no es alargada, es monstruosa, y contamos con una versión local reciente (la de Natalia Millán y Asier Etxeandia) que es imposible no traer a colación. 

Quizá por ello, Azpilicueta opta por una salida original y asigna los papeles principales a tres actores como sendas copas de pino sin –que yo sepa- gran experiencia como cantantes. Eso, y una producción relativamente modesta para estos fines, define un espectáculo que quizá no quiera competir con augustos precedentes, pero que cumple sobradamente ofreciendo un rato de diversión segura. Yo lo pasé bomba. Claro, que adoro a los tres: ¿puede haber algo que no funcione con Cristina Sánchez, Edu Soto y Daniel Muriel? Marta Ribera, Enrique del Portal y Víctor Díaz, habituales del género y estupendos.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 3 de octubre de 2015

EL BURLADOR DE SEVILLA

Sala: Teatro Español Autor: Tirso de Molina Director: Darío Facal Intérpretes: Agus Ruiz, Marta Nieto, Álex García, Emilio Gavira, Eduardo Velasco, Luis Hostalot, Rebeca Sala, Rafa Delgado, Manuela Vellés, David Ordinas, Alejandra Onieva, Diego Tucedo y Judith Diakhate Duración: 1.55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Foto de Sergio Parra
Facal hizo esto mismo con Las amistades peligrosas. Pueden leer lo que dije entonces o quedarse con este resumen para vidas modernas (apresuradas, quiero decir): la tontería de imponerse un estorbo (micrófonos por doquier) quedó compensada por la interpretación. En general, esta función de teatro teñida de performance evita el aspecto de boutade que a menudo tienen estas ideas, escribí. Ahora, la frase tiene que quedar así: Esta boutade hipster no llega a función de teatro.

Algunas dificultades no crecen en escena de manera aritmética sino exponencial. Respecto a Las amistades, en El burlador todo ha ido a más: más intérpretes, más escenario, más duración, más... micrófonos (sí, Facal ha repetido micrófonos, ensartados en sus pies y sostenidos por los intérpretes, micrófonos molestos a veces, muy molestos a ratos, insoportablemente molestos en ocasiones; y en los dos momentos en que no hay micrófonos, ni ningún tipo de amplificación, el efecto de bajón aún es peor). El doble de intérpretes con el doble de micrófonos no es el doble de difícil, sino diez veces más. Y no ha podido controlarlo. El patinazo es monumental, el despropósito antólogico, el aburrimiento mortal.

¿Quién nos iba a decir que nos aburriríamos con Tirso? Toda la energía ahorrada en la dirección de actores se ha desperdiciado en cosas que nada aportan. Más bien al contrario. Las proyecciones, que ocupan una pantalla enorme y son el elemento más relevante de la imagen global del espectáculo, son aburridamente pretenciosas: se repiten (y lo hubiéramos entendido con una vez) las animaciones de espermatozoides descendiendo los conductos deferentes y óvulos recorriendo trompas de Falopio, además de la sección esquemática de un corazón bombeando, con aspecto de películas educativas antiguas (ésas que tanto salen en los Simpson). Su único efecto es distraer. Además, empalaga tanta afectación de modernidad en el grafismo ¿Recuerdan los rayos de la carátula fija en las conexiones con Eurovisión? Líneas parecidas, en movimiento, van adornando las didascalias proyectadas.

Ya que estamos con la imagen, sigamos. Usaba el término hipster más arriba. Todos los varones llevan barba. El vestuario es compatible con uno de esos bares o espacios de coworking que florecen ahora en Lavapiés. Algunas piezas -el velo de la novia, la cosa verde que viste Catalinón, el mutón que Don Pedro Tenorio lleva anudado a la espalda, la combinación de camisón, calzoncillos y collares de Don Octavio- son especialmente feas. La cabaña de Tisbea llega de otra función. La estatua del Comendador, de otra (a diferencia de la horrenda cabaña prefabricada, tiene su gracia tomada como ninot aislado). Hay varios momentos en los que todo el mundo se lanza a bailar: la coreografía (o debería quizá decir su ausencia) es horrorosa. Cada uno baila como puede, echándole ese plus de energía propio de los actores cargados de adrenalina a los que nadie ha puesto freno o marcado pautas. Patético. No parecen un grupo de gente divirtiéndose, sino un grupo de actores improvisando para canalizar la energía antes de la función. Dejaremos la iluminación para el final pero, ya que los teníamos bailando, unas líneas para la música. Como todos los elementos escénicos, la música no tiene por qué ser valiosa en sí misma, basta que sirva a la construcción dramatúrgica. No subrayaré por tanto que ésta es fea -que lo es-, porque eso importa poco, sino que contribuye al aburrimiento general. O sea, la peor aportación posible. 

Precisamente, lo grave de todo esto no es la fealdad. El teatro es un arte del tiempo y, por tanto, el pecado capital en un escenario es aburrir. El aburrimiento es sinónimo de falta de ritmo, de pulso, del latido que empuja las cosas hacia adelante. Eso es lo que ocurre en este Burlador, que la función se arrastra en medio del despliegue de todos estos elementos arbitrarios sin el menor ritmo, con unas transiciones estiradas, con rasgos antiteatrales sembrados por aquí y por allá. La pobre Doña Ana, por ejemplo, está obligada a protagonizar dos. Para representar que no puede reconocer a Don Juan, se trenza la melena delante de la cara. Nadie hace eso, pero no importa: es teatro, jugamos con las reglas que nos marcan. Pero ahora, para que todos entendamos bien que está ciega, ahí va hacia la izquierda con los brazos extendidos. Lenta. Como ha dejado a Don Juan atrás, todos sabemos que va a tener que deshacer el camino, y es un buen trecho. Horror. Nada más anticlimático que esto de saber lo que va a ocurrir y el tiempo que nos queda por esperar. Vamos con otra. Tras pasar lo que tiene que pasar en su habitación, ella debe darse cuenta del engaño. Se deshace la trenza. ¿Reconocerá a Don Juan cuando lo vea? ¡Pues no! ¡Lo reconoce antes! Si lo ve con la nuca, ¿qué ceguera simbolizaba el pelo ante los ojos?

Los actores van haciendo lo que pueden en medio de todo eso. El verso, según: a veces sí, a veces a freír churros, con mención especial para el horrendo recitado del romance que se casca Catilinón, esqueleto en brazos incluido. En cuanto a la interpretación, ha debido de haber tal follón para montar músicas, cables de micrófono, bailes y cámaras de vídeo (también hay vídeo en vivo, también, hay que ser moderno cueste lo que cueste) que lo de actuar parece haber sido tratado más bien de pasada. Con mención especial para Don Octavio y Catilinón, ambos bastante más pasados de rosca que el resto.

En vez de detallar el catálogo de despropósitos, algo que sé que les divierte pero que es muy trabajoso, voy a contarles las tres cosas que funcionan:

1) La iluminación de Manolo Ramírez. No es que los efectos estén especialmente integrados en la dramaturgia (y esto no creo que sea su culpa, porque la dramaturgia en la que deberían integrarse no hay por donde cogerla), pero hay momentos hermosos. Dicho esto, no sé de quién habrá sido la idea de dejarlo todo a oscuras (rostros incluidos) cuando es de noche. ¿En qué quedamos? Si el montaje no es realista, ¿tenemos que ser realistas precisamente de noche?

2) La idea de ocultar la escena de amor con Tisbea dentro de la cabaña y que una cámara de vídeo la robe desde el exterior para proyectarla en la gran pantalla. Subraya la intimidad de la situación, aporta la perversión del voyeur y completa el retrato del canalla (que sabe que el otro graba). Un recurso justificado.

3) El monólogo de Tisbea, que Manuela Vellés se arregla para decir con elegancia y naturalidad a pesar del micrófono y de todo lo que intenta distraernos a su alrededor. El texto es una maravilla: Yo, de cuantas el mar  / pies de jazmín y rosas / en sus riberas besa / con fugitivas olas, / sola de amor exenta, / como en ventura sola / tirana me reservo / de sus prisiones locas. Etc. La tienen en la foto.


* * *

No diré que la idea (la intención, evidentemente común en Las amistades y aquí) no pueda funcionar. No diré que Facal no vaya a ser capaz alguna vez de hacerla funcionar con estas dimensiones. Pero me parece evidente que aún le quedaba mucho que explorar a menor escala. 

En mi función (un sábado) el teatro estaba a la mitad. Hubo carcajadas aisladas en alguno de los gestos más forzados con los micrófonos. Se fueron seis personas. Al final, un gran número de los asistentes se abstuvo de aplaudir. Se oyó un estentóreo y repetido "¡Menuda mierda!" (sic) proveniente de los pisos superiores. Hubo abucheos y silbidos. Algunos espectadores (yo diría que quizá un par de docenas) reaccionaron poniéndose en pie y gritando "bravo". Hace tiempo que estas cosas son extraordinariamente infrecuentes. Si tuviera que buscar un motivo para recomendarles que compraran entrada, sería sobre todo que a lo mejor tienen suerte y se repite el espectáculo. Es infinitamente más divertido que las casi dos horas precedentes.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 1 de octubre de 2015

FAMÉLICA

Sala: Teatro Lara Autor: Juan Mayorga Director: Jorge Sánchez Intérpretes: Nieve de Medina, Juanma Díez, Xoel Fernández y Rulo Pardo Duración: 1.15' (por una vez, no estoy seguro)
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Nieve de Medina, Juanma Díez, Rulo Pardo y Xoel Fernández.
Vi Famélica... ¿cuándo la vi? Un momento, que miro una entrada (una entrada del teatro quiero decir, no del blog, la que pone el número de butaca y todo eso) que estoy usando como marcapáginas... Ya: ¡el 25 de junio! Ahí se acabó mi capacidad de sacrificio bloguero: el calor me deja completamente inservible. Como diría Chiquito, física y moralmente. Con el adelanto sahariano de este año dejé de estar operativo bastante antes que de costumbre, y aquí lo tienen: una crítica con tres meses de retraso.

El caso es que continúa en cartel con un motivo añadido para estar de actualidad: el estreno de Reikiavik. Ahora les cuento por qué.

Yo me divertí bastante. Las frases que empiezan por YO son muy peligrosas en este oficio, y tiene uno que intentar dosificarlas cuidadosamente. Como diría el santo patrón de esta página: "Y el no llegar da dolor, / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!" Si hay pocas, las críticas son un árido desierto de objetividad propia de quirófanos y gestorías. Si hay demasiadas, esto se convierte en la gran fiesta de la egolatría y apesta. Ustedes sabrán si ando o no cerca del equilibrio, pero esta vez el yo se justifica. Me dijo JM a la salida: "Esto te gusta, porque eres un friqui". Y me explico: Famélica le parecerá deliciosa a cualquiera que conozca la apasionante historia de la izquierda europea desde el siglo XIX hasta su reciente muerte y no sabemos si transfiguración. Una historia que, según desde dónde mire uno, es un drama, una comedia, una farsa o una tragedia. 

Siempre recuerdo un pasaje de El maestro y Margarita que creo que no existe y que he reconvertido tras leerlo en alguna otra parte: un personaje se aleja bailando mientras canta "socialismo en una sola calle". La frase -un pitorreo sobre el socialismo en un solo país de Stalin- se atribuye a Radek (con la variante "socialismo en un meadero") y a Riazanov en la forma "en un barrio, en una ciudad, en un distrito". Es sólo un ejemplo para decirles que pocas cosas hay más estudiadas y pocas son mayor fuente de anécdotas de todo tipo -como les decía, desde lo trágico a lo grotesco- que los vaivenes de las izquierdas y sus protagonistas. Algún día les contaré una anécdota que me relató Santiago Carrillo a propósito de Ceaucescu y que quiero dejar escrita antes de que la historia se la trague. La kremlinología, los comités centrales de los partidos comunistas, la filantropía de los primeros socialistas humanistas, la escisión de las internacionales en la Primera Guerra Mundial, las células de barrio, el amor libre como concepto ideológico, las derivas del terrorismo kamikaze anarquista o de las bandas de los setenta, los regímenes del socialismo real... menudo filón ofrece esa realidad al talento creativo.

Famélica se sustenta íntegramente sobre esa historia. Reikiavik, y por eso la citaba más arriba, se sustenta en parte: tiene una sección cercana a la kremlinología emparentada (desde el drama escondido tras la parodia cómica) con Famélica. Pero lo que allí es una faceta de muchas aquí es fuente única de referencias, y difícilmente va a apreciar el texto cualquiera que no sepa lo que fue la propaganda por el hecho o quién ha sido el único Palmiro que alguna vez alcanzó la fama. Sin esas conexiones, sin alcanzar que mucho de lo que sucede en esa disparatada empresa se parece extraordinariamente a cosas que sucedieron en la más cruda de las realidades, se queda la cosa en comedieta apayasada. Bastante lastrada, además, por una estructura en la que se notan excesivamente las costuras: se aprecia demasiado el patchwork. Creo que leí en alguna parte que la función era resultado de un intenso trabajo en equipo... y ya saben lo que les digo siempre de los talleres (llámense como se llamen): si después no llega alguien a poner orden con firmeza, no hay manera. No sé si este Jorge Sánchez es el mismo que dirigió Nadar abraza y Raíces trenzas (que me gusta más cada día que pasa, cosas de la memoria), pero si es él, le ha fallado un poco el pulso que en otras ocasiones era firme.

Nieve de Medina y Eleazar Ortiz en La punta del iceberg. Creo que la foto original
era de Ros Ribas, pero alguien le dio un tajo (no fui yo). 
Nada que objetar a los intérpretes. Me encantó Nieve de Medina, que domina la retranca y la parodia. Me la perdí en La punta del iceberg, cachis.
P.J.L. Domínguez