lunes, 21 de septiembre de 2015

WINDERMERE CLUB

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Óscar Wilde (versión libre de Juan Carlos Rubio de El abanico de Lady Windermere) Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Natalia Millán, Susana Abaitua, Teresa Hurtado de Ory, Javier Martín, Emilio Buali y Harlys Becerra Duración: 1.30'
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Harlys Becerra, Natalia Millán y Susana Abaitua


No es que haya nadie que lo haga rematadamente mal en Windermere club. Pero Juan Carlos Rubio, cuyo talento está fuera de duda desde Las heridas del viento, dice en el programa de mano "no me interesaba la época victoriana, no me interesaba el discurso sobre la moral y las buenas y malas mujeres, no me interesaban algunos personajes que reflejaban un estilo y un momento definitivamente obsoleto", y ya vamos mal. Por una parte, no es completamente cierto que no le interese: toda la función está taladrada por la clasificación de las mujeres en buenas y malas. Y es, toda ella -tanto en el original de Wilde como en la versión de Rubio- un discurso moral. No en vano gira sobre el acto de bondad cometido por alguien que, hasta ese momento, es presentado como el paradigma de lo peor (hizo lo peor que una mujer puede hacer, incluso en 2015: abandonar a su hija; aparte de irse con... catorce hombres, como Katy se apresura en detallar). 




Esto de las malas y buenas mujeres es tan central en la obra que basta un vistazo a la wikipedia para enterarse de que dos de las versiones cinematógraficas se titulan Historia de una mala mujer, una, y A good woman, la otra. El tema -eso que nos enseñaban a mencionar en primer término en los análisis de textos del bachillerato- no es otro que las relaciones entre la bondad y las conductas rechazadas socialmente o, en otras palabras, la posibilidad de que un apestado sea buena persona. Vamos, talmente La dame aux camélias (cuarenta y cuatro años anterior a nuestra pieza, tienen a Greta Garbo en la foto) o Boule de suif (doce años anterior). El cine calcaría después en innumerables ocasiones el tipo de la antiheroína que se sacrifica al final para que el chico se vaya con la buena. En el caso de las mujeres -siglos de discriminación obligan- la mala es casi siempre una perdida, una mujer que se va con un hombre (o con catorce, para eso es una perdida) que no se le había asignado, una transgresora de la moral sexual. 

Pero lo que Rubio diga al definir lo que hay o no hay en su propio texto no es lo que nos importa. Un artista puede decir lo que quiera sobre su obra (a veces, eso que dice es parte de la misma, por lo menos desde Dalí y Warhol), aunque lo más habitual es que no acierte mucho. Lo que lastra la función desde su origen es que el intento por sacarla de su asfixiante ambiente original deja al drama sin sustancia. Me explico. 

Mrs. Erlynne (madre de Lady Wintermere) abandonó a su marido y a su hija hace veinte años. Tan abominable crimen fue castigado con la damnatio memoriae: fue completa y definitivamente expulsada de su círculo social y de su familia, y su hija creció creyéndola muerta. Como en Pakistán ahora mismo, salvado el ácido. El ácido parece ser un medio muy popular para ejercer violencia contra las mujeres en la península del Indostán, pero no vayan a creer que la Inglaterra victoriana se quedaba muy atrás, basta que recuerden a Jack. En definitiva, Mrs. Erlynne pudo considerarse afortunada por salvar el pellejo a cambio del ostracismo, de ser una apestada, una puta (Santiago está a punto de pronunciar la palabra, pero Sara le cierra los labios) con la que ninguna mujer decente estaría dispuesta a mantener una simple conversación. Esto es lo que se jugaba la que se atrevía a meterse en una cama prohibida. Esto es lo que subyace bajo La regenta, Madame Bovary y Ana Karenina. ¿Tengo que recordarles los agradables finales de las tres? 

Y de esto es de lo que Mrs. Erlynne quiere salvar a su hija. Y por eso está dispuesta a sacrificar la vía de regreso a la aceptación social que había diseñado cuidadosamente. Y por todo esto le dice Natalia Millán a Susana Abaitua, en la escena más conseguida del montaje: "estás al borde del abismo". Y miente. Ella sabe que miente, y todos sabemos que miente. Porque una mujer que deja a su marido en el Windermere Club de Miami en 2015 rehace después su vida (como dirían en Sálvame) sin que nadie le vaya a decir a su niño que murió y no le permita volver a verlo en lo que le quede de vida... etc. Este abismo es, frente al abismo que se abría a los pies de Lady Wintermere, un abismito, un abismín de nada, una amenaza insignificante -la de una catástrofe sentimental- que le roba a la pieza toda su grandeza y -lo que es más- el espectacular contraste entre lo dramático del fondo y lo liviano de su tratamiento, que es característica central del estilo de Wilde. Él mismo terminaría experimentando en sus propias carnes lo que suponía transgredir los códigos de una sociedad machista e hipócrita sin guardar las apariencias debidas: de dandy liviano a presidiario aplastado por el peso del rechazo social.


En Pequeñeces, el Padre Coloma no vio necesario que la sociedad se tuviera que molestar en alejar a la mala de su hijo.  Llega la justicia divina y el niño se ahoga, hala. Dumas hijo, el autor de La dama de las camelias, fue apartado de su ilegítima madre.

¿Era posible trasladar a los Wintermere al Miami de 2015? Por supuesto, siempre que se mantuviera la envergadura de la amenaza. Miren West side story, un Romeo y Julieta en Nueva York y en 1957. ¿Por qué se sostiene? Porque los protagonistas son tan cafres como los originales, y sabemos desde el primer momento (como en Shakespeare) que aquí puede correr la sangre. Avancemos en el tiempo: Hey boy, hey girl. Aquí no sólo los personajes son tan descerebrados como para haberse metido en este engranaje diábolico del reality, sino que la presencia aplastante del monstruo mediático hace -como dije en su día- que la certeza del final trágico esté siempre ahí al fondo. Claro que Windermere Club ha intentado algo parecido con la reportera chismosa y su columna en el Herald, pero no es suficiente. Habla Vallejo de "la temida reacción visceral de su esposo" (Lord Wintermere / Santiago / Harlys Becerra), pero a mí me parece que, para mantener el nivel de presión del texto original, su reacción tendría que estar mucho más cerca de la navaja o el estrangulamiento, aunque entonces la función sería otra, y no el amable pasatiempo que es. Ese exquisito equilibrio que Wilde guarda, decíamos, entre el fondo del drama y el ligero envoltorio de comedia de salón necesita de esa sociedad victoriana que a Rubio no le interesa o de un equivalente capaz de hacer el mismo daño, de desgarrar las vidas de los transgresores con la misma eficacia que aquélla. Y en esta versión no hay nadie dispuesto. Katy, la reportera, es noqueada por la perdida en menos de un minuto. El marido celoso tira más a gatito desvalido que a maltratador.
* * *
Si añadimos a todo esto que

(ATENCIÓN, SPOILER)

el final está alterado para que todos sean felices y coman perdices, que los personajes están dibujados sin mucho matiz e interpretados, sobre todo los secundarios, como personajes cómicos de carácter, y que todo está bañado por una pátina de anécdota amable, lo que resulta es una comedieta sin mucha sustancia, sin que llegue a tener tampoco mucha risa. Con algún detalle incomprensible, como que la dirección haya ubicado a Javier Martín en un lugar cercano a Cantinflas -no exagero- de manera que sólo la habilidad del actor consigue encajar a su personaje a duras penas en el grupo. 

También hay alguna escena lograda: el diálogo final de Santiago y Sara y, desde luego, la escena central entre Natalia Millán y Susana Abaitua. Es como si las dos se dijeran, "al fin solas y tranquilas, vamos a actuar, que es de lo que se trataba". Todo lo que dice Millán, una mujer con el glamour incorporado de serie, eleva un poco el tono general de la función, que queda bastante por debajo tanto de la actriz como del personaje, un personaje rodeado por un aura de elegancia, perdición, sabiduría... que exige un entorno de cierto nivel para resplandecer. Es como esperar que Ava Gardner brillara en Aída, ya me entienden. 


Y a Susana Abaitua estaba esperando volver a verla desde una maravillosa prostituta que encarnó en Naturaleza muerta en una cuneta (la tienen en la foto, con Raúl Prieto). Está aquí ingenua, adorable, tierna... como tiene que estar. Espero verla más a menudo, me parece que tiene talento para intentar cualquier cosa.

Los demás están bien, ya les he dicho al comienzo que nadie ha hecho nada muy mal. Lo que no tira es el invento en su conjunto.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de septiembre de 2015

CANÍCULA

Sala: Cuarta Pared Autora: Lola Blasco Director: Vicente Colomar Intérpretes: Joshean Mauleón, Nerea Moreno, Eva Trancón, Rulo Pardo, Juan Antonio Lumbreras y Antonio Gómez Celdrán Duración: 1.20'
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Moreno, Gómez Celdrán, Pardo, Lumbreras y Trancón (detrás, Mauleón).


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Lola Blasco se asomó a la cartelera antes del verano con la excelente adaptación al teatro de HardCandy y lo hace ahora con un texto en el que hay de todo: crónica familiar, esperpento y gag; lenguaje evangélico, costumbrismo y ecos lejanos, no sabe uno si de voces dadas por Beckett o por La Zaranda. Se estará preguntando el lector si tanta disparidad encuentra algún concierto, y lo cierto es que sí, que el resultado presenta un nivel de cohesión suficiente para salvar la función. Y digo suficiente, porque los episodios de carácter más onírico –los de la transformación de Mauleón en cabra- encajan con alguna dificultad, no sabría decir si por vicio de origen (en el texto) o porque la puesta en escena no ha dado con el ensamblaje adecuado.

    Para todo lo demás –el dúo de las gemelas y el trío de los hermanos- Colomar ha sabido sacar partido al lujoso elenco. No era fácil sentar en el mismo sofá a dos actores con estilos tan marcados como Pardo y Lumbreras, pero el invento funciona con Antonio Gómez en el medio (tanto del sofá como de la interpretación). Eva Trancón y Nerea Moreno se merecerían un spin-off que desarrollara estos inolvidables personajes. El impagable vestuario de Guadalupe Valero y una música que va del Cara al sol a Rocío Dúrcal acompañan a una función a la que quizá sobre un ratillo, pero que deja surco en la memoria y carcajadas en el recuerdo.

Y lo que no cabía allí:

Las dos hermanas: Nerea Moreno y Eva Trancón
A veces, titula uno las críticas de mala manera, como le consienten el tiempo (siempre escaso) y la inspiración (siempre corta, en mi caso). Pero esta vez la titulé a conciencia: Surco en la memoria. Nadie tiene el secreto de lo memorable, una cualidad de títulos de novelas, de escenas o frases de películas u obras de teatro que no se nos despegan del recuerdo, y respecto a las que muchas veces nos ponemos todos de acuerdo ("Yo he visto cosas que vosotros no creeríais..."). La puesta en escena de Canícula creo que contiene dos, aunque esto no lo podremos confirmar hasta que pasen unos añitos: la pareja de hermanas y el trío de hermanos. Memorables por un conjunto de elementos que convergen, en ambos casos, a maravilla: el vestuario de Guadalupe Valero, el texto que tira al absurdo pero que define de forma potente a los personajes, la interpretación.

Los tres hermanos: Juan Antonio Lumbreras, Antonio Gómez Celdán y Rulo Pardo.
Si estas dos imágenes mentales tienen la capacidad de pervivir, como me parece, dentro de un tiempo volverán a nuestra memoria llamadas por el parentesco con algo que veamos o pensemos, y probablemente ni siquiera recordaremos de dónde salen. O sí, y en ese caso el numen de Vicente Colomar se pondrá a dar saltos de contento. 

* * *
Nerea Moreno es uno de mis cromos favoritos de mi álbum de actrices, desde antes de Haz clic aquí. Todo lo coloca bien. Está de muerte con un auricular en la oreja (el otro lo lleva su hermana), balanceándose al compás de lo que ellas (que no nosotros) oyen y comiendo pipas. Corrijo: las dos están de muerte, no me explico cómo no había visto nunca a Eva Trancón. Actúa en el Edipo de Sanzol, que evito desde antes del verano, porque me da una pereza tremenda una función que -por lo que me han dicho ya varios chivatos de mi confianza- no pasa de ser una lectura dramatizada. En fin, a lo mejor voy por confirmar esta excelente impresión sobre la actriz. Perdonen el tópico, pero no puedo evitar verlas a ambas en unas Criadas entre siniestras y bufas.
* * *
Lumbreras y Pardo presentan todas las ventajas y todos los peligros de los actores con un estilo personal muy marcado. La ventaja es que sacan adelante cualquier cosa. El peligro, que hay que ser un director con mucho músculo para evitar que se lleven el gato al agua, o sea: la función a su terreno. Se me ocurre Los Mácbez de Lima (que era, en general, un desastre) como ejemplo de Pardo despardado en cierta medida (aunque no por completo, reproché en la crítica que se le dejara resbalar en algún momento hacia su composición habitual). Pero Lumbreras era él hasta donde menos se podía esperar: el Esperando a Godot de Sanzol, que tiraba a lo cómico. Colomar los ha dejado exactamente como son, y funcionan bien con Antonio Gómez Celdrán de cojinete interpuesto para amortiguar el roce. No sé de quién es la foto del sofá que les he copiado, pero es estupenda: están retratados exactamente en las actitudes características.
* * *
Lo que impide a Canícula ser una función redonda es el encaje del hermano al que han ido a visitar al hospital, y que se está transformando en cabra (¿o demonio?). No, desde luego, por culpa de Mauleón, que defiende su parte con talento y ganas. El texto se complica: hasta ahí, las cosas pueden ser absurdas, pero son simples y cotidianas (la enrevesada relación entre las hermanas, la simpleza y mentecatez de los hermanos) y, además, la comicidad las salva en cualquier caso. Los parlamentos del sexto hermano se tiran por el camino de la metáfora, de la teoría sobre las relaciones de esta extraña familia, vuelan a otra galaxia. Se hacen largos. No sé si precisan de un recorte o de otra puesta en escena, pero perjudican al conjunto.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 18 de septiembre de 2015

NUESTRAS MUJERES

Sala: Teatro La Latina Autor: Éric Assous Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Gabino Diego, Antonio Garrido y Antonio Hortelano Duración: 1.25'
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Éric Assous ha hecho en Francia todo lo que un escritor puede hacer en el negocio del espectáculo: radio, televisión, cine, teatro. El éxito allí de Nos femmes propició su reposición, con Jean Réno en escena, el pasado mes de febrero, y hasta una versión cinematógrafica. En 2015, Assous ha estrenado On ne se mentira jamais! (¡Nunca nos mentiremos!). Al ritmo de importación de comedias francesas que llevamos, apuesto a que la veremos traducida en breve.

    Ciertamente, es una comedia magnífica. Arranca como un tiro: uno de los tres amigos que se reúnen a jugar a cartas llega demudado porque acaba de estrangular a su esposa. Y no decae. Su impecable factura clásica en tres actos contiene la dosis justa de réplicas hilarantes y giros sorprendentes, y no falta la pequeña medida de amargura, el punto de sazón, que destilan las tres relaciones de pareja. A ellas nunca las vemos, pero ellos no hablan de otra cosa.


    Se podía sacar más partido a este gran texto. Creo que el mayor lastre de la versión de Olivares es que los tres actores se mueven en tres estilos distintos: realista, bufo y pasado de vueltas (respectivamente, Hortelano, Diego y Garrido). Pero la potencia de la pieza es tal que la narración se impone, pasa por encima de este inconveniente y el público se divierte.

Y lo que no cabía allí:

Ya lo he escrito en la crítica correspondiente, pero toca repetirlo aquí: la coincidencia entre Nuestras mujeres y Bajo terapia es notable. Hasta que Bajo terapia hace catacroc y deja de ser una comedia, claro está, pero eso es mucho tiempo. Ustedes dirán, "anda que no hay historias con tres parejas". Las hay. Ya puesto el cerebro en Francia, me sale a bote pronto Les petits mouchoirs (Pequeñas mentiras sin importancia), donde si no eran tres, eran tres y pico, y que si no fue teatro antes de cine no es porque no lo mereciera. Y no hay más remedio que mencionar Escenas de matrimonio, un sainete que hacía reír hasta a quienes aseguraban no verlo. En fin, que haya unas cuantas le quita algún valor a la coincidencia, pero no por ello deja de ser inevitable la comparación. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero como les digo siempre, sólo conocemos por comparación, y en este caso salta a la vista lo mucho que Nuestras mujeres ganaría si la coherencia interpretativa fuera la de Bajo terapia.

Mencionaba en la crítica en papel los tres registros en los que se mueven los tres actores. Antonio Hortelano: realista; salvada alguna pequeña distancia, parece que sale de una serie de televisión. Gabino Diego: bufo, ya me dirán ustedes si no corresponde ese adjetivo a la gesticulación necesaria para parecer un señor mayor con problemas en las articulaciones. Antonio Garrido: pasado de vueltas. Aunque este último está, desde mi modesto punto de vista, muy pasado de vueltas, es el estilo que más se parece al de la película francesa. No encuentro grabaciones de la versión teatral, pero las promocionales hacen pensar en algo más pausado. Como suelo decirles, y lo repetiré pronto a propósito de Milagro en casa de los López, me parece que las líneas cómicas de este tipo de pieza burguesa (así se llamaban antes) ganan si se dicen con parsimonia. El contraste chusco entre lo absurdo de la situación y lo adusto de la expresión provoca la carcajada.

Otra coincidencia: escenografía mejorable. Claro que entendemos que el apartamento de Max debe ser frío e impersonal, trasunto de la personalidad de su dueño. Pero una cosa es frío y otra un quirófano. Observen la foto de más arriba y compárenla (ay, odiosas comparaciones) con el apartamento de la puesta en escena original. 



Frío e impersonal, pero habitable. Da, además, la necesaria idea de un cierto bienestar económico: los tres son individuos muy bien situados, y la trama se sostiene precisamente en un medio de ese tipo. Lo de La Latina da la sensación de que no han tenido tiempo de pintar o de un apartotel (¿se dice todavía?) de medio pelo. Dicho esto sobre su aspecto, quede claro que cumple con la funcionalidad que el texto exige.

En pocas palabras, esta versión no deja de ser una oportunidad perdida para una maravillosamente bien escrita comedia, pero queda a la altura suficiente como para pagar entrada y pasar la tarde. Además, es muy posible que el instinto teatral de los tres se haya puesto ya a trabajar y que tras unas docenas de funciones estén juntos en el mismo planeta. Ojalá.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 17 de septiembre de 2015

BAJO TERAPIA

Sala: Teatros del Canal Autor: Matías del Federico Director: Daniel Veronese Intérpretes: Fele Martínez, Melani Olivares, Gorka Otxoa, Carmen Ruiz, Manuela Velasco y Juan Carlos Vellido Duración: 1.45'
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Ruiz, Otxoa, Martínez, Vellido, Olivares y Velasco. Detrás, el horrible y siempre presente fondo gris. (Foto de Alfonso Pazos)
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Hace ya ocho años que el autor y director argentino Daniel Veronese irrumpió en Madrid con la excelente Mujeres soñaron caballos convirtiéndose, de una tacada, en un indiscutible. Tras otro texto propio (Teatro para pájaros) y varias personalísimas versiones de Ibsen y Chejov, dirige ahora una comedia. Matizo: hay que llamarla así, porque de comedia se trata durante el noventa y nueve por ciento de su duración. Pero el uno por ciento restante es cimiento de la función y, se me antoja, la grieta que explica esta súbita querencia de Veronese por lo cómico. No puedo contar más.


    Con o sin grietas, lo que uno tiene ante los ojos durante los cien minutos largos de espectáculo es una comedia de parejas: tres, cada una con su rosario de miserias. Todo se apoya en la respuesta ingeniosa, el tono justo, la frase colocada en su sitio, y el lujoso elenco ejecuta al milímetro tanto detalle de ojeada, de movimiento, de intención, que la mirada tiene que saltar de un extremo al otro del escenario para no perderse nada. Todos brillan, pero Carmen Ruiz confirma un talento insuperable para la comedia. El espectador avezado intuye que el autor está reservando su personaje para algo, aunque esté lejos de sospechar para qué. Le toca a ella sugerir sin mostrar, en un alarde de interpretación. Juan Carlos Vellido, quizá el menos mediático de todos, da perfecta talla de protagonista.

Y lo que no cabía allí:

Antes, unas líneas para contarles que el adelanto del tórrido verano (allá por el mes de junio) me dejó completamente incapaz de pensar, y no digamos de redactar. Con eso de la extensión del desierto del Kalahari hasta Madrid bajó también en picado mi asistencia al teatro, así que no se perdieron gran cosa. Nunca pasaron del estado de borrador Famélica, La excursión y Caza mayor. No pierdo la esperanza de escribir al menos un par de párrafos sobre cada una, pero eso es porque a veces se me despierta dentro un optimista incorregible que no tengo ni idea de dónde sale. Por si las moscas, mi habitual pesimismo me aconseja que les deje tres telegramas. Así, cuando consulte el blog dentro de diez años (que para eso lo tengo, para suplir a mi memoria), tendré algo a lo que atenerme:

   * Famélica. Me temo que sólo apta para friquis entusiasmados por la apasionante historia de las izquierdas. Que es mi caso, así que yo me entretuve bastante. Aparte de eso, la función es francamente mejorable.


   * La excursión. Hombre, una cosilla simpática, con chispazos de ingenio y detalles memorables (el mejor, el oso de peluche asesino), pero que apenas supera el umbral de lo planteable en una sala que cobra entrada. Dicho esto, ojo: cincuenta y cinco minutos entretenidos, algo que no se puede decir de muchísimas producciones con grandiosos elencos y costes de mafia rusa.

    * Caza mayor. Bueno, bueno, bueno (dígase con acento de señora mayor a punto de contar una gorda). Esto es difícil de despachar en un pispás. Concepto puro: un presentador, unos perros en off y cuatro personajes que se mueren docenas de veces cada uno. Sí, han leído bien. Durante la primera media hora larga cree uno que aquello es una insufrible tomadura de pelo, pero luego se le coge el punto. Las cuatro mamarrachas (dos pijas y dos poligoneras) repiten hasta la extenuación el bucle y se matan unas a otras con denuedo. Gallifante para el vestuario de Guadalupe Valero, que no falla una (véase Canícula).

*  *  *

    Vamos ya con lo prometido: la (reducida) ampliación de la crítica de Bajo terapia.

1.- Empieza esto exactamente como Toc-toc: las tres parejas llegan a una sesión a la que no acude el terapeuta. Se la tienen que montar solos, con ayuda de unos sobres de instrucciones. La coincidencia es casi más acusada con Nuestras mujeres: tres parejas, envoltorio de comedia en lo macro pero drama en lo micro. De acuerdo, en Nuestras mujeres sólo salen los hombres; no importa, prácticamente no hablan más que de sus relaciones de pareja. De acuerdo, se ríe uno tanto en la una como en la otra; no importa, en las dos está presente la íntima contradicción amarga de este empeño humano por compartir la vida con otro: estaría mejor solo, pero estaría peor solo. En cuanto a reírse, Nuestras mujeres es un texto dirigido a la carcajada, construido para tirar el teatro abajo, Bajo terapia es más de sonreírse (y, a menudo, de sonreírse para adentro, no vayan a darse cuenta los demás de que el sonreidor se está identificando con las pequeñas miserias desmenuzadas en escena). 

Ahora pónganse en mi lugar, aunque sólo sea por un momentito: no puedo decir nada sobre el rasgo fundamental de la pieza. Esperen, que voy a hacer lo que pueda.


ATENCIÓN: MINISPOILER

La función estalla por los aires poco antes del final. Nada era lo que parecía, y no diré más. Sin embargo, ese colapso final no llega sin aviso. La grieta que mencionaba en la crítica en papel está presente desde el primer momento. Si van a verla, les aconsejo que estén atentos desde el primer momento a cualquier cosa que les parezca que chirría. En muy diversos órdenes. Mientras asistimos a una función, nuestro monólogo interior es imparable: "es buena", "es mala"... En este caso, lo mío era un diálogo. Voz A: "Está bien, pero para ser una comedia tampoco es para partirse el bazo. Tiene que pasar algo que justifique que es un Veronese". Voz B: "Pues no, desengáñate, esto se aproxima a su final y es una comedieta". Grieta. El desacuerdo de mis voces interiores me estaba avisando. Otro tanto cabe decir de que uno/a de los intérpretes tenga -evidentemente- menos papel, en un texto muy equilibrado entre los cinco restantes. Etcétera. Resumiendo: hagan caso a cualquier pista que les indique que aquello tiene que reventar por alguna parte, porque son pistas correctas. Experimentarán un placer parecido (no completo, porque no les cuento el meollo del asunto) al que mi amiga A. consigue leyendo primero el final de las novelas de asesinato. Ríanse, encontró un error en una trama de Agatha Christie.

Del maravilloso mundo de los animales:
los corderos
Teatro para pájaros
Mujeres soñaron caballos
2.- Para los que gustan de las informaciones completas, detallaré que, además de Mujeres soñaron caballos, Del maravilloso mundo de los animales: los corderos y Teatro para pájaros (tres textos propios con una conexión infrecuente: idéntica escenografía, les pongo fotos), hemos visto de Veronese por estos pagos Cena con amigos (de Donald Margulies), Los hijos se han dormido (personal título para La gaviota), Un hombre que se ahoga (Tres hermanas de Chejov), Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo (o sea, Hedda Gabler) y El desarrollo de la civilización venidera (o sea, Casa de muñecas). Me perdí Del maravilloso... Todo lo demás, excelente teatro, con dos excepciones. La versión de Tres hermanas me pareció que podía haberse titulado, puestos a cambiar, Caja de grillos. Los personajes eran interpretados por actores y actrices del otro género (ya sé que hay más de dos, pero déjenme que economice). Nada que objetar en principio, pero aquí son muchos y el guirigay consecuente era de alivio. Como dijo Vallejo, puro arte y ensayo. Tampoco me gustó nada -pero nada, nada- Quién teme a Virginia Woolf que, simplemente, no parecía que hubiera dirigido él y que se iba por todas las tangentes (en esto, no se puede decir que Vallejo pensara lo mismo). En resumen, por si estas últimas frases han podido despistar: un gran director de escena.

Juan Carlos Vellido
3.- Y, especialmente, un gran director de actores. Decía en la Guía todos brillan, y lo hacen de dos maneras. La primera, claro está, porque son grandes intérpretes. Pero tienen también el brillo de lo mediático, del cine y la televisión a sus espaldas y son, por tanto, reclamos para el público. La gente de teatro suele decir esto con aire compungido, quejándose del hecho insoslayable de que las caras conocidas animan la taquilla. Es como quejarse de que haga frío en invierno. ¿Hay algo más lógico? ¿Usted prefiere irse de cañas (he dicho de cañas, nada de ligues) con su mejor amigo/a o con un/a primo/a de Ponferrada que le han presentado esta mañana en un entierro? Pues eso. El de menor fama televisiva es Juan Carlos Vellido, que tiene un papelón (en los dos sentidos del término) y que está a la altura de su mujer en la ficción, Carmen Ruiz, que ya es decir. Salvaba los muebles en El hijoputa del sombrero, que también es bastante decir. Un excelente actor que se ha encontrado un papel y una producción a su altura. A los demás se los tienen tan conocidos que me ahorro las glosas. Están estupendos. 


El personaje y la actriz que lo representa (Carmen Ruiz, sentada en el centro) se
llevan la función de calle.



Sólo una nota sobre Gorka Otxoa. Lo van a encontrar quizá un pelín sobreactuado en su papel de metrosexual enrollado, moderno y cool. Descuiden, no es sobreactuación. Es otra grieta. La bomba final lo explica todo. A veces, las sorpresas en escena tienen este resultado de justificación retrospectiva que provoca un agradable cosquilleo en el intelecto.



Durante los más de cien minutos de función, los seis ejecutan un precioso ballet de reacciones a lo que ocurre y se dice. Imposible verlo todo, seguir todas las procesiones que van por dentro. Además, Veronese los desparrama bastante por el escenario, algo que si se hace mal suele ser insoportablemente falso (la gente no se habla a seis metros de distancia), pero que cuando está conseguido, como aquí, da un gran juego escénico: ahora desparrame, ahora amontonamiento... etc. Se van a pasar una bonita parte de la función repartiéndose entre la trama que avanza a la derecha y lo que le ocurre a la izquierda a Carmen Ruiz. Es complicado, pero intenten verlo todo. O vayan dos veces, si se lo pueden permitir.

4.- Para terminar, una curiosidad y una pega. Ya saben que los únicos ingredientes indispensables para el teatro son un intérprete y un espectador. Todo lo demás es optativo. En Bajo terapia la luz tiene dos posiciones: on y off. Se encienda al comienzo (en tres fases acompañadas de ese rotundo efecto sonoro que asociamos a un gran conmutador) y se apaga al final (otra vez en tres pasos). No hay diseño de iluminación, ni se echa en falta. Para ser más exactos: yo no me enteré de que lo hubiera, aunque está en créditos. Quizá sea sutilísimo.


La pega: la escenografía es horrorosa. Ya se ha cuidado bien Elisa Sanz (a la que he visto muchas cosas estupendas en los últimos tiempos) de señalar en el programa de mano que está sujeta al diseño de la versión original argentina. Claro que hay que recrear una sala impersonal y fea, alquilada en un edificio de oficinas, o algo así, pero ya saben que lo del realismo en el teatro es un asunto complicadísimo. Fíjense en los feos de las pelis americanas de gran consumo. Nunca son feos como los feos reales. Son feos estilizados, de rasgos regulares. Por eso nos sorprende luego tanto el sheriff del pueblo de Oregon donde fríen a tiros a diecisiete adolescentes, porque es feo de verdad. Pues en el teatro pasa algo parecido: el escenógrafo se las tiene que ingeniar para que entendamos que la sala es una fea sala de alquiler, pero el resultado no puede tirarnos de espaldas de lo feo que es. Sí, es difícil, pero nadie ha dicho que sea fácil ser escenógrafo.
 A ver si me pongo al trote y empiezo a subir todo lo que he visto y aún les debo: Tres mujeres, Canícula, Palabras encadenadas, Usted puede ser un asesino y Milagro en casa de los López. 
P.J.L. Domínguez
          

martes, 30 de junio de 2015

HARD CANDY

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Brian Nelson (versión de Lola Blasco) Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: Olivia Delcán y Agus Ruiz Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Quien conozca la película debería ver esta versión escénica, aunque sólo fuera para dar satisfacción a la pregunta que sin duda le asalta: “Pero… ¿cómo se puede hacer esto en vivo?” Quien no la conozca no gozará de este morbo previo, pero sí de la violenta experiencia de someterse con su inocencia intacta al choque emocional de la habílisima trama. Fuentes Reta ya había tratado la pederastia en la estupenda Cuando deje de llover (a la que aún me arrepiento de haber escatimado estrellas, cosas de las prisas). Es un asunto donde el maniqueísmo más banal es una trampa fácil, pero Nelson fue capaz de urdir un cuento –una Caperucita roja invertida- en el que nada es previsible, y que interpela al espectador sin tregua.


    La traslación al teatro es impecable, tanto por la versión de Blasco como por la puesta en escena: excelentes escenografía e iluminación -de Iván Arroyo y Jesús Almendro- y fundamental espacio sonoro de Villa y Valmorisco. El talento del director brilla en el encaje de todo eso, en la sabia dosificación entre realismo, estilización y pequeños trucos teatrales, y en la dirección de actores. Agus Ruiz está impecable en un papel muy puñetero, en el que tan malo era pasarse como no llegar. Y Olivia Delcán es un hallazgo. Da lástima, da miedo, da lo que se le antoja dar en cada momento. No hay que perderla de vista.

El calor de la noche me embotaba ya el cerebro el 30 de junio, no les cuento después. Como que no fui capaz de escribir ni una línea más hasta septiembre.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 29 de junio de 2015

EL TRIUNFO DE LA LIBERTAD

Sala: Teatro Valle-Inclán Autores: La Ribot, Juan Domínguez y Juan Loriente Intérpretes: Cuatro pantallas de leds Duración: 55'
(la función, es un decir, ya no está en cartel)

Primero, quiero aclararles que el título -El triunfo de la libertad- parece hacer referencia a la libertad del creador, no a la del público. En efecto, el creador tiene la total libertad de crear la tontería más grande jamás escenificada. Perdón, los creadores: han hecho falta tres cerebros para concebir esto, en una versión actualizada del famoso parto de los montes. El espectador tiene su libertad de irse un tanto cercenada por las normas de la buena educación: no molestar a los demás, no hacer este feo al anfitrión... Más abajo entenderán por qué empiezo por aquí.

No es el Valle-Inclán, pero se parece
mucho al aspecto de lo visto en Madrid
(exceptuadas las sillas).
A escenario rigurosamente vacío, con el muro de chácena a la vista, cuatro pantallas de leds cuelgan de unos trusses. Les pongo al lado una foto que da alguna idea. Un texto va corriendo por esas pantallas, como los anuncios de los establecimientos que compran oro o los precios de las consumiciones en los bares. En castellano en dos de ellas, en inglés en las otras dos. El texto se toma sus buenos cincuenta minutos para contarnos el chiste de Nelson, el escandinavo que rompe nueces con el pene. El chiste adquiere proporciones gigantescas en el recuerdo, porque es lo único que se narra con hilo argumental. Así que el archivo de nuestra memoria es -las leyes de la percepción humana y yo somos así, señora- el de un chiste constantemente interrumpido por otras cosas. Cosas tales como "delirio poético número dos: hoy me he comido tres hipopótamos", o la repetición de "nada pasa por casualidad" (o similar, no me pareció muy importante memorizar nada), o la repetición con fecha cambiante de "hoy es 28 de junio de 2215 temperatura exterior 80 grados". También nos hablan de una amiga que sostiene que no es lo mismo follar en Islandia que en las Canarias. Etcétera. Los textos podrían estar elegidos al azar, y nada cambiaría. 

En el minuto treinta de esta tediosa procesión de textos banales entra música. Se queda un ratillo. En el minuto 45 entra otra vez (ahora es el Claro de luna de la Suite Bergamasca). El aire acondicionado y la música le hacen pensar a uno que quizá no va a morir de tedio si se esfuerza en conseguir un estado de ánimo de ligero atontamiento. Durante toda la... ¿función?, va cambiando la iluminación que proporcionan los tres enormes focos en escena y los colocados en la pared derecha de la sala. Creo que también el pasillo que se abre tras la puerta abierta a la izquierda de la chácena pasa de iluminado a oscuro, pero no podría asegurarlo. Cuando digo "va cambiando" quiero decir que este foco se extingue y el otro sube, y así alternativa y sucesivamente. Los cambios podrían estar programados al azar y nada cambiaría, pero para mi pasmo la iluminación está firmada en el programa de mano: Eric Wurtz. Me sorprende un poco que los tres autores tengan el arrojo de plantear un bodrio de estas dimensiones, pero que a la hora de apagar y encender los focos (me resisto a usar el verbo "iluminar") les asalte la modestia y busquen asesoramiento.

El público estaba compuesto en mi funcion casi exclusivamente por modernos convencidos, por la militancia más entregada a la vanguardia. Aun así, y junto a algunos tímidos aplausos y un bravo (!) que se quedó  desoladoramente aislado, el final fue saludado por el pateo más sonoro que he oído en años.

Esto no es una función de teatro, es una instalación. Alguno de ustedes estará pensando, "hala, otro de esos críticos que cuando oían música atonal decían esto no es música o esto no es pintura cuando veían cuadros abstractos". Pues no. Ésas eran afirmaciones metafóricas, y la mía es literal. Esto no es música referido a Schoenberg quería decir Esta música es horrible. Lo que yo pretendo decir, por el contrario, es que lo que estos tres han puesto en el escenario tiene nombre en nuestra cultura: se llama instalación. Han hecho una instalación. Una mala instalación, por cierto. Pésima. Hacer esto sopocientos años después de -por ejemplo- Jenny Holzer es, simplemente, ridículo. Hacerlo en un escenario, casi una falta de consideración. Una pregunta sobre la consideración al público, que no se me ocurrió a mí, pero que oí a varias personas a la salida: ¿Por qué no salieron a saludar?

Volvamos a la libertad del espectador. Desde ese punto de vista, la diferencia entre una instalación y una función de teatro estriba en que en que, en el primer caso, uno llega y se marcha cuando le apetece, mientras que, en el segundo, lo encierran. Claro que puede irse -lo contrario sería secuestro- pero tiene que lidiar con numerosos sentimientos contrarios que su delicadeza opone a esa operación de huida. Tengo una propuesta: colóquense estas pantallas con textos en el vestíbulo de un teatro y cronométrese el tiempo medio de atención que le dedica el público libérrimo. ¿Creen que se acercaría a los 55 minutos de encierro? Apuesto a que no llegaría a los cinco. Eso sí sería dejar que la libertad de elección triunfara.

Como no hay mal que por bien no venga, El triunfo de la libertad ha servido para algo. Ha producido uno de los textos humorísticos más hilarantes de los últimos tiempos: el comentario a la pieza en la página de La Ribot. Les aconsejo que lo lean, arranca con el "fruto de una experimentación intensiva y un cuestionamiento riguroso". No se lo van a creer hasta que lo vean con sus ojos, pero cita como coartada a Eco y su concepto de obra abierta, que a estas alturas viene a ser como invocar el Pentateuco o declararse demócrata. Algo tan trillado, sobado y manido que hasta los niños del jardín de infancia deben de usarlo como justificación cuando a la seño no le gusta un dibujo. Sonrojante. Termina el comentario asegurando que la pieza lleva al público a "explorar y poner a prueba la libertad de su imaginación". Como en tantas tomaduras de pelo, el creador pretende invertir la carga de la prueba y endilgarnos el mochuelo de la responsabilidad si la propuesta nos parece un pestiño. Traducción: cuidadín, porque si no le gusta la culpa no será nuestra, es que es usted un viejo peluca y que su imaginación no es libre. Es usted un tipo casposo y polvoriento, capaz sólo de entender las formas caducas del teatro.

Pues no. Gracias por el buen rato que provoca la lectura del texto, pero el truco no cuela. El triunfo de la libertad aburre a las butacas, y eso es lo único que no puede ocurrir en un teatro. ¿Provoca reflexiones? ¿Incita a pensar? La respuesta a esas preguntas es irrelevante. A la reflexión se incita con un ensayo. El teatro ha divertido desde Esquilo hasta Rodrigo García (por citar un ejemplo reciente en el blog) y también ha propiciado la reflexión. Pasen por la sala pequeña del mismo teatro a ver Hard candy y díganme si no es compatible la diversión con la más inquietante y arriesgada de las reflexiones. Todo el resto no son más que palabras, palabras, palabras. 
P.J.L. Domínguez

Me he puesto a buscar críticas por ahí y, miren ustedes por dónde, la más demoledora es una que se pretende positiva y que termina definiendo la pieza como "una pequeña curiosidad". Si la apreciación positiva es ésa, saquen cuentas. En esta otra, me encuentro un párrafo final que no me resisto a traducirles, porque me parece antológico: "Lo extraño de estos desarrollos, el carácter inédito de su modo de activación, hacen de El triunfo de la libertad un excitante momento de despertar del espíritu estrictamente contrario a la menor noción de aburrimiento. El cual parece, sin embargo, afectar severamente a una cantidad no despreciable de espectadores que prefieren irse, decepcionados en sus expectativas, o protestar alto y fuerte". Es "estrictamente contrario a la menor noción de aburrimiento" (vaya perla), pero el público toma las de Villadiego. Maravilloso.
          

sábado, 27 de junio de 2015

SI LA COSA FUNCIONA

Sala: Teatro Alcázar Autor: Woody Allen (no consta el autor de la versión en el programa de mano) Director: Alberto Castrillo-Ferrer Intérpretes: José Luis Gil, Ana Ruiz, Rocio Calvo, Ricardo Joven y Beatriz Santana Duración: 2.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Gil, Santana, Ruiz, Joven y Calvo.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Alberto Castrillo-Ferrer cosechó hace un par de años un gran éxito con Felgood, un drama político suavizado con fogonazos de humor. Si la cosa funciona es prácticamente lo contrario: la conocida visión del mundo neurótico-fatalista de Woody Allen yace muy al fondo de las frases ingeniosas a ritmo de ametralladora. Ahí reside el éxito de este humor: en el contraste entre fondo y forma, entre el negro pesimismo del protagonista y la comedia disparatada.


    Estupenda elección de actores. El carácter de Boris está tan emparentado con el del célebre señor Cuesta, que a uno le parece que lleva años viéndolo con la cara de José Luis Gil. Melody tiene que ser una chica encantadora, registro que Ana Ruiz borda. La versión estira quizá en exceso la primera parte del relato, centrada en la peculiar historia de amor, y retrasa la irrupción del recurso narrativo que pone patas arriba la pieza y le otorga toda su capacidad hilarante: los padres de ella van a descubrir en la gran ciudad posibilidades que ni ellos ni el espectador sospechaban. Esta pareja secundaria está encarnada por Ricardo Joven y Rocío Calvo, dos tipos que se cuentan entre mis debilidades confesas y que pisan siempre fuerte. Su viaje mental desde la América profunda a la liberación de impulsos igual de profundamente enterrados es lo mejor de la función. Bien también el doblete de Beatriz Santana.

P.J.L. Domínguez
          

VANITY FAIR DE JUNIO

Aquí les dejo la página de agenda con la que colaboro en 



Corresponde al número de JUNIO. Si la quieren ver (y, de paso, juzgar a toro pasado si acierto en el interés de las previsiones) den al botón derecho y elijan "abrir en una pestaña nueva": así, las dimensiones serán aptas para el ojo humano. En los móviles no sé yo...

        


ATCHÚUSSS!!!

Sala: Teatro La Latina Autor: Antón Chéjov (versión de C. Alfaro y E. Benavent) Director: Carles Alfaro Intérpretes: Enric Benavent, Ernesto Alterio, Adriana Ozores, Malena Alterio y Fernando Tejero Duración: 2.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ernesto Alterio, Fernando Tejero y Adriana Ozores. Hacía tiempo que
no me reía tanto.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Cinco piezas humorísticas hilvanadas mediante cortas escenas que protagonizan Benavent y Ernesto Alterio (éste, en un registro histriónico que casi siempre estorba, pero que le ha quedado de perlas). Piezas en las que Chéjov demuestra conocernos tanto como en sus grandes dramas. Nadie dejará de verse en este tan humano costumbrismo, hecho de manías, ansias y anhelos. Nos reímos de nosotros mismos.


    Alfaro, que es mucho Alfaro –hay que recordar que viene del bombazo de Éramos tres hermanas de Sanchis- ha hecho lo que se podía esperar cuando se anunció la función: un virtuoso ejercicio de dirección de cinco actores que hacen piruetas y saltos mortales interpretativos para brincar de uno a otro papel. La seducción a distancia de la esposa del amigo, la timidez crónica de la institutriz, la petición de mano reventada por conflictos sobre lindes y perros… estupendos pretextos para la exhibición de sabiduría teatral. Me gustaron todos, y me gustaron mucho. Pero creo que no olvidaré las caras –y el cuerpo todo- de Adriana Ozores oyendo los exabruptos del gañán que asalta su casa ni el zapatiesto que ella misma y una Malena Alterio trasmutada en lerda vociferante montan al director de banco.

P.J.L. Domínguez