jueves, 26 de septiembre de 2013

REPOSICIONES


  Ya saben que el blog está clavado a un formato de critica de un espectáculo concreto por entrada, que no quiero desparramarme. Sin embargo, y como parece que la temporada viene nutrida de reposiciones, se me ha ocurrido recomendarles algunas cosas por si se las perdieron. Como verán, por motivos diversos.



La vida es sueño: el superbombazo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¿No me creen? Miren lo que dice un colega argentino: un acontecimiento escénico de una intensidad arrolladora para la experiencia de todo espectador, esté o no habituado al teatro en verso. Volverá al Pavón en marzo, llámenme paranoico, pero yo me sacaría las entradas ya mismo. La temporada pasada llenaron todas las representaciones.


Por los ojos de Raquel Meller: no es exactamente una reposición, porque la producción ha variado bastante para adecuarla al escenario del Reina Victoria. Pero lo que queda del original justifica verla, sobre todo si es usted devoto de la época. Ya está en cartel.



Kafka enamorado: El Centro Dramático Nacional programa otra vez esta pieza de teatro de cámara que está en el polo opuesto de las dos anteriores. Teatro reducido, modesto, hecho con detalle. Gustó a todo el mundo, que yo sepa. De enero a marzo.



Maridos y mujeres: Si me leyeron, sabrán que no me gustó mucho, pero es uno de esos montajes que hay que ver para estar al día, en un estilo que se lleva mucho. Y tampoco es ningún pestiño, mucha gente salió entusiasmada. 



El manual de la buena esposa: Quizá, la comedia del año. Está plagada de momentos hilarantes, como el de la ducha de las nazis, pero me quedo con los coros y danzas de la apoteosis final. Es una de esas funciones a las que puede llevar a cualquiera: a los primos que vienen de Segovia o a las compañeras de instituto de su hija.



El cavernícola: Lleva camino de ser en Madrid lo que La ratonera es en Londres. Me resisti durante mucho tiempo, convencido de que sería un texto machista y ramplón. Y de eso nada. Vayan en pareja, y se caerán de la butaca de risa. O vayan solos, y se caerán de la butaca de risa. 



Burundanga: Otra opción para función de risas sin más complicaciones. Tampoco hay quien la saque de la cartelera. Ha ido cambiando de elenco desde que la vi, pero supongo que la sigue manteniendo la excelente estructura cómica del texto.



Un pasado en venta: lean mi crítica y corran a comprar entrada. Les queda esta semana.



De noche justo antes de los bosques: Ha saltado de El Sol de York al Teatro del Arte, si les caía lejos ya no tienen excusa. Un duro monólogo de Koltés muy bien dirigido y muy bien interpretado. 

Después de esto, se me van los dedos a escribir una entrada sobre las reposiciones que deberían evitar, pero voy a abstenerme. Empecemos de buen rollo.
P.J.L. Domínguez


Nota del 9 de octubre: ¡Olvidé La realidad de Despeyroux, con la Orazi! Demasiado tarde. Esto me pasa por improvisar.
           





POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLER

Sala: Teatro Reina Victoria Autor y drector: Hugo Pérez Intérpretes: Maribel Per / Amanda Puig / Nené Pérez-Muñoz (alternándose), Carmen Rodríguez de la Pica, Chelo Vivares, Rocio Osuna, Belén González, Badía Albayati, Pablo Rossi e Iván oriola. Duración: 2.15' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Como observa el autor en el programa, el contraste entre el éxito universal de Raquel Meller y su desaparición de nuestro imaginario actual resulta estrepitoso. Cuando el mundo comenzaba a inventarse un star-system, allí estaba la muchacha de Tarazona.

  Hugo Pérez es un maestro de la atmósfera y la recreación histórica. Secundado en la Sala Tribueñe por un extraordinario grupo de artistas, salta por segunda vez a espacios más convencionales de la capital. La primera fue con Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, uno de los más rotundos éxitos de la temporada pasada y, desde luego, el más sorprendente. 

También Por los ojos de Raquel Meller nació en la Tribueñe, en un montaje que ha estado años en escena y que cautivó a la crítica sin excepciones. Algo pierde en el trasvase a sala grande: sobre todo, la magia de los reducidos telones, las transparencias y las proyecciones. Pero lo que queda está muy bien sostenido por los puntos fuertes habituales de la casa: excelentes iluminación (Llorens) y vestuario (Pérez), excelente tratamiento de la música (Studgonov), perfecta coherencia interpretativa de la compañía. Destacan el encuentro con Pastora Imperio, la larga escena de Flor de Te –Sarah Bernhardt incluida- y la exquisita parodia de cine mudo. El alarde de recreación va desde el modo de  impostación de la voz hasta el guiño en los créditos del programa de mano

Y añado ahora (cuatro meses más tarde): devuelvan al Conservatorio de Tarazona el nombre de Raquel Meller con el que se inauguró.
P.J.L. Domínguez
           

martes, 24 de septiembre de 2013

CAPITALISMO. HAZLES REÍR

Sala: Teatro Circo Price Autor: Juan Cavestany  Director: Andrés Lima Intérpretes: Aitana Sánchez-Gijón, Nathalie Poza, Andrés Lima, Luis Bermejo, Óscar del Pozo, Eva Boucheritte, Alba Sarraute, Marta Megías,Silvia Marsó, Irene Escolar, Edu Soto, Rulo Pardo, Nacho Vera, María Mira, Marilén Ribot, Martí Soler Duración: (pendiente de recuperar mi apunte en el papelito de la entrada)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Todo el elenco haciendo el ganso (o supongo que el avestruz, que tiene más 
aprovechamiento metafórico).


  La propuesta más mediática del arranque de temporada: mucho actor célebre, mucha explicación sobre el proceso creativo (algo de lo que desconfío en cualquier arte, vean cómo terminó la música contemporánea a base de explicarse), mucho alarde multidisciplinar. "El Taller de Investigación Teatral Contemporáneo ha reunido a más de 100 artistas y teóricos en torno a la economía y su impacto en nosotros". Eso dice la página del Price (y no salgo de mi asombro). Tan supuestamente in progress y tan supuestamente creada "en directo" (sigo en la página del Price), que hay pases para asistir varias veces y ver la progresión de la cosa. 

  Toda esta hojarasca periférica se la lleva el viento en cuanto uno ve un espectáculo, claro. Lo que cuenta, lo único que cuenta, es lo que uno ve. ¿Y qué ve uno esta vez? Que los montes parieron un taller de actores, ni más ni menos. Ahora bien: un taller de actores al que, además de la hojarasca, le sobra de todo. Para empezar, actores. Creo que conté diecisiete, y para lo que hay que hacer bastarían diez menos. Para seguir, duración. 


  ¿Multidisciplinar? Simplemente, no. Es teatro-teatro aderezado con breves y simples (casi diría simplonas) coreografías, algunos volatines, número de cuchillos que hará sonrojar a la gente del circo y trapecio prescindible y encajado con calzador. Digerida esa suave sugerencia de heterogeneidad, no queda más que una banal piececita de dos cabezas: una bastante Animalario (las escenas de familia) y la otra bastante Sexpeare (las de Rulo Pardo, claro, que seguro que ha puesto bastante). El director de escena presente en la pista como maestro de ceremonias no aporta nada, y es quizá el elemento más pretencioso. Un poco bochornoso verle dar órdenes que los actores ejecutan antes de verlas u oírlas. Vamos, que las supuestas inspiraciones del directo parecen más bien ensayadas. La función tiene mensaje: el neoliberalismo es una cosa horrorosa. Lo sospechábamos.


  Se salvan los actores. Maravillosa Silvia Marsó en el personaje más de carne y hueso, una Gilda de arrabal chicle incluido; ojalá nos contaran su historia. Me entero después de que esta Silvia Bombón es el personaje que interpretaba cuando hacia revista de jovencita. Si es que tiene mucho de auténtico. Estupendos el médico de Pardo y la chinita insufrible de Escolar. A Soto le basta una escena para confirmar, tras El lindo Don Diego, su gran talento histriónico. Muy en su sitio Poza (que viene de la maravillosa A cielo abierto, y a la que no sé cómo le ha ido en Fuegos, estaba yo en las Indias, ya saben), y muy bien (mucho mejor que en La chunga) Aitana Sánchez-Gijon. Impecables Sarraute y, como siempre, Bermejo. 


Y si les parecen duras la de Vallejo y la mía, miren ésta.

P.J.L. Domínguez
           



jueves, 22 de agosto de 2013

NI PARA TI NI PARA MÍ

Sala: Teatro Calderón Autores: Juan Luis Iborra y Sonia Gómez  Director: Juan Luis Iborra Intérpretes: Miriam Díaz-Aroca y Belinda Washington Duración: 1.35'
(la función ya no está en cartel)




Allá por el 10 de agosto les prometí "en nada" la crítica de esta función, que no está en cartel desde julio. Me vine a las Américas, estoy ahora mismo bastante ocupado poniendo mi vida patas arriba... pero esto es más fuerte que yo: si lo prometo, lo cumplo. Además, es posible que vuelva después del verano. La función, digo. Yo espero volver. "Espero", porque ya les digo que estoy en plena tarea de derribo de mis certezas.

El final de temporada de este blog ha sido bastante chungo. Vean si no: Frankenstein, Más sofocos... y ahora esto. Menos mal que cayó Maribel y la extraña familia (¿Ya la han visto? Si la respuesta es no, vayan poniéndole fecha para septiembre, que les endulzará un poco el amargo regreso).

Ni para ti ni para mí no da para nada. Si acaso, y empeñándos en salvar algo, hay cierto ingenio en una escenografía que empieza por parecer simplemente feúcha, pero que luego va resultando. No encuentro datos sobre el firmante, y me dejé el programa de mano en Madrid. El resto, para olvidar. El texto no hace ni la menor gracia. Díaz-Aroca y Washington, que tienen salero y carácter, tristemente desaprovechadas. La primera coloca la voz desde el primer momento en un registro -pariente muy lejano de la Forqué- injustificable e irritante. La cosa ni va ni viene ni por el camino nos entretiene. El respetable se aburrió como una ostra, yo el primero.

Bueno, y ahora la propina. Si, me parece que el fiel lector que entra al blog en pleno mes de agosto y se encuentra esta triste entrada sobre este triste espectáculo merece alguna compensación. Ayer me acerqué al centro de esta urbe de las Américas a comprar entradas para un teatro, y había una librería de viejo pegada a la taquilla. Me encontré una pequeña joya de mi adorado Jardiel, publicada en Montevideo. Se titula El libro del convaleciente, y es una colección de textos destinados a -ejem- "todos los combatientes que cayeron luchando por España y que viven largas, dolientes y abrumadoras horas de convalecencia". A Jardiel todo se lo perdono, ya sabíamos que era un poco facha. La propina de esta entrada consiste en que les voy a copiar un fragmento de la sección Reglas y fórmulas para hacer teatro, que ofrece modelos para escribir un drama, una zarzuela, un sketch (sic) y una revista frívola. Vamos con esta última.


""COCK-TAIL"
(Argumento para escribir una comedia frívola)

    Ante todo, no hace falta escenario. 
    Los teatros construidos en el día ostentan una gran sala, un amplio vestíbulo, un extenso bar, un suntuoso saloncillo, unos capaces cuartos de artistas, ascensores, almacenes, etcétera. Y llega un momento en que el arquitecto examina los planos, da un grito salvaje y exclama:
    -¡Caramba! Se me ha olvidado el escenario...
    Y quitando unos metros de aquí y otros metros de allá, subsana el olvido. ¿Qué prueba esto?
    Que no hace falta escenario para representar una revista frívola.
    La revista tiene que ser -lo he leído algunas veces en los periódicos- un pretexto para engarzar varios números de música y para que unas cuantas muchachas luzcan sus organismos.
   Y ahora, sabiendo esto, vamos a ver qué cosas nos sacamos de la cabezota para enhebrar una revista. Ante todo, el título. ¿Cómo puede titularse' Hay que buscar un título frívolo (naturalmente), mundano, chispeante y atractivo. Podemos titular nuestra revista "Cock-tail". He aquí una palabra frívola, mundana, chispeante, atractiva y lo suficientemente imbécil. "Cock-tail". Estupendo. "Cock-tail". Muy bien. Quedamos en que "Cock-tail".
    Ya tenemos el título, la revista va a empezar.
   Se sienta el público, se oyen los siseos precusores del comienzo; varios caballeros tosen que se parten. De pronto el director levanta la batuta y la mano izquierda. ¡Zas!... Rompe a tocar la orquesta.
    ¡Tachún, tachún, tararitachún; tachún, tachunda; chun, chun, chun...! (Etcétera).
    El telón se levanta por fin; de muy mala gana, pero se levanta. Luego, a mitad de subida, se engancha del costado izquierdo. Adviértense los tirones que dan de él; pero los esfuerzos resultan inútiles. Entonces puede verse una mano que lo desengancha, y el telón asciende del todo y se pierde en el telar. Y el público respira como quien se quita un peso de encima.
    La escena está formada por una cortinas negras. Sin embargo, nos hallamos en la Cuesta de las Perdices. Asi lo indica claramente un mojón cuentakilómetros enclavado en el foro y el que se lee: "A Torrelodones. A Madrid".
    La orquesta ataca otro motivo y lo hace polvo.
    Hay una pausa que nadie se explica, y dentro del escenario suena una voz angustiosa:
    - ¡Señorita Rufilanchas, a escena!... ¡¡A escena!!
    Se descorre una de las cortinas, y la señorit Rufilanchas sale, empujada por una hercúlea fuerza oculta. Da un traspiés, se endereza y canta. Nos enteramos con estupor de que simboliza la Noche. Se la oye decir, a destiempo de la orquesta:

          "En la soledad del campo...
           en la soledad del campo..."

  Y extiende sus manos hacia el campo solitario, representado por las cortinas negras; pero el campo no está solitario: una de las cortinas, agitada por el viento, deja ver un grupo de muchachas vestidas de automovilistas, que aguardan el momento de salir.
    Todo el mundo comprende que van a salir de un momento a otro las automovilistas. Y algunos espectadores se hablan confidencialmente:
    - Verás, ahora van a salir unas automovilistas.
    - ¿A que salen unas automovilistas?
    - Me parece que van a salir unas automovilistas.
    Cuando acaba de cantar la señorita Rufilanchas, ocurre una cosa inesperada: se descorren las cortinas y salen unas automovilistas.
    Aplausos.
    Un caballero afirma:
    - Estas son unas automovilistas.
    Las automovilistas cantan también, y culpan a la Noche de todos los vuelcos que han sufrido.
    La Noche se incomoda bárbaramente mientras le sonríe a un señor gordo que hay en el palco proscenio de la derecha.
    Luego jura que la noche es una cosa estupenda y que les va a enseñar a las automovilistas todo lo que ella ampara bajo su manto.
    Alegría de las automovilistas.

          "¡A reír! ¡A gozar!
           ¡A divertirnos la mar!"

gritan con verdadera desesperación.
  Y cae el telón, dejando un par de ellas fuera. Estas señoritas se van por los lados, muy avergonzadas.
    El segundo acto puede ser un cabaret. (Ya vamos llegando a la justificación del título). Aparecen dos mesas, ocupadas por tres personas. Un camarero asegura que el local está lleno. No le contradice nadie.
    Salen las muchachas de antes, que ahora simbolizan los licores. Evolucionan con prudencia, porque no caben en el escenario.
    Canta el "Curaçao".
    Canta también el "Marie Brizard".
    Pero, de subito, el "Pipermmint", que estaba en un exremo de la escena, avanza un paso, le falta el terrerno y se cae a la orquesta. Golpe de gong.
    Un poco de revuelo.
    Entre el óboe y dos espectadores de la fila cero, suben a pulso a "Pipermmint", hasta colocarlo otra vez en su sitio del escenario.
    Como lo colocan con demasiada fuerza, tira a la orquesta a la "Ginebra", que estaba en el otro extremo de la fila.
    La orquesta, habituada a estos incidentes, sigue tocando. Ante aquella indiferencia, la "Ginebra" se levanta por sus propios recursos y se va con su novio, que estaba esperándola en el vestíbulo.
    Acaba el cuadro con el "cock-tail" (¡ya apareció el "cock-tail"!), o sea la unión de todos los licores. Para lograr este espiritual efecto, todas las señoritas se abrazan, como si partiesen de excursión a Australia.
    Apoteosis.
    Todos los personajes de la obra ocupan la escena. Se les ve cogerse de las manos para evitarse nuevas caídas.
    La Noche declama unos versos autopiropeándose.
    Aplausos.
    Salida de los actores por la concha del apuntador. Mutis, después de saludar por el mismo sitio.


Y ahora sí, prometo dejarlos tranquilos hasta bien entrado septiembre. Me quedo con mis cosas, que bastante tengo con lo que tengo.
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 10 de agosto de 2013

MÁS SOFOCOS

Sala: Teatro La Latina Autores: Isabel Arranz, Màxim Huerta, Juan Luis Iborra, Antonio Albert y Sonia Gómez  Director: Juan Luis Iborra Intérpretes: Lolita Flores, Loles León, Fabiola Toledo y Alicia Orozco Intérprete en vídeo: María Teresa Campos Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Llámenlo obsesion, llámenlo vocación. El caso es que, después de ver Sofocos, y ya entendieron por mi crítica lo mucho que disfruté, voy y me paso a ver ésta, por el maldito prurito de no perderme algo que -por remota que sea la probabilidad- lo mismo resulta. Ya saben que siempre me queda la ingenua esperanza de que las cosas remonten. 

Bueno, no remonta nada. Lo dicho entonces vale ahora. Casi diría que un poquito peor sin los momentos despiporre de Paz Padilla. Loles León, mucho mejor cuando se contiene: estupenda en la escena de las dos señoras de la limpieza. En cualquier caso: si esta continuación significa que Sofocos fue un éxito comercial, me alegro, y espero que la segunda parte vaya lo mejor posible. No está el horno para negarse a ningún bollo.

¿Y para esto se pone éste a consultar sus notas y a escribir desde el otro lado del oceáno? ¿Para dos párrafos que ni fu ni fa? Ya se lo he dicho: obsesión, vocación... Si dejo sin entrada a una función que he visto lo mismo me da algo. En nada (espero, que llevo una vida que ni pueden imaginarse, de verdad) les dejaré la crítica de Ni para ti ni para mí y les concederé unas vacaciones, que se las tienen merecidas.
P.J.L. Domínguez
           

lunes, 29 de julio de 2013

FRANKENSTEIN EL MUSICAL

Sala: Teatro Nuevo Apolo Música: Santiago Martín Arnedo Libreto: Myriam Carrascosa Vega Directora: Myriam Carrascosa Vega Intérpretes: Julián Salguero Peregrina, Samuel González Rubio, Allende Blanco Uranga, Cristina Carrascosa Vega, Anasun Carmona Bravo, etc. (no se fíen mucho;me dejé el programa de mano literalmente a miles de kilómetros y estoy consultando una foto que saqué al cartel de la entrada) Duración: 2.30' (15 minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Excelente imagen gráfica, quizá lo mejor.
Efectivamente, es una historia que parece pedir un musical a gritos. Hay varios: Frankenstein a new musical, Frankenstein el musical de un alma perdida, Dr. Frankenstein (ópera rock), Young Frankenstein the musical (basado en la sin par película de Mel Brooks y, claro está, de cachondeo)... Éste que se representa ahora en el Nuevo Apolo es una curiosa, y loable, iniciativa. No es habitual que un espectáculo de esta envergadura, con un porrón de gente sobre el escenario que va cambiando de vestuario cada dos por tres, no tenga detrás una empresa de dimensión equivalente. Da la sensación de que esto se ha puesto en pie a base, sobre todo, de entusiasmo. 

Pero el entusiasmo, ay, no garantiza nada. Y a este musical le falla lo único que no podía fallarle: la música. No va, no viene, se queda en ninguna parte. Con un escaso par de excepciones: No quiero decirte adiós y otro número anterior que se me ha esfumado de la memoria (lo siento, escribo desde un remoto confín del planeta y con el cerebro zarandeado por un huracán que va a poner patas arriba toda mi vida, espero que para bien). La irrelevancia musical y un nivel interpretativo general bastante escasito (está mucho mejor cantada que actuada) lastran irremediablemente la función. 


Ahora bien: algo que podría ser perfectamente insoportable con esas taras, se termina sobrellevando sin excesiva modorra. Sobre todo, porque el libreto está, en líneas generales, bastante conseguido. Del relato original falta sólo el largo aprendizaje de los mecanismos de la sociedad humana que el mostruo realiza observando a escondidas a una familia. Queda un poco confuso el presente: no sé si termina de entender que conocemos la historia porque Victor Frankenstein la relata al capitán del barco que lo recoge en los confines del Ártico, hasta donde ha perseguido a su criatura.

Mary Shelley. ¿No se parece a...
¡Angélica Liddell!?
Hay también un cierto nivel de dignidad en el aspecto visual. La catástrofe acecha constantemente a un par de centímetros (cruces y niebla son, a estas alturas, dificilísimas de colar en un teatro; por no hablar de las máquinas del gabinete de los horrores), pero el conjunto se salva, y la cosa tiene un peso fundamental en la salvación general de la función, por una adecuada iluminación de Miguel Fernández. Mucha gente en el escenario, muchos cambios de vestuario... esas cosas ayudan siempre a no aburrir. Alguna escena (el juicio de Justine) se defiende bien plásticamente, y alguna otra (el momento del despertar del monstruo, que Samuel González Rubio consigue revestir del horror necesario) alcanza una cierta densidad emotiva.

Frankenstein o el moderno Prometeo es una novela maravillosa. Oscurecida por el éxito posterior del monstruo, elevado a mito de nuestra cultura popular y, en este aspecto, prima hermana del Drácula de Bram Stoker. Mary Shelley escribió a la sorprendente edad de veintiún años una obra que refleja de forma paradigmática las obsesiones y el estilo literario del romanticismo temprano (una época de matices delicados que ofrece enormes posibilidades de deleite al observador) enmarcándolos, parecería que paradójicamente, en una historia que hunde las raíces de su éxito en el recurso a arquetipos inconscientes atemporales y universales. Léanla si no lo lo han hecho todavía. Y, para situarse en el ambiente en el que se gestó Frankenstein, vean la extrañísima Remando al viento de Gonzalo Suarez (digo extrañísima por su alejamiento de los estándares más habituales del cine español). 

Le ocurre a esta versión un poco lo mismo que a Los miserables del Teatro Victoria. Respeta lo suficiente la fuerza de la historia original como para que las evidentes deficiencias no la destrocen.
P.J.L. Domínguez
           











sábado, 20 de julio de 2013

MARIBEL Y LA EXTRAÑA FAMILIA

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Miguel Mihura Director: Gerardo Vera  Intérpretes: Alicia Hermida, Abel Vitón, Chiqui Fernández, Sonsoles Benedicto, Markos Marín, Lucía Quintana, Javier Lara, Elisabet Gelabert y Macarena Sanz. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lucía Quintana, Macarena Sanz, Elisabet Gelabert y Chiqui Fernández. Excelente foto de Antonio Castro.


Estaba yo a punto de dar el blog por suspendido hasta la rentrée (vaya palabreja cursi, ¿eh?), cuando caí en la cuenta de que me quedaba un fin de semana que exprimir, si le echaba ganas. Y se las estoy echando: el jueves Frankenstein, el viernes Maribel, y me quedan los renovados Sofocos y la de Washington y Díaz-Aroca en el Calderón. Cuelgo primero a Mihura, porque... ¿qué les voy a explicar? Lo que yo tengo por este hombre es veneración. Así, de memoria, creo que los dos últimos Mihuras que he visto son El caso de la mujer asesinadita (de la Ochandiano, con la Ordaz) y La decente (de Pérez Puig, con Victoria Vera). Me gustaron los dos, ya saben que soy de gustos amplios. Les adelanto, sin más suspense, que esta Maribel de Gerardo Vera está muy, muy bien.



Todo el mundo sabe que el texto es una joya. Hasta tal punto que, después de que la historiografía teatral haya derramado durante decenios torrentes de lágrimas por el vanguardista perdido de Tres sombreros de copa, se pregunta uno si no mereció la pena lo que perdimos de vanguardia por lo que ganamos de género. Recurramos a ese tópico que tanto me gusta: si Mihura hubiera nacido en Wisconsin, Elisabeth and the strange family tendría una versión cinematográfica de 1962 con Shirley MacLaine y Jack Lemmon y, por lo menos, un remake de 2001 con Nicole Kidman y Ewan McGregor. Siendo su autor madrileño, tampoco le ha ido mal. Ha conocido versiones de cine y televisión, y el público teatral le guarda fidelidad: mi función de ayer estaba a reventar. Pero cualquier día pasará algo -por ejemplo, una versión americana- y el mundo se pondrá de rodillas ante Maribel.  Es una pura maravilla. Una fábula atemporal y universal sobre la posibilidad de redención y la fuerza de la bondad y la ilusión. Con eso que nos gusta tanto tantísimo a los seres humanos de sufrir durante tres actos el suspense relativo a si la protagonista saldrá de la vida infame que aspira a superar. Y con los mejores personajes secundarios jamás vistos sobre las tablas: las tres pilinguis amigas de Isabel y las dos inefables, inmensas ancianas. 

Las ancianas se las traen. Primer apunte: les aseguro que esto es puro realismo. JM me decía "pero si son tus tías". En efecto, lo son. Sólo que mis tías son TRES. Me pregunto siempre si Mihura pudo cruzárselas alguna vez, porque el grado de coincidencia es realmente asombroso. Por supuesto, Mihura no se las cruzó, ni siquiera eran ancianas cuando él escribía, pero la cosa no deja de ser sorprendente. Para lo que aquí nos interesa, la conclusión es que estos personajes son reales y bien reales. Ahí a la izquierda tienen a Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro en la versión de José María Forqué (1960). Si ahora les digo que la Caba Alba se parece notablemente a mi abuela, van a pensar que se me va la olla. En fin.


Este humor de las ancianas, este humor de Mihura hecho de la cotidianeidad más llana, y en el que la comicidad brota de la propia llaneza (me estoy acordando del cerrajero de Ponferrada en La decente), no es nada fácil de decir. Si no se suelta con la intención justa, lo que puede ser hilarante pasa perfectamente desapercibido. Sonsoles Benedicto y Alicia Hermida son el primer acierto de la función. No dan punto sin puntada, si están en escena uno no puede mirar a otra parte. Es como si hubieran nacido así, en ese escenario, y llevaran toda la vida soltando esas perlas por la boca. El público las adora sin remisión, y desea -por Dios- que Hermida siga hablando.

Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto.

Las pilinguis: otro bombazo. Retratadas con derroche de ternura por este hombre al que le encantaba frecuentar prostitutas. En las antípodas del glamour de la perdición o el abismo: tres muchachas lisa y llanamente normales, con un oficio que tiene sus peculiaridades. Chiqui Fernández es una Pili fantástica ("¿No es muy raro..?"), lamento no haberla visto antes en teatro, seguro que me he perdido cosas interesantes. En mi función salió airosa -con  habilidad circense y el capote de la Hermida- de uno de esos lances que la suerte depara a veces al espectador: se rompió una silla. Elisabet Gelabert estaba bien en Maridos y mujeres, y muy bien en Veraneantes. Completa con Macarena Sanz (la maravillosa revelación de Munchausen) un trío al que Vera ha otorgado perfecta homogeneidad. 

Markos Marín y Lucía Quintana.

Lucía Quintana, que hasta ahora me había parecido que rendía más dirigida por Sanzol que por Vera, compone una Maribel cercana, como de andar por casa en zapatillas, con apenas unos minutos iniciales en pose de fulana. Se lleva la empatía del espectador, que mataría al vecino de butaca por que a esta chica le salgan bien las cosas. Muy eficaz en la contención: pierde los nervios casi una única vez ("lo raro sería que salieran hombres del piano", cita aproximada), con el consiguiente efecto hilarante. Me recuerda muchísimo a alguien, pero no caigo. Ya les contaré si consigo dar con el parecido. Marín hizo un personaje alejadísimo de éste en el Agosto de Vera, y funcionó igual de bien allí que aquí. Éste de Marcelino -siempre les digo las mismas cosas- tiene el peligro de parecer tonto del bote, pero Marín sortea el peligro estupendamente. 

Ahora, pónganse a sumar lo que funciona. Andújar ha conseguido, yo diría que con el menor gasto posible, una escenografía muy resultona. Firma también un vestuario irreprochable. Los modelitos de las señoritas deben de haberle divertido tanto a él cuando los diseñaba, como a las actrices cuando se los ponen. Todo bien y discretamente iluminado. Muy bien traída a cuento la proyección. La música justa. En resumen: que a Vera, que venía del dramón de Agosto, le ha quedado esto muy atractivo, muy en Mihura y lo necesariamente cómico para que tengamos Maribel para meses. Eso espero. No dejen de llevar a sus madres y tías.
P.J. L. Domínguez
           



viernes, 5 de julio de 2013

EL HIJOPUTA DEL SOMBRERO

Sala: Teatro Príncipe Gran Vía Autor: Stephen Adly Guirguis (versión de Miguel Hermoso) Director: Juan José Afonso  Intérpretes: Juan Díaz, Alberto Jo Lee, Bárbara Merlo, Raquel Meroño y Juan Carlos Vellido Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Celebro que la obra pueda titularse en Madrid El hijoputa del sombrero. El original -The motherfucker with the hat- ha sido censurado en ocasiones en los EE.UU. hasta quedarse en The motherf**ker with the hat o The mother with the hat. Cualquier día empieza a pasar aquí, ya verán, inundados como estamos de memez por todas partes. Hoy he recibido un mensaje de correo que me proponía "una call" -o sea, una llamada- para el jueves. Sin comillas ni nada, se lo juro. 

J**n P**l S**tre
Me pregunto qué van a hacer en el futuro allende los mares con, por ejemplo, La puta respetuosa, tradicionalmente titulada en inglés The respectful prostitute. Quizá les guste The respectful p**stitute. Aunque es posible que las fuerzas bobas de la moral encuentren más peligrosa en este sintagma la palabra "respetable" y prefieran The resp**tful prostitute. The resp**tful p**stitute comenzaría ya a salir del terreno de la censura para pisar abiertamente el de la vanguardia, y llevaría con la fuerza de un torbellino hasta T** resp**tful p**stitute. Leo en la wikipedia que la censura del título de Guirguis dio problemas al plantear el marketing. Se me ocurre, tras este descuartizamiento de la puta de Sartre, que algo así como T** m**herf**ker **th th* h*t podría ser un excelente cebo de publicidad viral. "Dos entradas gratis a quien acierte...". Etcétera.

Estas cosas me recuerdan siempre el comentario de "una madre" que, cuando el escándalo de Like a virgin, declaraba horrorizada que, tras oír la canción en la radio, su hija le había preguntado qué era una virgen. ¿Esperaba que su hija muriera feliz algún día sin conocer el significado de la palabra? ¿O prefería que se enterase en el patio del colegio? Me moriré queriendo habérselo preguntado a la desconocida. Hace unas semanas, Madrid vivió un escándalo en el Teatro de la Zarzuela: parte del público protestaba y abandonaba airado la platea por los desnudos en una escena orgiástica. Con los tiempos que corren, semejante reserva de ingenuidad me parece digna de admiración. ¿La gente se indigna por ver una persona desnuda en un escenario? Deberían vender entradas para ver eso. Para ver al indignado, no al desnudo. Yo pagaría.


Juan Díaz (de muchacho encantador, no cuadra) y Bárbara Merlo.
Estábamos en que en Madrid la obra puede titularse El hijoputa del sombrero, al menos de momento. Casi terminan aquí las buenas noticias. El texto de Guirguis... ¿qué quieren que les diga? Yo no le veo nada. Diré, para ser honesto, que reconocer un buen texto en una versión escénica mediocre es más difícil de lo que parece. Puede ser que no tenga yo la necesaria habilidad. Diré también que, siendo quizá estupendo, pertenezca a ese grupo de obras aclamadas por aquí y por allá, a las que, por algún ignoto motivo, yo no soy capaz de ver el atractivo (siempre les pongo a Closer como ejemplo). Como siempre que mi sensación choca con la opinión general, someto a mi sensación a todo tipo de torturas: por ejemplo, a imaginarme El hijoputa interpretado por Al Pacino y Colin Farrell (la pareja de La prueba). Y entonces me digo: "sí, sería estupendo". Y luego me redigo: "¿hay algo que no quede estupendo si lo dicen esos dos?". Y concluyo que sólo puedo quedarme con mi sensación. Por mucho riesgo que suponga, no tengo otra cosa: El hijoputa del sombrero no me parece un texto para echar cohetes.


Con mirada de zumbado. Así, cuadraba.
La versión que se puede ver en el Príncipe Gran Vía nace, a mi modesto entender, lastrada por un error de casting. Juan Díaz da perfectamente el aspecto de angelote de melena rubia (a lo Vidal Sassoon, como decía la canción), del muchacho que toda madre querría que fuera amigo de su hijo. Pero resulta que hace falta un exconvicto y (más o menos) exadicto creíble, que soporte media función sobre sus hombros. ¿Tiene Juan Díaz culpa de tener el físico que tiene? No. ¿Se podría haber superado el escollo? Claro. Todo es posible, después de ver a Paco Martínez Soria salir airoso del trance de convertirse en la tía de Carlos. ¿Se intenta superar? No. Afonso mantiene a Díaz -y Díaz se deja mantener- en el escenario casi a piñón fijo, luciendo sonrisa y melena. No hay quien se lo trague. Vean que, sin embargo, esto lo entendió perfectamente quien hizo las fotos promocionales (Paco Navarro): la mirada turbia de Díaz ahí (tienen la foto embutida en este párrafo) tiene poco que ver con el aspecto del actor en la función (foto de más arriba).


Raquel Meroño
Mejor Juan Carlos Vellido y Bárbara Merlo (ya saben que no se puede ser argentina y mala actriz, además se parece a Ann Baxter), aunque dan la sensación de andar un poco buscándose la vida por el escenario como pueden, o como les han dejado. De Alberto Jo Lee, mejor no digo nada. Descubrimiento de la noche: Raquel Meroño, aunque el papel sea breve. Durante los primeros minutos, me pareció otro error de casting: demasiado alta, demasiado guapa y... demasiado photocall (disculpen mis prejuicios) para el ambiente que se pretende retratar. Pero luego abre la boca y no da una fuera de sitio. A tenerla en cuenta.
P.J.L. Domínguez
           



domingo, 30 de junio de 2013

LOS MISERABLES

Sala: Teatro Victoria Autor: Víctor Hugo (versión dramática de Paloma Mejía) Directora: Paloma Mejía Intérpretes: No constan Duración: 1.50' (entreacto de cinco minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Mis lectores asiduos quizá recuerden que andaba yo leyendo Los miserables. Lo que no saben es que llevaba un par de años buscando hueco para ir a verla al Teatro Victoria, donde está en ubicación y horario complicados para mis costumbres. Es una sala peculiar, tanto de configuración arquitectónica (poco más que un salón de actos) como de programación: una vez salí corriendo de un Jardiel imposible. También la compañía Máscara Laroye es peculiar: además de Los miserables, ha tenido en cartel hasta hace poco un Cyrano de Bergerac, como las antiguas compañías de repertorio. Pero entre que la función lleva más de dos años representándose -"algo tendrá" se dice uno- y que estoy un poco obsesionado con Hugo últimamente, allá que me fui.



Allá que me fui, y allá que me encontré con una de las cosas más difíciles de reseñar que me he encontrado nunca. Vamos por partes. Casi todo está mal (este "casi" es importante, como veremos más abajo). En primer lugar, las enormes diferencias de capacidad entre actores y actrices, que van de la dignidad profesional a lo bochornoso. Pero sumen también una iluminación azul y roja casi a piñón fijo, un vestuario imposible a ratos, una caracterización más propia de fiesta de disfraces... y se preguntarán qué hago escribiendo sobre eso. Efectivamente, uno se aplica como crítico en cosas que superan un determinado umbral de profesionalidad. Sería absurdo, como les he dicho alguna vez, irse a la función de fin de curso de un colegio de primaria y publicar una crítica en el mismo lugar en el que la víspera ha aparecido la crítica de La Zaranda. Dicho de otro modo: por malísima que sea la crítica que un espectáculo recibe, el hecho de recibirla supone ya su aceptación en un determinado estándar de criticabilidad, llamémoslo así. 



Pues bien, la sucinta descripción que he esbozado más arriba de Los miserables de Máscara Laroye podría hacer pensar que estamos ante algo por debajo del nivel de criticabilidad. Sin embargo, ya les he dicho que pocas veces me he encontrado con algo más difícil de comentar. El adjetivo para muchas de las cosas que se ven en el escenario sería bochornoso tomadas aisladamente. Pero, ¡oh, sorpresa!, resulta que el conjunto avanza con cierta dignidad. Vi la función hace tres días. Llevo ese tiempo preguntándome cómo es posible que, a pesar de tanto obstáculo, enganche la atención y mantenga el interés durante los ciento diez minutos que dura. Tengo sólo una hipótesis: por una parte, es una excelente versión dramática de una excelentísima trama de novela; por otra, las cosas van que vuelan sobre el escenario. O sea: pasan cosas muy interesantes y pasan muy rápido. No hay forma de aburrirse.


Tanto lo primero como lo segundo se debe a Paloma Mejía, autora de la versión y directora. Es sorprendente, pero no falta prácticamente nada de lo que ocurre en dos mil páginas de novela. Lo que no se representa, se resume con habilidad en los diálogos (dialogando, no narrando, les recuerdo La monja alférez). Donde ha hecho falta, se ha  sumado un personaje: era la única manera de representar la bajada a los infiernos de Fantine. Donde no hacían falta, se han podado. Donde el efecto escenográfico era difícil de plantear, se ha cambiado (Marius se esconde en un baúl en vez de mirar por un agujero de la pared) o se ha estilizado la acción (el eventual realismo de la barricada se sustituye por movimientos estilizados de actores). En la gigantesca operación de reducción del texto se salva prácticamente todo lo indispensable, exceptuados, claro está, los enorme excursos que Hugo (en la foto) inserta en la novela. Mejía tiene el acierto -y esto es lo que puso alerta mi atención- de arrancar la función con los que, a mi juicio, son los párrafos centrales de la obra: los que plantean la enorme desproporción entre la culpa de Valjean y la culpa de la sociedad que lo ha empujado al abismo (aquí tienen una traducción). Yo la hubiera rematado repitiéndolos. Pero yo no soy director de escena, por suerte para todos.

En fin, lo principal es que el respetable parece divertirse, y eso explica el prolongadísimo período en cartel. Puesto que estoy terminando la novela ahora mismo y no soy, por tanto, válido como prueba del algodón, pregunté a cinco personas que salían conmigo del teatro si creían haber entendido la trama: respuesta unánimente afirmativa. Lo dicho: la adaptación funciona.

La sala no proporciona programa de mano, y me temo que el elenco reflejado en la página web de la compañía no es el actual. He hecho lo que he podido para identificar a los actores de mi función, pero no lo he logrado con todos. Tengo que decir que me gustaron algunos. Fantine, bien instalada en el melodrama, que es su sitio, por Silvia García (me dicen que así se llama, si alguien me detecta errores, que me avise si es tan amable). También eficaz quien se encargó de Fauchelevent (el jardinero del Petit-Picpus) y de Gillenormand, pero no doy con su nombre. Bien el Enjolras de Fidel Betancourt, energético como debe ser. Bien Cosette, que tampoco sé cómo se llama. Y, decididamente lo mejor de la función, el Marius de Carlos Alté: ingenuo, voluntarioso, lleno de encanto. Este chico tiene un físico que puede ayudarle, y también estorbarle mucho si quiere convertirse en actor. A mí me pareció que tiene madera. Es joven, que estudie. Les he puesto una foto un poco absurda, pero es la única que encuentro (¡parece mentira que haya actores de esta edad sin presencia virtual en condiciones!). Se salva algún secundario más; los papeles principales restantes, francamente mejorables.

Si tengo un rato estos días, algo añadiré sobre Hugo, que me tiene abducido últimamente.
P.J.L. Domínguez