jueves, 23 de octubre de 2014

LUCIÉRNAGAS

Sala: Teatro del Arte Autora y directora: Carolina Román Intérpretes: Aixa Villagrán, Jaime Reynolds y Fede Rey Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)



Carolina Román escribió con Nelson Dante uno de los fenómenos de 2013, que aún gira por ahí: En construcción. Si llega a su ciudad, no se la pierdan. Permítanme una pequeña vanidad: fui de los primeros en destacarla. Aquel prodigio de escritura era una historia con inmigrantes, pero no una historia de inmigrantes. Ha estrenado ahora una historia con discapacitado, pero no una historia de discapacitados. No sé si me entienden.



Ni se les ocurra evitar Luciérnagas porque haya discapacitado. Tampoco se avergüencen de confesar que pueden sentir esa tentación. No es por el discapacitado -estaría bueno-, sino porque la gran mayoría de las ficciones que los integran suelen ser estereotipadas como una película de Antena 3 de domingo por la tarde. La normalización no ha llegado a ese ámbito. ¿Recuerdan aquellos tiempos en que los gays en el cine eran monstruos de perversión o desgraciados abocados al suicidio? Pues algo parecido. O, si no, el personaje discapacitado es el eje de la trama, como si estuviéramos en el primer paso de esa normalización y hubiera que centrar el foco. Como Sidney Poitier en Adivina quien viene esta noche. Éste no era gay, era negro.



Pero Luciérnagas no es nada de eso. Sí, la discapacidad de uno de los personajes es un elemento importante en la construcción de la historia, pero es un elemento más. Ni acapara la atención (por eso es una historia con y no de), ni hay asomo de sensiblería. Integración normalizada.


Jasmin y Brenda en Bagdad Cafe. También Lucía llega a la nada proveniente
de ninguna parte.

La historia va de otra cosa. La historia va, como les decía a propósito de Priscilla, de sentimientos humanos básicos tan presentes en una drag-queen como en un obispo anabaptista (me encanta citarme a mí mismo, es el no va más del egocentrismo). O en unos muchachos de pueblo, habría que añadir ahora. Unos muchachos que van a recibir un día una visita sorpresa. ¿Se acuerdan de Bagdad Café? Julio se ahoga, como Brenda. Lucía traerá el oxígeno del exterior, como Jasmin. Pero la similitud va más allá. El tipo de oxígeno que aporta Lucía -alias Gigi- es muy parecido al de Brenda: un apego, que no sé si llamar espontaneidad o sentido común, a los afectos. Vivimos con la nariz tan pegada a nuestra mismidad, a esos dramas que arrastramos como una condena y que son en su mayoría naderías, tan apegados a una sofisticación inexistente, que perdemos de vista lo fundamental. Lo fundamental son siempre los demás.


(Ésta de abajo es Carolina Román, pero no puedo ponerle pie de foto. Maquetar con blogspot es morir)



No quiero desvelar la trama. Sí les diré que hay un rato largo -bastante largo- en el que uno teme que se le vaya a propinar una historia convencional. De cualquier modo, bien escrita, con una virtuosa dosificación de la información (qué tiene Lucía detrás, qué tiene Julio detrás). Pero llega el giro narrativo, y el relato sube de golpe muchos enteros. Sentimientos básicos, les decía: deber, amor, renuncia, ahogo, amistad, otra renuncia, liberación, aceptación de sí mismo... Hay de todo aquí dentro. Incluso el final, en el que uno de los personajes condensa el qué-pasó-despues-de-todo-esto, está bien traído (es un eco del comienzo), aunque quizá cabría darle alguna vuelta -no sé si al texto o a algún aspecto de la puesta en escena- para alejar del todo el fantasma de esos epílogos escritos de algunas películas. Ya saben: El doctor Harrys trasladó su consulta a Alabama y terminó de construir la maqueta. Hilary consiguió su Mustang.

A la función le falta un milímetro para ser un melodrama de tomo y lomo. Yo hubiera franqueado ese milímetro tranquilamente, pero -claro- no la he dirigido yo. Sin embargo, me gusta si me la imagino con más música. No olviden que MELOdrama es, etimológicamente, un drama con música. Y se le podría añadir de dos maneras: música extradiegética (o sea, la que oye el espectador pero no el personaje) o diegética (o sea, la que está integrada en el relato y los personajes oyen). En esta última, Román ha sido un poco cicatera: el texto daba pie a todo un alarde de música de casete, si me permiten la expresión. Me dio un vuelco el corazón con Cara de gitana, que no oía desde que alguien la incluyó -qué sarcasmo- en una lista semanal de las diez mejores canciones que me alegraba las mañanas de agosto allá por mis quince. Se agradece que bailen Gloria, y se agradecería que bailaran más cosas, pero es también comprensible el esfuerzo de contención: Román quería colocar su función en otro sitio.



El personaje de Lucía es un bombón. No voy a conseguir describirla: alocada y sensata, tierna y mandona, en las nubes y con los pies bien plantados en tierra. Vayan a verla. Aixa Villagrán está tan transfigurada, que saldrán pensando que no hay personaje, que la actriz es así. Se la comería uno allí mismo, qué cantidad de carisma amontonado, Dios mío. 

Los chicos están bien. Fede Rey supera con garbo el riesgo siempre presente al interpretar a un discapacitado síquico: la sobreactuación. Sale airoso de la prueba, pero es la primera vez que lo veo y no soy capaz de dar un juicio global por un papel tan marcado. Reynolds me pareció un poco más rígido, aunque va ganando en mi memoria: es posible que el rígido sea el personaje. También a él tendré que verlo en alguna otra cosa para hacerme una idea más cabal.




Fede Rey y Jaime Reynolds.


Aún no les he dicho lo más relevante. El encanto de Luciérnagas se asienta, y se parece en esto a En construcción, en su humildad, en su falta de pretensiones, en la sinceridad y la modestia del texto, del planteamiento escenográfico y de la dirección. Este menos-es-más sólo ganaría (quizá) con un más: algo de espacio que dejara respirar a la eficaz escenografía de Alexandra Alonso. Pero es lo de menos (lo siento, no sé resistirme a un juego de palabras). La función le va ganando a uno poco a poco, como sin querer, imponiéndose con suavidad. Vayan a pasar un estupendo rato de teatro-teatro.


Ah, se me olvidaba: hay un peliculón aquí escondido. No es que lo diga yo. A mi lado se sentaba un Goya al mejor guión, y opina lo mismo.

P.J.L. Domínguez
           

domingo, 19 de octubre de 2014

LOS JUSTOS

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Albert Camus (versión de José A. Pérez y Javier Hernández-Simón) Director: Javier Hernández Simón Intérpretes: Lola Baldrich, Álex Gadea, Ramón Ibarra, Rafael Ortiz, José Luis Patiño y Pablo Rivero Madriñán Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Ojito a las cuerdas.
Sobre ETA y contra ETA.


Dice el programa de mano que Los justos es una obra sobre ETA y contra ETA. Ni lo uno ni lo otro. No es sobre ETA, porque no podía serlo. El texto de Camus no es sobre los revolucionarios rusos -protagonistas originales de la pieza- sino sobre la violencia política ejercida con la intención de liberar a los oprimidos. Una versión que se limita prácticamente, aparte de otras mutilaciones, a cambiar justo lo necesario para que los personajes sean etarras, difícilmente puede convertirse por arte de magia en algo sobre ETA. Vamos, que no lo es. 

Tampoco es una obra contra ETA. Quizá esa frase del programa de mano sea un simple grito de ordenanza, porque están las cosas como están, y si no se profieren a tiempo se corre el riesgo de ser linchado por el menor malentendido. Pero si era una intención real, alguien se equivocó de medio a medio con la elección del texto. Los justos es una reflexión crítica sobre la violencia, pero en modo alguno es el rechazo de la misma su eje central, ni se deduce de modo inmediato e inequívoco. Lo que, a fin de cuentas, más resalta es la contraposición entre quien la ejerce sin la menor consideración ética, manteniendo que los fines lo justifican todo, y el sufrimiento moral de quien, aborreciéndola, se obliga a sí mismo a practicarla por considerarlo su deber hacia los oprimidos. El espectador termina por empatizar con este último, llamémoslo el terrorista bueno que es precisamente quien ha activado la bomba. Es conocida la postura antiviolenta de Camus, es conocido el debate que lo enfrentó a Sartre por este motivo (y que, ahora mismo, hubiera terminado probablemente con Sartre en los tribunales), pero no son menos conocidas sus contradicciones. "La violencia es a la vez necesaria e injustificable", escribió alguna vez.

Si yo fuera un dirigente etarra, estaría mucho más preocupado por Burundanga
que por Los justos.

No es de extrañar. La legitimidad de la violencia es un asunto que lleva preocupando a nuestra civilización desde sus primeros balbuceos, y no es cuestión que se deje encerrar en fórmulas sencillas o en soluciones de prontuario. Desde luego, Los justos no era reductible a una pieza contra ETA. En ese sentido, es mucho más eficaz Burundanga, y lo digo completamente en serio.

La versión

La versión es un desastre. Si ya ha visto la función y quiere comparar, AQUÍ tiene el original y AQUÍ una traducción. A lo que se oye en el Matadero le han podado casi toda la poesía, para dejar la peripecia en los huesos. No hay manera de reconocer a Camus en lo que queda. Hay otro problema, no menor: en la pieza original los terroristas justifican la violencia por su deseo de liberar al género humano de las cadenas que lo oprimen. Creo que cualquiera, incluso un independentista, reconocerá que cambiar esa justificación (o pretexto, llámenlo como quieran, no me voy a enredar yo ahora en el debate de fondo) por la de crear un estado vasco independiente es una diferencia de rango suficiente como para alterar los equilibrios dialécticos. En otras palabras: todo lo que los terroristas alegan en la pieza a favor del uso de la violencia pierde una parte considerable de su capacidad de hacernos dar vueltas al cacumen. Que es el objetivo de una pieza de teatro intelectual de este tipo, claro está.

[P.S. del 26 de octubre: a veces el cosmos, compasivo, me demuestra que, al menos, parte de las elucubraciones que mi mente atolondrada produce en la soledad de mi cavern... perdón, de mi hogar, tiene algún asidero en la realidad. Aurelio Arteta en El País: “ETA y los abertzales gozaban de cierto prestigio. Creíamos que la izquierda abertzale luchaba por la justicia social, más allá del pensamiento ideológico nacionalista, y no solo por la independencia. Esta confusión la pagamos muy cara, después de darnos cuenta de que no era así. Tardé mucho tiempo de darme cuenta de su maldad". Traducción: la violencia se perdona con mayor facilidad cuanto más alto es su propósito. Ojo: que no lo digo yo, que lo que estoy diciendo -y hablando de teatro, no de otra cosa- es que los equilibrios de la función se sostienen si las bombas son para terminar con la opresión zarista y, de paso, mundial, pero no si están destinadas a poner una frontera en Valmaseda / Balmaseda.]

El montaje

No está bien dirigida. La ocurrencia de mantener a los actores atados a unas cuerdas que arrancan del centro de la escena ha debido de exigir tal inversión de esfuerzo que no ha debido de quedar energía para nada más. Vean la foto de arriba del todo: estos pobres tienen que evolucionar sin hacerse un lío mayúsculo con las cuerdas y, sobre todo, procurando no tropezar. Parece mentira que, en estos casos, no se mida el efecto de alejamiento que estas felices ideas producen en el espectador. En cuanto uno se dice "ay, que se va a tropezar" ya nos hemos cargado la suspensión de la incredulidad y todo el monario. A ver quién levanta eso. Tampoco está bien interpretada. Enormes altibajos de calidad en el elenco. Muy por encima de la media, Ramón Ibarra (el de la foto). Lo vi, hace casi diez años, muy solvente en Yo, Satán. Se salva de la quema Rafael Ortiz, y están bien Lola Baldrich y Álex Gadea. Mejor hubiera sido concentrar esfuerzos en la dirección de actores y olvidar las cuerdas de marras.

¿Se salva algo?

Sí. Se salva la iluminación de Cornejo, elegante y de efecto. También funciona la escenografía, con un cuadrado central en el que se desarrolla casi toda la acción y el uso de la puerta del foro. La foto les da una pequeña idea (el prisma metálico que ven a la derecha está bonito, pero la insistencia en ponerlos a todos a lavarse con el agua que contiene tampoco va a ninguna parte). Se salvan también alguna escena de Baldrich y Gadea y, con diferencia, las de la cárcel: los mejores actores SIN CUERDAS, gracias sean dadas a los dioses. Además, yo diría que el texto se ha respetado más en esa sección, aunque no puedo jurarlo.

La hora y media se me hizo eterna. A mi acompañante, que sabe más que yo de teatro, también.
P.J.L. Domínguez 
           

lunes, 13 de octubre de 2014

LLUVIA CONSTANTE

Sala: Teatros del Canal Autor: Keith Huff (versión de David Serrano) Director: David Serrano Intérpretes: Roberto Álamo y Sergio Peris-Mencheta. Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Tras la exquisita Venus de las pieles David Serrano importa ahora, otra vez del teatro americano, esta cruda historia de polis y fango. Keith Huff es guionista y productor de House of cards, y no hace falta más presentación.

    La obra es buena, pero yo diría que la puesta en escena es mejor. Serrano ha  trabajado con la escenógrafa Elisa Sanz (Emilia, Como gustéis) y el iluminador Gómez Cornejo (El cojo de Inishmaan, Los justos), y es difícil imaginar un lugar más adaptado al texto que éste que han parido.

    Si hiciera falta reivindicar, ahora que también dirige, al Peris-Mencheta actor, bastaría comparar su Antonio en el Julio César de Azorín con este papel. El contraste certifica su talla como intérprete. Y Roberto Álamo tendrá que comprar estanterías para los premios que van a caerle por esto. Empiezan ambos a ras de tierra y, minuto a minuto, van saliendo de este mundo para llevarnos a otro, horrible pero hipnótico.

Y lo que no cabía allí:

[Las frases en negrita conectan ambos textos, para enterarse bien, mejor leer primero aquel y luego éste]


1.- Keith Huff es guionista y productor de House of cards. Ha tenido poca repercusión mediática en España, así que no está de más que les recomiende que la busquen (está en Yomvi y en Wuaki, al menos). Se van a enterar de cómo son las mentes que nos gobiernan.

2.- La obra es buena. Buena la trama, pero no excepcional. Una historia más de policías y alcantarillas. Lo que da al texto su altura es, sobre todo, la habilidad con la que se pasea -yendo y viniendo una otra y vez- entre dos registros: lo que los polis cuentan dirigiéndose al público y los flash-backs dramatizados. Pero yo diría que la puesta en escena es mejor. Era muy difícil hacer fluir esos saltos sin que rechinara el artificio, pero Serrano lo ha conseguido con brillantez. El lugar (escenografía / iluminación) al que hago referencia en la crítica en papel es un pasillo en el proscenio (desde el que hablan los actores en el primero de los registros: cuando narran) y un espacio desolado atrás, que sirve de cualquier cosa: comisaría, vestuario, calle, vivienda... Voy a mencionar sólo una minúscula pega. Hay un momento en que la ducha funciona, cae agua. El efecto se prolonga un poco demasiado, porque obliga a Peris-Mencheta a forzar el volumen de voz en un monólogo.

Éste era el riesgo.
3.- Peris-Mencheta actor. Dijo Ordóñez que Peris-Mencheta es más conocido como director, pero que su perfil actoral crece a cada nuevo trabajo. Esto último es tan cierto que no creo que su faceta de director haya hecho sombra a la de -excelente- actor, yo diría que la conoce todo el mundo. A Roberto Álamo le ha caído tal diluvio de elogios durante estas semanas que me da hasta vergüenza seguir acumulando sinónimos. Diré sólo que me apunto al coro. Y también diré algo sobre ese Urtáin que todos recuerdan ahora y que han pasado en la tele hace unos días. Urtáin era Álamo. Pongan a otro actor ahí, y ya me dirán lo que queda. Lo que hacen ambos -con Serrano detrás- en Lluvia constante es más que notable. Estamos tan acostumbrados a ver en el cine esas parejas de policías americanos de personalidad contrastante (ésa es la gracia del subgénero, que uno sea un tipo familiar y el otro un golfo, por ejemplo) que si nos hubieran largado una dirección-interpretación estereotipada con arreglo a esos clichés nos hubiéramos quedado tan contentos. Pero lo que nos han dado es una lectura profunda de las razones de cada uno, mucho más allá del texto. Habla Ordóñez, con razón, de que Peris-Mencheta tiene que contener su "poderío corporal" para levantar el personaje. Yo añadiría que lo dice casi todo con los hombros y la nuca, que es una maravilla ver cómo este hombre fornido se achica instintivamente cuando el otro le levanta la mano. El de Álamo sería sólo un tipo despreciable si leyéramos en el periódico la crónica de sus andanzas, pero ahí en el escenario está a la vista el mecanismo que lo impulsa: desbarata todo lo que roza y, sin embargo, lo que él quiere es ver a todo el mundo en su lugar, al mundo en orden, a todos felices.


Ahí entienden algo de la escenografía, con el pasillo de proscenio y el espacio de atrás. Veo la borrosa imagen de Peris-Mencheta al fondo y comprendo otra vez al
personaje en su integridad.
4.- Para terminar, un cierto paralelismo que no he visto señalado en ningún sitio. ¿No les parece que Serrano ha dirigido, una tras otra, dos historias de dominación y sumisión? Con una diferencia notable en el desenlace, resultado de la diversa reacción del sometido. ¿Serán figuraciones mías?

Creo que, desde el inicio de este blog, nunca había tenido tal cantidad de funciones vistas y sin reseñar. Y esta noche veré Las neurosis sexuales de nuestros padres. No les prometo nada, haré lo que pueda.
 P.J.L. Domínguez

           

miércoles, 8 de octubre de 2014

PRISCILLA EL MUSICAL

Sala: Nuevo Teatro Alcalá Autores: Stephan Elliott y Allan Scott (basados en la película The adventures of Priscilla, queen of the desert de Stephan Elliott) Director de escena: Simon Phillips Director musical: Manu Guix Intérpretes: José Luis Mosquera, Jaime Zataráin, Christian Escuredo, David Muro, Aminata Sow, Rosanna Carraro, Patricia del Olmo, Noemí Gallego, Alejandro Vera, etc.Duración: 2.40' (30' de entreacto) 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)




Y lo que no cabía allí:
[para enterarse bien, mejor leer primero aquello y luego esto; las entradillas en negrita conectan ambos textos]

Desierto y lentejuelas. Hay imágenes que uno ve una vez y ya no olvida nunca, y no hay manera de saber por anticipado cuándo va a ser así. Siendo un niño de siete u ocho años vi una película en la que un duende irlandés cantaba algo así como I will see you in Glocamorra, palabras que se me quedaron grabadas a pesar de no saber una palabra de inglés. Decenios más tarde, un irlandés me dijo en Londres que él la había visto, también de niño, en el cine de su barrio, que no se podía creer que un subproducto local se hubiera pasado por televisión en España, y -aquí viene la cosa- que él recordaba exactamente el mismo momento que yo y nada más. Esto pasa con extraordinaria frecuencia, y a veces no tiene nada que ver con la calidad intrínseca de lo visto. Es otra cualidad, la cualidad de memorable. Pues bien: ¿quien ha podido olvidar el play-back de Guy Pierce sobre el autobús en marcha?

Sola, abbandonata, in questo popoloso deserto che appellano Parigi.
O, sobre todo, la gloriosa escena en la que las tres, con sus atavíos más flamboyants se suben al quinto infierno de montaña para cumplir con el sueño del jovencito. Inolvidable.

¿Cómo se le ocurriría esto a este hombre?
Canto a la libertad. Visto ahora, la verdad es que no pedían mucho. Justo poder ser como eran. Pero qué tiempos. No hacía mucho que un policía había matado de un tiro en la cabeza a un travesti a un paso de mi casa. Travesti era una palabra de la familia de puta y yonki, más o menos. Como aquello que decía Shirley MacLaine sobre lo normal que les pareció al rodar La calumnia (uno de los títulos peor traducidos de la historia del cine) que la lesbiana se ahorcara. Pues lo mismo: te vistes de mujer, normal que te peguen un tiro en la cabeza. Insisto en que es casi imposible que los más jóvenes lo entiendan -es como las historias de la guerra del abuelo- pero quizá los mayores recuerden hasta qué punto la presencia de Terence Stamp, un señor SUPERserio que dio la campanada haciendo de transexual, aportó credibilidad a la película, sacándola del limbo conceptual de lo underground.

Christian Escuredo, más
conocido ahora como Felicia.
Necesaria condensación. Nunca me cansaré de repetir que la cuestión central del teatro musical es la de lograr una historia interesante con muy poco texto. Entiéndanlo: si hay que cantar, un texto convencional duraría horas. El libreto de esta versión hace piruetas para contárnoslo todo, y cae de pie. También la adaptación escénica es virtuosa, y no era fácil si tienen en cuenta que estamos hablando de una road-movie. No hay grandes alardes escenográficos (excepto la traslación del zapato gigante colocado sobre el autobús), pero está todo bien encajado y es resultón. Resultón, por ejemplo, el interior del bus. Como decía en la revista, la gran idea dramatúrgica es la inclusión de tres personajes que nada tienen que ver con la película, que yo recuerde, y que son descolgados de tanto en tanto desde el peine. 


Trasladadas directamente de Hércules a Priscilla, sólo que aquí son tres.
Son Patricia del Olmo, Rosanna Carraro y Aminata Sow. Están de muerte, cantan como quieren y tienen carisma. Pero, sobre todo, cumplen una función dramatúrgica de contraste, de animación del cotarro.


Visto así parece difícil, pero
este señor, José Luis Mosquera, es
una elegantísima Bernadette.
Priscilla tiene todo lo que se le puede pedir a un musical. Por supuesto, lo primero en un musical es la música, y éste lo tiene todo ganado de antemano: no subestimen la capacidad de electrización de un teatro que siguen teniendo It's raining men o I will survive. La historia, ya lo hemos dicho, conmueve a cualquiera. Los tres protagonistas se hacen querer. Sólo le pondré una objeción  todo el conjunto del espectáculo: la primera escena tras el entreacto es un contraste, no feísta sino feorro, con todo el resto. La verdad es que no cumple ninguna función esencial, es prescindible.
 P.J.L. Domínguez

           

CON LA CLARIDAD AUMENTA EL FRÍO

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Thomas Bernahrd (dramaturgia de Pep Tosar) Director: Pep Tosar Intérpretes: Pep Tosar, Imma Colomer y Carlos Olalla. Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Tengo una complicada relación con Bernhard, como mucha otra gente. Hay que rendirse ante las virtudes de algunas de sus obras, y recuerdo ahora aquella Ante la jubilación que Portaceli dirigió con Walter Vidarte, Goria Muñoz y Teresa Lozano. Vidarte calificó el texto de “tremebundo, alentador y curioso”. “Alentador” debía de referirse al reto profesional planteado; como espectador, yo pondría “demoledor”.

    Pero se vuelve irritante cuando irrumpe en sus escritos en primera persona. Éstos que ha organizado Tosar no son otra cosa, pero ha encontrado, al dirigir e interpretar, un modo de decirlos que convierte al autor en un maniático cómico y casi entrañable. Mis premios, recién publicados textos de la pieza, son completamente distintos antes y después de oídos en escena. Desde ese punto de vista, el de una propuesta que marca su impronta en el espectador, el éxito es completo. 

Desde el teatral, el resultado es una pieza de cámara bien llevada, en la que la aridez de la declamación de unos textos no dramáticos se soslaya mediante la gran composición interpretativa del protagonista, la crucial colaboración de Imma Colomer y las transiciones, con el Bach de Glenn Gould en vídeo. La comicidad se esfuma en el aplastante discurso final, quizá un pelín largo: cuanto más claro veamos, más frío nos dará nuestra realidad. Me temo que estoy de acuerdo, pero odio que me lo recuerden.

Y lo que no cabía allí:
[Las frases en negrita son los nexos entre ambos textos]


Se vuelve irritante cuando irrumpe en sus escritos en primera persona. Irrumpe el más egocéntrico de los egocéntricos. Un tipo que hace alarde de que la circunstancia más relevante de haber recibido un premio sea que se compró un traje para el evento. Un ególatra maniático que lo desprecia todo. No puedo con él. Quizá -ya saben que, a menudo, los defectos que menos toleramos en los demás son los propios- porque me veo reflejado. Un poco reflejado, tampoco vayan a visualizarme ahora como un monstruo. El caso es que todo el talento literario de este tipo se me deshace entre los dedos que sostienen el libro en cuanto asoma este estomagante uso, abuso y exhibición del aborrecimiento que profesaba por el noventa por ciento de sus semejantes. Es admirable cuando, como a través de la ficción de Ante la jubilación, nos deja decidir por nosotros mismos que gran parte de la realidad apesta. Cuando lo dice él, me aburre tanto que me irrita. Creo que sólo hay otro escritor que me produzca un rechazo tan intenso, pero como está vivo y es español, no pienso decir quién es. Al menos no hoy ni ahora, deslomado como estoy tras terminar con las tareas del hogar.

Colomer, caracterizada. Gran
idea el pelucón.
Un maniático cómico y casi entrañable. Me recordó, salvadas las distancias, al Martín Romañana de Bryce Echenique (¿Etxenike?). Un tipo tierno atrapado en sus propios remolinos. El mérito, todo enterito, de Tosar, al que -obviamente- no le ha salido esto por casualidad. Se propuso encontrar el humor en algún lugar de estos escritos (que acaba de publicar Alianza Editorial), y lo ha encontrado en la exageración. Seré yo un obtuso, pero no veo por ninguna parte que lo pusiera Bernhard quien, por el contrario, lo que hace es magnificar con seriedad aplastante cualquier minúsculo detalle de su cotidianidad. Tosar le ha aplicado una gesticulación desesperada que nos hace reír más cuanta mayor desesperación denota. Un recurso que Woody Allen ha explotado a fondo. Añádanle una capacidad para el sobreentendido, para prolongar las frases con las manos o las cejas profundamente mediterránea: se encuentra idéntica en Barcelona o en Nápoles, en Madrid no la he visto. Como, en este caso, la prolongación sobreentendida de lo que se dice no hace más que ahondar en los meandros paranoides del personaje, el efecto cómico se multiplica. Se lo decía en la crítica en papel: la lectura de Mis premios antes y después de vista la función, no tiene nada que ver. Nunca podrán desprenderse de la comicidad añadida por Tosar.

Colomer, as herself.
Una pieza de cámara bien llevada. El recurso de contarle todo esto a un periodista -que es lo que ocurre en la función- era más o menos de cajón. Lo que es un toque de genialidad es colocar ahí en medio a la tía de Bernhard (él la llamaba tía, pero era una mujer que le sacaba treinta y ocho años, y de la que se enamoró a los diecisiete), que termina sus frases, introduce comentarios o dice "bueno..." mientras ladea la cabeza. En otra palabras: director y actriz se han inventado un personaje, evidentemente secundario, pero sin el cual la función no se tendría en pie. Colomer está sembrada. Se marca una de esas interpretaciones que le hacen pensar a uno que, cuando se baje del escenario, esta señora tiene que ser idéntica a lo que ha hecho arriba. De eso nada, claro. En el párrafo anterior la tienen de tía del neurótico paranoide -hecha a todo, nada de lo que él suelta por la boquita le hace mover medio músculo, todas estas marcianadas le parecen lo más normal del mundo- y aquí al lado, as herself.

La función no es  bocado para todos los gustos, pero todo el que frecuente el teatro apreciará la habilidad con que se ha superado un reto bien complicado. Hay que señalar el acierto del Grec al implicarse en el riesgo. Y el de la Abadía, que sigue programando teatro catalán. Viva el teatro catalán. Sería formidable que el paso siguiente fuera hacerlo EN catalán, al menos una función, ¿no? ¿Es que no lo vemos hasta en ruso? Pues razón de mas, digo yo...

He tardado tanto en publicar esta ampliación que me ha dado tiempo de ver, también en la Abadía, El principio de Arquímedes. No está nada mal, ya les contaré. 
 P.J.L. Domínguez

           

jueves, 2 de octubre de 2014

LA PLAZA DEL DIAMANTE

Sala: Teatro Español Autora: Mercè Rodoreda (versión de Carles Guillén y Joan Ollé) Director: Joan Ollé Intérprete: Lolita Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)





Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Nadie puede ignorar el talento de Lolita desde Rencor, la película de Miguel Albaladejo con la que ganó un Goya. No vi Ana en el trópico, pero la crítica habló de “un trabajo dramático de altura”. Un talento lamentablemente poco aprovechado. ¿Será el pánico a no saber integrar este ciclón emocional en una propuesta de conjunto? Si hay algo de eso, el monólogo era la salida perfecta.

    La propia Lolita subraya el valor de Ollé al aceptarla como Colometa. Poco hay que decir sobre la distancia cultural y emocional entre la actriz y el personaje, así que podía parecer una apuesta de riesgo. Victoria por goleada.


    Apoyado en una notable adaptación, Ollé mantiene a la actriz durante setenta minutos clavada en un banco del que apenas se levanta unos segundos. Modesta, comedida, con las manos clavadas en el regazo, la transfiguración en la Colometa es gradual e impecable. Esta mujer me hizo llorar durante media función, y no me pasa a menudo. No son ajenos al resultado la delicada iluminación de Lionel Spycher, un peinado muy bien concebido y la música de Comelade (aunque los cortes sean a veces, me pareció, excesivamente breves). Ollé lleva diez años de diálogo con la obra de Mercè Rodoreda. Sería interesantísimo que nos contara cómo han sido Lolita y Jessica Lange en el mismo papel.

Y lo que no cabía allí:


1.- "Me gusta en estos tiempos convulsos este viaje absolutamente normal de dos culturas que se encuentran", ha dicho Ollé. Toda mi proximidad afectiva con Barcelona -que es mucha- se estuvo removiendo durante la función. Entiendo profundamente el deseo de separación de tantos catalanes, pero empieza a dolerme igual de profundamente la posibilidad cada vez más real de la separación. ¿Y si empezáramos a mostrarles afecto en lugar de proyectar todo tipo de respuestas negativas? Es sólo una idea. Tengo la sensación de que tras muchas de esas respuestas se oculta el despecho; o sea, el amor que se cree no correspondido. Lolita -hija de un gitano catalán- transmutada en la Colometa y sufriendo el hambre en la Barcelona de la guerra civil se me antoja una buena imagen de ese afecto. Us volem amb nosaltres. ¿Qué les parece como eslogan? Y si no entienden catalán, hagan el pequeño esfuerzo de meterlo en google, que seguro que lo usan hasta para el ruso. No tendré que recordarles que la comprensión es el primer paso hacia el amor.

Joan Ollé.
2.- No es muy normal que el talento de esta mujer no llegue más a menudo a los teatros. Supongo que los motivos son complejos, como casi siempre en estas cosas. Menciono en la crítica en papel el vértigo que una personalidad de este temple puede producir en un director de escena. "A ver si se va a comer la función" supongo que es, más o menos, lo que pueden pensar. Tampoco hay que olvidar que arrastra una cola de... ¿cómo lo llamo? ¿Mundo rosa? Todo pesa en el cerebro de alguien que se pone a elegir actores para su función. He creído entender que el matrimonio entre Lolita y la Colometa es una idea de Natalio Grueso. Esto es lo propio de los extraterrestres (y Grueso era un extraterrestre respecto al teatro cuando llegó a Madrid): que pueden tener ideas no contaminadas por los prejuicios. Esas ideas llegadas del espacio exterior a veces salen bien (vayan a la sala pequeña del Español a ver esto) y a veces salen mal (vayan a la grande a ver El loco de los balcones). A Ollé le ha tocado la de cal (este bombón) y la de arena (el ladrillo de La chunga).

3.- Sí, media función llorando, y no era el único. Si han leído La plaça del diamant ya conocen la manera exacta, pulcra y medida -y, sin embargo, demoledora- que tenía la Rodoreda de describir el dolor y la miseria. Pues imagínenselo bien dicho. Me parecía estar oyendo a mi abuela, que pasó por parecidísimos trances. Me di cuenta de pronto de que todo el público debía de estar pensando algo parecido (todos tuvimos gente en esa guerra), me volví a mirar, y también los demás estaban en trance. Estuve en una función superpetarda, de ésas llenas de amigos (en este caso, amigos famosos, para más inri) que suelo evitar cuidadosamente.  Dio lo mismo, nada pudo impedir que el aura de la actriz fuera creciendo en amplitud e intensidad hasta comérselo todo: el banco, las luces, el espacio que la separaba de los espectadores. Siempre les digo que las cosas terminan de madurar en el recuerdo. Ahora que redacto esto, veinticuatro horas después de entregar la crítica en papel, me parece que estoy arrepentido de no haber empleado las cinco estrellas.

4.- Lo que está claro que falta en la crítica son cuatro palabras. Dice: Sería interesantísimo que nos contara cómo han sido Lolita y Jessica Lange en el mismo papel. Y falta: mutatis mutandis, tanto monta.
 P.J.L. Domínguez

           

miércoles, 1 de octubre de 2014

MANLET

Sala: Nave 73 Autor: María Velasco Directora: Inés Piñole Intérpretes: Kike Guaza, Laura Aparicio, Mabel del Pozo, Teresa Soria y Joseba Priego. Duración: 1.25' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Joseba Priego y Mabel del Pozo.


Me voy a Nave 73, porque leo por ahí muchos elogios al texto de María Velasco. Efectivamente, la pieza es notable. Tiene un parentesco tan acusado con Heiner Müller que me extraña que no lo diga nadie. Hay fragmentos en los que parece que va a comenzar en cualquier momento el celebérrimo “Ich bin Ophelia…”. Meto “María Velasco” y “Heiner Müller” en google y aparece una crítica de Javier Vallejo, no sobre Manlet, sino sobre un texto anterior. Menos mal, no estoy loco. Además de ese nexo evidente, me parece ver también otro con, al menos, un texto muy temprano de Rodrigo García: Martillo. Comparte con los textos clásicos de García la elevada proporción de monólogos, hay poca conversación. En cualquier caso, es una prosa poética de calidad, sugerente, hilada. Usa bien los contrastes y consigue enganchar la atención. También es hábil en manejar las expectativas que el espectador tiene respecto a unos personajes que ya conoce. Se pasa uno la función, por ejemplo, esperando que Medea mate a los niños.

La mejor foto conocida de Heiner Müller.

Otra cosa es su rendimiento dramático. Nada que objetar a esto de meter en el mismo saco a Gertrudis, Hamlet, Ofelia, Medea y Jasón. Siempre que sea para algo. Es muy posible que, leídos, todos se justifiquen por su rendimiento poético, pero puestos a actuar las necesidades son otras. Por una parte, no se acaba de entender la función dramatúrgica de Ofelia, que tiene muchísimo menos texto que el resto y no interactúa con nadie. Pero, sobre todo, las dos parejas Gertrudis-Hamlet y Medea-Jasón están simplemente yuxtapuestas. Cada una instalada en su arquetipo: madre devoradora e hijo inadaptado, chulo infiel y mujer peleona (en este caso, también con un cierto déficit de papel para el chulo). Tampoco es que se produzca un efecto de espejo, comentario o contraste. Más bien, cada historia a su bola. Apenas me queda en el recuerdo una escena en el hospital en la que Hamlet y Medea charlan. Y está bien, funciona, seguramente las interacciones de este tipo admitirían amplio desarrollo. Tal y como está ahora la cosa, sin embargo, quizá ganaría separando el texto en dos piezas breves e independientes. Lo que no entendí ni mucho ni poco son los fragmentos originales de Shakespeare en inglés que Hamlet intercala de tanto en tanto.

Piñole ha dirigido como si dudara entre una puesta en escena convencional y algo más rompedor. Tengo todo el rato la sensación de que nos hemos parado un centímetro antes de que el efecto de Gertrudis orinando sea más violento, un centímetro antes de que la exhibición del cuerpo de Jasón le lleve a quitarse los calzoncillos, un centímetro antes de decidir que la cama tirando a realista no pinta nada a escasos metros de la pecera que simboliza el final de Ofelia o del amago de corona, un centímetro antes de coreografiar a los intérpretes -no sólo a Ofelia y algo a Jasón- más allá de los movimientos exigidos por la accion, un centímetro antes de que la sugerencia de incesto entre Hamlet y su madre resulte verdaderamente embarazosa. Me gustaría ver una versión en la que todos esos centímetros se hubieran franqueado. A saber: que Gertrudis nos avergüence cuando orina, que Jasón se despelote, que la escenografía se cargue de simbolismo, que se muevan con significado, que el incesto nos haga sentir molestos. Etcétera. 

Mabel del Pozo.

Esto, respecto a la concepción general del espectáculo. La dirección de actores era más complicada, porque hay bastante altibajo. De Teresa Soria no diré nada, tiene poco papel y no varía de registro, no llegué a formarme juicio. Priego no es que hable mucho más, pero sí tiene mayor presencia. Lo que dice lo dice bien, y se mueve bien. No es una bobada: el personaje está más construido por el movimiento y la gesticulación que por lo que dice (los gestos finales a los niños están bien concebidos). Tuve un serio problema con la dicción de Laura Aparicio. No sabría explicarlo bien, pero percibí una especie de regodeo en la expresión y en el sonido de su propia voz que me hacía pensar que todas y cada una de las líneas llegaban medio segundo tarde. Horroroso. Lo digo en primera persona, porque puede ser una percepción pura y exclusivamente mía. Guaza está en otra función distinta, actuando con un desparpajo y una naturalidad como de serie de televisión, mientras los otros cuatro van a otro rollo. 

Hay que cambiar de párrafo para hablar de Mabel del Pozo. Espectacular trabajo de interiorización del personaje. No desaprovecha ni una sola de las sugerencias del texto para mostrar otra faceta. Está violenta, pensativa, desgarrada, tranquila... y es siempre la misma mujer. Merece la pena ver la función por verla actuar. Bueno, seamos justos, la función no merece la pena sólo por eso. No es redonda, pero tiene su aquel. Un intento interesante. 
 P.J.L. Domínguez