sábado, 20 de septiembre de 2014

EL LOCO DE LOS BALCONES

Sala: Teatro Español Autor: Mario Vargas Llosa Director: Gustavo Tambascio Intérpretes: José Sacristán, Juan Antonio Lumbreras, Carlos Serrano, Emilio Gavira, Alberto Frías, Javier Godino, Fernando Soto y Candela Serrat Duración: 1.55' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Cuando se estrenó La Chunga, más de uno avisó, en tono ominoso, que aquélla era la mejor de las piezas teatrales de Vargas Llosa. Estamos apañados pensé entonces. Hemos visto después Kathie y el hipopótamo y, ahora, El loco de los balcones, y podemos hablar ya con cierto conocimiento de causa: sí, estábamos apañados.

La Chunga era un texto viejo como la tos, y la desnortada puesta en escena de Ollé no consiguió disimular sus carencias. Tuvimos mejor suerte con Kathie, aunque partiera de un texto peor. Magüi Mira se las arregló para oxigenarlo y acertó de pleno con los intérpretes. El teatro es un arte complejo, y a veces el resultado global salta airosamente por encima de los elementos cojos (algo parecido le pasa a Villa Puccini, ya les contaré). El loco de los balcones es, con diferencia, la peor de las tres. La dirección de Tambascio, un barrizal que hubiera sido más propio de los hipopótamos que de los balcones.

A partir de un personaje real obsesionado en la Lima de los cincuenta por salvar los balcones coloniales que la piqueta iba destruyendo, el escritor construye una historia familiar. Por puro amor filial, la hija del viejo profesor italiano sacrificará su juventud y se dedicará en cuerpo y alma a la cruzada, hasta que  -harta, pero harta, harta- sale huyendo cuando se le cruza la ocasión en forma de un apuesto muchacho que se enamora de ella.

Los dichosos balcones de Lima.
Vaya chapa. Todos de acuerdo en la
conservación del patrimonio, por Dios,
deje de repetirmelo.
Bien. Bien, si no fuera por un pequeño detalle. La trama familiar no sé si ocupará una media hora de los interminables ciento quince minutos de mi función. Bueno, concedámosle el beneficio de la duda. Pongamos curenta y cinco minutos de drama. ¿Y el resto? El resto son balcones. Repetición tras repetición de la mística, la épica y la estética de los balcones. Verborrea sin medida sobre la importancia del pasado para construir el futuro. Hasta el aburrimiento. Hasta la náusea. Todo al ralentí, entorpecido por toda suerte de obstáculos, como el primer monólogo del ingeniero. Morosas e interminables explicaciones. In-su-fri-ble. Me tropecé a la salida con una de las personas que más sabe de teatro en Madrid. Se acercó a mi oreja y me susurró "Estoy de balcones hasta el gorro, he estado a punto de subir al escenario ¡y quemarlos!". Porque, claro, no sólo se habla -sin mesura- de balcones: también llenan el escenario. Luego hablaremos sobre eso. Y del texto ya he dicho bastante, aunque el cuerpo me sigue pidiendo desahogo, cuatro días después de la amarga experiencia. Ahora que llevamos tres raciones, ya podemos decir que programar la obra dramática completa de Vargas Llosa fue una boutade absurda, sólo explicable desde la mitomanía o -lo que es peor- el desconocimiento.

Vamos con la puesta en escena. La escenografía podría tratarse de una gigantesca carcajada de Sánchez Cuerda, a quien le he visto cosas muy bien pensadas en otras ocasiones. Carcajada en forma de comentario metonímico que traslada sarcásticamente el empacho de balcones de la palabra a las tres dimensiones. Eso salvaría al menos el fondo conceptual, pero no, desde luego, su concreción fisica. Un enorme balcón a escala real se come la parte derecha del escenario (derecha del espectador). Las maquetitas de casitas con balcón sobre las que sienta Sacristán en la foto de arriba se comen la parte izquierda. De manera que el escenario útil queda reducido a unos cuatro metros. Y eso no es lo peor: lo peor es que esa disposición, con el superbalcón en escorzo, crea un flujo espacial en diagonal que contamina todos los movimientos en escena. Las salidas por la puerta con doble batiente en el foro o desde el hombro derecho quedan completamente descolocadas y deslucidas. Hay más balcones: maquetas pegadas en la pared del fondo. Lo único que funciona es el despachito funcionarial incrustado en esa misma pared.

Sacristán y Gavira, en la única porción de
escenografía que ayuda a la dramaturgia.
La música no mejora el panorama. Sorprendente, dada la trayectoria de Tambascio. Las entradas y las salidas se producen en momentos tan injustificados, que estuve pensando seriamente si no se estaría haciendo un lío el técnico. Los timbres son a ratos insoportables. Por ejemplo: uno cree oír una chirimía que resulta ser, vistos los créditos, un oboe. Etcétera. Por no hablar de las letras de las canciones: Los balcones son la historia, la memoria y la gloria... Sin comentarios.

Los intentos de animar el cotarro, penosos. Hay un grupo de entusiastas colaboradores del profesor, participantes en las manifestaciones de protesta y trabajadores voluntarios en las labores de restauración. Estos muchachos componen una pantomima detrás de una de las conversaciones de la chica y su (futuro) novio. Vestidos de obreros restauradores, máscaras incluidas. En otro momento, evolucionan en escena ataviados de forma incomprensible con casullas (o dalmáticas o lo que sean) y cascos de cruzados. Sobran las dos intervenciones.


Candela Serrat es de lo mejorcito de la función.

Lo peor (esto es lo peor que le puede pasar a una función; de hecho, es lo que diferencia siempre a una buena de una mala) es la completa falta de ritmo, la sensación prácticamente constante de que aquello no va a ninguna parte. Digo "prácticamente" porque en un par de momentos, zas, aparece el teatro. Uno, en la conversación de la chica con su pretendiente. Un ratito delicioso en medio del sopor. Es lo mejor de la función. Tampoco está mal la conversación del loco con el funcionario, aunque no a esa altura. Y ya tiene mérito desaprovechar a Sacristán y Gavira. La explicación final entre el profesor y su hija, que debería ser el colmo de la emoción, la puesta en evidencia de la profundidad del conflicto... pues justita.


Javier Godino
Dicho todo esto, los intérpretes están bien. A todos se les nota que saben lo que hacen. No vamos a desvelar ahora que Sacristán es un excelente actor, pero vaya racha que lleva: primero aquel ladrillo de Yo soy Don Quijote y ahora esto. A Candela Serrat no creo haberla visto antes: habrá que estar atentos, porque muestra seguridad y soltura como si llevara media vida subida a un escenario. En cuanto el director y el escenógrafo le dejan un hueco (figurado el primero, real el segundo) esparce un poco de vida entre tanta taxidermia. Gavira, como siempre de bien; este hombre es una máquina. Me gustó también Carlos Serrano, da el tipo de muchachote de mirada franca. Lumbreras, as himself; siempre le funciona. Me he estado exprimiendo las meninges desde el miércoles para recordar dónde me había encontrado antes a Javier Godino: resulta que fue en A, aquel engendro indefinible de Nacho Cano. Nadie puede ser juzgado por lo que allí hizo, sería como condenar a Shakespeare porque un día se cruzó por la calle con el verdugo de la torre (de Londres). Y la prueba está en el Español: Godino está muy bien, hace creíble un personaje encajado un poco a empellones en el texto. En resumen, Tambascio tenía un texto imposible y unos buenos actores. ¿Hubiera podido montar algo masticable? Quizá, eso pasó con Kathie. Pero el resultado es insoportable. 

Antes de terminar, tengo que darles un par de datos objetivos para que nadie me llame sectario. Primero: el público del estreno aplaudió puesto en pie y gritando bravo. Creo que por eso evito los estrenos como la peste. Segundo: Javier Villán le ha puesto CUATRO estrellas en El Mundo. Aunque, así como de paso, endiña el adjetivo de subsidiarias a las obras dramáticas de Vargas Llosa y afirma que ésta es la menos teatral de las tres representadas. También dice que le falta escribir una obra "de hoy". Bueno, no sé ustedes, lo que yo entiendo es más o menos lo que les he dicho, con dos estrellas menos. García Garzón le ha puesto tres en ABC, pero, eso sí, dice unas cuantas verdades con esa elegancia indolora que tan bien domina y que yo, ay, nunca sabré usar: "caídas de ritmo que la puesta en escena no galvaniza, pese al buen trabajo del excelente reparto". 

Si no me creen, vayan a verla.
 P.J.L. Domínguez

           

viernes, 19 de septiembre de 2014

MEDIDA POR MEDIDA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: William Shakespeare Director: Declan Donnellan Intérpretes: Kirill Sbitnev, Anna Khalilulina, Andrei Kuzichev, Peter Rykov, etc. Duración: 1.40' 
La función ya no está en cartel (lo siento por ustedes).




Solo un genio podía desvelar la obra de otro. Medida por medida es rara de narices, por no usar otra expresión más fuerte. El matiz de la situación cambia en algunas escenas a cada réplica y, a veces, a cada frase. Prueben a leerla. Encima termina bien, después de desplegar todo tipo de situaciones dramáticas, a cuál más. Vayan y móntenla si se atreven. Se representa poquísimo, y las razones son las que acabo de exponer. 

No me digan que no les avisé. Les avisé en el número de septiembre de Vanity Fair (que se publicó el 20 de agosto) y en este blog el viernes 19 después de asistir al estreno el 18. Si no me hicieron caso, se han perdido quizá la mejor función del año. Ah, sí, ahora escribo en la versión en papel de Vanity. Una página de agenda breve, pero que queda muy cuca. Ahora resulta que eso me obliga a estar atento a la cartelera de todo el país, me han hecho un favor.


Acto quinto, escena primera. Por Frederick William Davis.
El duque de Viena abandona sus funciones alegando un vago pretexto viajero, pero en realidad con la intención de volver disfrazado para observar qué ocurre en su ausencia. Un topos, éste del poderoso travestido, muy presente desde siempre en nuestra cultura, desde los mitos griegos al cine, pasando por los relatos infantiles o las operetas. Ahora mismo, tenemos en cartelera un ejemplo parecido, el del amo disfrazado de criado en Donde hay agravios no hay celos, y dentro de nada nos visitará otro con la misma premisa: El juego del amor y del amor, el Marivaux que ha montado Flotats y que estoy deseando ver.

Caricatura publicada en ABC sobre la versión de Narros de 1969.
Pero en Medida por medida, el equívoco no es centro de la trama, como en los ejemplos citados o en tantos otros. Es apenas una pequeña artimaña narrativa que está preparando la conclusión amable de un drama desgarrador. El tipo que el duque dejará como regente, Angelo (esta historia transcurre en Viena, pero todos los personajes tienen, pequeño detalle sin importancia, nombres italianos), es un mojigato de ésos que adoran imponer las pautas morales a los demás. De moral sexual, claro. Es sorprendente que a nadie se le ocurra obsesionarse con imponernos pautas de obligado cumplimiento en otros campos, qué fijación con el sexo. (¿Se imaginan enormes manifestaciones de obispos y familias numerosas con pancartas que rezaran “Ley de reparto de riqueza a los pobres YA”? ¿A que no?). De joven, me ponían muy nervioso las explicaciones que atribuyen estas personalidades a la suciedad acumulada en sus mentes. Me parecían intelectualmente demasiado simples. Luego llegó la experiencia, los fui viendo con mis propios ojos. Por supuesto, tenían razón quienes atribuían el origen de las ansias represoras a los conflictos internos mal resueltos, tipo “ya que estoy yo bien j. vamos a j. a los demás”. 

Señor, cómo me gustan estas cosas.
Angelo condena a muerte sin pestañear a Claudio por dejar embarazada a una joven soltera. Pero cuando se le ponga a tiro la hermana del condenado, una novicia que llega a suplicar clemencia, no vacilará mucho más allá de algunos segundos en ofrecerle la vida de su hermano si ella le entrega la virginidad. Un ejemplo edificante. Esto genera un conflicto terrible en la novicia y otro no menor en su hermano. La premisa es que creen firmemente en la existencia del alma, y en el carácter profundamente pecaminoso que la entrega comportaría para la de la entregada. Tampoco es menor la papeleta del Duque, que asiste a todos estos acontecimientos disfrazado de fraile. Tenemos: A) Un tipo que cede a la lubricidad que consideraba pecado nefando. B) Una joven que llega a la dramática decisión de salvaguardar su alma en vez de la vida de su hermano. C) Un joven que llega a la no menos dramática situación de suplicar a su hermana que entrega su virginidad, y ponga en peligro su alma, para salvarlo. D) Un gobernante honesto que asiste al espectáculo de la depravación de quien consideraba un fiel servidor. Por no hablar de lo que les toca a otros personajes secundarios. Menudo tomate.



Dicho en otras palabras, un Shakespeare de tomo y lomo, ni más ni menos. Como ha dicho Donnellan -y otros muchos, entre los que humildemente me encuentro- contiene algunas de sus mejores escenas. Aunque haya por ahí quien lo ha definido como un texto "correcto" (!) y "menor" (!!). Claro, que es el mismo que ha dicho que oír en ruso un texto inglés renacentista sobretitulado en español provoca un desconcierto tal que impide prestar atención a la declamación. Olvídenlo, el comentario más oído a la salida era sobre el curioso efecto que, a la media hora de función, hace que a todo el mundo le parezca estar entendiendo el ruso. Y corramos un piadoso velo sobre la "corrección" del texto. El texto es una maravilla.


La escena más horrible y más hermosa: Isabella y
su hermano Claudio.
¿Por qué se le ocurriría a Shakespeare que estos mimbres dieran lugar a una comedia? Hagámonos una pregunta anterior a ésta: ¿Es una comedia? La llamamos comedia sólo porque termina bien, todo lo demás es drama. Es más: es un drama que, por momentos, parece avanzar inexorable hacia la tragedia. Está ubicada, probablemente, después de Hamlet y Otelo, así que no podemos decir que William no supiera escribirlas. Incluso el título, de reminiscencia evangélica, parece más de tragedia que de comedia: Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido (Mateo, 7: 2). Echen un vistazo a los títulos de las comedias shakespearianas y verán que no hay parentesco. En cualquier caso, así la dejó su autor, añadiendo el final contrastante al resto de enormes dificultades que su montaje encierra.

Y en esto llegó Donnellan. Donnellan y este grupo de actores tocados desde el más allá por el dedo del bardo, que no sé el tiempo que se habrán pasado diseccionando con el bisturí hasta las comas para encontrar una justificación plausible -ojo: y reconocible en la interpretación- a cada una de las palabras de cada uno de los personajes. Porque dos son los momentos operativos en los que se divide la labor de representación. Primero hay que saber por qué cada cual dice lo que dice, algo verdaderamente endemoniado en las aguas revueltas de este torrente que es Medida por medida. Y después hay que saber interpretarlo, de manera que el espectador entienda lo que le pasa al personaje (única forma conocida de que entienda, en el sentido profundo del término, lo que dice). Como todo está bien en este montaje, y no voy a ponerme a hacer la lista completa de escenas de la obra, voy a subrayar tres aspectos.


Alexandre Flekistov (sólo lo encontrarán
si buscan 
Александр Феклистов)
1) Las gracietas. Vamos, confiésenlo. ¿Cuántas veces se han quedado sin entender las bromas de Shakespeare? O, ya que estamos, las de Lope. Cientos. Nos pasa constantemente. Lo hemos asimilado de tal manera que es algo que no tenemos en cuenta en el balance. Bueno, es teatro antiguo... Donnellan demuestra que es posible representar este teatro sin que las gracias queden desprovistas de gracia. Hacen falta tres cosas: una buena versión, un buen director y un buen actor. El autor de la versión no sale en los créditos del programa de mano (supongo que es él mismo), el director es superlativo y el actor que encarna al gracioso (Alexander Flekistov el enlace lleva a un página en ruso, pero Google se la traduce) es un prodigio, un tipo con un estilo interpretativo bien lejano del nuestro, con aires del centro y el este de Europa que aquí apenas hemos conocido a través de antiquísimas películas en blanco y negro. Resultado: las bromas se entienden. Ver esta función me ha iluminado un criterio que sobrevivía larvado en la profunidad de mi cerebro y que se me ha hecho explícito. Si no hace gracia, mejor cortar. ¿No se cortan laaaargos párrafos filosóficos? ¿Por qué no las gracias? ¿Porque son cortas?


Anna Halilulina. Comprenderán
que de virginal novicia resulte
turbadora.
2) El final. ¿En cuántas puestas en escena de teatro clásico han sentido que se iba todo a freír puñetas en esos últimos cuatro minutos en los que se arregla el mundo? Sí, cuando el que más manda empieza a coger a unos y otras de la mano para emparejarlos, y todos olvidan las preferencias, los celos y todo lo que había engrasado la trama, y parecen terminar felices y contentos. Lo hemos visto constantemente, y todos -los críticos los primeros- hemos recurrido a aquello de que la época oblogaba, y blabla, para justificar un mal final. Y lo seguiremos haciendo, al menos yo. Pues bien: llega Donnellan y nos demuestra que el lieto fine se puede hacer bien. Y no necesariamente a toda velocidad, ligerito, que no se note el artificio, que es como suele hacerse, sino que también es posible hacerlo funcionar pausaaadamente y con regodeo en todo lo que ocurre: perdones, revelaciones, peticiones de mano. Se puede, vaya si se puede. Durante el largo final no se movía una mosca en el María Guerrero, todo el mundo estaba suspendido de la acción. ¿A ver si estos finales van a ser la monda y es que ya nos los sabemos hacer? Ahora voy a soltar una expresión nauseabunda: dejo la pregunta en el aire.


Es muy guapo, pero resulta que
también es buen actor. Dios mío,
debe de tener algún horrendo
defecto escondido. Búsquenlo
como Petr Rykov y como
Петр Рyков.
3) Las licencias. Si me lee habitualmente quizá sepa a qué me refiero con "licencias". Son los elementos que un director introduce en contraste con el tono general de la pieza. Por citar un ejemplo reciente: Jugadores está interpretada de manera realista, pero en determinados momentos, entre escena y escena, los actores posan en el proscenio con música de fondo y efectos de iluminación. Esas cosas casan o no casan. Enriquecen o desmontan. Aquí hay una MONUMENTAL. No me refiero a los movimientos de conjunto, que son otra cosa de la que hablaré más abajo, sino al contrabajo. Al contrabajo de la foto de arriba del todo. El muchacho semidesnudo que lo sujeta es Claudio, en peligro de muerte (es también Petr Rykov, un tipo al parecer famosísimo en medio mundo por su belleza, del que no había oído hablar, pero que da perfectamente el tipo rubio de cartel del ejército soviético, para que me entiendan). De pronto, un contrabajo sale de detrás de los cubos rojos que constituyen la única escenografía, y él lo cabalga. Y yo, y toda la sala, pensamos: "Ay, Dios, que esto se va al garete". Entiéndanme: el contrabajo de marras no tiene la menor justificación lógica. El actor empieza a pulsar dos cuerdas (diría ahora tónica-dominante, pero no me hagan mucho caso) y la cosa nos sigue teniendo a todos en vilo. Y entonces... y entonces entra la música de fondo, de la que las notas pulsadas en pizzicato constituyen el bajo, la acción prosigue con todo el elenco bailando y... y se produce un subidón dramatúrgico de otros mil pares de narices. El resto de elementos extemporáneos se insertan también magistralmente: las escenas de sexo o muerte mimadas en el interior de los cubos cuando éstos se giran, el micrófono del final... 


Wiliam Hunt.
Una función de teatro es un acuerdo tácito entre el director y el espectador. El primero plantea al comienzo las reglas del juego. El segundo otorga en ese momento un margen de absoluta confianza: no le importa que Macbteh sea representado con latas de Coca-Cola con caritas pintadas o que en medio del relato dos docenas de señoritas bajen una escalera enseñando las piernas. Pero a partir del establecimiento de esas reglas, ya no hay misericordia: el resto debe ser coherente. Donnellan quiso montar esto con un elenco que está durante todo el tiempo en escena, en pie, y que se mueve en grupo de lado a lado del escenario haciendo una especie de escamotage. A y B terminan su escena, el grupo pasa por delante de ellos, que se integran en esa especie de banco de peces o bandada de aves con habilidad de prestidigitadores. La bandada sigue moviéndose, y cuando se retira son C y D, protagonistas de la escena siguiente, los que quedan a la vista, en la postura exigida para seguir la acción, otra vez en un efecto casi mágico. Durante los primeros minutos parece forzado. Una vez que la cosa rueda, parece tan natural como oírles hablar en ruso. Además de precioso, y de resultado de un trabajo que ha debido de ser complicadísimo.

En algún momento tendré que terminar esta crítica. Voy a acelerar. La escenografía, estupenda. La música, estupenda. El vestuario, estupendo, más estupendo a cada minuto que se reelabora el recuerdo en mi memoria y que vuelvo a ver las fotos. Pista: si quieren ver todas las fotos posibles, que estan muy complicadas de encontrar, vayan a la página del Teatro Pushkin y pinchen los nombres de los actores (están en cirílico, en una columna de la derecha). 


Andrej Kuzichev. Es un tipo con un físico
normal, pero consigue parecer
repugnante.
Los actores. Además de todo lo dicho, la función es un soberbio recital de interpretación. El que más me atrapó, Kirill Sbitnev era... ¡un sustituto! Me pregunto cómo será el original. Anna Halilulina es una fuerza de la naturaleza, habría que hacer una integral de las tragedias de Shakespeare y darle todas la protagonistas, a ver qué pasaba. El malo, Andrej Kuzichev, da auténtica grima, que es lo que tiene que dar. Flekistov se llevará todos los premios del público que se otorguen allá donde vayan. Rykov, con ese físico y sabiendo actuar... me pregunto qué haría Pandur con él.

Sáquense ya los billetes para irse a Estonia en octubre. Están programados allí.
 P.J.L. Domínguez

           

miércoles, 17 de septiembre de 2014

EXCÍTAME: EL CRIMEN DE LEOPOLD Y LOEB

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autores: Stephen Dolginoff (música) / Pedro Villora y Alejandro de los Santos (dramaturgia)  Director de escena: José Luis Sixto Director musical: Aday Rodríguez Intérpretes: Alejandro de los Santos y David Tortosa Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Tiene poca definición, pero es lo más ilustrativo que encuentro. Tortosa y de los Santos (no muy santos, en este caso).

Es probable que los nombres de Nathan Leopold y Richard Loeb no digan nada a la mayoría. Si añadimos que fueron la fuente de inspiración de La soga de Hitchcock, serán más los que aten cabos –nunca mejor dicho- y recuerden a dos tipos que cometieron un asesinato por el simple capricho de comprobar que eran capaces. Los superhombres estaban por encima de las normas sociales. El caso conmovió a la sociedad norteamericana de 1924 de tal manera que aún está vivo en el imaginario colectivo.

Les cuento primero lo que yo he entendido sobre la autoría. La obra original (Thrill me) fue escrita íntegramente -libreto, música y letras- por Stephen Dolginoff (el de la foto). Los créditos de la versión del Fernán-Gómez le atribuyen la música. Lógicamente, no las letras. Pero, además, mencionan a Pedro Villora y Alejandro de los Santos como autores de la dramaturgia. ¿Hay que deducir que hay diferencias significativas entre la original y ésta? Es posible. Hay un indicio que apoyaría esta tesis: la dramaturgia es mucho mejor que la música. El material promocional cita al Hollywood Reporter: "Su música te transporta a Broadway, Schubert y Kurt Weill". Me pareció tan increíble que alguien dijera esto, que lo he buscado. Efectivamente, lo dijo en 2008 un señor que se llama Laurence Vittes y que ha tenido una larga y fructífera carrera en la industria musical y la crítica. 

Sólo encuentro una explicación. Debía de referirse a Jerry Schubert, carnicero en Cincinnati, y a Kurt Weill, un ingeniero agrónomo que da clases en Wichita, ambos músicos aficionados. Porque si estaba hablando de FRANZ Schubert y del Kurt Weill que usted y yo conocemos.... bueno, no sé, vayan al Fernán-Gómez y ya me dirán qué les parece la opinión del señor Vittens. Más fácil: busquen Thrill me en Youtube y podrán oír extractos (no se pierdan la versión coreana, que parece por momentos ciencia ficción de serie B de los cincuenta). No voy a perderme en largas descripciones, la música es reiterativa y ramplona. Apenas parece despertar en "Y si matáramos a John", y contribuye al desarrollo dramatúrgico en la escena del secuestro. Fin de la aportación musical. 


Leopold y Loeb. ¿La banalidad del mal avant la lettre o pura sicopatía?

Perogrullada: la música es la parte más importante de un musical. Que se lo digan a Bellini, con esos libretos infames y esas óperas sublimes (huy, he dicho "sublime", perdón). Así que por muy bien que estuviera el resto, Excítame estaba condenada de entrada. En descargo de Dolginoff, y de los responsables de esta versión, hay que decir que el reto se las traía. "A ver, hazmeee... un musical de hora y media cooon... mira, con dos personajes, eso es, sólo dos. Y que acompañe un piano solo. Además, me vas a poner dos tipos desequilibrados, empachados de Nietzsche y con una relación sadomasoquista, queee... Que hacen una burrada, a ver... ¡Que matan a un chaval! Eso. Ea. A ver qué te sale." 

                        
Metan "thrill me dolginoff" en Google y comprobarán que, sorprendemente, la española no es la única versiónen la que los asesinos despiadados parecen dos angelotes recién llegados de dar una vuelta por Chueca.Así que no toda la responsabilidad es local, parece un vicio de origen.

¿Qué me va a salir? Una de dos. Una obra maestra de sutileza y perversidad como La soga o un pestiño como éste. No hay término medio. Claro que ya se cuidó Hitchcock de que en La soga ni cantaran ni fueran sólo dos. Hubiera sido divertido preguntarle qué le parecían esas condiciones de partida para una historia de este tipo. A lo mejor era de uno de ésos que considerarían la idea equivocada, como dice... ¡bingo! Nuestro amigo, el señor Vittes: "For many, this story of senseless violence and tragic hubris among the offspring of Chicago's business elite would seem to be a poor candidate for a musical." Yo creo que se equivoca otra vez, de medio a medio. La historia es una fantástica base para un musical... en el que, a poder ser, hubiera más personajes, y que, sobre todo, retratara en serio la violencia y la hybris. 

La relación sexual implícita en La soga (nunca se menciona) es mucho más
turbadora que los apasionados besos (¡sin lengua!¿no era una la pasión
sexual la que lo sustentaba todo?) de Excítame.

La dirección vuela tan bajo como el material original: plana, monótona, dejando que la cosa se arrastre hacia su final. (Llevo tres cosas seguida con direcciones de este tipo: El largo viaje hacia la noche, Jugadores y esto. ¿Será una epidemia?). Los trastos de la escenografía son feos, pero bien feos. La interpretación... ¿Se hacen ustedes una idea de lo que debía de ser la vida de estos amantes de la foto en blanco y negro? Una relación de dominación en la que uno accedía a delinquir a cambio de que el otro no le cortara el grifo del sexo. Una sicopatía compartida hasta el extremo de tramar y ejecutar el asesinato de un adolescente. Una bomba de tensión sexual y siquiátrica, vamos. Un torbellino de pasiones turbias, torcidas y perversas. ¿Creen que hay rastro de esto en la interpretación? Si viéramos un vídeo sin sonido, creeríamos estar asistiendo a los pequeños problemas cotidianos de dos chicos bien. Por salvar algo, Alejandro de los Santos consigue a rato lo que parece que le han dicho que represente: pobre muchacho, víctima del manipulador desalmado. Pero es que no era esto: tenían que dar miedo los dos, todo el tiempo. Como Farley Granger y John Dall.
 P.J.L. Domínguez

           

martes, 16 de septiembre de 2014

SÉ DE UN LUGAR

Sala: Cuarta Pared Autor y director: Iván Morales Intérpretes: Anna Alarcón y Xavier Sáez Duración: 1.25' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


La foto está hecha en otro lugar. Lo cierto es que la pared y el suelo de la Cuarta
Pared le dan otro rollo a la historia. La visten más


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Sé de un lugar se llevó un Premio Butaca en 2012. No soy fan de los premios, hay que ver los despropósitos premiados a veces, pero los Butaca son quizá los más limpios y claros de concepto que conozco. Ya nos gustaría tener algo así en Madrid.

    Que una pequeña producción como ésta siga viva dos años después es también un dato relevante. Tiene méritos para estarlo, empezando por un texto que construye un cosmos, complejo pero coherente, en el que conviven Mujeres y hombres y viceversa, Triana y los pastelitos Pantera Rosa. Que nadie se alarme, en armonía. Parece una historia de pareja, pero es bastante más. Yo diría que trata sobre todo de la dificultad de cualquier espíritu sensible para adaptarse al mundo. Aunque en las antípodas en muchos sentidos, me recuerda al Breve ejercicio para sobrevivir de Perotti.


    No es una pieza fácil, emplea más tiempo del habitual en entregarse. Pero uno entiende perfectamente hacia dónde iba en cuanto la mirada consigue abarcar el conjunto. No conocía a los actores: estupendos. El personaje de ella se parece enormemente a alguien que conozco, cosa que siempre me parece una garantía de la veracidad del trabajo. Me sobran, quizá, algunas de las interacciones con el público. No, desde luego, las conversaciones de Beré con el vecino indio, un hallazgo.
Y lo que no cabía allí:
[Las frases en negrita son el punto de enlace entre la crítica de la Guía y lo que sigue. Mejor leer en ese orden, si quiere enterarse bien]


No es una pieza fácil, emplea más tiempo del habitual en entregarse. Bastante más, yo diría que casi una hora. O estaría yo torpe ese día, que todo puede ser. Pero hay un momento en el que todo (los Pantera Rosa, Triana, Tintín, el vecino hindú, Mujeres y hombres y viceversa) empieza a encajar, y se produce ese efecto que en los rompecabezas se corresponde con el punto en el que ya se aprecia que la mancha blanca es el castillo de Luis II de Baviera. Y perdón por la analogía, pero es un puzzle que ha visto todo el mundo. A partir de ahí, es como si conociéramos a estos dos desde hace media vida, porque ha asimilado sus obsesiones, sus miedos y sus dificultades. A nadie extraña que él se esconda bajo la mesa. La escena de los chupitos -ya dijo Ordóñez que es una de las cumbres- hace el efecto que hace gracias a toda esa preparación anterior. Dicho en otras palabras: en otras funciones, uno puede irse antes del final y haberse quedado con buena parte de la médula del asunto. En ésta, no.

Me sobran, quizá, algunas de las interacciones con el público. Ahora que han pasado unos días, quitaría hasta el "quizá". Me sobra todo eso de "toma este papel y dáselo a fulano" (dicen los actores a los espectadores). No suma nada y parece un recurso barato de "mira qué modernos somos". No es tal cosa, y eso también se entiende al final, cuando Beré tiene una conversación más prolongada con el vecino hindú que, eso sí, es uno de los momentos culminantes de expresividad y ternura. Pero, de todos modos, los anteriores sobran. En mi función, tuvimos además la suerte de que el vecino estuviera encarnado por una señora maravillosa, tan tranquila y tan relajada en su papel.

No conocía a los actores: estupendos. Con un nivel tal de interiorización de los personajes que se produce ese fenómeno por el que es difícil imaginar que esas dos personas tienen un carácter distinto del que muestran en escena. No les queda rastro de artificio. En buena parte, porque están muy bien dirigidos. Todo lo que es movimiento -tanto los desplazamientos por la sala como la gestualidad de cada uno- contribuye decisivamente tanto al desarrollo dramatúrgico como a la construcción de los personajes (hay un crédito de asesoramiento físico a nombre de Joana Rañé).

Estas entradas están resultando de redacción un poco más apresurada que lo habitual, pero es que tengo un comienzo de curso de alivio. Ya iré pillando el tran-tran. A ésta, le pondré los enlaces de información de actores y director cuando toque volcar aquí el texto publicado en la Guía. Ahora mismo, salgo zumbando a True west. Ya les contaré.
 P.J.L. Domínguez

           

sábado, 13 de septiembre de 2014

JUGADORES

Sala: Teatros del Canal Autor y director: Pau Miró Intérpretes: Luis Bermejo, Jesús Castejón, Ginés García Millán y Miguel Rellán Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inoperante puede significar que la función ya no está en cartel)

Bermejo, Rellán, Castejón y García Millán.
[Si pasa de mis elucubraciones y quiere ver la crítica, sáltese tres párrafos y vayase al enlace. Y también un poco a la porra, dicho sea sin ánimo de faltar] 

Más de uno (o una) estaría ya pensando que se había librado de mí. Pues no. Aunque, antes o después, tiraré la toalla, No sé si hacen a la idea de lo que supone llevar una vida laboral, otra familiar y mantener un pequeño rescoldo de vida social, y sumar además las salidas al teatro, la crítica publicada en papel... y un blog. De verdad, quien no tenga un blog no sabe lo que come. Piénsenlo dos veces antes de liarse. Por no hablar de los resquemores que puede levantar hasta la palabra más inocente escrita en un momento de ingenuidad. ¿Quién decía algo así como que el éxito en la vida consiste en esconderse lo mejor posible? A veces pienso que tenía razón. Sólo a veces.


Este verano me he dado cuenta de que el buscador de imágenes de Google da
(casi siempre) en el clavo con las cuatro o cinco primeras. Ahí tienen la primera para "bloguero": un tipo que se destroza la espalda sobre una máquina, en vez de disfrutar por ahí de la vida.
A raíz de esto último que acabo de escribir, el sosiego veraniego (¿a que mola el ripio?) me ha traído consejo. Les anuncié en twitter los premios #Cercadelacerca, pero lo que no revelé es que iba a publicar también los #Lejosdelacerca, con lo peor de la temporada. Ya saben, como aquellos Premios Naranja y Premios Limón que tanta guerra daban, y que ahora mismo no sé dónde se esconden. Sin embargo, me parece que no va a haber antipremios. Hay quien se me ha mosqueado hasta cuando lo he puesto bien, así que paso de meterme en arenas movedizas. Por ahora. A lo mejor en unas semanas me cambia el humor y lo largo todo.


Y no puedo ocultarles la tercera.
¿Cuántas veces lo han pensado?
En fin, bienvenidos de vuelta al blog. Y si llega por primera vez, créame: me podré equivocar, como todo hijo de vecino, pero lo que se va a encontrar es mi opinión sincera. Nunca he puesto mal a nadie porque me cayera mal. Nunca he puesto bien a nadie porque me cayera bien. Nunca he puesto bien a nadie porque sea mediático, indiscutible o super-cool. Cada vez que me pongo a escribir, me pego a brazo partido con mis prejuicios. En fin, que hago todo lo que puedo. Sin embargo, si tiene usted una experiencia consistente como espectador de teatro y lector de críticas, sabrá que uno debe elegir crítico como quien elige color para el sofá o pareja para el baile. Y que debe interpretar lo que el crítico le diga, según su experiencia con él en encuentros (o encontronazos) precedentes. O sea, que esto no va tanto de verdad / mentira como de sintonía. Pero qué les estoy contando, como si no fueran ustedes ya bastante mayorcitos. Al grano.


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Pau Miró debe buena parte de su fama a Llueve en Barcelona (2004), que vimos en Madrid puesta en escena primero por Mario Vedoya y después por Francesco Saponaro. También tuvo éxito la versión original catalana de Jugadores, que dirigió el autor. Repite ahora en la dirección, en castellano y con nuevos intérpretes.

    Una amistad basada en el juego: en el casino mientras alcanzó el dinero; en casa, ahora que el bolsillo no da para más. Leo por ahí que se trata de cuatro fracasados, pero me niego a llamar fracasado a un peluquero en paro, si resulta que el éxito es lo que han obtenido los pajarracos que los medios ensalzan. Digamos que a estos cuatro personajes la vida les ha pasado por encima como una apisonadora, como a casi todos. Se las arreglarán para encontrar una tómbola con más adrenalina que el casino.


    La función tenía un punto de partida difícilmente mejorable: los actores. Pero la dirección se queda más bien plana, atrapada en un realismo mate al que se intenta sacar algún brillo con licencias no muy logradas: postureo, canción en directo. Sin embargo, un texto de gran altura –e intenso perfume americano- y cuatro espléndidos intérpretes salvan en buena parte el espectáculo. Me quedo con los bien colocados aspavientos de Luis Bermejo y con los miedos de Jesús Castejón a perder lo poco (¿o mucho?) que aún conserva: la escasa compañía de una esposa distante. 

Y lo que no cabía allí:
[Las frases en negrita son el punto de enlace entre la crítica de la Guía y lo que sigue]

Puesta en escena por Francesco Saponaro y destrozada a conciencia por un actor que se hizo luego político. Un poco histriónico dijo alguien de buena voluntad. E impecable García Garzón. Parece que para gustos se hicieron los colores.

Me niego a llamar fracasado a un peluquero en paro, si resulta que éxito es lo que han obtenido los pajarracos que los medios ensalzan. Esto del éxito y el fracaso, el ganador y el perdedor (no digamos ya cuando alguien dice "looser") me pone de los nervios. Me pone de los nervios porque está exactamente en las antípodas de lo que entiendo que es la vida. De lo que entiendo yo, y de lo que entiende (o entendía) la cultura que me rodea. Claro que siempre se ha podido decir de alguien que era un fracasado, pero no con esta insistencia, con este carácter de vara universal de medir que el binomio éxito/fracaso tiene en la peor cultura americana de importación. Eres un perdedor, le dicen a alguien de dieciséis años en el instituto, como si la vida fuera un bingo. Lo preocupante es que ya empieza a haber por aquí gran cantidad de papanatas repitiéndolo. Por si se les ha olvidado, conviene recordar que este apestoso lugar común está estrechamente emparentado con la creencia pararreligiosa de te-mereces-lo-que-te-ocurre. Si eres virtuoso, la vida te premia. Si te va mal, es que eras un holgazán, un inútil o un idiota. Trompetería de iglesias reformadas e ideología de Te Party. Aquí -me refiero a los países católicos- ni los conservadores llegaban a mostrar semejante desprecio por el caído. Últimamente, como vamos sustituyendo el añejo tradicionalismo local por ese neoliberalismo de camisa de raya fina recién planchada y moral sexual tolerante que no puede esconder bajo la colonia de marca que es muchísimo más peligroso que la derechona de toda la vida, empieza a llevarse esta clasificación universal del género humano: ganador o perdedor. ¿Estás en paro? Será que eres idiota.


Vázquez: éxito.
Bach: fracaso.
Pues verán. El político vivo que más tiempo ha mandado en España (o casi) ha resultado ser un chorizo. He perdido la cuenta de los deportistas de élite que residen fiscalmente en los anillos de Saturno y/o tienen serios problemas con el fisco. El profesional de mayor relieve en televisión (con una diferencia respecto a sus competidores que no sé si había dado alguna vez en la historia, ni con Kiko Ledgard) es Jorge Javier Vázquez (si el teatro más culto puede citar Mujeres y hombres y viceversa, ¿por qué no voy a poder citar yo Sálvame?). En fin, que triunfo, ganador, éxito, son términos que hay que mirar con profunda sospecha. Déjenme pensar en alguien que admiro. Ya. Me han salido dos de golpe: Bach y Tchaikovsky. El primero murió arrinconado en una sacristía. El segundo, cubierto de ignominia. ¿Quieren alguien vivo? Venga: Rodrigo García y Angélica Liddell. ¿Cuál será la proporción de españoles que los conocen respecto a los que conocen al presentador de Sálvame? ¿Quién ha tenido más éxito en la vida, el apenas difunto Botín, que heredó de su padre un banco (pequeñito, nos recuerdan ahora) o mi abuela, que crió a dos hijos viuda y sin recursos? ¿Les parece demagogia todo esto?

Me ha costado lo mío llegar hasta donde quería llegar: estos cuatro personajes me parecen cuatro tipos formidables. Y más a medida que pasan los días desde que vi la función. Héroes de la tremenda lucha que todos sostenemos contra el paso del tiempo y la inevitable decadencia de las cosas. Pobres seres humanos que, en vez de concentrarse en reventar al prójimo -como muchísimos triunfadores-, se buscan lo que pueden para mantenerse vivos: una puta ucraniana, un resto de esposa, un casino, un... Bueno, resulta que ahora no puedo contar lo que se buscan entre todos, porque les reviento la historia. Sí les revelaré que reaccionan. De una forma que me pregunto cómo es que no se le ocurre a más gente. Es mérito de Miró haber sabido construirlos dignos, a pesar de sus miserias.

Un texto de gran altura. La historia se va entendiendo a medida que los retazos de conversación van iluminando zonas progresivamente más amplias, sin que las costuras narrativas llamen la atención del espectador. Me extraña que Ordóñez le hiciera un reproche (aquí tienen su crítica), precisamente en este sentido, a la obra original en catalán. Es posible que se haya corregido luego, porque, al menos tal y como está ahora, cuenta mucho y muy bien, en relativamente poco tiempo. En un registro de realismo cotidiano que, sin embargo, no excluye el lirismo, a veces por omisión o a través de los silencios. Dibuja los personajes con gran nitidez: mediada la función, es como si fueran conocidos del espectador. Tendría que pensar con más detenimiento de dónde procede el "perfume americano" al que aludo en la Guía. Así, de sopetón, le veo dos fuentes. Por una parte, esta estructura cinematográfica de escenas extraídas como al azar del discurrir de la vida. Por otra, el ambiente de amistad masculina al borde de la marginalidad, Es probable que haya más cosas.

Licencias no muy logradas. Afortunadamente, pocas. Una canción de Bermejo y unos paseos culminados en poses Tarantino en el proscenio (ver imagen más abajo) que están metidos con calzador. No ayudan a elevar el tono de la direccion, no vienen a nada.




Los  bien colocados aspavientos de Luis Bermejo. También fue el que más me gustó en Maridos y mujeres. Castejón es un grande, no se entiende que lo veamos tan poco. Me impresionado el certero análisis de Ordóñez sobre el trabajo de Ginés García Millán, que no terminé de pillar. Tendría que verlo de nuevo desde ese punto de vista, es verdad que va a mejor. Y, por supuesto, Rellán es maestro de maestros, pero después de verlo en Novecento mi capacidad de pasmo estaba ya colmada. Esto es un elogio, que no sé si entiende bien. 

Aquí lo voy a dejar, que se me amontona el trabajo. Tengo que colgar Sé de un lugar (sí), El largo viaje del día hacia la noche (créanme: no) y Excítame (tampoco), y veré dentro de un rato Villa Puccini. Me ha alegrado volver a encontrármelos por aquí.
 P.J.L. Domínguez