jueves, 30 de abril de 2015

YERNOS QUE AMAN

Sala: La Pensión de las Pulgas Autor y director: Abel Zamora Intérpretes: Marta Belenguer, Juan Caballero, Manolo Caro, Mamen García, Lorena López, María Maroto, David Matarín, José Sospedra, Jorge Usón y Abel Zamora Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


En primer plano, Mamen García. El resto: Emilio Gavira (ahora lo sustituye Jorge Usón),  Mentxu Romero (ahora la sustituye Lorena López), María Maroto, Juan Caballero, Ramón Villegas (ahora lo sustituye José Sospedra), Abel Zamora, David Matarín (la rubia de atrás), Manolo Caro y Marta Belenguer. Las protagonistas
principales son Mamen García y la mesa.
Hace falta una cierta de dosis de audacia para escribir algo que casi dura dos horas y que incluye diez personajes (incluidos uno muerto y otro que no es una persona, sino un ser irreal). Aparte de que el reto planteado al dramaturgo -el reto de organizar el tiempo y darle forma- progresa geométricamente con el aumento aritmético de la duración, ya saben que nuestra capacidad de aguante ha disminuido vertiginosamente durante los últimos decenios, y que es dificilísimo mantener a la gente sentada y quieta durante más de -pongamos- hora y media sin que empiecen todos a pensar en la lista de la compra o en ese extraño sarpullido que les ha salido en un hombro. Consideren también que los diez actores se tienen que mover en el reducido espacio de La Pensión de las Pulgas. Desde luego, se puede, y había precedentes: miren el MBIG-Macbeth o la Carne Viva de Despeyroux. La Pensión es de los valientes. Ah no, que era el mundo.

Abel Zamora
Estábamos en que Zamora es un valiente. No sólo por las mencionadas cuestiones cuantitativas de duración y número de intérpretes; también por la ambición y el vuelo del asunto. Veran, esto del vuelo, la magnitud o el espesor de lo tratado no termina de percibirse bien en La Pensión. ¿Qué estoy diciendo? ¿Que como es un sitio pequeño los temas encogen? Pues ríanse, pero algo de eso hay. He dicho “algo”, no se me encocoren. Hay un tipo que dijo que el medio es el mensaje, o sea, exactamente lo que acabo de decir, y no vean el éxito de la fórmula. Uno puede salir de ver Yernos que aman pensando que es una cosa así como de cámara, un asunto tirando a costumbrista. Ya sé que no nos pasó eso con el Macbeth, pero todos sabíamos que era Shakespeare, y contra eso no podría ni el salón de nuestra propia casa. Aquí es distinto. Yo creo que para entender la envergadura real del invento hay que imaginárselo en el escenario del María Guerrero. Y montado con minucioso realismo escenográfico y de vestuario (no sé por qué, pero me vienen a la cabeza aquellas Tres hermanas en ruso de Donnellan y su primor de utilería). ¿Ambientación alto standing? ¿Pisazo high-tech? Me cuadraría. En cualquier caso, este realismo povero de plato de Duralex está muy bien a veces, pero se me antoja que se le queda corto a un texto cuya ambición pide a gritos otras ambiciones.

La violenta y el apocado.
No se ha equivocado Zamora en la duración. Hacen falta todos esos minutos, no sobra ninguno. Si acaso, yo diría que habría que añadir algunos más para ampliar la parte de Lorena López y su no-novio, que se quedan un poco escasos respecto a la profundidad de campo con que se estudia el resto de caracteres. Una pena, porque son dos personajes casi diría que necesarios en este panorama de las relaciones de pareja. Ah, que no lo había dicho. Yernos que aman es: A) Un catálogo de las formas de amar en nuestra sociedad, exageradas en lo neurótico, sí, pero no por ello menos reconocibles. B) El retrato de una madre que se esfuerza por cuidar de los suyos y otorgar a la familia un estatus homologable de normalidad (o sea, el retrato de una madre: el resto de la explicación es redundante). Como les iba diciendo, la pareja menos explotada está formada por el que no está dispuesto a reconocer que su novia es su novia y por ella, que traga con la situación como puede. ¿Les suena? Sí, yo también conozco alguna pareja de este tipo. Tanto Lorena como Usón (que estaba sembrado hace nada en Invernadero) los bordan.

La inadaptada y el pervertido. Maroto
y Caballero.
Esta madre tenía tres hijas y un hijo. Digo tenía, porque lo primero que hace él es morirse (tranquilos, no es un spoiler, ocurre nada más empezar). Tenemos tres yernos (los novios / rollos / maridos) de las tres hijas, más un yerno-viudo, amantísimo novio del hijo muerto, fiel a su recuerdo. Van, vienen, entran, salen, y de paso dibujan un panorama que a nadie que viva aquí y ahora le resultará extraño, por más que –como les decía- se exageren un tanto las disfunciones. Violenta y deslenguada; sumiso y sufrido; inadaptada y acomplejada; pervertido (cómo me gusta esta palabra pasada de moda, me recuerda a Servicios muy personales) de derechas; hedonista egocéntrico; enamorado y entregado. Seis más los dos no-novios mencionados. Claro, ahora me doy cuenta de por qué me venía Chejov a la cabeza. Él también hacía estos catálogos de actitudes frente al amor (como el Huxley de Contrapunto o Arte, amor y todo lo demás, y no me vengan con sus prejuicios contra Huxley).


Los no-novios, López y Usón. No es la 
escenografía real de la función.
Y su madre en el medio, viña fecunda como en el salmo, impasible el ademán, como en el Cara al sol, a pesar de lo que lleva encima y del paisaje que la rodea, acribillado por las bombas. Grandísimo acierto del texto y de la puesta en escena: la mesa de comer siempre en medio. ¿Han tenido algún pariente cercano con un trastorno alimenticio? Si es que no, quizá no se hayan dado cuenta de hasta qué punto las relaciones familiares son poco más que sentarnos juntos a la mesa. Pregúntense cuándo hablan con sus parejas, padres, hijos, hermanos… A lo mejor es que comen con la tele puesta, y es que no hablan nunca con ellos. Es otra opción.

José Sospedra. Con éste,
ya los han visto a todos.
En esta puesta en escena reina la mesa. Y la función principal de la madre –después de aplicadora de paños calientes- es la de alimentar a todo el mundo. De aquí una parte del parentesco con el Almodovar de –pongamos por caso- Volver. No sé si leerían la mención que hice en la Guía del Ocio en un arranque de creatividad: "algo entre Agosto, Almodóvar y Angels in America." Ya saben ustedes que quien publica es, por definición, un vanidoso, y que por vanidad uno mataría a su madre a cambio de aparentar el menor destello de ingenio. Estaba hace media hora leyendo en un avión lo que Cocteau escribió en otro, y a ratos resulta estomagante precisamente por eso. Pues bien, me releo ahora (reeerse es un placer de dioses; de dioses egocéntricos, claro está), y voy, y me doy la razón. Tomen de Agosto (o, en realidad, de cualquiera de las encarnaciones de ese drama familiar americano que cada generación de autores reescribe) los personajes, esperpenticen un poco sus neurosis y sus arrebatos, sitúenlos ante una tortilla de patatas, como haría el extremeño y ha hecho Zamora, y se estarán acercando a Yernos (así, corto, me parece un título mucho más potente que Yernos que aman).  Ahora, vayan a Angels en America, quédense con un soplo gay, alguna enfermedad venérea, un chico guapo (y además muerto) y un ángel (transexuado en hada, qué más da). Y hala, Yernos clavadito.

Recordarán que Vera cimentó Agosto sobre la maternidad encarnada en la difunta (ay) Amparo Baró. Hacía falta mucha madre en esa función, tanta como en ésta, que no se tendría sin Mamen García. Si no la vieron en Éramos tres hermanas de Sanchis lo siento por ustedes. No me había dado cuenta hasta ahora de hasta qué punto es la voz su gran herramienta. Y esta vez me di cuenta porque la tuve de espaldas un buen rato. No importa. Abre la boca y la vida sale por ahí, casi física, materializada como el ectoplasma fluyendo de una médiun. Prodigioso.

Los demás están bien empastados, del lado de acá de la línea que separa el desparrame controlado (todos tienen su punto de tuerca floja) del incontrolado. Con la pequeña excepción del hada, que está del otro lado. Sí, está bien que sea un hada macarra, ahombrada y deslenguada, pero un poco de contención la dejaría mejor enfocada en la foto de conjunto. Es, quizá, el único pequeño patinazo de dirección, junto con la brevísima escena en la que se declaman los mensajes de móvil con Juan Caballero que dice repetidamente "escribiendo". No hace falta.

Mi amor por Marta Belenguer se remonta a El futuro está en el porno (lo pueden ver aquí) y pasó por Terapias. Me gusta de buena, de loca o de mala, no importa; aquí llega a dar un poco de miedo. A María Maroto no la conocía (un vistazo a su curriculum parece sugerir que salta ahora a Madrid), hace una encantadora chica problemática e introvertida, discreta, sin exagerar en el tono. Juan Caballero era un tipo simpático en 696 de Carlos Be, aquí lo es de nuevo, pero esta vez debe mostrar una doblez pelín tenebrosa, y sabe hacerlo. Guapo y solvente. Si me siguen, se habrán dado cuenta de que tengo una cierta prevención contra los actores/trices guapos/as. Debe de ser un extraño sentido de la justicia: no puede ser que además de guapos sean buenos actores, lo que faltaba. Una cosa psicoanalítica, y por tanto difícil de soslayar, aunque hago lo que puedo por superarla. Me costó lo mío, por ejemplo, darme cuenta de que Bárbara Lennie era tan buena actriz como todo el mundo decía. Viene esto a que, además de Caballero, hay otro guapo en la función: José Sospedra. Lo vi bien de canalla, abusando del amor que su viudo le tributa sin mesura. Pero como es guapo, no me atreveré todavía a decir que es bueno: dejen que le controle lo próximo que haga.

Vayan a verla. Desde luego, lo tiene todo para durar meses, pero nunca se sabe.

P.J.L. Domínguez
          

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