jueves, 13 de marzo de 2014

DESNUDANDO A LOS CLÁSICOS

Sala: Nave 73 Autor: José Jesús Serrano Director: Santi Senso Intérpretes: Santi Senso y Vicente Navarro (violonchelo: Cary Rosa Varona) Duración: 2.00' (¿más 0.15'?)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Serrano y Senso. Al fondo, tras el violonchelo, Varona.










Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas que por las no escuchadas. Es, más o menos, una frase de Teresa de Ávila (más conocida por su avatar Santa Teresa de Jesús). En poco tiempo, he pedido aquí desnudos integrales de los protagonistas de Cuestión de altura y de Dorian, Martiño Rivas y Carlos López, respectivamente. ¿No querías caldo? Toma dos tazas. Bueno, tres: son dos actores y una violonchelista como sus madres los trajeron al mundo. Dos horas. Largas.

Hace tiempo que perdí el pudor, tanto respecto a mi propia desnudez como a la ajena. Eso que tengo que agradecer a las novatadas del colegio mayor. No le pasa a todo el mundo, por lo que veo. En mi función, hubo al menos dos mujeres aterrorizadas / asqueadas por la proximidad de un desconocido desnudo. Un actor, quiero decir. Como si la absoluta ritualización del acto (sala de teatro, pago de entrada, etceterísima) no las situara perfectamente a salvo de cualquier acción indeseada. O sea, que el desnudo impresiona todavía, al menos a determinadas personas. Sobre lo que significa desde el punto de vista del creador, tengo una hipótesis. 


Homo Politicus.
Sólo una hipótesis. Después de ver cientos de desnudos en escena, creo que sólo permiten una conclusión cierta: cuando un director los incorpora a un espectáculo, es que está completamente seguro de la calidad de lo que está haciendo. Esto no asegura la calidad objetiva, por supuesto, estamos hablando sólo de la íntima convicción del responsable del despelote. He visto cosas infames con todo el mundo en bolas: por ejemplo, un Homo Politicus de La República, compañía que creo desaparecida (a Díaz Sande le gustó). Por no hablar de aquel engendro de ProtAgonizo, universal e incomprensiblemente alabado. O, peor aún, cosas que hacían creer que todos irían en bolas y donde luego aparecían con el slip negro tan de moda hace unos años: por ejemplo, un bodrio titulado Sexo que la compañía chilena Interno trajo a Escena Contemporánea en 2003. Ejemplos que tuvieron, me parece, bastante más repercusión que si los intérpretes hubieran ido castamente vestidos de lagarteranas. Algo parecido pasa aquí. ¿Creen ustedes que una glosa de Shakespeare, Zorrila y Dante de dos horas largas aguantaría lo que lleva aguantando esto sin el acicate de la desnudez? Me permito dudarlo.


Tú serás muy guapa, pero aquí vas a hacer
lo que yo mande.
Dejaremos, para que la crítica no tenga varios volúmenes, el asunto de los motivos espurios para desnudar actores, pero apuntaremos que los hay. Por ejemplo, el síndrome Hitchcock. El pobrecillo, con ese físico, pero aprovechando sus prerrogativas de director para someter a todo tipo de tormentos a su ideal de belleza rubia. ¿No han pensado nunca que un director de escena tiene un poder de humillación que no otorga ningún otro oficio salvo, quizá, el de médico? El jefe de la oficina siniestra podrá decir "Martínez, estos dos mil expedientes para el martes". Pero un director de escena puede ordenar "ponte las bragas en la cabeza, súbete a esa silla, rebuzna y declama esta receta de anchoas rebozadas mientras te vaciamos varios botes de ketchup en la cabeza". Y va la actriz, y lo hace, se lo juro. Habría un maravilloso trabajo de campo que propongo a cualquier doctorando en psicología del arte. Averiguar, de entre los intérpretes que los directores de escena desnudan, cuántos les atraen físicamente y cuántos no. 


Les hablaba el otro día del Hamlet de
Pandur. Ahí lo tienen, unos segundos
antes (¿o después) del despelote.
Es evidente que estos mecanismos funcionan también con el espectador. Respecto a esta función, decía Vallejo en El País "[Desde el Orlando de Virginia Woolf y Fernanda Torres] no había visto en el teatro dramático un desnudo tan felizmente desprovisto de intención erótica". Disiento. El desnudo está, en todo caso, desprovisto de erotismo no sólo por su intención, sino -sobre todo- por la percepción de quien lo ve. Si a usted no le pone ninguno de los tres intérpretes, de acuerdo, cero erotismo. Si le pone alguno, erotismo seguro. No digamos si le ponen los tres, vaya fiesta. Por cierto: he dicho antes motivos espurios. Retiro el adjetivo. Digamos otros motivos. La atracción física -desnudos o vestidos- es uno de los motores de las artes escénicas desde los albores del mundo, y sólo puede ser así. Si el motivo de Hitchcock para hacer esas fantásticas películas era pasarse con las rubias, pues bienvenido sea el motivo si las rubias consentían y eran mayores de edad. Y si se pusieron ustedes como motos viendo Desnudando a los clásicos, pues muy bien, vayan otra vez.


Al grano. Ya saben que los críticos somos unas almas cicateras y mezquinas, dedicadas a diseccionar, clasificar y ordenar guardadas en formol las genialidades de los espíritus libres. Claro que, ¿qué harían ustedes, si yo no les escribiera las etiquetas de las cosas que no han visto? Pues no entenderme. Entendemos el mundo -mal- gracias a las etiquetas. Así que allá vamos. Esto está prácticamente a medio camino entre el teatro y la performance. Teatro, porque hay diálogo dramático e interpretación en el sentido tradicional del término. Además de una referencia explícita y constante a los arquetipos de Hamlet, Romeo y Julieta, Don Juan y Dante (sí, Dante, y no su obra, como referencia). Performance, porque comparte una de las características más frecuentes del género: la extrema adhesión a una idea inicial. La feliz idea propia del género conceptual por excelencia. Diseccionemos.


Cartelito proyectado en la muy celebrada Todos los buenos espías tienen mi edad.
Una longeva performance de Juan Domínguez que dura, si no recuerdo mal, unos
setenta minutos.
Côté théâtre, no le veo yo mucha chicha al asunto. El título, y la desnudez, parecen provenir del intento de sacar a la luz lo que los clásicos no escribían, dadas las constricciones de épocas pasadas. Pero, como hemos dicho otras veces, ¿a quién le importa lo que no son los textos en sí? Una jovencita bebe los vientos por un individuo de personalidad atormentada. Él no está para mucha tontería, porque le han pasado algunas cosas truculentas que le están haciendo perder el oremus. Pasa de ella. Ella se ahoga, nunca sabremos si se ha tirado al agua o se ha resbalado después de que se le fuera la pinza del todo. Puede ser Hamlet o el comienzo de Ese príncipe es para mí, produccion de Televisa. Los textos de José Jesús Serrano -o lo que quede de ellos, Senso confiesa al final que los descuartiza- ni fu ni fa. Seguramente tiene mano para la escritura, pero las situaciones están estiradas como chicles. Son cuatro, así que salen a treinta minutos de media (algo menos, los actores hacen más cosas, la violonchelista canta...), basadas en el alba de Romeo y Julieta, la explicación con Ofelia, la apartada orilla... Mucho minuto. Sucede así una cosa horrorosa. Y es que cuando resuenan unos pocos versos de Zorrilla (fíjense, Zorrilla, ese tipo que debería estar según todos los estándares acumulando polvo en cualquier desván, y que nos deslumbra como el día en que estrenó) uno pide a los dioses que no paren. Los dioses, como casi siempre, miran hacia otro lado, y Doña Inés sigue hablando en prosa. 

De interpretación, bastante mejor Vicente Navarro. En algunos momentos, hasta enternece. Vocaliza, que no es poco, se cree lo que está diciendo. Le sobra la repetición de la primera sílaba. Eso le queda muy bien una vez, menos bien dos, y mal a partir de la tercera. Me gustaría verlo en algo de más fuste. Aquí, la cosa está bastante entorpecida por los muchos momentos en los que se quiere extremar el naturalismo de las conversaciones. Sube en cuanto se estiliza un poco. También estaría bien lo que suele llamarse trabajo físico (vamos, que no paran quietos) si durase menos. Esto nos lleva directamente a la otra vertiente de la función.

Vicente Navarro
Côté performance la idea no está mal. Sobre todo ahora, cuando los papeles femeninos también los hace un hombre (el espectáculo conoció otra versión, con actriz). Redondea un poco el reto: vamos a destripar clásicos en bolas y además que las mujeres las represente un hombre. Desde este punto de vista, una pega mayor: le sobra una hora. ¿Se han fijado en cuánto duraban las mejores performances que hayan visto? En un noventa por ciento, cincuenta o cincuenta y cinco minutos. El programa de mano y las webs de venta de entradas suelen poner una hora y cinco, porque da como vergüenza no llegar a la hora. Como si no hubiera funciones estupendas (Intimidad) o verdaderas gemas (Breve ejercicio para sobrevivir) por debajo de los sesenta minutos. Aquí la idea da para una hora, y saldríamos todos bien contentos. Verán arriba del todo que he añadido a la duración un cuarto de hora entre interrogantes. Al final, hay un parlamento espontáneo de Santi Senso, que tiene toda la pinta de repertirse siempre con las variantes oportunas. Eso sí que sobra, sobra radical y completamente. Buenrollismo trascendente, en plan somos todos maravillosos, también vosotros que venís a vernos. Buf.

A estas alturas del tostón, todos estarán pensando, "o sea, que no vayamos ni muertos". Quien haya aguantado hasta aquí se merece una sorpresa. La verdad es que algo tiene el asunto. Objetivamente descrito, parece que uno tendría que caer muerto de la silla. Pero, insisto, a pesar de que mejoraría mucho, pero mucho, con una hora menos -ya es decir- lo cierto es que no aburre tanto como debería. Mantiene una llamita de interés, una extraña y a primera vista injustificada grieta en la convicción de que aquello no va a ninguna parte. ¿Va? Yo creo que no, pero tampoco les diría que no fueran ustedes. Algo tiene.

Ah, se me olvidaba. Además de tocar, la violonchelista canta muy bien. En un registro más adecuado que ambos actores, que parece que cantan en otra función distinta. Como el Gran Congón
P.J.L. Domínguez
           

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